UNA PERSPECTIVA TERRITORIAL PARA EL ARTE RUPESTRE GALAICO.
José Manuel Rey García (**)
ABSTRACT.- The space of representation. A territorial outlook
for the Galaical rock-art. The present deadlock on rock-art studies
in the NW of the Iberian Peninsula has its origin in an investigation focus
centred exclusively on the analysis of rock-art complex itself, without
considering its
context. In this sense, the study that we present
starts fromlysis of the carvings seems to indicate the existence of two
different languages
but complementing each other: one restricted, heavily symbolic, shown
on stones which are very little visthe right definition of the Galaical
Group in rock-art and its chronology along the transition III-II Millenniums
coincide with the apparition of the first Metallurgy.
Centering the studies on the peninsula of Morrazo, the spacial dimension of the rock-art complex is analyzed and differs from the Megalithic one and coincides with the settlements of the transition III-II Millenniums. Connected with aforementioned, the symbolic analysis of the carvings seems to indicate the existence of two different languages but complementing each other: one restricted, heavily symbolic, shown on stones which are very little visible and they are integrated by abstract themes; the other, more narrative, carved on rocks with very clear surfaces, in which arms and scenes with human figures are very noticeable. From all of this and the results of the recent archaeological investigations about this period, we can assume the existence of an agricultural intensification process and a very deep social change. This new social order would be powered by the possession and exhibition of some elements of prestige and power which would show the owner status and legitimated by a demonstration of clear ideologicalical components which would underline the differences between classes: the Galaical rock-art.
RESUMEN.- El espacio de la representación. Una perspectiva territorial para el arte rupestre galaico. El estancamiento actual de los estudios sobre el arte rupestre del NW de la Península Ibérica tiene su origen en un enfoque de la investigación centrado exclusivamente en el análisis de los complejos rupestres en sí mismos, sin considerar su contexto. En este sentido, el estudio que presentamos parte de la adecuada definición del Grupo Galaico de arte rupestre y de su encuadre cronológico a lo largo de la transición III-II Milenios, en coincidencia con la aparición de la primera Metalurgia.
Basándonos en la Península de Morrazo, se analiza la dimensión
espacial de los complejos rupestres, que difiere de la propia del Megalitismo
y coincide con la de los asentamientos de la transición III-II Milenios.
Entroncando con lo anterior, el análisis simbólico de los
grabados parece indicar la existencia de dos lenguajes diferentes pero
complementarios: uno, de carácter restringido, con fuerte carga
simbólica, plasmado sobre rocas muy poco visibles e integrado por
temes abstractos; otro, más narrativo, grabado sobre rocas de superficie
destacada, en el que predominan las armas y las escenas con figuras humanas.
De todo ello y de los resultados de la investigación arqueológica
reciente sobre el período en cuestión, se desprende la existencia
de un proceso de intensificación agrícola y de un profundo
cambio social. Este nuevo orden social sería potenciado por
la posesión y exhibición de determinados elementos de prestigio
y poder que indicarían el status de sus dueños, y legitimado
por una manifestación de claro componente ideológico que
subrayaría las diferencias de clase: el arte rupestre galaico.
1. - INTRODUCCION:
Este estudio nace del recelo que nos asalta al comprobar una y otra vez la frecuencia con que en las publicaciones recientes sobre el arte rupestre galaico se asume, sin la menor crítica, que éste "pertenece a la Edad del Bronce". Este recelo parte en primer lugar del uso, tan corriente como vacío de significado para nuestra región, del apelativo "Edad del Bronce", y, en segundo lugar, de la constancia de que cuanto más nos adentramos en el Segundo Milenio a.C., mayores dificultades surgen para mantener la afirmación.
El estudio del arte rupestre galaico al aire libre cuenta con una amplia tradición (Sobrino Buhigas,1935; Sobrino Lorenzo-Ruza,1955; Anati, 1968,a; 1968,b; Peña Santos y Vázquez Varela,1979; etc.). Sin embargo, la ya clásica adopción de un enfoque de la investigación centrado exclusivamente en el análisis de los complejos rupestres en sí mismos, ha conducido a una situación de claro agotamiento y casi extenuación del método. Desde esta perspectiva, dificilmente se iba a poder avanzar más allá de la mera descripción, catalogación o definición de grupos, aspectos estos que, sin carecer de cierta importancia, poco es lo que nos revelan sobre el contexto(1) que hizo posible la aparición de nuestros grabados. Todo ello ha provocado que el número de publicaciones sobre el arte rupestre galaico haya sufrido un elocuente descenso no sólo cuantitativo sino, lo que es peor, cualitativo.
Pese a lo anterior, estamos plenamente convencidos que las posibilidades de poder llegar algo más allá se abren de forma considerable planteando el análisis desde una perspectiva territorial.
La adecuada comprensión de lo que queremos decir con la expresión "Perspectiva territorial" exige definir el territorio como "un espacio físico dotado de significación histórica, cuya lectura permite el análisis de las relaciones sociales, económicas y técnicas de cada sociedad" (Ruiz y Molinos,1984:187). Esta definición dota de contenido al concepto de espacio "polisémico y vacío de significado por su generalidad" (García,1976:25) y precisa su relación con el territorio, ya que "el medio físico funciona como una infraestructura del territorio, pero no como la causa última y total de su significación" (García,1976:54).
Esta perspectiva auna, pues, las características
físicas y naturales de una región con la interpretación
que de ellas hacen los grupos humanos. Las posibles actuaciones derivadas
de una metodología de este tipo ya han sido enunciadas con anterioridad,
y comprenderían básicamente "la investigación regional
a través de la búsqueda y localización de yacimientos,
la evaluación de sus contextos y el estudio de su distribución
y relaciones" (Ruiz Zapatero y Burillo,1988:47). Tal será el enfoque
que adoptaremos en este estudio, sin olvidar las limitaciones que más
adelante enunciaremos.
2.- LA REVISION DE LOS TRABAJOS CLASICOS:
2.1.- Una necesaria definición previa: El arte rupestre galaico:
Es de sobra conocido que en el Noroeste de la Península Ibérica se distinguen varios grupos de diseños grabados sobre rocas al aire libre que difieren entre sí no sólo desde un punto de vista temático sino técnico. El grave error metodológico en que han caido casi todos los autores que han abordado el tema fue pretender construir con todos estos grabados un único ciclo artístico de larga duración, cuando en realidad responden a etapas muy diferentes en el tiempo y sin conexión alguna entre sí. De todos estos grupos, sólo el que hemos denominado Grupo Galaico presenta unas características propias y peculiares y una datación claramente prehistórica; por ello, será sobre el que centraremos nuestro estudio.
Considerando toda una amplia serie de factores como son la temática general y particular, el estilo, el estado de conservación, la situación y posición de las rocas, etc., se puede aislar con relativa facilidad un grupo peculiar de arte rupestre grabado al aire libre que en lo sucesivo denominaremos galaico(2). Lo componen en esencia figuras circulares, espirales, puntos y diseños laberínticos junto a una temática subnaturalisa en la que se distinguen cuadrúpedos diversos -cérvidos, équidos y otros inidentificables- figuras humanas y armas -espadas cortas, puñales, escudos y alabardas-. Dos aspectos fundamentales que identifican este grupo son la reiteración de la línea curva en todos sus diseños y el intenso desgaste que los agentes erosivos han provocado en sus surcos, dejándolos apenas visibles y con una característica sección en U muy abierta.
Concluyendo. Es en este grupo de grabados rupestres sobre
el que centraremos nuestro estudio no sólo por su evidente homogeneidad
sino porque es el único incuestionablemente prehistórico.
Respecto de otras rocas con grabados, o bien éstos son de cronología
reciente -lo más probable-, o su relación con nuestro grupo
no está demostrada.
2.2 - La cuestión cronológica:
Cualquier intento de construcción teórica parte de la adecuada contextualización de nuestro grupo de arte rupestre, y ella sólo es posible desde la precisión cronológica. En este sentido, durante la década de los setenta tomó carta de naturaleza una hipótesis cronológica que sigue vigente en la actualidad y que apenas ha sido cuestionada; según ella, el grupo galaico de arte rupestre al aire libre vendría a corresponderse con el período abierto entre los momentos finales del Megalitismo y el desarrollo del fenómeno castreño de la Edad del Hierro; esto es, en líneas generales, la Edad del Bronce (García Martínez,1975; Vázquez Varela,1975,a; 1975,b:77-87; Peña Santos,1976; 1978; 1979; 1980; Peña Santos y Vázquez Varela, 1979: 100-106; García Alén y Peña Santos,1980:139-142). Nuestros grabados serían, pues, la manifestación "artística" más evidente de un período arqueológico en apariencia muy concreto pero que en la práctica se desarrollaría durante algo más de un milenio. Semejante amplitud cronológica parece en principio demasiado dilatada para no sopechar que a lo largo de la misma se deberían haber producido algunas alteraciones en los aspectos básicos de los grabados, bien sea en lo meramente formal, bien en lo iconológico. Sin embargo, algo tan simple como lo que acabamos de exponer, que hoy tal vez nos parezca evidente, no fue tenido en cuenta, y a lo más que se llegó fue a suponer la "adopción" de temas de origen foráneo -laberintos, paletas, escenas de equitación...- en momentos avanzados del ciclo siguiendo postulados de corte difusionista.
Y es que en la década de los setenta era perfectamente admisible la vinculación de nuestros grabados rupestres con la Edad del Bronce. Además, la tendencia más generalizada en la bibliografía arqueológica europea relacionaba los focos de arte rupestre "esquemático" al aire libre con las fases de plenitud de la Edad del Bronce (Anati,1964; Kühn,1971; Briard, 1976:251-271; etc.), idea que se mantiene incluso en la actualidad (Borgna, 1980; Morris,1981; 1989; Varios,1988:126-143, etc.). Si a lo anterior sumamos el caso gallego, donde el nivel de la investigación sobre los primeros tiempos de la Metalurgia era a la sazón lamentable, encorsetado en eruditas disquisiciones basadas en prolijas clasificaciones taxonómicas de útiles metálicos, que se empleaban para compartimentar, periodizar, dividir, subdividir y atiborrar de artificiosos "horizontes" todo el Segundo Milenio y parte del Primero, la cosa se entiende. Para rellenar tan largo período de tiempo se contaba con algunos útiles metálicos descontextualizados, pero se carecía de cualquier otra referencia -que tampoco se buscaba con demasiado afán-, de modo que no planteaba problema alguno "rellenar" con el arte rupestre al aire libre tan profundo, oscuro y generoso foso, que de esta manera se enriquecía con una manifestación cultural de importancia. El caso es que, como ya se ha dicho, la propuesta encajó perfectamente y fue aceptada y asimilada sin crítica por la generalidad de los investigadores (Borgna,1980; Peña Santos,1981,a; 1982,a; 1984,a; 1983-1984; Vázquez Vare-la,1986; 1990). Pero la perspectiva que dan los años transcurridos y el nivel alcanzado en la actualidad por la investigación muestran una realidad, si no radicalmente diferente, sí bastante más precisa.
El estado de cosas que acabamos de describir es bastante exlícito para comprender por qué nunca se abordó -o si se hizo fue con graves limitaciones metodológicas- seriamente el tema iconológico. La carencia casi absoluta de información sobre aspectos tan básicos como la sociedad, la economía, etc., de las comunidades asentadas en nuestro territorio durante la Edad del Bronce, a las que se suponía autoras de los grabados, impedía acometer de una forma coherente un asunto no por espinoso menos esencial. Baste para ello recordar aquél famoso y afortunado chascarrillo que explicaba la realidad de la Arqueología en Galicia con estas palabras: "Parece ser que los megalíticos morían pero no vivían, los castreños vivían pero no morían, y los del Bronce... ni vivían ni morían: se pasaban el tiempo haciendo hachas de metal y dibujos en las piedras".
La única, y paupérrima, aproximación al tema partía de la constatación de que las rocas con grabados rupestres se ubican preferentemente a media altura en los característicos outeiros del paisaje granítico galaico, con una amplia perspectiva visual sobre terrenos de "braña" muy adecuados para sustentar pastos naturales. De ello se deducía habilidosamente la existencia del pastoreo y su incidencia en el régimen económico de las comunidades autoras de los petroglifos. Por otro lado, y dada la integración de estas comunidades en una fase avanzada de la Metalurgia, se hacía hincapié en su complejidad social (Peña Santos,1982,a; 1983-1984; 1984,a). Como más adelante se verá, la visión actual es bastante más coherente (Vázquez Varela,1990), y los avances experimentados por la investigación nos permiten ofrecer un modelo bastante diferente del tradicional.
Para relacionar los grabados rupestres galaicos con la Edad del Bronce en general se manejaron, en su día, los siguientes argumentos:
1 - "La temática plasmada en los grabados al aire libre difiere de la que aparece sobre las losas de soporte de algunas cámaras megalíticas, por lo que ambos fenómenos pertenecen a fases culturales y cronológicas diferentes". Este axiona, si no totalmente erróneo, sí es como mínimo aventurado por tratar de relacionar realidades aparentemente diferentes. El arte de las cámaras megalíticas es de carácter presumiblemente funerario y su destino es ser visto sólo por los muertos y/o las divinidades de ultratumba, en contraste con el representado al aire libre, de claro componente ideológico; como consecuencia, la temática puede ser distinta sin tener por ello que pertenecer necesariamente a sociedades y cronologías diferentes. De manera que creemos que el argumento no puede ser utilizado en la actualidad, máxime si tenemos en cuenta que los grabados que aparecen en el interior de algunas cistas, pese a su cronología coincidente -al menos en parte- con el arte rupestre al aire libre, también difieren radicalmente de éste (Vázquez Varela,1980,a; 1980,b).
2 - "Las construcciones castreñas que fosilizan o aprovechan rocas con grabados indican que éstos ya habían perdido su valor durante el desarrollo del fenómeno castreño de la Edad del Hierro". Esta afirmación es cierta pero requiere matización, pues cuando se formula, los datos manejados proceden en su totalidad de castros romanizados o levantados en época romana: Codeseda, Santa Tegra, etc.. Sin embargo, la reciente aparición de rocas con grabados reaprovechadas en construcciones de los siglos VIII-VII en el castro de Torroso (Peña Santos,1991) le da un punto de validez.
3 - "Las escenas de equitación corresponden a un momento avanzado en el desarrollo del ciclo rupestre, coincidente con los últimos tiempos de la Edad del Bronce". Tal afirmación se basaba en una suposición, no por corriente en la bibliografía arqueológica menos endeble, que hacía coincidir el uso del caballo como montura con la aparición de elementos de arnés en el registro arqueológico(3). Con ello se ignoraba la posibilidad del empleo de arneses de materiales perecederos o de montas "a pelo", sin olvidar que tal vez las figuras grabadas no representen una actividad cotidiana sino un hecho de carácter extraordinario. En cualquier caso, la investigación actual admite la existencia de jinetes en el territorio europeo occidental al menos desde los primeros tiempos de la Metalurgia (Sherratt,1983:93; Lichardus et alii,1987:423; Champion et alii,1988:276-277), lo que añadido a lo dicho con anterioridad invalida el argumento.
4 - "Las figuras de laberintos tipo Mogor, así como las esvásticas y las paletas, son temas ajenos en origen a nuestros grabados, a los que se incorporarían en los últimos tiempos de la Edad del Bronce". La afirmación, se mire por donde se mire, es gratuita. Lo cierto es que no se fundamenta en ningún dato contrastado por basarse en criterios difusionistas que tomaban como referencia figuras semejantes procedentes de contextos diversos que si por algo se caracterizaban era precisamente por sus más que dudosas cronologías (Peña Santos,1981,b; 1982,b; 1982,c).
5 - "Los diseños de ídolos-cilindro y las armas representadas en nuestros grabados rupestres se corresponden con los primeros tiempos de la Metalurgia, aunque algunas espadas remachadas y ciertas hachas de filo desenvuelto nos llevarían al Bronce Medio o incluso a tiempos posteriores". El argumento requiere una urgente matización. Si bien es cierto que estamos ante los únicos soportes cronológicos fiables para nuestros grabados, es preciso resaltar que las armas susceptibles de ser clasificadas con garantías no bajan del primer tercio del Segundo Milenio -puñales y espadas cortas de espigo plano y hoja triangular, alabardas, espadas británicas de remaches y cresta central del petroglifo compostelano de Conxo (Peña Santos,1979,c)-. Las espadas que se creyeron pertenecientes al Bronce Medio son absolutamente inclasificables, y las hachas del petroglifo de Coto dos Mouros en Oia no pueden ser utilizadas, pues salvo E.Anati (1968,a:222-224; 1968,b:57) nadie ha podido verlas, por lo que se sospecha con fundamento que se trata de una confusión del autor italiano.
Todo lo dicho hasta aquí parece bastante desolador. Una amplia serie de argumentos que en su momento parecieron "funcionar", en la actualidad no sirven para sustentar una construcción teórica mínimamente coherente. De lo único que podemos estar bastante seguros es que el Grupo galaico de arte rupestre al aire libre no tiene nada que ver con el mundo de los castros del Hierro, y que a lo largo de la transición III-II Milenios se grabaron las armas y los diseños llamados idoliformes. Puede parecer poca cosa, pero al menos estamos ante un dato contrastado.
Espadas cortas, puñales y alabardas representan modelos propios del período abierto entre los momentos finales del III Milenio y el siglo XVIII a.C.. Sabemos que en estos tiempos se grabaron las armas y los llamados ídolos-cilindro junto con otras figuras clásicas asociadas; ahora bien, lo que no podemos precisar es si el momento definido por las armas se corresponde con la integridad del ciclo -en el caso hipotético de que estemos ante un ciclo-, o si es tan sólo el final del mismo; no olvidemos al respecto la manifiesta tendencia de estas figuras a aparecer sólas en los paneles grabados (Peña Santos,1979,b; Cancela et alii, 1984-1985).
Con seguridad, por más que esta sea relativa, sólo podemos afirmar que nuestro grupo de arte rupestre no sobrevive al primer tercio del Segundo Milenio a.C.. No es sólo que no aparezcan figuras de armas de tipología más reciente sino que la tendencia más generalizada en la investigación actual incide en la existencia de una clara ruptura en el registro arqueológico a partir del segundo tercio del II Milenio, que parece dar a entender que en estas tierras se produce una "crisis" de dimensiones difíciles de evaluar por el momento. Un par de espadas y unas pocas hachas vinculables a los siglos XVII-XI a.C. no parecen elementos suficientes para caracterizar tan amplio período (Ruiz-Gálvez,1984:337). Podría ser algo así como una primera Edad Media, durante la cual el proceso de desarrollo socioeconómico de los primeros tiempos de la Metalurgia se interrumpe y no se recupera hasta los comienzos del I Milenio a.C.. A lo largo de esta "crisis" parecen perderse las tradicionales costumbres funerarias, desaparecen de nuestra vista los asentamientos -o, lo que es lo mismo, la población-, y da la impresión de interrumpirse el proceso de intensificación económica; luego es facil suponer que otra de las cosas que se llevarían estos tiempos de confusión sería el Grupo Galaico de arte rupestre, al fallar las bases sociales que lo posibilitaban.
Como corolario a lo dicho, señalaremos que en nuestra
opinión, todos los indicios racionales señalan al Grupo Galaico
de arte rupestre como obra de alguna o algunas de las comunidades humanas
asentadas en nuestro territorio durante la transición entre el III
y el II Milenios a.C., período coincidente con el desarrollo inicial
de la Metalurgia. Dicho lo cual, es evidente que centraremos nuestro
estudio en este período concreto.
3.- REPLANTEAMIENTO DEL ARTE RUPESTRE GALAICO:
3.1.- Una zona de estudio: la Península del Morrazo:
El tradicional énfasis que desde siempre había puesto la Nueva Arqueología en la región como principal unidad de análisis en los estudios arqueológicos, ha sido revalorizado por la "Arqueología Territorial o Regional" (Ruiz Zapatero y Burillo,1988) al considerar que la mejor comprensión de la distribución de las comunidades humanas en el pasado y la utilización que éstas hacen del territorio, es más contrastable cuando la escala de análisis la constituye una región con una personalidad geográfica muy definida. En este sentido, la elección de la pontevedresa Península del Morrazo como centro de nuestro estudio no es casual (Figs.1 y 2). Desde el punto de vista físico, a sus límites como comarca natural une el hecho de que su inmediatez al Océano y a la Depresión Meridiana facilitan los contactos y la llegada de estímulos, bien sea por via marítima, sea por camino terrestre desde el Norte de Portugal. Por otra parte, la región cuenta con un número relativamente importante de yacimientos para documentar la Prehistoria Reciente, y ello redunda en favor de las inferencias que con respecto a las modificaciones en el emplazamiento de los asentamientos pueden hacerse desde el campo de la Arqueología Espacial.
Todo ello incide favorablemente a la hora de considerar a la Península del Morrazo como una de las zonas más dinámicas del área galaica, lo que facilita, como en ninguna otra, el estudio de las transformaciones sociales que acontecieron en el seno de las comunidades humanas que la ocuparon durante la Prehistoria Reciente.
3.1.1.- La parcialidad de la "Carta Arqueológica":
Cualquier intento serio por abordar un trabajo que tenga en cuenta la distribución y las relaciones entre los yacimientos ha de contar con una "Carta Arqueológica" lo más completa posible, que contemple un acercamiento a la realidad pretérita suficiente para no hacer bueno aquéllo tan conocido de que "los mapas de distribución de yacimientos muestran las distribuciones de los arqueólogos y no de los yacimientos".
En la actualidad existen numerosas publicaciones que abordan en profundidad el tema de la "prospección intensiva y sistemática", referidas básicamente a medios áridos, aunque en fechas recientes se ha hecho una propuesta para la prospección intensiva de regiones con una amplia cobertera vegetal (Criado y otros,1988; 1989). Sin embargo, y por motivos extraarqueológicos que no vienen al caso pero cuya simple enumeración causaría verdadero asombro y tal vez sonrrojo, no ha sido posible iniciar la necesaria prospección sistemática de la Península del Morrazo. Esta carencia insoslayable constituye, a nuestro entender, la principal limitación del estudio que presentamos.
Pese a que en la actualida son conocidos numerosos yacimientos que ofrecen una secuencia ininterrumpida desde los tiempos más remotos hasta nuestros días, la Península del Morrazo nunca ha contado con un plan global de actuación arqueológica salvo la catalogación intensiva de complejos rupestres llevada a cabo en la década de los setenta (Peña Santos,1978) y la de monumentos megalíticos desarrollada con posterioridad(4), ambas de inspiración, ejecución y financiación particular, lo que explica sus carencias metodológicas. De esta forma, los datos de localización de los yacimientos, sobre todo los relacionables con los posibles lugares de asentamiento, se fueron acumulando sin sistemática alguna a lo largo del dilatado período de tiempo en que el Museo de Pontevedra ejerció de polo de atracción para gran número de aficionados y profesionales de la Arqueología. En virtud de todo ello, es posible que, en efecto, la distribución de algunos yacimientos reproduzca la distribución de los investigadores...
La principal información arqueológica referida a la zona en cuestión abarca básicamente toda la Prehistoria Reciente, y es relativamente abundante el registro que se considera en este estudio: túmulos megalíticos, petroglifos y asentamientos de la transición III-II Milenios (Fig.2).
Pese a todo lo dicho, y siendo totalmente conscientes de los riesgos que conlleva, abordamos el presente trabajo luego de la desesperación que provoca tener que convivir durante tanto tiempo con una información parcial y un tanto desaprovechada. En cierta medida, y pese al tufillo positivista que desprende, se podría asumir aquéllo de que "Los datos no hablan por sí mismos. He estado a solas con ellos y he escuchado muy atentamente. Los datos jamás dijeron ni una palabra" (Wolpoff,1975:15). A esta desesperación, y al intento de dar coherencia a la caótica información acumulada, responde nuestro estudio.
3.1.2.- El medio físico:
Es bien sabido que en la base de la "Arqueología Territorial" subyace una preocupación por el estudio de las condiciones físicas de la región en estudio, en tanto que "el análisis del territorio humano debe considerar el sustrato físico" (García, 1976:52). Es por ello necesario proceder a un análisis pormenorizado de los elementos físicos que confieren personalidad a la Península del Morrazo.
Encajada entre las rias de Pontevedra y Vigo por el Norte y Sur respectivamente, y por la fracturación denominada Depresión Meridiana por el Este, la Península del Morrazo, con sus 185 Km2 de extensión aproximada, constituye una comarca natural de características y límites muy bien definidos (Fig.1). Administrativamente, se reparte entre los términos municipales de Pontevedra, Marín, Bueu, Cangas, Moaña y Vilaboa, pertenecientes a la provincia de Pontevedra. La configuración del relieve está directamente condicionada por una serie de fallas y fracturas que provocan el basculamiento de la península en dirección SW-NE; es decir, la dirección fundamental de las rias de Pontevedra y Vigo. De un lado, la fractura Norte-Sur denominada Depresión Meridiana, de origen paleozoico rejuvenecida en el Terciario; de otro, la fractura Terciaria Norte-70Este, que ejerce una acción fundamental y determinante sobre la configuración litoral.
En el aspecto geológico (Fig.3), la superficie de la península está constituida por zonas de rocas básicas (granitoides) y metamórficas (gneises, pizarras, esquistos y cuarcitas). En lugares concretos se observan niveles de sedimentos terciarios y cuaternarios compuestos por arenas, limos y fangos, apreciables en puntos como la Ensenada de Aldán, la playa de Barra o la Punta Carboeiro.
Los cursos fluviales se distribuyen a partir de los montes centrales y van a desembocar a las rias. Se trata de pequeños rios que discurren de forma perpendicular a la costa y, por ello, son los responsables de buena parte del modelado litoral. En cuanto a los suelos, son generalmente de tipo ranker, proto-ranker y tierras pardas, característicos de la Galicia granítica. Los dos primeros son de escaso rendimiento agrícola. Dentro de las tierras pardas, las más fértiles son las eutróficas, que suelen ceñirse a los riachuelos y a los fondos de los valles (Souto,1983:237).
El relieve constituye un elemento indispensable a la hora de analizar tanto los factores físicos -red hidrográfica, suelos, etc.- como humanos que han dado personalidad propia a la región en estudio. Utilizando como método el propuesto por Puyol y Estébanez (1976), se deducirán las regiones topográficas que definen la zona tomando como punto de partida el análisis de altitudes absolutas, desniveles relativos y pendientes(5).
El mapa de altitudes absolutas (Fig.4) refleja un relieve relativamente contrastado, sobre todo en dirección N-S, constituyendo un transepto que va de la línea de cumbres a la costa. La máxima altitud se da en la Sierra de Domaio, con 630 m. sobre el nivel del mar, disponiéndose la línea de cumbres en dirección SW-NE; es decir, la misma que presentan las rias de Pontevedra y Vigo y la propia península. Se aprecia un acusado predominio de las bajas altitudes, hasta el punto de que utilizando como límite la curva de los 300 m., se delimita una extensión que ocuparía el 72'6% del total. Esta superficie presenta una distribución paralela a la costa, con ligeras penetraciones hacia el interior a través de los valles de los pequeños cursos fluviales. Conviene señalar que el sector más occidental de la región está practicamente incluido dentro de este intervalo. Las altitudes medias, definidas por el intervalo comprendido entre los 300 y los 500 m., comprenden el 23% del total. Mantienen una disposición interior con respecto a las bajas y se orientan en dirección SW-NE. Este intervalo incluye sobre todo las penillanuras de la región, de tránsito relativamente fácil, sobre las que se emplazan los monumentos megalíticos. Finalmente, el intervalo que se sitúa por encima de los 500 m. está practicamente ausente; tan sólo representa el 4'1% del total y se ciñe en exclusiva al punto central de la región, en torno a la Sierra de Domaio.
Las pendientes (Fig.5) suponen un elemento de análisis de gran valor por cuanto frecuentemente son responsables directas del reparto de la población y de los usos del suelo. Su distribución es bastante equilibrada. Las moderadas (10-20%) son las más abundantes, ocupando un 38'29% de la región. Se reparten regularmente, ya sea circundando la línea de costa, ya sea atravesando el corazón de la península, definiendo lo que usualmente se conoce como "chans". Por su parte, las pendientes ligeras (<10%) representan un 28'10% y se disponen entre la línea de costa y el cinturón de las pendientes moderadas, amén de pequeñas manchas dispersas en el interior de la península, coincidiendo con el emplazamiento de la mayor parte de los monumentos megalíticos. Las pendientes pronunciadas (20-30%) suponen un 29'07% y adoptan una disposición interior en el conjunto de la región, englobando lo que podría definirse como territorios de transición entre las tierras bajas y la línea de cumbres. Finalmente, las pendientes abruptas (>30%) constituyen un 4'54% que se dispone de forma irregular y aislada en la vertiente que se orienta a la ria de Vigo.
Del análisis conjunto de las altitudes absolutas y de las pendientes se pueden establecer las regiones topográficas (Fig.6). La I puede ser denominada litoral. Representa un 55'07% del total de la península, y se caracteriza por una altitud absoluta inferior a los 300 m. y unas pendientes inferiores al 20%. Tiene una disposición paralela a la costa, con penetraciones hacia el interior por los pequeños valles fluviales. Esta región soporta, en la actualidad, la mayor parte de los núcleos de población, y el uso del suelo está orientado fundamentalmente a la agricultura. La región II o de transición queda definida fundamentalmente por las pendientes pronunciadas (20-30%). Altimétricamente es indiferenciable al estar representada desde los 150 a los 500 m. de altitud. Tiene una disposición interior con respecto a la litoral, y en la actualidad el uso de su suelo está enfocado hacia lo forestal, con especies de repoblación -pino y eucalipto-. En cuanto a la región III o de penillanura, se localiza, altimétricamente, entre los 300 y los 500 m.. Con una disposición fundamental SW-NE, dispone de unas pendientes inferiores en todo caso al 20%. Sobre esta región se emplaza la mayor parte de los monumentos megalíticos, y su vegetación actual es sobre todo matorral. Finalmente, la región IV o abrupta la compone una serie de pequeñas manchas dispuestas de manera aislada e irregular, caracterizadas por unas pendientes superiores siempre al 30%
3.1.3.- El espacio rupestre: Un espacio para la representación:
Desde la década de los setenta, el auge de la denominada Arqueología Espacial ha provocado, directa o indirectamente, una creciente preocupación por la renovación metodológica y por la teorización en Arqueología. En este sentido, la aplicación de elementos de análisis propios de la Geografía Locacional (Haggett,1965) se revelará particularmente interesante en el estudio de la distribución y de las relaciones entre los asentamientos (Hodder y Orton,1976; 1990; Clarke,1977). De acuerdo con lo anterior, nuestro primer objetivo ha de ser mostrar la relación que los complejos rupestres mantienen con el medio físico, de cara a poder dilucidar si su distribución es aleatoria o si, por el contrario, la constatación de determinadas regularidades nos inducen a pensar en un uso socializado del medio natural.
Para el estudio de los complejos rupestres del Morrazo hemos procedido a una detenida y sistemática selección entre los conocidos, de manera que centraremos el análisis unicamente en aquéllos cuyas características técnicas e iconográficas los integran con claridad dentro del Grupo Galaico, el único, como ya se ha comentado, claramente prehistórico. Todos los complejos integrados por diseños poco claros o atemporales -caso de las cazoletas aisladas- han sido obviados. De esta forma, contabilizamos noventa y nueve rocas con grabados agrupadas en cuarenta complejos(6).
Lo primero que salta a la vista es la ya conocida relación directa entre los grabados rupestres y los granitos de grano fino, preferentemente los de la variedad de dos micas. La ausencia de grabados sobre otros tipos de roca ha sido considerada desde siempre como un claro determinismo cultural: los autores elegirían para sus obras una única variedad de soporte. Hoy, sin embargo, y aunque no podemos bajo ningún concepto rechazar sin más la afirmación tradicional, debemos plantearnos la posibilidad de que en origen los soportes elegidos -y las técnicas- fuesen diversos, y que la situación actual sea el resultado de que sólo hayan llegado hasta nuestros dias las grabadas sobre granito, en tanto que las plasmadas sobre otros soportes habrían desaparecido por la acción de los agentes erosivos. Tampoco hay que olvidar la posible -por no decir probable- existencia de pinturas.
Pero lo que está perfectamente claro es que por el momento no podemos disociar los complejos rupestres galaicos de las variedades de granitos ya mencionadas, y que es poco menos que inutil intentar buscarlos en otros ambientes geológicos. Ello supone asumir de partida un notable hándicap al plantear el análisis espacial de los petroglifos. Aunque es obligado tenerlo muy en cuenta, no nos impide que podamos llegar a exponer ciertas consideraciones.
Los complejos rupestres del Morrazo se localizan por debajo de la curva de los 400 m. -en realidad la de 350-, distribuyéndose de forma bastante regular en los intervalos de altitudes que se situan por debajo de esta cota (Fig.4; Tab.1,a). Es interesante constatar que por encima de los 400 m., pese a que la superficie que comprende representa casi un 15% del total de la península y que existen afloramientos graníticos susceptibles de acoger petroglifos, no se conoce más que una pequeña roca con grabados, lo que indica claramente que, en principio, se trataría de una zona sin demasiado atractivo para las comunidades humanas autoras de los grabados.
En cuanto a las pendientes (Fig.5; Tab.1,b), el único factor que excluye la aparición de los complejos rupestres son las pendientes superiores al 30%, encontrándose repartidos de forma regular por los restantes intervalos, con una acusada presencia sobre las pronunciadas y las ligeras.
Por fin, la relación de los grabados rupestres del Morrazo con las regiones topográficas (Fig.6; Tab.1,c) indica una clara preferencia por la I y la II, mientras que rehuyen la III -en la que sólo aparece una pequeña roca con grabados que no es sino la excepción a la regla- y la IV.
Entrando en detalles, una norma general en nuestros complejos de arte rupestre es su preferencia por los pequeños "outeiros" tan peculiares del paisaje granítico atlántico, con afloramientos en superficie e importante erosión, que se alzan sobre zonas de suelos pobres, hoy pobladas de matorral o destinadas a pastos, con puntos de agua en sus proximidades. Estos outeiros con rocas grabadas pueden surgir en paisajes radicalmente diferentes; por ejemplo, en planaltos sensiblemente llanos -complejos del Outeiro da Mina en Salcedo, Pontevedra-, en laderas de cierta pendiente -Moreira en Marín o A Escada en Moaña-, en el fondo del valle -Rio Loureiro en Aldán, Cangas- e incluso en pleno litoral -Monte en Mogor, Marín- (Fig.7).
Desde una perspectiva más próxima, ya dentro del outeiro, comprobamos que la tendencia más frecuente es la elección de rocas emplazadas a media altura, en la ladera, y la casi total ausencia de petroglifos en la cumbre. Además de esto, los criterios manejados por los autores para elegir las rocas a grabar no parecen dejar lugar a dudas: en casi todos los casos son escogidas las que menos destacan en el paisaje; es decir, las de superficie plana y emplazadas a ras de suelo o poco elevadas, muchas de ellas cubiertas en la actualidad, total o parcialmente, por depósitos recientes. Si a este curioso detalle sumamos la propia situación de las rocas grabadas dentro de los outeiros, podríamos deducir que en su inmensa mayoría, nuestros petroglifos no parecen haber sido concebidos para ser vistos a distancia, para destacar en el paisaje; por contra, desde ellos puede ejercerse un claro dominio visual del entorno inmediato. Sólo escapan de esta norma, curiosamente, los grabados en que aparecen figuras humanas y/o armas. De todo lo dicho se desprenden interesantes deducciones que veremos más adelante.
3.1.4.- El espacio doméstico: De la intuición del Megalítico a la realidad de la transición III-II Milenios:
3.1.4.1.- Megalitos y "asentamientos" megalíticos:
El estudio del mundo megalítico cuenta en Galicia con una amplia bibliografía y un relativo peso dentro de la investigación general, desde los trabajos pioneros de Maciñeira (1929; 1944-1945; 1947), hasta las más recientes síntesis (Bello, Criado y Vázquez,1987; Fábregas,1988; Criado y Fábregas,1989,a; 1989,b; Rodríguez Casal,1990). De hecho, constituye el período de la Prehistoria gallega objeto de los más novedosos planteamientos y sobre el que se han ejercido las primeras aproximaciones a lo que se ha denominado una "Arqueología económico-social y ambiental" (Martínez Navarrete,1989:74). Con semejantes antecedentes, no es casualidad que sea también el único período de la Arqueología gallega del que desde hace algunos años se trata de buscar su dimensión simbólica, inaugurando "una línea de trabajo que pretendería profundizar en los aspectos imaginarios del megalitismo" (Criado,1989:79).
Pese a ello, la carencia de asentamientos relacionables de forma directa con los monumentos funerarios supuso siempre una barrera infranqueable en la investigación -recuérdese el ya citado chascarrillo, popular hasta hace pocos años, que afirmaba que los megalíticos de esta zona "morían, pero no vivían"-. Por fortuna, en la actualidad, aunando datos de Galicia y del Norte de Portugal, disponemos de una amplia serie de indicios racionales que nos sirven para constatar que, al menos, parte de los constructores de los monumentos megalíticos vivían en sus inmediaciones. La aparición de materiales cerámicos y líticos muy fragmentados y rodados entre las tierras de algunos túmulos (V.O.Jorge y Moreira,1987; Rey García,1990), la abundancia de molinos utilizados como material de relleno en ciertos túmulos (Fábregas,1988:61), las estructuras de combustión localizadas bajo algunas masas tumulares (Patiño,1984,a; 1984,b; V.O.Jorge,1985; V.O.Jorge y Moreira, 1987), los altos contenidos en fósforo en los paleosuelos de ciertas mámoas (Ricardo y Madeira,1986; 1988) y la presencia de agujeros de poste en los suelos de algunos túmulos (V.O.Jorge,1990:22), si bien en parte pueden haber sido debidos a las propias obras de construcción de las estructuras funerarias, podrían indicar la proximidad de los lugares de habitación con relación a las necrópolis, tal y como sostienen varios autores (Cruz,1988: 35; Fábregas,1988:61; V.O.Jorge,1990:22).
Evidentemente, si decimos que una buena parte de las comunidades megalíticas pudo haber vivido en las inmediaciones de los túmulos, no por ello pasamos por alto que existe además el problema añadido que supone articular esa posibilidad con la probabilidad -por no decir seguridad- de que una parte de esos monumentos sea coetánea con los asentamientos definidos como de transición III-II Milenios (S.O.Jorge,1986:924-925; Fábregas,1988: 59). Ello supone aceptar que dentro de este marco estrictamente temporal las comunidades humanas que ocupaban el Morrazo podrían optar a la hora de enterrar a sus muertos entre utilizar un megalito anterior, construir uno nuevo o hacerlo en una cista. La existencia de diversas alternativas podría suponer la coetaneidad de procesos distintos en una misma región, explicables tan sólo desde los contextos sociales y culturales que permiten la actualización de una o de varias de ellas.
Al igual que hemos hecho con el arte rupestre, trataremos de discernir la relación entre los monumentos megalíticos y el medio físico. De esta manera, la distribución altimétrica (Fig.4; Tab.1,a) indica que salvo uno, todos los túmulos del Morrazo se ubican en los planaltos situados entre los 200 y los 500 m., con una tendencia clara entre los 400 y 500 m.. Este hecho, que por sí mismo poco podría significar, cobra especial relevancia al constatar que la superficie abarcada por este intervalo supone tan sólo el 10'3% del total de la región. De esta forma, se difumina el componente de aleatoriedad en la elección del emplazamiento, y nos pone ante la evidencia de un uso social y cultural del espacio. En la actualidad, se trata de zonas de suelos ligeros, precisamente los más aptos para sustentar una agricultura de tecnología neolítica. Ya hemos mencionado más arriba la probabilidad de que las comunidades responsables de la edificación de los monumentos megalíticos tuviesen sus campamentos en las proximidades. En otro capítulo desarrollaremos este interesante tema.
Al observar el mapa de pendientes (Fig.5; Tab.1,b) salta a la vista la clara preferencia de los túmulos del Morrazo por los terrenos de pendientes suaves, inferiores en todo caso al 20%. En el aspecto cuantitativo, se reparten de forma equitativa entre las pendientes ligeras y las moderadas. El túmulo localizado sobre una zona de pendientes del 20-30% es una excepción causada por la escala de la cartografía empleada. La preferencia por las pendientes ligeras y moderadas se observa al analizar la densidad: 0'32 y 0'26 respectivamente frente al 0'02 restante.
En cuanto a las regiones topográficas (Fig.6; Tab.1,c), los túmulos sólo encuentran como factor limitador las abruptas (>30%), que caracterizan la región IV, y las pronunciadas (20-30%) de la II. Aparecen representados mayoritariamente sobre las regiones I y III, definidas ambas por unas pendientes inferiores siempre al 20%, con una acentuada ubicación sobre la III o de penillanura, en la que encontramos nada menos que el 64'87% de los túmulos sobre tan sólo el 9'19% de la superficie total. Esta tendencia se observa también al calcular la densidad: 1'43 para la región III, 0'12 para la I y 0'02 para la II.
La preferencia por este tipo de terreno se ha puesto en relación con la existencia de una agricultura de azada a pequeña escala basada en el sistema de roza (Bello, Criado y Vázquez,1987; Criado,1988:152-153), con la disponibilidad en las proximidades de material para la edificación de los monumentos (Bello, Criado y Vázquez,1984; 1985; 1987), con la existencia de caminos (Bello, Criado y Vázquez, 1987) y con el factor de visibilidad (Criado, Aira y Díaz-Fierros, 1986:136-143).
3.1.4.2.- Los asentamientos de la transición III-II Milenios:
El concepto "Transición III-II Milenios" debe ser entendido desprovisto de cualquier significación cultural. Responde tan sólo a un intento por definir un marco temporal. Constituye un término operativo que tiene la doble ventaja de evitar el uso de conceptos de marcado carácter cultural como Calcolítico o Bronce Inicial y de dejar abierta la posibilidad de que en una misma región puedan coexistir contextos socioculturales diferentes.
El paso del III al II Milenios en la península del Morrazo está atestiguado por once asentamientos que proporcionan una información francamente desigual, tanto cuantitativa como cualitativamente, por proceder en unos casos de excavaciones metódicas y en otros de simples puntos en los que tan sólo se constata la existencia de cerámicas atribuibles a esta época. Los asentamientos son los siguientes:
- Lavapés (Hio, Cangas). Yacimiento situado en la parte media de una vaguada de suave pendiente a 15 m. de altura sobre el nivel del mar (Fig.12,d) abierta al Norte y al Este. Presenta dos fases ocupacionales; la más antigua con cerámicas incisas e impresas con orificios de suspensión, y la reciente con restos de estructuras, cerámicas inciso-metopadas del tipo Penha, hachas pulidas, puntas de flecha de sílex y cuarzo, etc.. Se detectan restos de crisoles de fundición de cobre. Una datación de C-14 para el nivel reciente: GaK 11.188: 3930+/-120=1980 b.C. (Peña Santos,1984,d; 1985, a). Los análisis polínicos revelan la existencia de un proceso de deforestación con empleo del fuego y la consiguiente degradación del suelo; se detectan cultivos cerealísticos en las inmediaciones del campamento (López, 1984,b).
- O Fixón (Hio, Cangas). Asentamiento en suave ladera, hoy fosilizado por un fuerte nivel de dunas, a 35 m. de altura sobre el nivel del mar (Fig.12, e). Estructuras habitacionales apenas perceptibles y abundantes fragmentos de cerámicas lisas y campaniformes, entre los que destacan los pertenecientes al tipo Internacional o Marítimo en su estilo clásico de bandas, mayoritariamente de la variedad lineal. Pequeña industris lítica poco característica. Un fragmento de crisol de fundición de cobre. Una datación de C-14: GaK 12.317: 3830+/-130=1880 b.C. (García-Lastra,1984). Los análisis polínicos muestran una vegetación abierta en el entorno, de carácter pobre, tipo pastizal (López,1984,a).
- Regato das Forcadas (Hio, Cangas). Asentamiento próximo al anterior (Fig. 12,f). Su existencia queda recogida en el fichero del Museo de Pontevedra, que señala la aparición casual de varias puntas de flecha y fragmentos de cerámicas incisas, impresas y plásticas junto a campaniformes.
- Mesa de Montes (Aldán, Cangas). Asentamiento sobre una pequeña penillanura a 320 m. de altura (Fig.12,c), ligeramente basculada hacia el Sur. Numerosos fragmentos de cerámicas inciso-metopadas del tipo Penha, absolutamente idénticas a las de Lavapés (Peña Santos,1985,a).
- A Cunchosa (Aldán, Cangas). Abrigo rocoso junto a la línea de costa (Fig. 12,a) que ha proporcionado, sin contexto estratigráfico, materiales líticos de dificil adscripción y cerámicas lisas y decoradas tanto por incisión -líneas paralelas, reticuladas bajo línea paralela al labio, etc.- como por impresión -ungulaciones y "boquique"-. Existen también bordes dentados y orificios de suspensión(7) (Suárez,1983).
- Chan de Coiro (Coiro, Cangas). Según consta en los ficheros del Museo de Pontevedra, se trata de un posible asentamiento en ladera con caida hacia Poniente, a 260 m. sobre el nivel del mar. Fragmentos de cerámicas lisas y campaniformes, un pulidor, restos de industria lítica y tal vez un fondo de cabaña. Una datación de C-14: CSIC...:3830 +/- 80 = 1880 b.C..
- Gandón (Aldán, Cangas). Dos cistas en un terreno de pendiente muy suave a 75 m. sobre el nivel del mar (Fig.12,b). Una grande, de inhumación, que proporcionó una punta Palmela y un brazal de arquero de arenisca; la restante, de pequeñas dimensiones, albergaba una cremación sin ajuar. La losa de cubierta de la cista grande conserva una pequeña agrupación de cazoletas grabadas sobre su superficie natural. La presencia de varios fragmentos de cerámicas y dos bases de molinos planos de grandes dimensiones nos permiten suponer la presencia de un asentamiento coetáneo en las proximidades (Peña Santos,1985,b).
- O Regueiriño (Domaio, Moaña). Asentamiento en ladera, a 40 m. de altura, con fuerte caida hacia el Sur (Fig.13,d). Un único nivel arqueológico con cerámicas provistas de orificios de suspensión, profusamente decoradas con incisiones e impresiones (Peña Santos,1984,c). Los análisis polínicos ponen de manifiesto cierta actividad antrópica deforestadora con uso de fuego (Aira, Sáa y Taboada,1989:65).
- A Fontenla (Domaio, Moaña). Asentamiento sobre una pequeña explanada a 140 m. de altura, en medio de fuerte caida hacia el Sur (Fig.13,c). Dos posibles fases ocupacionales de dificil definición, con cerámicas lisas, incisas, impresas y campaniformes de los tipos Marítimo y Cordado. Puntas de flecha de sílex y cuarzo. Una datación de C-14: CSIC...:4410+/-50=2460 b.C. de la que se desconoce el nivel de procedencia de la muestra (Peña Santos, 1984,b). Los análisis polínicos muestran señales de cultivos cerealísticos y las ya conocidas deforestación con quemas (Aira y Guitián,1984; Aira, Sáa y Taboada,1986:66).
- Cavada dos Burros (Vilaboa). Asentamiento en ladera con caida hacia el Sur, a 320 m. de altura (Fig.13,a). Referencia en el Archivo del Museo de Pontevedra: "En una pista forestal, varios fragmentos de cerámicas a mano; entre ellas, dos con decoración campaniforme. Un pulidor".
- Chan de Armada (Vilaboa). Asentamiento en planalto de suave pendiente, junto a varios túmulos megalíticos, a 350 m. de altitud (Fig.13,b). Numerosas cerámicas lisas y campaniformes con decoración puntillada e incisa de inspiración Ciempozuelos (García-Lastra,1984-1985).
La distribución altimétrica de los asentamientos que acabamos de reseñar (Fig.4; Tab.1,a) muestra una ocupación del territorio mucho más amplia y diversificada que en el caso ya analizado de los megalitos; el contraste es mucho menor cuando se compara con la distribución de los complejos rupestres, lo que constituye un aspecto clave sobre el que volveremos más adelante. Parece haber una exclusión de las tierras emplazadas a cota superior a los 500 m. y una cierta preferencia por las tierras bajas: siete de los once asentamientos conocidos se ubican por debajo de los 200 m. -en realidad casi un 50% no sobrepasan la cota de 100-. Pese a ello, una mínima prudencia nos aconseja manejar este dato con cuidado ante la posibilidad de que una prospección intensiva del territorio pueda suministrar diferente información; ahora bien, sin olvidar lo que acabamos de decir, la tendencia general parece clara.
Si observamos el mapa de pendientes (Fig.5; Tab.1,b), vuelve a manifestarse la tendencia anterior, indicando una amplia ocupación del territorio. El 90% de los asentamientos se emplaza sobre terrenos de pendientes inferiores al 20%. Sólo las zonas de fuerte pendientes quedan excluidas.
Finalmente, el mapa de regiones topográficas (Fig.6; Tab.1,c) indica que más del 50% de los asentamientos se emplaza sobre la región litoral, definida por altitudes inferiores a los 300 m. y pendientes que no alcanzan el 20%. La región II o de transición acoge el 36'3% de los asentamientos, y representa el emplazamiento tradicional en ladera definido para esta época; por contra, en la región III, que acoge la práctica totalidad de los megalitos, sólo se documenta un asentamiento. Este último detalle no debe confundirnos, pues al extraer la densidad, resulta que supone un 0'06, semejante al 0'06 de la región I y ligeramente inferior al 0'07 de la II.
3.1.5.- Límites y Territorios:
Antes de abordar el tema es preciso insistir una vez más en la acepción histórica del territorio como "un espacio físico dotado de significación histórica, cuya lectura permite el análisis de las relaciones sociales, económicas y técnicas de cada sociedad" (Ruiz y Molinos,1984:187). Es obvio que este uso social y cultural del espacio afecta a esferas distintas, desde el estudio de las relaciones Hombre-Medio a través del análisis de los denominados "territorios de producción restringida" (Ruiz,1987:12) o "territorios de explotación del yacimiento" (Fernández y Ruiz Zapatero, 1984:59), al estudio de las relaciones Hombre-Hombre a través de la observación del "territorio político" que "define el máximo nivel de trabajo en Arqueología Espacial, en tanto que es el Estado quien define su organización y sus límites" (Ruiz, Molinos y Hornos,1986:59).
No abordaremos el "territorio político" por entender que, en el estado actual de la investigación, es dificil pensar en una formación de carácter "estatal" -en sentido amplio- en el ámbito de las Rias Bajas antes de la plena implantación del fenómeno castreño de la Edad del Hierro. Es por ello que centraremos el análisis en el denominado "territorio de explotación del yacimiento" aunque con acentuadas particularidades.
Se han experimentado diferentes vias en el estudio de los "territorios de explotación", pero ninguna se ha librado de críticas y de importantes limitaciones (Hodder,1990:251-259; Ruiz Zapatero,1988). Pese a ello, tal y como señala P.Bahn, constituye el mejor de los medios de que se dispone para un estudio estandarizado del emplazamiento de los asentamientos (Bahn,1984).
Puesto que la finalidad del presente estudio no es la de extraer conclusiones de caracter estrictamente económico sino la de establecer procesos generales acerca de la distribución de los asentamientos y sus territorios, y la relación del arte rupestre galaico con los mismos, hemos empleado la delimitación de los "territorios de producción restringida" como un sistema válido para acceder a los territorios que habrían tenido un uso potencialmente preferente por las comunidades humanas que los ocuparon. Para ello, y debido a problemas de tiempo insoslayables, hemos usado círculos de radio fijo de 1 km. en torno a los yacimientos analizados, a pesar de ser conscientes de la distorsión que sobre los límites establecidos ejerce la topografía (Davidson y Bailey,1984; Ruiz Zapatero,1988).
Una simple observación del mapa de distribución de los yacimientos de la Prehistoria Reciente en nuestra península (Fig.2) nos muestra cómo los complejos rupestres se situan a caballo de los monumentos megalíticos y de los asentamientos de la transición III-II Milenios, reflejando con ello que el espacio para la representación constituye también un espacio para la transición entre dos concepciones diferentes del mismo. Esta distribución de yacimientos refleja, en la fase transicional, una manifiesta tendencia hacia la colonización de las tierras bajas ocupando áreas hasta entonces poco o nada explotadas, como se desprende de la distribución de los asentamientos y de los hallazgos casuales de útiles metálicos atribuibles a este momento. Tal proceso debería ponerse en relación con otro, paralelo, de intensificación agrícola, interpretable por la marcada preferencia hacia un tipo de suelo más pesado y profundo que haría necesario para su explotación el uso de un tipo de arado ligero y la adopción de algún sistema de abonado (Criado,1988:153). Paralelamente, los "territorios de producción restringida" evidencian, también en términos generales, la adopción de una nueva concepción espacial en las últimas centurias del III Milenio. El punto de partida lo constituye la creencia, ya manifestada con anterioridad, de que las comunidades megalíticas, además de contar con un espacio para morir, disponían de un espacio para vivir. Utilizando como base esta premisa, se han trazado en torno a los monumentos megalíticos de la región círculos de 1 km. de radio para, de esta forma, definir territorios de uso potencialmente diferente (Fig.8). El espacio así definido presenta una disposición NE-SW a lo largo de los planaltos de la región, y básicamente se caracteriza por unas pendientes moderadas, terrenos ligeros y bien drenados, fáciles de trabajar y, hoy en dia, dedicados a monte bajo y ocasionales pastos. Es interesante resaltar que estos territorios se excluyen de forma manifiesta de los definidos tanto para el arte rupestre como para los asentamientos de la transición III-II Milenios. Hasta tal punto esto es así que ampliando los territorios a círculos de 2 km. de radio, de los 112 km2 (60'5% del total) abarcados en la región por los monumentos megalíticos y los asentamientostransicionales, tan sólo se superponen en 26 km2 (14%). Este es un dato que habla por sí mismo.
La situación se torna radicalmente diferente si lo que contrastamos son los espacios del arte rupestre y los territorios de los asentamientos datados entre las últimas centurias del III Milenio y las primeras del II. Los territorios de uso potencialmente preferente por parte de estas comunidades se nos presentan como pequeñas manchas dispersas a lo largo de las regiones topográficas I y II (Figs. 9 y 10).
Una distribución similar se observa al analizar
el arte rupestre (Fig. 10), hasta el punto de que las zonas en que se superponen
los respectivos territorios muestran una más que evidente relación
entre los asentamientos transicionales y los complejos rupestres (Fig.11).
Para analizar con más detalle esta idea hemos procedido a un estudio
pormenorizado de los territorios inmediatos a los asentamientos mediante
el trazado de las líneas isocrónicas de 12 y 30 minutos (Bailey
y Davidson,1983; Davidson y Bailey, 1984:30-31; Davidson,1989:22). Salta
a la vista de forma inmediata la existencia de dos situaciones diferentes.
En el sector occidental de la península (Fig.12), los territorios
definidos excluyen completamente los monumentos megalíticos; por
contra, en la zona oriental (Fig.13) engloban algunos túmulos(8).
Pese a ello, creemos que dos aspectos se revelan significativos al considerar,
dentro de los territorios así definidos, la relación entre
los asentamientos y el arte rupestre: en primer lugar, que los complejos
rupestres se localizan circundando los asentamientos en los límites
de sus respectivos territorios, y en segundo lugar, que utilizando la distribución
actual de los usos del suelo, puede deducirse que los petroglifos se emplazan
sobre terrenos incultos, hoy en dia dedicados a monte bajo o a repoblación
forestal, circundando las actuales tierras de cultivo, sobre las que muestran
un amplio dominio visual(9).
4.- UN CONTEXTO PARA EL ARTE RUPESTRE GALAICO:
De todo lo dicho hasta ahora parece desprenderse la clara relación del arte rupestre galaico con los asentamientos humanos de la transición III-II Milenios, de lo que también podría deducirse que nuestros grabados son obra de la o las comunidades que ocupaban este territorio en las fechas indicadas. El paso siguiente perseguirá la integración de este fenómeno "artístico" dentro de un determinado contexto socioeconómico. Dicho con otras palabras: se trata ahora de averiguar el tipo de sociedad que se esconde tras los petroglifos para poder siquiera entrever la finalidad y, tal vez, el significado de éstos últimos. Para lograrlo seguiremos dos vias de estudio convergentes. Intentaremos analizar el tipo de sociedad que se desprende, por un lado, de los complejos rupestres analizados en sí mismos, y, por otro, de los conocimientos actuales sobre la transición III-II Milenios en nuestra zona.
Algunos aspectos de la dimensión espacial de nuestros grabados rupestres ya han sido descritos más arriba. Hicimos especial hincapié en el conocido determinismo geológico que provoca la relación directa petroglifo-granito de grano fino, poniendo énfasis en la posible existencia de otros tipos de soporte desaparecidos con el tiempo; también analizamos la tendencia general de los complejos rupestres a situarse sobre ciertos "outeiros" emplazados a altitudes medias y bajas en el límite de los territorios de producción de los asentamientos transicionales, sobre terrenos de aprovechamiento extensivo, hoy dedicados a monte bajo, pastos o repoblación forestal; por último, vimos que casi siempre las rocas grabadas eran las situadas a media ladera del "outeiro", con un amplio dominio visual sobre el entorno, y de manera significativa sobre las actuales tierras de cultivo.
Entrando ahora en detalles y analizando qué rocas del "outeiro" se eligen para los grabados y cuáles se desechan, lo primero que sorprende es comprobar que existe una clara preferencia por las superficies emplazadas a ras de suelo o muy poco destacadas; es decir, normalmente, las menos visibles de todo el conjunto. La deducción inmediata es la siguiente: como norma general, los complejos rupestres galaicos no fueron concebidos para ser identificados a distancia; no son elementos creados para destacar en el paisaje sino, más bien, todo lo contrario.
La afirmación anterior en ocasiones se incumple -no se olvide que hablamos de tendencias, no de normas absolutas- y surgen petroglifos sobre superficies con la suficiente inclinación como para poder ser vistas desde la lejanía. Ahora bien, en estos casos, resulta que el repertorio figurativo es, si no diferente, sí al menos distinto: mientras las rocas horizontales están ocupadas normalmente por los temas más abundantes y característicos, marcadamente simbólicos -círculos, espirales, laberínticos...- y algún zoomorfo típico, en los planos inclinados van a aparecer los temas de caracter "narrativo", seguramente ideológico, con la participación directa o indirecta de la figura humana -escenas de caza, de equitación, armas...-. Es decir: parece coexistir en nuestros grabados una temática "restringida" basada en los diseños geométricos de fuerte carga simbólica, y otra, "abierta", integrada por composiciones en las que interviene la figura humana y/o los diseños de armas. El antropomorfo del Outeiro da Mina en Salcedo, Pontevedra; las escenas de caza y equitación de Pinal do Rei en Cangas (Fig.14); las espadas y alabardas de Laxe da Chan en Cangas (Fig.15); los escutiformes de Mogüelos en Hio, Cangas -sobre un plano vertical-; incluso, el controvertido "guerrero" de Rio Loureiro en Aldán, Cangas, aparecen sobre superficies perfectamente destacadas y visibles desde cierta distancia (García Alén y Peña Santos,1980:f.f.119,30,29,33 y 28).
La tendencia que acabamos de apuntar abre la posibilidad de que en los grabados rupestres galaicos coexistan, por lo menos, dos tipos de lenguaje: Un primero, de carácter "privado", sería el propio de la temática grabada sobre las superficies horizontales poco destacadas en el terreno y, por consiguiente, dificilmente distinguibles a distancia; esto es, los diseños geométricos en general y buena parte de los zoomorfos más corrientes. Se trata del repertorio figurativo más abundante y el que caracteriza e individualiza el arte rupestre galaico con respecto de otros focos rupestres. Este lenguaje podría ser el reflejo de un ritual simbólico-religioso de las mismas características "restringidas". La temática, por su marcado simbolismo, requeriría para su interpretación de un aprendizaje previo, de la transmisión; en todo ello el grueso de la comunidad quedaría, posiblemente, al margen.
Frente a ello, es evidente la presencia, minoritaria pero significativa, de un lenguaje radicalmente distinto, de una temática "abierta". Ahora e trata de grabados sobre planos inclinados facilmente visibles incluso desde distancias apreciables; es decir, concebidos para ser vistos. Junto a la temática clásica, aparece ahora un repertorio figurativo inteligible, o, al menos, identificable. La presencia de la figura humana interviniendo en verdaderas escenas de monta, caza, equitación..., que tienen todo el aspecto de corresponderse con actividades de prestigio social -es significativo que no se hayan detectado escenas de caracter presumiblemente cotidiano- y, sobre todo, las figuras de armas metálicas de status como los puñales, las espadas, los escudos o las alabardas -nunca "armas" que puedan tener también una función utilitaria de caracter primario como las hachas-, reflejan la existencia de determinadas élites que tal vez se servirían de los grabados para manifestar y reafirmar su poder (Vázquez Varela,1990; 1991).
De todo lo anterior podría desprenderse que el arte rupestre galaico es fiel reflejo de la existencia de un mundo espiritual relativamente complejo en el que necesariamente habrían de jugar un papel relevante ciertos indivíduos destacados que detentarían un mayor o menor grado de poder ideológico y, sin duda, material, al disponer del código de claves para interpretar el universo simbólico representado en los grabados. Por otro lado, parece también evidente la existencia de otro tipo de élite, en este caso de naturaleza "política", que reafirmaría su poder con la plasmación de diversas actividades de prestigio social como la caza o la equitación y con la exhibición de objetos de status como ciertas armas de metal. Con todo ello se nos ofrece la posibilidad de entrever, a través de un fenómeno complejo y de fuerte carga ideológica como parece ser el arte rupestre galaico, la existencia de una sociedad en proceso de desarrollo que muestra una clara tendencia hacia la estratificación social.
Esto por lo que se refiere a los complejos rupestres en sí mismos. Veremos a continuación cómo lo que ponen de relieve los últimos estudios sobre la etapa transicional III-II Milenios en el NW ibérico no sólo no contradice sino que reafirma la visión proporcionada por el análisis del arte rupestre.
En las últimas centurias del III Milenio, el modelo socioeconómico propio del mundo megalítico, que se había revelado como válido hasta entonces, parece llegar a su fin. Surgen por doquier elementos de análisis novedosos que nos hacen pensar en la existencia de un proceso de cambio social que instaurará un nuevo orden de cosas.
La bibliografía documenta la generalización en toda Europa, en la segunda mitad del III Milenio, de una etapa de profundas transformaciones que tendría su origen último en la desestructuración de las comunidades megalíticas, que en nuestra zona de estudio, en aparente simbiosis con el N de Portugal (S.O.Jorge,1986; 1988), parece situarse de forma manifiesta en la transición III-II Milenios. En términos generales, y de forma simplificada, el proceso podría plantearse como el paso "de una sociedad en la que se practicaba el sistema agrícola de tala y quema de la vegetación" (Bello, Criado y Vázquez,1987:148), de una "sociedad igualitaria, en la que no existe estratificación social ni tensiones bélicas" (Bello, Criado y Vázquez,1987:152), a una sociedad en la que se manifiesta "una tendencia hacia la individualización de los miembros de las comunidades, a la jerarquización de las mismas y a un mayor incremento de la belicosidad" (Vázquez Varela,1990:69). Visto desde esta perspectiva, sería lícito pensar que en la raiz del problema estaría el paso de una sociedad relativamente igualitaria a una sociedad de clase. Las implicaciones de una orientación de este tipo ya han sido puestas de manifiesto por determinados autores, y tenderían basicamente a investigar tanto la naturaleza de las divisiones de clase, si es que puede documentarse su existencia, como la forma dominante por la que la explotación se llevó a cabo (Gilman,1987:28)(10). El propio Gilman señala las limitaciones básicas de este tipo de investigación: "la naturaleza del registro arqueológico y la pequeña escala de las divisiones sociales que pueden haber existido en las épocas que nos conciernen".
La precariedad del registro arqueológico de la zona en estudio y su parcialidad ya las hemos señalado más arriba; sin embargo, en el resto del Noroeste la situación dista mucho de ser distinta, y, si se nos apura, incluso podríamos afirmar que es sustancialmente peor. En realidad, en el estado actual de la investigación, es como si tuviésemos dos fotografías que recogieran dos visiones fugaces y estáticas de un proceso histórico: una referente, grosso modo, a las últimas centurias del III Milenio, y otra, a los primeros siglos del II. Si bien en principio tal situación podría facilitar el abordaje de una problemática de este tipo, la habitual tendencia a colocar el discurrir histórico en una perspectiva lineal conlleva el riesgo de ocultar o difuminar la existencia de procesos divergentes, e incluso contradictorios, actuando al unísono sobre una determinada región, procesos que, si en estos momentos no somos capaces de discernir, sí conviene tener al menos la prudencia de señalar su posible existencia.
De forma genérica, tanto en la Península del Morrazo como en el resto del Noroeste, el paso del III al II Milenio parece dejar entrever la existencia de dos procesos paralelos de carácter general: por un lado, la progresiva ocupación de las tierras bajas vinculada a una intensificación agrícola, y de otro, el reforzamiento de la desigualdad social.
La ocupación de las tierras bajas constituye uno de los fenómenos más claramente apreciables en nuestro registro arqueológico. Ya hemos descrito más arriba que los territorios de uso potencialmente preferente de los monumentos megalíticos se disponían sobre las tierras altas de la región, sobre los planaltos que en sentido NE-SW discurren por el corazón del Morrazo. Con posterioridad, los asentamientos de la transición III-II Milenios muestran una acusada tendencia a ubicarse sobre las tierras bajas, hecho que se vería refrendado por la localización de los escasos hallazgos metálicos aislados documentados hasta el presente, que reproducen la tendencia apuntada por los asentamientos.
Sería lícito pensar en este proceso como una manifestación indirecta de un fenómeno de intensificación agrícola que parece generalizarse por esta época en toda Europa. La preferencia por las tierras bajas llevaría implícito el abandono, en términos generales, de las "tierras ligeras y productivas a corto plazo, aunque inestables e inseguras para una explotación prolongada, y que serían enriquecidas a través del aporte de quema del matorral y recuperadas con períodos de barbecho largo" (Criado,1988:152-153) que caracterizaban la ocupación megalítica de los planaltos de la región. Es dificil pensar que abandonar la experiencia acumulada a lo largo de varios milenios para embarcarse en una agricultura sobre los suelos costeros y de los valles de la región, tecnológicamente más difíciles de trabajar por ser más profundos y pesados, se hiciera de espaldas a la más mínima y rudimentaria forma de intensificación agraria, que pasaría fundamentalmente por la adopción "de un arado ligero, arrastrado por animales, y en la práctica de soluciones iniciales de abonado" (Criado,1988:153). Sin embargo, dada la dificultad de inferir este tipo de implicaciones de los datos arqueológicos disponibles en la actualidad, es posible que se nos insinúe que decir ésto y no decir nada sea lo mismo, sobre todo si tenemos en cuenta que "pese a su generalización, el concepto de intensificación está muy lejos de haber alcanzado un significado concreto, independientemente de las diferentes hipótesis en las que interviene (Hernando y Vicent,1987:26). Evidentemente, cuando se habla de intensificación para el SE peninsular, no estamos muy seguros que se pueda aplicar el concepto de forma lineal a una zona tan diferente en todos los sentidos como es el NW, donde ni el volumen de material, ni de datos, ni la naturaleza de éstos, parecen reflejar otra cosa que un proceso similar.
Por otra parte, los datos disponibles son a veces contradictorios. Recientemente, se ha defendido para el N de Portugal, ya desde el III Milenio, la existencia de poblados con fuerte sedentarización, reflejo de una acentuada intensificación agropastoril (S.O.Jorge,1986; 1988). Si bien estamos convencidos de que esa es la tendencia general apreciable en nuestra zona de estudio, es menester hacer algunas matizaciones al respecto(11). El primer problema lo plantea la propia conceptualización de lo que significan los términos sedentarización y estabilidad, en tanto que, como ya han señalado algunos autores, "entre los extremos de sedentarismo y nomadismo plenos existe toda una amplia gama de soluciones intermedias" (Bello, Criado y Vázquez,1987:147). Si bien es cierto que frente a la aparente "invisibilidad" de los asentamientos megalíticos, los nuevos poblados se nos hacen ahora "visibles" a través de un elevado elenco de materiales de todo tipo, de estructuras habitacionales y de posible almacenamiento, también lo es que, desde nuestro punto de vista, la adopción de un sistema de poblamiento genuinamente estable no se produce en nuestra región -al menos observando los datos disponibles en la actualidad- antes de la plena implantación del fenómeno castreño de la Edad del Hierro (Peña Santos, 1989). En efecto, las características esenciales que definen el poblamiento castreño, extrapolables a todo el NW (Carballo,1986; 1990), esto es, un patrón de emplazamiento "normativizado", estructuras de carácter defensivo(12), control visual directo efectivo sobre los territorios de produción restringida, y la existencia de intervisibilidad entre los asentamientos, no se documentan en el momento que nos ocupa. Además, los análisis polínicos efectuados en algunos asentamientos excavados -más o menos- en el Morrazo, presentan un panorama no demasiado diferente del que proporcionan épocas precedentes. Los análisis polínicos de los asentamientos de Lavapés (López,1984,b), O Regueiriño (Aira y Guitián,1984; Aira, Sáa y Taboada, 1989:65) y A Fontenla (Aira y Guitián,1984; Aira, Sáa y Taboada,1989:66), muestran señales de cultivos cerealísticos y la existencia de actividad antrópica deforestadora con el uso del fuego. Por su parte, el yacimiento de O Fixón (López,1984,a) revela una vegetación de carácter pobre, tipo pastizal seco, con una flora que responde a la presencia humana y del ganado. Este hecho, al que podemos sumar las cada vez más frecuentes representaciones de caballos en los grabados rupestres, animales utilizables tanto como fuente de alimentación como de tracción, podrían constituir una ventana abierta a la documentación indirecta de la denominada "Revolución de los Productos Secundarios" (Sherrat,1981; 1983; Chapman,1982; Santos,1989) en nuestro registro arqueológico.
Asimismo, hay que pensar en el peso relativo que, dentro de la economía doméstica, seguirían teniendo actividades como el marisqueo (Rey,1990, a) y la recolección, documentada ésta última por la aparición de bellotas en los asentamientos de Lavapés (Peña Santos,1984,d) y A Fontenla (Peña Santos,1984,b).
El reforzamiento de la desigualdad social constituiría un segundo aspecto que discurriría paralelo al cambio del III al II Milenio. En términos generales, la adopción de rituales funerarios individualizados y la estandarización de elementos metálicos y orfebrería en los ajuares, que indicarían una nueva concepción ideológica, abogarían en el sentido de ahondar en las distinciones de clase. Sin embargo, las transformaciones socioeconómicas que acaecerían en torno al 2000 a.C., plantean todavía interrogantes.
Un primer problema se deriva de la acentuada variabilidad de monumentos funerarios que se constata en ésta época. Existe actualmente cierta unanimidad a la hora de valorar nuestro escaso conocimiento de la diversidad funeraria en el cambio de Milenio (Criado y Vázquez,1982:56-59; Fábregas,1988:68; S.O.Jorge,1988:89), hasta el punto de que algún autor ha señalado los problemas que plantea cada nueva excavación (Fábregas,1988:68). Directamente relacionado con los contextos funerarios está el problema de la valoración de los ajuares en términos de riqueza o pobreza. No deja de ser arriesgada la comparación entre los ajuares de las cistas y los procedentes de los monumentos megalíticos. Mientras que los primeros, usualmente depósitos cerrados, reflejan las posesiones individuales y transmiten una manifiesta concepción ideológica, los segundos, por norma general lo que nos transmiten es el concepto que de los "inservible" o de la "basura" tenían sus últimos violadores. Dada esta situación, no deja de ser aventurado valorar en términos comparativos la riqueza de estos ajuares en función de la presencia o ausencia de determinados elementos.
Hasta hace poco tiempo, la constatación de actividad metalúrgica en el NW ibérico se refería, única y exclusivamente, a la aparición de determinados útiles metálicos en contextos funerarios o como hallazgos aislados. Este hecho, junto con la aparición de ciertas armas en los grabados rupestres, nos podría indicar la relación de algunas armas de metal con una finalidad máas social que utilitaria. Además, recientemente han sido localizados fragmentos de crisoles de fundición, en claro contexto doméstico, en dos asentamientos de la región -Lavapés (Peña Santos,1984,d; 1985) y O Fixón (García-Lastra,1984)-. En este sentido, la constatación de labores de transformación metalúrgica junto a restos de actividades cotidianas, a lo que hemos de sumar que en todo Morrazo sólo se conocen tres puntas Palmela como únicos objetos en metal vinculables a la época que nos ocupa (García Alén,1970:39; Peña Santos,1985,b), parece en principio un bagaje bastante pobre para pensar en una causalidad directa entre esta actividad y la aparición de la diferenciación social. Más bien, como señala Gilman, "el metal (una materia costosa, divisible e imperecedera) tendría la función importante de almacenar y de lucir la riqueza de los poderosos, pero dificilmente se puede considerar que esta base tecnológica sería la que habría llevado a los poderosos a alcanzar su poder (Gilman, 1987:33). Un análisis similar se podría hacer en relación con la orfebrería(13). A pesar de que no se puede entender la existencia de tesoros como el de Caldas de Reis o el de Agolada (Hernando,1989) sin pensar en la existencia de una sociedad de clase, en la que un sector de la misma ha logrado almacenar y hacer ostentación de la riqueza para legitimar su poder, distamos mucho de poder explicar este proceso. Una vez más, lo único que se nos permite es divisar desde lejos la luz del final del túnel. Sólo podemos atrevernos a insinuar que "el inicio de la desigualdad, de la jerarquización social ya se ha producido; ya existen ciertos individuos que exhiben públicamente su rango a través de ciertos elementos (Hernando,1989: 39).
Resumiendo. En nuestra opinión, el tránsito
del III al II Milenio en la región analizada supone una época
de profundas transformaciones sociales y económicas. La creciente
inversión de trabajo en la tierra a causa de la innovación
tecnológica, y la nueva situación derivada de la explotación
de los productos secundarios procedentes de la ganadería, marcarían
el inicio del reforzamiento de la desigualdad social. Como señala
Gilman, "un rasgo común a todos los casos mejor documentados de
desarrollo hacia una mayor estratificación social es una base económica
intensificada (Gilman,1985:8). Este nuevo orden social sería
potenciado
por la posesión de determinados elementos de prestigio social y
de poder -ciertas armas de metal y piezas de orfebrería entre los
identificables en el registro arqueológico-, que indicarían
el status de los individuos que los ostentaban, y legitimado a través
de una manifestación "artística" de claro componente ideológico
que subrayaría las diferencias de clase: el arte rupestre galaico.
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INTERVALLE SURFACE GRAVURES TUMULUS SITES
m % n % n. % n. %
<100 31'8 20 20'2 - - 5 45'4
100-200 25'1 25 25'2 - - 2 18
200-300 15'7 32 32'3 11 29'7 1 9
a 300-400 12'7 21 21'2 5 13'5 1 9
400-500 10'3 1 1'1 20 54 2 18
500-600 3'5 - - 1 2'7 - -
>600
0'6 - -
- - -
-
PENDANTS SURFACE GRAVURES TUMULUS SITES
% Km.2 % n. % n. % n. %
<10 53'25 28'10 35 35'35 17 45'95 6 54'5
b 10-20 72'62 38'29 24 24'24 19 51'35 4 36'3
20-30 55'12 29'07 40 40'4 1 2'7 1 9'2
>30
8'62 4'54 - -
- - -
-
REGION SURFACE GRAVURES TUMULUS SITES
Km.2 % n. % n. % n. %
I 100'37 55'07 60 60'6 12 32'43 6 54'5
II 57 31'27 38 38'3 1 2'7 4 36'3
c III 16'75 9'19 1 1'1 24 64'87 1 9'2
IV 8'12
4'47 -
- - -
- -
1. - El contexto ha constituido una preocupación frecuente en Arqueología (Schiffer,1972; Adanez,1986; Hodder,1988; Alcina,1989; Butzer,1989; etc.). En el presente estudio entendemos por contexto el haz interrelacionado de elementos de estudio cuyo análisis permite obtener una explicación histórica; estos es, "aquélla que descubre las relaciones esenciales del fenómeno, aquéllas que motivan la dinámica de los procesos históricos de las sociedades desaparecidas que estudiamos (Bate,1977).
2. - Preferimos el empleo de este término por reflejar implícitamente una realidad espacial, e incluso cultural, ajena a toda connotación administrativa.
3. - Actualmente se constata la existencia de bocados o frenos para caballo hechos de hueso, como mínimo desde mediados del IV Milenio (Lichardus et alii,1987:181 y 191).
4. - Queremos dejar constancia de nuestro agradecimiento a R.Patiño Gómez por su generosa y desinteresada cesión de los resultados de su prospección de túmulos megalíticos en la península del Morrazo.
5. - El método propuesto por Puyol y Estébanez (1978) aporta la ventaja de proporcionar una visión gráfica y simplificada del terreno; sin embargo, presenta el inconveniente de que la escala de análisis utilizada provoca distorsiones en los límites de las zonas establecidas, con una tendencia a sobrevalorar las superficies más representativas en detrimento de las restantes. Este hecho debe ser contrastado con la observación directa sobre el terreno.
6. - Hemos de hacer la salvedad de que en ocasiones un sólo complejo rupestre con una única superficie grabada puede concentrar mayor número de figuras y de espacio grabado que la suma de muchos pequeños conjuntos distribuidos sobre varias rocas con pocos motivos en cada una. Es el caso del gran complejo de As Abelaires en el límite entre Bueu y Cangas, que siendo una unidad, reune más figuras que la suma de los petroglifos de sus alrededores. La constatación de este hecho hace necesario tomar con prudencia los resultados de análisis estadísticos que no lo tomen en consideración.
7. - Este conjunto de materiales ha sido ubicado por Suárez Otero (1983) a comienzos del IV milenio, dentro de un "Neolítico Premegalítico", basándose en materiales del estuario del Tajo. Este argumento fue seguido con posterioridad por Rodríguez Casal (1989) para definir un "Horizonte Primario" en la necrópolis megalítica de Parxubeira. Independientemente de los problemas que plantea este tipo de cerámicas en el estuario del Tajo (Strauss et alii,1988), las decoraciones que presenta son harto frecuentes en múltiples contextos ibéricos dentro de la segunda mitad del III Milenio (S.O.Jorge,1986; Rey García,1990). En este mismo sentido se manifiesta Vázquez Varela (1988:332-333). En nuestra opinión, no encontramos argumentos definitivos para llevar la cerámica de A Cunchosa más allá de la segunda mitad del III Milenio.
8. - Un trabajo como el presente hace impide determinar si esta dualidad tiene una explicación cronológica o cultural. Sólo a través de un proyecto metódico podría en un futuro responderse tan esencial cuestión.
9. - La constatación de lo anterior podría llevarnos a suponer que el método es susceptible de ser aplicado a la inversa; es decir, empleándolo en zonas donde existe importante concentración de arte rupestre y, por contra, se desconoce la existencia de asentamientos coetáneos.
10. - Evidentemente, una orientación de este tipo debería tender a localizar en el registro arqueológico elementos de análisis que nos permitieran constatar la generalización de excedentes, la división social y un Poder político independiente; es decir, precisamente todo aquéllo contra lo que la "sociedad primitiva" se habría rebelado (Sahlins,1977; Clastres, 1987; Criado,1989).
11. - Matizaciones semejantes han sido apuntadas en fechas recientes por M.Ruiz-Gálvez (1989:325).
12. - No hace mucho, ha sido localizado un poblado fortificado en Castelo Velho, al N de Portugal. Agradecemos la información a S.Oliveira Jorge.
13. - En estos momentos no se dispone de ninguna manifestación de orfebrería para esta época en la región en estudio. La supuesta aparición de una diadema de oro en el asentamiento campaniforme de O Fixón es una confusión bibliográfica (Pellicer,1986:236).