COMPORTAMIENTO REPRODUCTOR

En las zonas húmedas (siempre en términos relativos) los canguros alcanzan la madurez sexual bastante antes que en las regiones de mayor aridez, sobretodo en lo que se refiere a las hembras, pues los machos son más regulares. Dentro de una misma población se puede calcular que los individuos más precoces son maduros a los veinte meses, en tanto los más retrasados tardan prácticamente el doble o incluso más. En todos los casos, prolongadas sequías retrasan la madurez reproductora, quizá porque la alimentación en esas épocas es insuficiente.

Los machos reconocen a la hembra en celo por el olor. Casi dos horas antes de que se complete el apareamiento, comienzan a perseguirla emitiendo suaves sonidos y tratando de sujetarla por la cola. Cuando la compañera se siente acorralada emite un ronco sonido con el que, en apariencia, trata de intimidar al macho, pero que le excita aún más. Finalmente, adoptando una postura sumisa, con las manos en el suelo, la consorte da a entender a su galán que está presta al acoplamiento, que dura normalmente de quince a veinte minutos pero en ocasiones no más de diez o más de cuarenta. Es la hembra la que pone punto final desasiéndose del abrazo de su compañero.

Bien que no siempre en disputa por una pareja, con cierta frecuencia se observan fugaces escaramuzas entre canguros machos. Tratando de sujetarse con las patas anteriores, los canguros saltan para herir el vientre del contrincante con las patas posteriores. Se menciona con frecuencia la existencia de luchas crueles con gran derramamiento de sangre, pero el único caso real de que se tiene noticia en el que un macho mató a otro fue en cautividad, cuando el derrotado no tenía posibilidades de huida y, aún muerto, no presentaba señal externa alguna de violencia. Este mismo tipo de comportamiento agresivo es mostrado por los canguros ante diversos enemigos, sobretodo los perros y el hombre.

El período de gestación es de treinta a cuarenta días. Pero hay hembras que alumbran varios meses después del contacto sexual, ya que, al igual que corzos, tejones y martas, por ejemplo, el huevo fecundado tarda un tiempo variable en implantarse en la pared del útero de la hembra, fenómeno conocido como “implantación diferida”.

A los pocos días del nacimiento de su pequeño la madre canguro queda de nuevo preñada, pero el óvulo fecundo, en estado de blastocito, tardará lo suficiente en proseguir su desarrollo como para que el siguiente nacimiento se produzca sólo cuando el pequeño precedente viva ya fuera de la bolsa, mantener dentro de ella a otro recién nacido y conservar un blastocito embrionario en su interior.

Ningún síntoma revela que la hembra está preñada. La proximidad del parto sólo puede conocerse cuando la futura madre comienza a limpiar la bolsa marsupial que, presente en todos los miembros de este grupo zoológico, está en los canguros abierta hacia delante y tiene en su interior cuatro pezones de los que al menos dos están casi continuamente dando leche.

A mitad del embarazo, la bolsa se recubre con una capa oscura, y unas veinticuatro horas antes del parto la hembra se recuesta, apoyándose en la espalda, e introduce la cabeza en la bolsa para limpiarla. A medida que el nacimiento se aproxima, la tarea de limpieza se hace más apresurada y nerviosa y los lametazos incluyen también la región urogenital, el pecho, la base de las patas y el comienzo de la cola.

El pequeño canguro pesa al nacer de 0.75 gramos a 1 gramo. Carece de pelo, los ojos y las orejas están muy incompletamente formados y las patas posteriores no son más largas que las anteriores; parece el feto de un mamífero placentado en las primeras fases de su desarrollo.

A pesar de ello, deben alcanzar la bolsa materna y refugiarse en ella desde el mismo momento de nacer. Guiado por el olfato, pues los demás órganos sensoriales aún no son funcionales, el cangurín, unido a un trozo de cordón umbilical, recta sujeto al pelo del vientre de la madre, desde el orificio urogenital hasta la mama materna. En unos tres minutos consigue llegar al borde de la bolsa. Una vez dentro, busca un pezón al que aferrarse y cuando lo hace no lo soltará hasta que, cerca de doscientos días después, abandone el marsupio y, digamos, nazca definitivamente.

A partir de aquí, el joven canguro alterna su permanencia en la bolsa con cada vez más largos períodos en el exterior.

La lactancia dura hasta que la cría cumple un año.

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