POESIAS DEDICADAS A LA VIRGEN

Estas son algunas de las numerosas composiciones, que algunos autores han tenido a bien dedicar a la Patrona de Cáceres. Sentimos mucho no poder acompañar todas pero los problemas de espacio nos obligan a ello. No obstante insistimos en que si alguna persona tiene interés en alguna composición, texto, fotografía, documento, etc. de cierta antigüedad y referente a la Cofradía, utilicen la dirección del correo electrónico (librito de la parte inferior).

 A LA VIRGEN DE LA MONTAÑA

(En la Declaración Canónica de la Santísima Virgen de la Montaña como Patrona de Cáceres)

Por D. Antonio Martínez

Señora: Si del alma los amores

cuando inocentes son te satisfacen:

si de las puras y lozanas flores

los límpidos colores

son ofrenda y regalos que te placen;

si el despertar alegre de la aurora,

si el silencio profundo de la noche,

y el cantar del labriego

y el perfume de flor que abre su broche,

y el del ave canora

los trinos melodiosos,

y del torrente el murmurar que ciego

desciende por barrancos escabrosos,

y arrastra hasta el abismo

los restos de los arboles, lo mismo

que el huracán bravío, la leve paja;

y la preñada nube, que desgaja

del trueno al estampido

la cresta do su nido

el águila coloca,

y la hiedra adherida a eterna roca,

y todo cuando existe de belleza

en la naturaleza...

Si todo te tributa un homenaje,

si todo es pedestal de tu grandeza,

si el cielo con sus tintas y celaje,

y la tierra fecunda con largueza

te rinde vasallaje;

si aceptas su belleza y melodías

¿no has de aceptar las alabanzas mías?

Si agradeces, Señora, que las flores

te ofrezcan sus primores,

cuando natura del sopor despierta

de la noche sin luz, muda y desierta;

si agradeces de castos ruiseñores

la delicada oferta

que te hacen con sus cantos seductores

en las selvas sombrías...

¿no has de aceptar las alabanzas mías?

Si del pueblo de Cáceres el grito

que alegre repercute en la Montaña:

si el ¡viva! que mil veces ya repito

uniéndome al feliz pueblo de España;

si del alma extremeña

agradeces, Señora, los amores,

ya que eres Tú, la Imagen con quien sueño,

y el consuelo de todos sus dolores,

y el motivo de tantas alegrías;

si aun cuando muy pequeño

yo también tengo el alma de extremeño,

¿no has de aceptar las alabanzas mías?

Cual si fuera una sola

la aspiración de la creación entera,

se escucha por doquiera

un himno consagrado a tu belleza:

y el niño que te reza

dichoso de su madre en el regazo;

y el anciano que acaso en breve plazo

irá a vivir por siempre en ultratumba,

y el huracán que zumba

conmoviendo arboledas seculares;

y los hirvientes mares,

y los mansos riachuelos

reflejando en sus aguas argentinas

las delicadas tintas de los cielos;

y las viejas encinas

que se quiebran atónicas al peso

del vendaval furioso;

y el aura que saluda con su beso

a la flor primorosa;

y la gracia sin par de la azucena,

y el color encendido de la rosa,

flor primorosa y de delicias llena;

todo, María, todo,

cada cosa a su modo,

te alaba y te bendice en estos días,

¿y han de faltar las alabanzas mías?

No, Reina excelsa. Si Cáceres

ante tu altar se arrodilla;

si el sol que en el cielo brilla

te llana de resplandor;

si los astros te coronan,

si la luna a tus pies gira,

y si el mismo Dios te mira

como centro de su amor;

yo que me llamo hijo tuyo,

yo que nací para amarte,

y que no sé ya qué darte

porque te di el corazón;

que cuando duermo te sueño,

que al despertarme te admiro,

que sólo a quererte aspiro,

que eres toda mi ilusión.

Yo que a tu ciudad envidio,

yo que a Cáceres me agrego,

y que estoy dispuesto luego

a dar por ello mi ser.

Yo que terminar no puedo,

Señora, mi humilde canto,

porque el sentimiento es tanto

que obliga a enmudecer.

Yo que no siendo poeta

mal puedo decirte nada,

sino que el alma abrasada

tengo ya de tanto amar...,

dejo de escribir y arrojo

la pluma con que escribía,

porque es mejor, Madre mía,

verte... sentir... y llorar.

Cáceres, 28 de abril de 1906.

 

 

A LA VIRGEN DE LA MONTAÑA

(En la Declaración Canónica de su Patronato)

Por D. Lorenzo López Cruz

 

Virgen pura, dulce miel de mis amores,

iris bello que mantiene mi esperanza,

cuando en medio de las olas sin bonanza,

voy cruzando de la vida el triste mar:

da dulzuras a mi boca de tu boca,

da sonrisas de tus labios a mis labios:

tus dulzuras y sonrisas los agravios

me harán pronto de los hombres olvidar.

Da a mi voz un suave acento melodioso;

y en torrentes de melífica armonía

se desate mi garganta, dulce y pía,

pregonando las grandezas de tu amor;

de tu amor ardiente y puro, como el beso

que las auras dan amantes a las flores;

de tu amor, hermoso rey de los amores,

que disipa las negruras del dolor.

De los fieles moradores de tu pueblo

llega el eco de las voces a mi oído,

llega el himno más sonoro y más sentido

que en el fuego sacrosanto me hace arder.

Y al sentirlos mis entrañas se enardecen,

y mi pecho se derrite y se quebranta.

¡Quién pudiera en tus altares, Madre Santa,

las más puras oblaciones ofrecer!

¡Quién pudiera no perder de sus miradas

la visión encantadora de tu Ermita,

donde habita tu Realeza, donde habita,

con envidia de las rosas del Abril,

esa Rosa que admiramos en la altura

refrescada por un nimbo de albas nubes,

apostada sobre trono de querubes

y arrullada por el céfiro sutil!

La blancura de tu casa, siendo niño,

desde lejos exaltó mi fantasía;

y a mis ojos inocentes parecía

bello cuadro de la mística Sión,

que tocando el limpio azul del firmamento,

me indicaba las regiones de la vida;

de la vida que llevaba yo esculpida

en el fondo de mi tierno corazón.

 

Y por eso ni el bullicio de los hombres,

ni el trabajo sin cesar en los talleres,

ni esa vida de quietud y de placeres

que rodaba ante mi vista en la ciudad,

me llegaron tanto al alma, como aquella

gran visión de tu precioso Santuario,

donde tienes colocado tu Sagrario,

como trono de tu excelsa caridad.

Yo gusté tus cariñosas dulcedumbres

cuando, en medio de este mundo miserable,

me quemaba las entrañas, implacable,

sed de amores que en mi espíritu sentí.

Anhelante de las frescas aguas puras

que brotaban cristalinas de tu fuente,

a besarlas en mi edad adolescente

presuroso como el ciervo yo subí.

 

 

 

Jadeante, con el peso de las penas,

con el fuego del rubor en las mejillas,

con las ansias de mi pecho, mis rodillas

a tu vista dulce y célica doblé.

Yo no sé lo que dijo mi ardimiento;

pero en esa mi batalla recia y dura,

Madre mía, si mi lengua estuvo muda,

con el alma Tú bien sabes que te hable.

Como sé que con palabras Tú me hablaste,

que mi lengua no conoce; pero el alma

las oyó como preludios de la calma

que en mi espíritu empezaba a resurgir;

con palabras, que energías y dulzuras

a mi pecho pusilánime llevaron;

con palabras que al momento disiparon

las tristezas y congojas del vivir.

Cuando luego la mansión de los mortales

contemplé desde la altura de tu sierra,

¡que pequeñas las grandezas de la tierra!

¡qué mezquino parecióme su valor!

Un ambiente saturado de valores,

de miseria rodeaba a las criaturas,

y ese ambiente no llegaba a tus alturas:

a tu lado respiraba yo mejor:

como siempre yo respiro, si mi alma

brisas puras de la vida necesita,

de las dulces auras frescas de tu ermita

impregnada del aroma de tu altar.

 

 

Que no en vano serás siempre, Virgen bella,

Iris dulce que alimenta mi esperanza,

cuando en medio de las olas sin bonanza

cruzo triste de la vida el turbio mar.

Y por eso si el Pontífice Supremo

con su voz autoritaria que pregona

de tus hijos cacereños la Patrona,

por Patrona yo te quiero a Ti tener.

Dime, Madre, mientras mando cariñoso

a tus fieles, nobles hijos, mis albricias:

¿Qué haré yo para que puedas las delicias

de tu augusto Patronato merecer?

Da consuelos o congojas a mi pecho,

da a mi boca dulce miel o amargas hieles,

si en tus gozos o en tus penas más crueles

fiel amante quieres siempre ver en mí.

Yo enmudezco, si Tú quieres que enmudezca,

y si quieres que te cante, Tú me inspira;

y haz que salten los pedazos de mi lira

si no suena, Madre mía, para Ti.

 

Cáceres Abril de 1906.

 A LA VIRGEN DE LA MONTAÑA

Por D. Luis Grande Baudesson

Dicen que te cante, Virgencita mía,

Virgen de mi pueblo,

pero no me dicen cómo he de valerme

para que sin alas me remonte al cielo.

Yo que sé quererte con el alma entera,

yo que de ti, Virgen, tengo el pecho lleno,

yo que confundo cuando busco ansioso

cuál de estos dos nombres aprendí primero,

si el tuyo que en Salves me enseño mi madre

o el suyo tan santo que de ti lo hicieron;

yo que, aunque me aleje de tu blanca Ermita,

siempre estoy contigo pues te llevo dentro,

nada sé decirte cuando todos hablan

ahora que me piden que te traiga versos.

Como las tristezas cuando hieren hondo,

como los dolores cuando son intensos,

mi cariño, Virgen, siempre fue callado,

nunca palabrero,

cual si sospechara que al salir al aire

y rozar el suelo

fuese a profanarle cualesquier impío,

fuesen a robarle de avaricias ciegos

los que se refugian tras tu relicario,

manantial eterno

donde bebe Cáceres esta fe divina

que a tu gloria sube con amor de rezos.

Tu lo sabes, Virgen.

Cuando me pidieron

que te amase en público,

y lo hiciera en versos,

mi primer impulso, todo avergonzado,

fue salir huyendo.

Yo no tengo notas en mi bronca lira

¡yo no sé hacer eso!

Mas arrepentido, porque no creyeran

que si no te ofrezco

mis toscos cantares,

mis pobres conceptos,

es que no me humillo, o te quiero poco,

o que no te quiero;

aunque no traen música, con mis coplas, Virgen,

con mis coplas vengo.

¿Cómo he de ensalzarte si tu nombre es todo?

¿Qué voy a decirte siento tan pequeño?

Yo estoy en el trance angustioso y triste

del juglar del cuento.

Era un saltimbanquis que te amaba mucho

y haciendo piruetas cruzaba los pueblos.

Un día aquel hombre

llamó a un convento

y en él para siempre

quedóse de lego.

Érase tu fiesta, Virgen adorada,

y los religiosos con amor inmenso

a tus pues llegaron

y en tu altar pusieron

discursos, coronas,

poesías, inciensos...

Sólo el saltimbanquis nada te llevaba

y anegado en llanto, con angustia horrible

a tu altar se acerca ruboroso y trémulo

y frente a tu Imagen, cuando queda solo,

con los pies por alto, la cabeza al suelo,

cual si fuera un loco realizó aquel hombre

todo su programa de titiritero,

todas las piruetas de su repertorio...

¡y ese fue su obsequio!

No tenía otra cosa que llevar de ofrenda,

y tu Santa Efigie, que lo estaba viendo,

alargó la mano,

le tomó el pañuelo,

y reconocida enjugó la frente

del juglar del cuento.

Ese soy yo ahora, Virgencita mía,

Virgen de mi pueblo.

Tengo de tu Imagen la pupila llena,

donde va mis ojos tu grandeza veo,

sé que eres la Virgen que se apiada amante

del que está sufriendo;

sé que por la cuesta de tu Santuario

andan la plegaria y el milagro a un tiempo;

sé que con tu manto la ciudad se cubre;

¡sé cuánto te debo!;

mas inútil todo, nada sé decirte,

sólo esta "pirueta" que rimó mi esfuerzo

es lo que te traigo, pero tú que miras

cómo tengo el alma, para mi consuelo,

di a los que me escuchan que si soy tan pobre,

es cuando lo digo, ¡no cuando lo siento !

Cáceres y Mayo 1906

A LA VIRGEN DE LA MONTAÑA

(Poesía premiada con la Flor Natural en los Juegos Florales de la Coronación 1924)

Por el M.I. Sr. D. Francisco Romero

Magistral de la S.I.C. de Zamora

Pastor, si de la saña

del lobo huyendo, en ascender se empeña

tu oveja a la Montaña,

no la debes silbar desde la peña,

que hay mejor que la tuya otra cabaña

oculta en esta sierra cacereña.

Aquel que ves altísimo techado

es del Palacio Real donde ella mora

sin dejar nunca el pastoril cayado

aunque tiene atavíos de señora...

¿Temes porque esa oveja te ha dejado?

¡No conoces Pastor a la Pastora!

Vino por esa sierra

por culpa de un amante traidorzuelo

que abriéndole sus brazos en la tierra

dejó en su corazón ansias de Cielo;

y Ella, al ver que el pastor desaparecía,

la rústica montaña recorría,

y al mirar en el valle sus ovejas

de este modo decía,

mezclando con sus lágrimas sus quejas:

"Decidme, los pastores

¿no habéis visto al Amor de los Amores?

Tiene negro el cabello

como el zumo agridulce de la endrina,

fuerte el erguido cuello

como el eterno tronco de la encina;

cuando pone sus pies en los abrojos

los limpia con la sangre de sus venas,

y cuando pone en el erial sus ojos

con un solo beso de sus labios rojos

los cubre de azucenas.

En su frente inmortal, como en los Cielos,

la luz de los crepúsculos se irisa,

y suenan a rodar de regatuelos

las cascadas alegres de su risa;

lleva en su blanco manto

aroma de campestres tomillares,

su voz parece el canto

del Cantor del Cantar de los cantares...

Dedidme los pastores,

¿no habéis visto al Amor de los Amores?

Una noche... la Luna se miraba,

la brisa susurraba,

la tórtola dormía,

y El a mi lado en el jardín soñaba

diciéndome al oído: Esposa mía.

Son para mí tus pechos

tan dulces como el vino,

eres como la flor de los helechos

que perfuma en los áridos repechos

al cansado viajero en su camino.

Corderuelos gemelos son tus dientes,

tus labios rojos de coral y grana;

en tu limpio cristal buscan las fuentes

retratarte a la luz de la mañana.

Los celajes espesos

de la noche te envuelven en mis brazos...

¡a panales de miel saben tus besos!

¡son cadenas de amores tus abrazos!

Así me repetía

cien veces al oído: Esposa mía

cuán sola me hallé sobre la arena...

se fueron las estrellas una a una,

turbó la noche su quietud serena,

¡¡me lo llevó la luna

siempre envidiosa de la dicha ajena!!

Decidme los pastores

¿no habéis visto al Amor de los Amores?

¡Ay pobre pastorcilla! ¡Ay triste duelo!

¡ay ave descuidada

a quien hirió en el vuelo

tu mismo amor con flecha envenenada!

Como deja la brisa en los desiertos

retazo de cendales en la palma,

Tú vas dejando en tus amores muertos

retazos de tu carne y de tu alma.

 

 

Más un día... Pastor, deja el rebaño

en el valle feraz, y ahora que baña

con su fulgor extraño

el Padre Sol la faz de la Montaña;

en las orillas del undoso río

que a ti te habla de paz y a mí de gloria,

a la sombra del álamo sombrío

oye el final de la amorosa historia.

Un día... Era la hora

en que a la noche tétrica la aurora

la sepulta en la luz de la mañana,

y escuchó estremecida la Pastora

una voz sobrehumana:

"¡Ven, dulce Esposa mía,

que ya pasó la noche y vino el día!

¡Ven, que la Primavera

viene envuelta en su luz por los alcores

y va a abrir el invierno en la pradera

un sepulcro de flores!

¡Tú que radiante asomas

cuando con verme sueñas,

tú que has puesto tu nido en estas breñas

como ponen el suyo las palomas

en los ocultos huecos de las peñas;

ven, serás coronada

como Reina y Señora,

y no habrá en esta Sierra una majada

que no rija tu cetro de Pastora!"

Radiante salió el Sol... la serranía

despertaba a los ósculos del día;

los limpios arroyuelos

gemían sus murmullos,

las tórtolas en celos

rimaban sus arrullos,

estallaban las luces en los Cielos

que basaban mimosos los capullos,

mientras los recentales

triscando juguetones

robaban sin piedad a los rosales

los tesoros en flor de sus botones.

El Amado entre tanto

a la Amada vestía

un refulgente manto

que espejaba la luz su pedrería;

en la sien no manchada

una corona de oro le ponía

y en la mano una flor recién cortada

diciéndole otra vez: "Esposa mía,

yo te daré un Palacio por cabaña,

ovejas tendrás mil, Pastora bella,

¡eres Reina inmortal de la Montaña!

¡tu trono éste será, tu Corte aquélla!"

...Y elevándose al Cielo, en la partida

bendijo a la Montaña consagrada

y tendió sobre Cáceres dormida

el soberano manto de su Amada...

La Ciudad despertó, la lumbre pura

le hirió del Sol, y la ciudad decía:

¡VIRGEN DE LA MONTAÑA, Reina mía!

y poniendo sus ojos en la altura

¡VIRGEN DE LA MONTAÑA! Repetía...

Ya lo sabes, Pastor, si de la saña

del lobo huyendo, en ascender se empeña

tu oveja a la Montaña,

no la debes silbar desde la peña,

que hay mejor que la tuya otra cabaña,

oculta en esta sierra cacereña.

A LA VIRGEN DE LA MONTAÑA

Por Rufino Delgado Fernández

Oh dulce Madre mía,

Virgen de la Montaña!,

luz que ilumina todo,

fuente de Eterna Gracia.

Parábola divina

que infunde en tus entrañas

al Redentor del mundo,

¡María Inmaculada!

La albura de tu velo

florece en luna clara,

los lirios y azucenas

de esencias se embriagan.

El viento se hace brisa

de mayo perfumada,

la estela de tu aliento

la llena de fragancia.

¡Sintió, Madre divina,

la floración humana

el cáliz de tu vientre

por la Sublime Gracia!

Llegado el fausto instante,

la noche se hizo gala;

el cielo refulgía

como una iluminaria.

Belén, ascua de oro;

platino, sus montañas;

el Portal y el Pesebre

aljófares y nácar.

¡La luna era tan tenue

como una Hostia Sagrada!

Tu Hijo, Luz de Amores,

sonrisas prodigaba.

Espejos de tus ojos

llenábanse de lágrimas.

De lágrimas vertidas

por goces de tu alma.

La conmoción del mundo

de luz se iluminaba.

Yo amé, mi dulce Madre,

todo lo que se ama.

Amaba de la vida

la juvenil pujanza,

que ni señala límites,

ni de subir se sacia,

ni de lograr la altura

de locas esperanzas.

¿Qué fueron de mis sueños

colmados por mis ansias,

del esfuerzo perdido

en mis quimeras vanas?

Y amé también al hombre:

porque el amor me llama

a derramarme todo

como las limpias aguas.

¿Qué importa que el camino

nos punce con sus llagas,

si de la flor vertida

nos llega su fragancia?

Y amé todos tus campos

henchidos de nostalgias,

y el rumor infinito

de su eterna plegaria.

Las voces de sus vidas

llenas de resonancia,

tan pausadas, tan dulces,

tan íntimas y vagas,

invaden los sentidos.

Sus latidos, la savia

de todas las edades

que por la vida pasan.

Su universal sonido

todos los seres aman;

es el lenguaje eterno

que comunica al alma...

Y amé todas tus aves,

las que a la vida cantan.

Las que habitan las frondas

de ciudades aladas.

Las que se elevan siempre

cual brújulas que marcan

el camino ascendente

a tu Mansión sagrada.

Y amé también tus valles

de dulces lontananzas;

tus cumbres encendidas,

tus fuentes dilatadas,

que van siempre pasando

como las vidas pasan.

Y pasaré algún día

el puente que separa

lo material que quiebra

con la pureza alada

que eleva a lo infinito

de tu Sublime Gracia.

¡Oh dulce Madre mía,

Virgen de la Montaña!

Fui gota de la noche

que a otra gota juntara

para formar mi río

y allá en el mar dejarlas.

Cuatro perlas de amores

a su vivir me enlazan;

cuatro astros luminosos,

cuatro gacelas blancas,

cuatro flores de armiño,

cuatro cumbres nevadas.

Protégelas, Señora,

ampárenlas tus alas,

consérvamelas limpias,

¡María Inmaculada!

Y a mí dame la dicha

del perdón, con tu gracia,

para gozo en mi vida

y luz en mi esperanza

de unirnos nuevamente

en tu Mansión sagrada

ANTE SU ALTAR

Ansiando encontrar consuelo

a mi profundo penar,

elevé mi vista al cielo

y acudí con gran anhelo

a postrarme ante su altar.

 

Orando en la ermita estaba,

y al rezar, el alma mía

dulce consuelo encontraba,

pues la Virgen escuchaba

lo que mi labio decía.

 

Y rezando con fervor

ante su imagen de hinojos,

escuché un leve rumor

y vi en sus divinos ojos

una mirada de amor.

Al punto creí sentir

una voz dulce y extraña

que parecía decir:

Te acaba de bendecir

la Virgen de la Montaña

Federico Reaño García.

 

CÁCERES A SU PATRONA

(En el III Centenario de la primera bajada de la Virgen de la Montaña)

Radiante de hermosura

bajo una tarde de su excelsa ermita,

de un ejército de hijos escoltada.

Su célica dulzura,

rosado nimbo de su faz bendita,

quedó en las almas buenas retratada.

Cuidados maternales

agitaron su pecho bondadoso,

dolido de saber tanta pobreza,

de voces filiales

escuchaba el acento clamoroso

desde el alto sitial de su realeza.

Y del bálsamo santo,

que con dulces ternuras elabora,

haciendo inagotables provisiones,

vestida de amplio manto,

se encamina la celestial Señora

hacia el valle mortal de sus regiones.

Ya su paso divino

muchas veces, en pos de sus amores,

dejó santificado con sus huellas

el dichoso camino,

que enamorado se cuajó de flores

que aroma dieron a sus plantas bellas

Ya escuchó conmovida

la llamada de voces angustiosas

reclamando su auxilio soberano

y dio a su grey querida

misericordes pruebas cariñosas

del poder asombroso de su mano.

Ya una dulce otoñada

las aves de su orquesta, rebosantes

de trinos de y de gozo en competencia,

llegar a su morada

ceñida de corona de diamantes

la vieron con ruidosa complacencia.

Pero hoy la rodeamos

para rendir universal tributo

de amor y gratitud a sus bondades;

y al viento proclamamos

su imperio soberano y absoluto

en pago de sus altas caridades.

Tres siglos ha su ermita

a angélicos cuidados confiado,

vino a hacernos, henchida de ternura,

su primera visita,

los ecos apremiantes escuchando

que su auxilio buscaban con presura.

Esta visita regia,

tres veces en el tiempo centenaria,

que hizo a su pueblo en su primer viaje

nuestra Patrona egregia,

nos exige esta prueba extraordinaria

de amor, de gratitud y de homenaje.

¡Y qué bien ha sabido,

piadosa y culta, hacer a la Señora

con grandioso y triunfal recibimiento;

todo cuanto ha podido

la ciudad por honrarla hora tras hora,

sin tregua, noche y día, de un momento:

La aurora la saluda

con voces que bendita la proclaman;

el "Angelus" la ensalza al mediodía;

no hay alma que no acuda

cuando en las noches las campanas llaman

a entonar las grandezas de María.

Férvidas comuniones,

tiernos saludos, misas ofrecidas

en obsequio a la Madre en sus altares;

y largas procesiones

por calles y por plazas, recorridas

en torno de la Madre por millares:

Himnos que sus grandezas

y sus virtudes y su gloria exaltan

con voces mil en armonioso coro;

odas que sus riquezas

de líricas imágenes esmaltan

en verso fácil, rítmico y sonoro:

Confidencias filiales

en diarias visitas cariñosas

allí donde la Reina presta audiencia;

y promesas leales

en vigilias de noches silenciosas.

Así se rinde honor a su presencia.

Es ella nuestro sueño,

y nuestro despertar y nuestra vida;

de su aliento y su amor Cáceres vive;

y no tiene otro dueño

que esta Madre de Dios, Reina querida,

de quien consuelo en el pesar recibe.

Virgen de los amores

de este pueblo que así sabe quererte

y su Madre y Patrona te proclama;

recibe estos honores

y hazle digno de ti, digno de verte,

porque tú sabes bien cuánto te ama.

Lorenzo López Cruz.

MARÍA DE LA MONTAÑA

Desde mi pobre choza, se diría,

cuando la aurora los picachos baña

y va a surgir el sol de la montaña,

que en tu agreste morada nace el día.

 

Dulce Pastora de una serranía

que no tiene vestigio ni alimaña.

No hay gozo como ser en tal cabaña

cordero humilde de tu pastoría.

 

Por Ti es Sagrario el elevado risco.

El suave cautiverio de tu aprisco

es remanso de paz, vida y dulzura.

 

Balcón abierto a inmensos horizontes

que recortan la línea de los montes

de Gredos y de la Alta Extremadura.

Juan Luis Cordero.

 

SERÁ AQUELLA SIERRA UN CIELO

Por Dr. D. Francisco Romero López

Magistral de Zamora.

I

Fue en esta serranía

tan henchida de olor, fue en los risueños

albores de aquel día,

cuando los cacereños

vieron trocarse en realidad sus sueños.

Yo sorprendía a deshora

bajo el dosel de las encinas viejas

a la bella Pastora

que en torno a sus ovejas,

empapaba en sus lágrimas sus quejas.

¿A dónde has ido Amado?

¿En qué gruta del monte te escondiste?

Por qué así me has dejado

en la soledad triste

que tu sonrisa de placer no viste?

¿Por qué no me provoca

esa mirada que da vida y mata?

¡Bésame con tu boca

que me enciende y me ata

como cinta partida de escarlata!

Yo quiero de un cabello

colgarme en tu cabeza nazarena

y abrazarme a tu cuello

firme como una almena

de aquella Torre de David serena.

Descórreme los velos

de tus dientes blanquísimos, iguales,

como los corderuelos

que roban los corales

del Beter y el Sanir en los zarzales.

¿Dónde está tu rebaño,

Pastor? ¿dónde tu sueño a mediodía?

No prolongues mi daño:

vuélveme mi alegría

al terminar la noche, con el día.

¡Oh, pastor traicionero!

¡Oh, placer! ¡Oh, dolor! ¡Oh, vida! ¡Oh, muerte!

Si vienes, de amor muero,

me matas con perderte,

¡si he de morir por fin, que muera al verte!

Miren la Pastorcita

cómo besa una a una sus ovejas,

y mientras llena de dolor suplica

¡hace llorar la Sierra con sus quejas!

II

Pero el Amado vino:

yo le he visto saltar como gacela

los riscos del camino,

llegando con cautela

a la Amada feliz que duerme y vela.

Ven del Líbano, Esposa:

ven de la cumbre excelsa del Amana,

ya floreció la rosa,

ya anuncia esta mañana

el ruiseñor la primavera ufana.

¡Qué suaves tus caricias!

¡Qué llenos de dulzura tus amores!

En tus castas delicias

tus labios como flores

saben a leche y miel embriagadores.

Eres huerto cerrado,

eres nardo, y alheña, y siempreviva:

eres bosque aromado,

y fuente de agua viva

para mi alma de tu amor cautiva.

¡Levántate y despierta,

ya ves que de rocío coronado

llamo, hermana, a tu puerta:

en mi cabello helado

la escarcha de la noche se ha cuajado!

¡Qué hermosa, Amada mía,

tu negra cabellera entre las lanas

de la oveja de cría!

¡cómo al dormir las sanas

con tu boca de aroma de manzanas!

 

 

Son cientos las pastoras,

son cientos de mi casa las doncellas:

todas cautivadoras;

más Tú eras entre ellas

la escogida, la bella entre las bellas.

Ven. Allá en la llanura

hay un pueblo dormido que el sol baña,

¡sé su Reina en la altura!

¡clava aquí tu cabaña!

¡y la VIRGEN serás de la MONTAÑA!

Miren la Pastorcica

que a su Pastor encuentra y a deshora

trueca en manto de Reina su pellica

y su cayado en cetro de Señora!

III

Brilló sobre la cumbre

un nuevo sol que sobre el sol triunfaba

y al fuego de su lumbre

Cáceres despertaba

y el coro de los ángeles cantaba:

¿Quién es Esta que sube

reclinada en el hombro de su Amado

como fragante nube

que se escapa del prado

de incienso, mirra y áloe perfumado?

¡Salid las cacereñas

con vuestras finas manos de palomas,

volad sobre las peñas,

y volcad los aromas

sobre la Ermita, reina de las lomas!

¡Salid los hombres buenos

de Cáceres leal, y a vuestra Amada

llevadla en triunfo ufanos

por aquesta cañada

donde besa la cumbre a la llamada!

La hizo el Rey su litera

de cedro y de ciprés, de oro su asiento,

de plata su cimera,

de seda su ornamento

blanda y sutil como delgado viento.

Venid a ver la Esposa

que de pastora en Reina se trocara

con la corona hermosa

con que la coronara

un fausto día la ciudad preclara.

Llevadle las doncellas

los frutos del granado y los cantuesos,

y las prietas estrellas

de los racimos gruesos

que sepan a la miel de vuestros besos.

Y tú lleva los dones,

Cáceres inmortal, de tu grandeza,

altos los corazones

y erguida la cabeza:

¡VIRGEN de la MONTAÑA! clama y reza.

Miren la Pastorcica

que encontrando en el monte su tesoro

supo en la red de su corona rica

poner preso al Amor en hilos de oro.

 

IV

¡CACEREÑOS, con fe y con hidalguía

subid a la Montaña de María

y su Palacio sepultad en flores!

¡Hoy tenéis que pagar día por día

CINCO LUSTROS de gracia y de favores!

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