El término inmunidad tiene su
origen en un vocablo romano que significa privilegio de exención o estar
libre y que hace referencia a la capacidad que poseen los seres vivos de no sufrir
continuamente las enfermedades que ocasionan la agresión de los microorganismos. El
sistema inmunitario (SI) protege al organismo de una amplia variedad de agentes
infecciosos (bacterias, hongos, parásitos y virus) que pueden ocasionar en el organismo
que los recibe diferentes enfermedades. Para ello es capaz de reconocer a los componentes
del agente patógeno e iniciar una serie de respuestas encaminadas a eliminarlo cuyas
características fundamentales son la especificidad y la memoria. Desde una concepción
clásica se ha hablado de inmunidad humoral cuando la respuesta inmunitaria está mediada
por anticuerpos y de inmunidad celular cuando está mediada por células. Ambos tipos de
respuesta pueden tener la característica de ser específicas a un determinado patógeno o
por el contrario producirse de un modo general e inespecífico; mientras que los
anticuerpos son los efectores específicos de la inmunidad humoral, el complemento y
algunos interferones lo son inespecíficos; mientras que los linfocitos T citotóxicos son
los efectores específicos de la inmunidad celular, la fagocitosis, las células asesinas
naturales, la citotoxicidad dependiente de anticuerpos y los mediadores solubles son
efectores inespecíficos de la inmunidad celular.
Las principales células que participan en las respuestas inmunitarias son los leucocitos,
los glóbulos blancos de la sangre, de los que se distinguen varios tipos siendo los
principales los linfocitos y los fagocitos que, mediante su presencia y la secreción de
diferentes sustancias solubles que son capaces de producir, median en la respuesta del SI
ante una agresión.
Las disfunciones del SI se pueden entender en una triple vertiente:
Respuesta inmunitaria exagerada (hipersensibilidad), respuesta inmunitaria ineficaz
(inmunodeficiencia) y reacción inadecuada frente a autoantigenos (enfermedad autoinmune).
Concepto de antígeno y de anticuerpo.
Se entiende como antígeno (Ag) cualquier molécula que puede ser reconocida
específicamente por cualquiera de los componentes del SI; en un sentido más restrictivo
se entiende como Ag cualquier molécula capaz de inducir la producción de anticuerpos
específicos.
Los anticuerpos (Ac), también conocidos como inmunoglobulinas, son un grupo de moléculas
séricas que producen los linfocitos B. Los diferentes tipos de Ac tienen una estructura
básica común a todos ellos, pero el sitio por el que se unen al Ag es específico de
cada uno; la parte de la molécula que se une al Ag se denomina región Fab (fragment
antigen binding) mientras que la zona que interactúa con otros elementos del SI se
denomina región Fc (algunas células del SI tienen sobre su superficie receptores de Fc
por lo que si un Ac se une a un patógeno esas células también pueden unirse a él). La
zona de la molécula del Ag a la que se une el Ac se denomina epítopo y una molécula de
Ag puede tener varios de ellos por lo que los Ac en realidad son específicos de un
epítopo y no de la molécula completa de Ag.
Los linfocitos B están programados para codificar un receptor de superficie especifico de
un determinado Ag tras lo cual se multiplican y se diferencian en células plasmáticas
que producen los Ac. Como veremos posteriormente también los linfocitos T pueden
reconocer Ag aunque no producen Ac.
Los linfocitos B y T están programados genéticamente para ser capaces de reconocer
específicamente a un determinado Ag antes incluso de haber entrado en contacto con él.
Cuando se produce el contacto entre el linfocito y el Ag, los linfocitos que son capaces
de reconocerlo empiezan un proceso de proliferación que conduce en pocos días a la
existencia de un número suficiente para ocasionar una respuesta inmunitaria que permita
la eliminación del Ag. Es proceso por el que los linfocitos que son capaces de reconocer
a un determinado antígeno proliferan se llama selección clonal. Una vez producido el
contacto inicial con un antígeno determinado, los sucesivos contactos con el mismo
antígeno se van a caracterizar por obtener una respuesta mucho más rápida y enérgica
que la inicial debido a que ésta da lugar a la producción de linfocitos de memoria que
persisten.
El sistema inmunitario dispone además de diferentes mecanismos de
defensa que se denominan genéricamente sistemas efectores; ejemplo de ellos son la
neutralización, la fagocitosis, reacciones citotóxicas o la apoptosis celular (muerte
celular programada).
El sistema linfoide
Las células que participan en las respuestas inmunitarias se organizan para formar
tejidos y órganos; el conjunto de ellos se denomina sistema linfoide.
Existen dos grandes grupos de órganos linfoides, los primarios o centrales y los
secundarios o periféricos.
En los órganos linfoides primarios se desarrollan y se diferencian los linfocitos dando
lugar a células maduras a partir de sus precursores (proceso denominado linfopoyesis). En
los humanos, la población de linfocitos T madura en el timo y la de linfocitos B en la
médula ósea y en el hígado fetal. En estos órganos se adquiere el repertorio de
receptores específicos de Ags de tal forma que se presenta tolerancia a los
autoantígenos (moléculas propias capaces de inducir una respuesta inmune) y cuando
viajan a la periferia solo se reconocen Ags extraños.
En los órganos linfoides secundarios es necesaria la presencia de macrófagos, células
presentadoras de antígenos y linfocitos T y B maduros para que se produzca la respuesta
inmunitaria. Estos órganos son el bazo, los ganglios linfáticos y otros tejidos
asociados a la inmunidad de las mucosas, como las amígdalas y las placas de Peyer
intestinales; la médula ósea también actúa como órgano secundario.
Las células del sistema inmunitario
Todas las células del SI tienen su origen en células madres
pluripotenciales de la médula ósea que originan fundamentalmente dos tipos de
diferenciación, la linfoide, que da lugar a los linfocitos, y la mielode, que da origen a
los fagocitos. Existen por lo tanto en el SI dos grandes tipos de células que intervienen
en los procesos de inmunidad.
Los fagocitos son capaces de ingerir y degradar antígenos y microorganismos.
Dentro de ellos encontramos los fagocitos mononucleares y los neutrófilos
polimorfonucleares. El representante genuino de los mononucleares lo constituye la estirpe
existente en la sangre periférica o monocitos que son capaces de emigrar a los tejidos
transformándose en los macrófagos tisulares (sistema monocito-macrófago). Los
neutrófilos polimorfonucleares o PMN son los leucocitos más abundantes en sangre
periférica.
Además existen otras células, como las células presentadoras de antígeno (CPA) a las
células T, mastocitos, células endoteliales, etc. que también intervienen en las
respuestas inmunitarias y que no pertenecen a ninguno de estos grupos.
Los linfocitos
Los linfocitos son de dos clases principales, B o T, según donde se desarrollan; en los
humanos, las células B se diferencian en la médula ósea y en el hígado fetal y las
células T en el timo. En estos órganos en los que se diferencian los linfocitos,
órganos linfoides primarios, las células B y T adquieren la capacidad para reconocer Ags
por medio de la adquisición de receptores de superficie específicos. Existe una tercera
clase de linfocitos que no expresan receptores de Ags y que se denominan células asesinas
naturales (NK, natural killer).
Se calcula que en el organismo humano existen del orden de 1012 células
linfoides y que aproximadamente 109 linfocitos se producen diariamente; la
mitad de ellos se renuevan en poco más de un día, sin embargo otros persisten durante
años e incluso algunos, probablemente, de por vida.
Los linfocitos producen moléculas de diversa naturaleza que se denominan de un modo
general mediadores solubles de la inmunidad. Los principales son los anticuerpos y las
citoquinas, pero además producen diferentes substancias séricas, como el complemento,
que actúan en procesos inflamatorios.
Durante la respuesta inmunitaria las citoquinas transmiten señales entre diferentes tipos
celulares; entre sus principales tipos se encuentran los interferones (IFN) que evitan la
diseminación de algunas infecciones víricas, las interleucinas (IL) que fundamentalmente
inducen la diferenciación y multiplicación de algunas células, los factores
estimulantes de las colonias (CSF) que intervienen en la diferenciación y multiplicación
de las células madre de la médula ósea, los factores de necrosis tumoral (TNF) o el
factor transformador del crecimiento (TGF).
Los linfocitos B están programados para codificar un receptor de superficie específico
de un determinado Ag tras lo cual se multiplican y diferencian en células plasmáticas
que producen Ac.
Los linfocitos T tienen diversas funciones. Algunos interactúan con las células B y los
fagocitos mononucleares y se denominan células T colaboradoras (células Th, de helper);
otras destruyen células infectadas por agentes intracelulares y se denominan células T
citotóxicas (Tc). La mayoría (más del 90%) de las células T son células Th.
El sistema más sencillo, pero simple, de diferenciación de los
linfocitos es su comportamiento tintorial. Sin embargo la expresión de una gran cantidad
de moléculas de superficie diferentes ha permitido, mediante el empleo de anticuerpos
monoclonales específicos, reconocer diferentes poblaciones. Uno de los sistemas
desarrollado y empleado en la actualidad es el de denominación de grupo o CD
(cluster designation) que permite la agrupación de Ac monoclonales de características
similares, aunque puede presentar el inconveniente de que un mismo marcador lo puedan
tener líneas celulares diversas o la misma línea en fases funcionales diferentes.
El marcador más utilizado de las líneas celulares T es el denominado
receptor de células T (TCR) que las permite separar en dos tipos principales: las
células T TCR-1 y las células T TRC-2; entre el 90-95% de las células T expresan TCR-2
y el resto TCR-1.
Las células T TCR-2 se agrupan a su vez en dos subpoblaciones diferentes: Las que poseen
el marcador CD4 que actúan como colaboradoras e inductoras de la respuesta inmune (Th) y
las que poseen el marcador CD8 que tienen una función principalmente citotóxica (Tc).
Según expresen o no el marcador se suelen referir con los símbolos + o a
continuación del número de CD asignado (pe, CD4+ o CD4-).
Las células T CD4+ reconocen Ags específicos asociados con moléculas del complejo
principal de histocompatibilidad (CPH) clase II mientras que las células T CD8+ reconocen
Ags asociados a moléculas CPH de clase I. Solo una pequeña fracción de las células T
TCR-1 circulantes son CD8+.
Las poblaciones T TCR-2+CD4+ se subdividen en dos poblaciones funcionalmente diferentes.
De un lado las que ejercen una influencia positiva sobre la respuesta de las células T y
B (colaboración) que son CD29+ y que en su mayoría expresan una variante del antígeno
leucocitario común CD45 llamada CD45RO y que por lo general se las denomina también
células memoria o CD45RO+. De otro lado las que ejercen la influencia
supresora/citotóxica de las CD8+ y que expresan un molécula CD45 llamada CD45RA y que
por lo general se las denomina también células ingenuas, vírgenes o CD45RA+. Otras
divisiones de las células T CD4+ las han agrupado en función de las citoquinas que
producen hablándose de clones T CD4+ TH1 que secretan IL-2 e IFN gamma y los clones T
CD4+ TH2 secretan diferentes interleucinas (IL-4, IL-5, IL-10) que estimulan a las
células B mientras que las TH1 llevan a cabo funciones relacionadas con la citotoxicidad
y la reacción inflamatoria local.
De los expuesto puede deducirse que dentro de la subpoblación de
linfocitos T CD4+ existe una heterogeneidad al menos conceptualmente confusa. La
existencia de células memoria e ingenuas, que presentarían los marcadores fenotípicos
CD45RO+, CD45RA+ o CD29+, no siempre tienen una diferenciación clara porque existe la
transición célula ingenua a célula memoria. Los clones TH1 y TH2 responden a una
concepción funcional de producción de ciertas citoquinas por similitud con un sistema
murino, pero en humanos no existen marcadores fenotípicos que puedan diferenciar bien
estas poblaciones por lo que se emplean diferentes modelos de estudio que no siempre
conducen a los mismos datos; además se piensa que cada subtipo tendría un efector
supresor sobre el otro e incluso se ha propuesto la teoría de que la inmunodeficiencia
del SIDA se debería precisamente a un desequilibrio TH1/TH2 a favor de la población TH2
ya que el VIH infectaría fundamentalmente a clones TH1.
Las células T CD8+, o citotóxicas, también ese han dividido en
diferentes subpoblaciones funcionales que expresan diferentes moléculas CD. También se
ha descrito una pequeña subpoblación TCR-2 doble negativa (CD4-CD8-).
Por otro lado las células T TCR-1+ sólo constituyen una pequeña parte de las células T
circulantes, abundan más en las superficies mucosas y epidérmicas, y suelen expresar
CD8+ dirigido frente a Ag bacterianos.
Se sabe también que existen células T supresoras (Ts) específicas de
Ag aunque no se conoce si constituyen una subpoblación diferente ya que tanto las
células T CD4+ y T CD8+ pueden suprimir la respuesta inmunitaria tanto por citotoxicidad
directa sobre las CPA como por citocinas supresoras.
Los linfocitos B constituyen entre el 5-15% de los linfocitos
circulantes y se caracterizan por la presencia de inmunoglobulinas (Ig) de superficie que
son sintetizadas por la propia célula y se encuentran en la membrana celular actuando
como receptores de Ag. La mayoría de los linfocitos B expresan IgM e IgD sobre su
superficie y poseen Ag CPH de clase II. La IgM de superficie forma con otras moléculas de
superficie el llamado complejo receptor de antígenos de las células B (BCR, B cell
receptor).
Las células asesinas naturales constituyen aproximadamente el 15% de
los linfocitos circulantes y no expresan receptores de Ag TCR ni BCR. Funcionalmente las
células NK destruyen células tumorales e infectadas por virus.
Inmunidad frente a los virus
La estructura y complejidad genética de los virus es variable, desde genomas de
ARN con pocos genes hasta complejos genomas ADN con más de 200 genes, pero en su
conjunto, desde un punto de vista simplificador, los virus son un conglomerado de
proteínas y de ácidos nucleicos que necesitan de la maquinaria bioquímica de las
células del huésped que infectan y por lo tanto son parásitos intracelulares estrictos.
Existen formas de vida más simples que los virus, como los viroides que son ácido
nucleico sin proteínas y los priones que son proteínas infectivas sin ácidos nucleicos.
Posiblemente el desarrollo evolutivo del sistema inmunitario de las especies más
evolucionadas ha estado condicionado por su necesidad de adaptarse para producir una
respuesta eficaz frente a las infecciones producidas por virus y la respuesta inmune
frente a ellas abarca la practica totalidad de los sistemas efectores del SI.
Por lo general los virus se unen a las células de un huésped por medio de receptores
específicos que determina el tropismo del virus hacia un determinado tipo de célula o
tejido. Una vez dentro de la célula huésped se libera el ácido nucleico del virus y se
produce una transcripción, síntesis proteica y replicación del genoma vírico, dando
lugar a nuevas partículas víricas (viriones) que se ensamblan y son liberadas infectando
nuevas células. Según el tipo de virus este proceso general puede presentar matices
diferentes. La capacidad que presentan los virus para infectar a un huésped es muy
variable y depende tanto del propio microorganismo como del sujeto que sufre el ataque. En
la mayoría de las infecciones víricas éstas se resuelven cuando el huésped ha
eliminado todos los virus, pero en alguno casos éstos pueden quedar en un estado latente
y reactivarse bajo determinadas condiciones o bien persistir en su forma infecciosa pese a
la respuesta del huésped.
La primera barrera defensiva frente a las infecciones víricas es la integridad de la
superficie corporal; una vez superada ésta se ponen en marcha mecanismos defensivos
innatos o inespecíficos del SI, como las células NK, los macrófagos y determinados
tipos de interferon (del que se describen tres tipos principales: el IFN-alfa o
leucocitario, el IFN-beta o fibroblástico y el IFN-gamma o inmunitario) que estimulan los
mecanismos dirigidos a inhibir la replicación del virus y aumentar la eficacia de la
respuesta inmunitaria al inducir un aumento de la expresión de moléculas CPH de clases I
y II y estimulando las células NK. Estas se dirigen al sitio de la infección y se
activan interviniendo como mediadores de la citotoxicidad celular dependiente de
anticuerpos (CMCDA). Al progresar la infección se produce la respuesta específica del SI
y aparecen células Th, Tc y anticuerpos antivirus que son una barrera fundamental para
evitar la diseminación del virus por la sangre y su transmisión entre células. Esta
inmunidad mediada por AC presenta mecanismos diversos y puede ser de diferentes tipos; si
bien los Ac se pueden generar frente a cualquier proteína vírica que se encuentre en la
célula infectada los fundamentales son los que se dirigen frente a las glucoproteínas
que se expresan en la superficie de las células infectadas o de los viriones. Los Ac
pueden actuar, solos o con el sistema complemento, frente al virus libre o frente a las
células infectadas por el virus. Frente al virus libre, el Ac puede bloquear su unión a
la célula o bien bloquear la penetración en la célula o bloquear la eliminación de la
cubierta vírica mientras que con el complemento puede bloquear los receptores del virus.
Frente a las células infectadas puede ocasionar su lisis, facilitar su fagocitosis o
causar CMCDA por parte de las células NK o los macrófagos.
Las células T ejercen diferentes funciones en la respuesta de inmunidad frente a los
virus; la mayoría de las respuestas de AC son timodependientes por lo que precisan la
colaboración de las células T CD4+ que además activan células T citotóxicas CD8+ y
macrófagos.
Entre los mecanismos que utilizan los virus para escapar a la acción del SI, la
variación antigénica es el sistema defensivo más eficaz para evitar ser reconocidos.
Por lo general consiste en la mutación de regiones proteicas contra las que están
dirigidos los AC y en estos casos la inmunidad humoral frente a las enfermedades que
provocan solo persiste hasta que son capaces de desarrollan una cepa viral nueva lo que
ocasiona que las vacunas que se pueden lograr no son eficaces a largo plazo. Otros de los
mecanismos por los que los virus pueden eludir los mecanismos de defensa del SI son el
ocasionar exclusivamente infecciones intracelulares, la producción de moléculas que
compiten o inhiben ciertas enzimas, o la formación de compuestos homólogos a los
receptores de las citocinas o a ellas mismas.