FUNDACIÓN  NACIONAL  FRANCISCO  FRANCO


 

ESTE   ES  CARRILLO 


 

 

Santiago  Carrillo, ex-Secretario General  del PCE y de las Juventudes Socialistas, ha estado durante el ultimo año en el candelero mediático: al cumplir 90 años, fue entrevistado por Maria Antonia Iglesias, después protagonizó la famosa cena de su homenaje -la noche de la vergonzosa retirada de la estatua de Francisco Franco en Madrid- y por último ha sido nombrado doctor honoris causa por la Universidad Autónoma de Madrid, entre las protestas de los simpatizantes y familiares  de los asesinados en  Paracuellos del Jarama en noviembre de 1936: varios miles de presos políticos encarcelados por el Frente Popular, que fueron sistemáticamente sacados de las cárceles y conducidos cerca del río Jarama, donde fueron fusilados en masa y  enterrados en fosas comunes -conservadas intactas hasta hoy- ante la posible entrada en la capital de las  tropas nacionales. 

 El texto de la entrevista lo publicó el diario «El País» (9 de enero de 2005), en donde la Iglesias oficia reverente en sus preguntas al líder comunista para que le permita desarrollar con la falsedad e hipocresía características, sus respuestas. Cuando plantea la pregunta clave de Paracuellos -y de esto nos vamos a ocupar aquí-,  con su retorcimiento característico, le exonera de su responsabilidad cuando le dice que ante "la leyenda siniestra": «No sé cómo soporta el hecho de que muchos españoles de la derecha sigan convencidos de que usted fue el responsable, el inductor de aquella matanza».

La respuesta alcanza asombrosas cotas de cinismo y ahí están. Pero ya confiesa su responsabilidad cuando dice: «la única decisión que yo tomé -ejercía la Consejería de Orden Público tras la salida de la capital a Valencia del Gobierno de la República- fue respecto a aquellos dos mil militares que estaban en la cárcel de Madrid -se refugia en esa idea para ocultar los otros seis mil asesinados- porque se habían sublevado en el Cuartel de la Montaña y era la de trasladarlos a Valencia... Puse aquella misión en manos de mis colaboradores de la  seguridad del traslado... y la gente que ya había sufrido los ataques fascistas se lanzo a por ellos y la  guardia que iba custodiándolos no los defendió. Si alguna responsabilidad tuve yo de aquello fue la de no tener capacidad para controlar y castigar a los responsables..., fue una desgracia tremenda, pero hubiera sido mucho peor que se hubieran unido al Ejército que estaba atacando a Madrid... Yo he soportado esta calumnia de Paracuellos, que tendré que soportar en esta vida». Pues claro que es un peso que tendrá que soportar de por vida, porque el delito de genocidio no prescribe y la historia de aquellas matanzas no miente. Los genocidas juzgados en Nuremberg acabaron colgados de una soga.

Miente Carrillo cuando dice que eran esos dos mil presos y los sublevados en el Cuartel de la Montaña, ya que los efectivos militares de aquel episodio no llegaban ni como mucho a esa cifra, porque las unidades militares, por los permisos veraniegos, estaban muy reducidas. Y al Cuartel de la Montaña se incorporaron muchos falangistas, requetés y otros civiles. Pero las cifras de muertos del Cuartel dejan muy escaso número para  los supervivientes. Las cifras son éstas. Los muertos del día 20 de julio fueron 316, de los cuales, 116 eran jefes y oficiales -38 cayeron en el cuarto de banderas- más 200 civiles, falangistas y requetés, lo que da un total de 516. Los dos mil de los que habla Carrillo no eran los supervivientes del Cuartel de la Montaña -número escaso- sino la mayoría civiles, de profesiones liberales, estudiantes, sacerdotes, y religiosos, que acabaron asesinados en Paracuellos, y no por las turbas exaltadas que dice Carrillo, sino por esos guardias que los custodiaban y  que eran las milicias de retaguardia a las órdenes de Carrillo.

Porque Paracuellos era el destino de aquellas víctimas y no Valencia, como dice falsamente. Ahí están los oficios de aquel trágico traslado firmados por su ayudante Segundo  Serrano Poncela y el destino falso  que se simulaba era Chinchilla (localidad de la provincia de Albacete donde se situaba un antiguo establecimiento penal).

La decisión de eliminar a los presos que había en las cárceles  era consecuencia también de las presiones de los soviéticos, ya presentes en Madrid: Mijail Kolsov, enviado especial del periódico «Pravda», en su libro «Historia de la Guerra de España», escribió que, ante el avance de las tropas nacionales, «había que eliminar a esos ocho mil presos fascistas».

Este trabajo ya lo había comenzado a dirigir la diputada comunista Margarita Nelken, pues contaba con el beneplácito del director general de Seguridad Manuel Muñoz, y el ministro de la Gobernación, el socialista y siniestro Ángel Galarza antes de abandonar Madrid el gobierno rumbo a Valencia el día 6 de noviembre de 1936. Al día siguiente, 7 de noviembre, Carrillo se hace cargo de la Consejería de Orden Público de la Junta de Defensa y son las milicias de retaguardia, a las órdenes de Carrillo, las que van a intervenir directamente en los fusilamientos de Paracuellos. Hay testimonios terribles de ello, los de Carlos Semprún Mauda, o el del cenetista entonces Ministro de Justicia, Juan García Oliver. Pero el que nos hace estremecer por su frialdad cuando se ocupa del caso es otro cenetista, el presidente de la Federación Local de Sindicatos Unidos, que permaneció todo 1936 en Madrid,  Gregorio Gallego, que escribe: «Los enemigos que conspiraban con la esperanza  de asistir a la cita del General Mola en la Puerta del Sol iban a parar derechitos, y sin que nadie se enterase, a las fosas de Paracuellos del Jarama. Nuestros Servicios de Orden Publico se mostraban tan eficaces y  discretos que tardaría tiempo en saberse cómo se las gastaba el joven Santiago Carrillo».

Miente Carrillo una vez más cuando le dice a Maria Antonia Iglesias:  «Es verdad que yo no pude defender a aquella gente con eficacia y llevarla a Valencia con  seguridad», porque lo de llevarlos a Valencia era una fórmula que falseaba su destino verdadero, que no era otro que el de las fosas de Paracuellos. A los familiares de los presos se  les decía que iban camino del  penal  de  Chinchilla. Fue la primera gran operación de genocidio, de dimensiones desconocidas hasta entonces, encomendada  a aquel aparato exterminador de las milicias de Retaguardia bajo el mando de Carrillo. Y ahí están los testimonios que presentaron después de la guerra sus correligionarios Ramón Torrecilla, Vicente Girauta,  Manuel Rascón, Alvaro Marasa, Agapito Sainz y otros. En «ABC» de Sevilla del 9 de abril de 1994 (página 72) escribió un articulo titulado: «Con  la mentira en ristre», Carlos Semprún Maura, en el que decía: «Siendo Consejero de Orden Público en la Junta de Defensa de Madrid fue él (Carrillo) quien ordenó la matanza de Paracuellos, cosa que  ha reconocido off the record y no, como escribe, incontrolados probablemente de la FAI (anarquistas)».

Volviendo al presente, los medios informativos -sobre todo los oficiales, con  TVE en cabeza-  se han distinguido en los días del 90 aniversario de Carrillo en informaciones reverenciosas y admirativas, atribuyéndole patentes de  demócrata ejemplar. Como parece que no era suficiente el homenaje-cena de marzo pasado, ahora la Universidad Autónoma de Madrid le nombra nada menos que doctor honoris causa.  En todos estos agasajos se han sacado  a relucir entre bobas admiraciones lo que llaman “servicios a la Transición”.  Se olvidan de la guerra civil y  de cuando Carrillo decía a la periodista italiana Oriana Fallaci en 1974: «La guerra civil la hice de veras ..., apuntaba con cuidado para matar y  he matado». En aquel entonces se avecinaban tiempos decisivos y dramáticos para España y él se empeñaba amenazador en exhibir talante de resistente al franquismo, como la capa con la que ocultar su responsabilidad en el exterminio de los presos de Madrid en 1936.

Ahora, en esta ocasión, las víctimas de aquél genocidio  no solo no son recordadas sino insultadas y  ultrajadas, cuando le dijo a Maria Antonia  Iglesias en su entrevista, con ese empeño de alejar su responsabilidad:  «Sin duda fue muy doloroso que muriera aquella gente así... ». Pero le traicionó el subconsciente y  asomó la garra ensangrentada cuando dijo a renglón seguido: «... hubiera sido mucho peor que se hubieran unido al Ejército que estaba atacando Madrid». Era su única respuesta con la que acababa, al fin,  reconociendo las acusaciones.


 

VOLVER  A  PORTADA

 

 


© FUNDACIÓN NACIONAL FRANCISCO FRANCO - 2005