LOS «PAPELES D E SALAMANCA» Y LAS CHEKAS DE BARCELONA

 

 

«En las chekas, el crimen puro y duro es sustituido por un sistema de aniquilamiento humano llevado hasta límites inimaginables»

 

 

El presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero, ha salu­dado con singular e inoculta­ble alborozo la recomendación favorable del sedicente «comité de expertos» designado para el estudio de la propuesta de devolución a Cataluña de los documentos referi­dos a ésta que forman parte del Archivo Histórico de la Guerra Civil, radicado en Salamanca. «Para nosotros es como un regalo de Navidad», ha dicho, por su parte, el presidente de la Generalidad, Pas­cual Maragall. y para no quedar fuera del coro laudatorio, el inefa­ble dirigente de Ezquerra Republi­cana, Carod-Rovira, sin duda menos eufemístico, considera que la decisión «constituye un triunfo de la España antifranquista».

Muchos son, sin embargo, quienes se temen que el goloso caramelo que los expertos han puesto en sus bocas pueda dejarles también un cierto regusto a acíbar al posibilitar la reactualización de ciertos episodios de la guerra en Cataluña no especialmente ejem­plares. El de las chekas de Barce­lona, por ejemplo. Si se acepta el criterio de quienes en su día fue­ron encargados de la catalogación de los polémicos documentos, «estos permiten conocer la organi­zación de los distintos servicios públicos catalanes en su contexto político, social y económico, con referencia especial a los castigos a los rebeldes y a los traidores» «<ABC», (20-12-2004). Lo que quiere decir lisa y llanamente que a través de ellos podrán recuperar­se los que hacen referencia a la persecución frentepopulista, de la que las chekas de Valmayor y de la Bonanova constituyen siniestro paradigma.

Para comprender lo que ésta fue es preciso situarse en el con­texto de la Barcelona del comienzo de la guerra, tras la rendición de las tropas sublevadas y en la que el control de la justicia y el orden público eran ejercidos por grupos de militantes anarquistas, bajo la supervisión de un denominado “Comité de Patrullas”. Es a partir de esta indiscriminada etapa de terror de la que surgirían, con criterios perfectamente establecidos, las pri­meras chekas, con sus crímenes selectivos, sus torturas, sus centros secretos de detención y sus agentes especializados. El 27 de enero de 1937, «The Times» revela la cifra de 4.000 asesinatos cometidos solamente en Barcelona durante el año anterior (Carlos Rojas: «La guerra en Cataluña»).

Fiel reflejo de esta situación es el ofrecido por un editorial del dia­rio «Solidaridad Obrera» del 15 de agosto de 1936: «Las órdenes reli­giosas deben ser disueltas; los obispos y cardenales, fusilados, y los bienes eclesiásticos, incauta­dos». No era, desde luego, una vacua invocación. Entre los sacer­dotes asesinados en aquellas jorna­das, a falta de obispos que llevarse a la boca de los fusiles, figuran los treinta y tres hermanos de la Doc­trina Cristiana, sacrificados por haberse negado a abandonar a los niños enfermos, una incautación a la que no puede negarse su condi­ción de expeditiva.

La persecución de los «rebel­des, y traidores», a los que parecen referirse algunos de los documen­tos, iba a adquirir una terrible y sis­temática metodología con la crea­ción del Servicio de Investigación Militar (SIM), a partir de un decre­to del 6 de agosto de 1937, emana­do del Ministerio de Defensa Nacional, cuyo titular era el diri­gente socialista Indalecio Prieto. Su estructura orgánica estaba inspirada en los servicios secretos soviéticos, la NKV, que con el tiempo sería la GPU, y cuyos hilos manejaba en la sombra el comunista húngaro Emo Ger6, que en España había adopta­do el nombre de guerra de «Pedro». En su libro de memorias «¿Por qué perdimos la guerra?», el histó­rico dirigente anarquista Abad de Santillana, que sin duda echaba de menos los procedimientos carpeto­vetónicos de sus conmilitones, escribe: «Uno de los aspectos que entonces nos sublevaban era la introducción de métodos policiales rusos en nuestra política interior: las torturas, la ferocidad con las víctimas, culpables o no, estaban a la orden del día». y en su exhaus­tivo trabajo «Las chekas de Madrid y Barcelona», el periodista Alberto Flaquer transcribe las siguientes palabras del diputado laborista británico Mac Govern: «Hay dos Brigadas Internaciona­les; una, que es fuerza de combate del movimiento obrero mundial, y por otra, la cheka internacional, pagada por el Kremlin». Teóricamente, las chekas del SIM eran centros especializados en interrogar a los detenidos, pero en la práctica se convertirían en terribles centros de tortura. Dos serían, como digo, las más representati­vas: las de la Bonanova y la de Valmayor. En ellas, la represión adquiriría una cierta apariencia de orden, si así puede decirse y una fría y racional sistematización. El crimen puro y simple es sustituido por un sistema de aniquilamiento humano llevado hasta un límite inimaginable. Si de lo que fueron en su día se conservan testimonios documentales no parece desacerta­da la calificación que en términos genéricos hace de ellos Rodríguez Zapatero, como «testimonio de un episodio, el de la guerra en Catalu­ña, trágico y dramático».

Las chekas eran reductos de un largo de 2,50 metros de largo, 1,50 de ancho y una altura de 2 metros. Estaban orientadas al sur y recibían constantemente la luz solar, a cuyo calor natural se unía el producido por el alquitranado del suelo, lo que las convertía en hornos asfixiantes. La ventilación estaba a ras de suelo, en donde una serie de ladrillos verticales impedía el paso normal, de la misma forma que a la tabla que servía de camastro se le había dado una inclinación del 50 por 100 para impedir toda posibilidad de descanso. Un metrónomo situa­do entre cada dos celdas marcaba incesantemente un ritmo metódico de efectos absolutamente destruc­tivos para el sistema nervioso de los detenidos (Martín Inglés: «Bajo las garras del SIM» ).

Este era precisamente el objeti­vo de los chekistas: un refinado plan de tortura psicológica. Pero no eran solamente estos elementos materiales los conducentes a la des­trucción mental de las víctimas. Las paredes estaban pintadas con dibujos geométricos destinados a marearles y a ofuscarles visualmen­te. El historiador del arte José Milicua las ha estudiado y encontrado en ellas rastros de algunas caracte­rísticas pinturas de Kandiski,

Nohol, Nagy y Jhohanes Itzen., «A los presos sólo les quedaba con­templar las cuatro paredes, una de las cuales estaba combada, y lo que veían eran figuras de ilusión óptica como dameros, cubos, círculos de colores, espirales, que al conjuro de una potente luz, simulaban movi­miento y hacían trizas sus nervios» (Victoria Combalia: «Arte moderno para la tortura» , «El País» , 26-1­2003). Se producía de esta manera la sorprendente paradoja de que quienes como los comunistas soviéticos rechazaban como envile­cido el arte de las vanguardias del momento -surrealismo y abstrac­ción- no vacilaban en utilizarlo a beneficio de inventario. ¿ O acaso sólo era una monstruosa manifesta­ción de humor negro de un sistema político aberrante?

La existencia de estas chekas era en Barcelona un secreto a voces. En agosto de 1937, Manuel Godoy, secretario del Colegio de Abogados, y el decano de éste, Juan Moles Odelle, hicieron en nombre de la Corporación la consiguiente denuncia al ministro de Justicia, el nacionalista vasco Manuel Irujo. Al cabo de unos meses, les fue remiti­do un escrito en el que se decía que todos los detenidos estaban en régi­men normal de cárcel, tal como muchos años después lo contaría el primero de ellos a Francisco Gutié­rrez Latorre, que lo recoge en su libro «La república del crimen».

Tal vez entre los documentos controvertidos se conserve el aluci­nante testimonio que ante el tribunal militar que lo juzgó el 12 de junio de 1939 prestó el constructor de las celdas, un increíble persona­je llamado Antonio Laurencini, de incierta nacionalidad centroeuro­pea, pintor, músico, ex legionario, políglota y conspicuo estafador que pasó de la cárcel donde purga­ba delitos comunes al SIM sin demasiados problemas.

Del proceso existe una íntegra transcripción, que bajo el título «Por qué hice las chekas», publicó el periodista R. L. Chacón. Laurencini declaraba que las órdenes las recibía del jefe supre­mo del SIM, el socialista Santiago Garcés, que había participado en el asesinato de Calvo Sotelo. Gar­cés le revelaría décadas después, en Méjico, al historiador Pastor Petit, y éste lo transcribe en su libro «El espionaje en la guerra civi1», que el SIM había sido crea­do por Prieto «para contar con una policía propia, ya que las que ya existían estaban en manos de los comunistas» y reconocía que, al final, Prieto había terminado sien­do el alguacil alguacilado.

Si desde una perspectiva mera­mente formal e historiográfica la rebatiña a la que se van a ver some­tidos los documentos de Salamanca no deja de ser una decisión discuti­ble, desde un riguroso criterio sociológico resulta absolutamente preocupante. A estas alturas de la vida nacional no parece dudoso considerar que convertidos en ins­trumento de un renacido guerracivilismo, poco van a contribuir a la convivencia de los españoles. Para bien o para mal, los papeles de Salamanca son ya historia para los historiadores. Mala cosa es que sean utilizados como factores de discordia y enfrentamiento y termi­nen contribuyendo a mantener viva la aniquiladora dinámica del «y tú más», tan genuinamente nuestra.

 

Juan Ramón PEREZ LASCLOTAS

 

 

 


 

BOLETÍN INFORMATIVO  Nº 100 DE LA FUNDACION NACIONAL FRANCISCO FRANCO

Octubre  – Diciembre 2004


  VOLVER A PORTADA      

© FUNDACIÓN NACIONAL FRANCISCO FRANCO 2005