VIDA DIARIA

Aunque reputados de animales nocturnos, los canguros parecen depender en sus hábitos no sólo de la luz sino también de la temperatura. En el corazón de Australia, sometidos a un calor sofocante, salen al anochecer para dirigirse a los bebederos y pasan la noche pastando, antes de volver a su retiro diurno. Cuando el clima es menos extremado, canguros activos son vistos tanto de día como de noche.

Contra lo que pudiera creerse en unos animales bien adaptados a los climas secos y calurosos, los canguros buscan en lo posible la sombra para guarecerse en las horas de luz. Bajo una pequeña mulga, al amparo de un matorral, excavan una cama o baño en la arena donde se tumban a descansar. Mientras la manada permanece en la zona, cada animal se dirige, al parecer, invariablemente a su cama cuando el momento del reposo.

Aún en los períodos de común somnolencia, siempre algún miembro del grupo está vigilante. Por otra parte, el sueño no es continuo. De vez en cuando un canguro se levanta, escudriña, alza la cabeza para aspirar los efluvios que trae el viento, antes de echarse de nuevo. Otras veces se desplaza a cortos saltos hasta la sombra más próxima, construyendo allí una nueva cama y olvidando la que hasta entonces fue suya.

Cuando el vigía o cualquier otro miembro del grupo descubre un presunto enemigo inmediatamente da la voz de alarma. El oído parece tener un papel mucho más importante que la vista en la vigilancia, y los machos son, en general, más asustadizos que las hembras.

En casos de alarma repentina, tanto machos como hembras emiten una explosiva tos muy semejante a la que los galanes dejan oír cuando pelean. Entonces se produce una febril y desordenada desbandada. Cuando el peligro no parece tan inmediato, dan grandes saltos y producen sonoros ruidos al golpear en el suelo con las patas traseras.

Los canguros huyen saltando. Su inusual anatomía ya indica que su modo de locomoción debe ser también bastante particular. Utilizando las poderosas extremidades posteriores como resorte y la cola como balancín, un canguro puede dar saltos de hasta nueve metros de longitud y más de tres de altura. La velocidad, en tales casos de huida desesperada, se acerca a los cincuenta kilómetros por hora, pero pueden mantener tal ritmo más allá de unos pocos minutos so pena de perecer en el esfuerzo.

La velocidad normal es de unos trece kilómetros por hora cuando el grupo se desplaza, y los saltos de escasamente dos metros. Mientras pastan, los canguros se mantienen normalmente y se desplazan, aunque con mucha lentitud, inclinados, rozando el suelo con sus patas delanteras y descansando de vez en cuando el peso del cuerpo en al cola. El músculo apéndice caudal es también el tercer pie del trípode que se constituye con las patas posteriores cuando el animal se mantiene erguido, bien vigilante, bien llevándose la comida a la boca con las manos, a la manera de un mono o una ardilla.

Aunque la cola tiene gran importancia en la locomoción, los canguros pueden perfectamente adaptarse a saltar con ligereza sin ella.

Indudablemente, el desplazamiento a saltos y los hábitos de mantenerse erguidos, tanto comiendo como vigilando, tienen que ver con el desnudo y llano hábitat de los canguros. Es más fácil oír y olfatear lo que pasa en la llanura situado a metro y medio sobre la hierba que a tan sólo unos centímetros.

Aunque viven en lugares muy secos, los canguros no temen al agua, y en los zoos en que ello es posible se bañan a menudo. También se zambullen cuando se encuentran perseguidos por los perros. Muy aseados, dedican parte de la jornada a limpiarse el pelo con el “peine” que constituyen el segundo y el tercer dedo de las patas posteriores, y , donde éste no alcanza, con los cinco dedos de las manos.

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