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Franco, en 1936
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Vivimos en
plena Marea Roja, alentada
por los comunistas que se han adueñado del alma socialista, según les indicó el
último secretario general del PCUS, Mijail Gorbachov, al recomendarles tras la
caída del Muro la entrada en la Casa Común de la Izquierda, es decir la
infiltración en masa dentro de la Internacional Socialista, el Arca de Noé
del marxismo agonizante. Cada semana aparece un libro sobre la represión del
bando nacional en la guerra civil, mientras la represión roja se disimula una
y mil veces como "merecida justicia del pueblo".
La
fijación "intelectual" de los comunistas es de tipo histórico; y consiste en obligar al centro derecha acomplejado
a declarar ciudadanos de honor a los supervivientes de las brigadas
internacionales, según la orden del doctor Negrín en 1938; y a ensañarse con el
18 de julio, declarándole primero como "golpe militar fascista" y
después, ayer mismo, condenándole como intentona para establecer un estado
totalitario contra la impecable posición democrática de la Segunda República.
Entonces,
las calles rebosan de banderas republicanas como preludiando la culminación de
la campaña antihistórica cuyos tres actos finales veremos, ese es al menos el
proyecto, a lo largo de los dos próximos años: la independencia del País Vasco
según el plan Ibarreche, más o menos camuflada de confederación; la secesión
de la Gran Cataluña según el plan Maragall con inclusión de los “Paisos
Catalans” que, como la llamada Euzkadi, jamás existieron; y la eliminación
de la Corona, cuyo titular volverá a ser no ya el héroe del 23 F, sino el
“sucesor de Franco a título de Rey”. Todo un proceso de desintegración
histórica perfectamente diseñado en la Casa Común ante la complacencia
secreta de una Europa orgullosamente secularizada, a la que ahora pretenden
arrancar sus ya mortecinas raíces cristianas.
Con su clásica coherencia, don José María
Aznar, en trance de despedida, trata de conservar ahora esas raíces, después de
haberlas suprimido en la Internacional Demócrata Cristiana, rebautizada
—perdón— por él mismo como Internacional Demócrata del Centro. Los pontífices
de la secularización total son también del Centro: los señores Giscard y
Chirac, distinguidos miembros de la Masonería —cuya simple mención es hoy de
mal gusto— cuya esencia histórica consiste en la secularización total. No en
vano el sitio del Gran Oriente de Francia en la Red presenta a la
institución como "observatorio de la laicidad". La derecha de
Francia, todavía más históricamente degradada que la de España.
En
resumen, lo que pretende anegar y aniquilar la Marea
Roja es, para España, el 18 de Julio, el "golpe militar
fascista", que no fue ninguna de las tres cosas. Y que una visión
histórica puede y debe explicar con dos expresiones, que brotaron de la entraña
de su propia época: una en 1936, otra en 1937.
El 15 de
abril de 1936, cuando el desgobierno caótico del Frente Popular amenazaba con
la revolución inminente y total, el líder de la derecha católica don José María
Gil Robles se encaró con la izquierda y dijo: "Una
masa considerable de opinión, que es por lo menos la mitad de la Nación, no se
resigna implacablemente a morir: yo os lo aseguro. Media Nación no se resigna a
morir"; esta frase de Gil Robles, reproducida además
entonces en un editorial de El Debate me ha servido como título para un libro
reciente, donde demuestro inapelablemente, con centenares de documentos y
testimonios, la profundísima razón que inspiró a Gil Robles aquella
advertencia. No era un pronunciamiento, ni un cuartelado, ni una conjura contra
una democracia inexistente. Era el clamor de media Nación que no se resignaba
a morir y estaba cada vez, más dispuesta a alzarse para impedir su
aniquilación.
La segunda
clave es otra frase de 1937: proclamada en la "Carta Colectiva del
Episcopado Español" el 1 de julio de ese año, cuando los Obispos
de España trataron de explicar a todos los del mundo los motivos del 18 de
julio, al que calificaron como "un
plebiscito armado". Desde el
mes de agosto de 1936 varios Obispos habían utilizado la palabra Cruzada
en sentido religioso para describir el Alzamiento. La Carta Colectiva no
utiliza ese término, sino el de "plebiscito armado", es decir, un
movimiento popular apoyando al Ejército en defensa de unos valores por los que
merecía la pena dar la vida.
El plebiscito armado de la media Nación que no se resignaba a morir fue, desde los primeros momentos, una guerra de religión. No fue la Iglesia católica quien la proclamó ni menos quien la preparó. En la portada de mi próximo libro, “Historia Actualizada de la Segunda República y la Guerra de España” figura el documento gráfico más significativo del conflicto: el fusilamiento de la imagen del Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles, el 28 de julio de 1936. He investigado a fondo este horrible suceso y junto al fusilamiento, que se reprodujo en días sucesivos, publico también la secuencia de la profanación y demolición del monumento. Pocos días después la Iglesia católica fue declarada fuera de la ley por un decreto del Gobierno del Frente Popular, con la firma del Presidente de la República, Manuel Azaña. La persecución religiosa, que se había desencadenado con los incendios del 11 de mayo de 1931, se recrudeció en la revolución de Octubre de 1934 y se propagó ya de forma continua después de la falsa victoria electoral del Frente Popular el 16 de febrero de 1936. Si se suprime el factor religioso nada se puede comprender de la historia de nuestra guerra; ésa fue la clave. La Cruzada, el plebiscito armado, fue la respuesta a la persecución.
En la
Historia Actualizada que acabo de anticipar intento un análisis histórico de
la Marea Roja
y sus orígenes, que son múltiples y datan de varios
acontecimientos. En primer lugar, la derrota comunista de 1939, precedida por
un hecho que jamás recuerdan los promotores de esa marea: la expulsión del
partido comunista por el resto de los partidos y grupos del Frente Popular el
12 de marzo de 1939 (expulsión publicada en El Socialista de esa fecha) por
considerarle un partido no español sino puesto servilmente al servicio de una
potencia extranjera, la Unión Soviética. Desde entonces los comunistas
españoles concibieron un odio inextinguible contra el general Franco que no
sólo había conseguido derrotarles sino descalificarles. La historia del
partido comunista a partir de entonces es la historia de una venganza frustrada
contra Franco, al que Santiago Carrillo llegó a atribuir en 1982 (siete años
después de su muerte), sus continuas derrotas electorales en la transición que
el PCE había soñado con dominar políticamente.
De ese odio nació a mediados de los años sesenta el proyecto comunista de ocupar numerosas cátedras de historia contemporánea en universidades españolas y otros centros de enseñanza, proyecto que en buena parte ha cuajado gracias al pacto antinatural de los comunistas con dos sectores diferentes de la Iglesia Católica, que describo con pelos y señales en el libro que acabo de anticipar y que ha supuesto un gravísimo quebranto dentro de la crisis general de la Universidad española. El director de ese proyecto letal fue un catedrático comunista y nombrado a dedo, que en tiempo anterior, según demostradas afirmaciones comunistas, había ejercido como agente de la KGB, nada menos.
Las
últimas fases de la Marea Roja han sido
la parlamentaria (en las Cortes y en los parlamentos autonómicos) dirigida por
los comunistas, con la complicidad de los socialistas y la cobardía de los
centristas para convertir al 18 de julio en una fecha de abominación, cuando
realmente fue un grito de liberación; y por fin la tergiversación sistemática
de la Historia a través de una profusión de libros infames y artículos sectarios
que a veces se cuelan en los mismos medios de comunicación de tendencia
liberal-conservadora y en las sentinas históricas de la basura televisiva.
Por cierto que en ese doble pacto clerical-comunista se generó el funesto
término “nacional catolicismo”, que hoy repiten embobados todos los altavoces
de la Marea Roja.
Desde el punto de vista de la Historia
científica, me preocupan muy poco estos alardes de la Marea
Roja, que a veces sufren revolcones insospechados desde
proyectos extranjeros de investigación, como el que se refleja en el excelente
libro “España Traicionada” (editorial Planeta) dirigido por Ronald Radosh y
realizado por un conjunto de investigadores de la Universidad de Yale y la Academia
Rusa de Ciencias sobre los archivos soviéticos de la guerra civil. En esta
gran investigación se reivindican por completo las tesis anticomunistas de
Burnett Bolloten frente a las de Paul Preston y, a distancia abisal por su
insignificancia, Julio Aróstegui y otros tuñonianos recalcitrantes. También ha
mejorado notablemente el panorama histórico en España, con el merecidísimo
éxito del historiador Pío Moa en sus “Mitos de la Guerra Civil”, el cuarto gran
tomo de “Franco, crónica de un tiempo”, del profesor Luis Suárez, la abrumadora
historia naval de nuestra guerra por los almirantes Fernando y Salvador Moreno
de Alborán, la super-serie “Guerra aérea” del general Jesús Salas Larrazábal,
las irrebatibles investigaciones del general Rafael Casas de la Vega y don
Ángel David Martín Rubio y el sobrecogedor libro de César Vidal sobre las
checas de Madrid, que me ha dejado sin dormir la noche anterior a la
redacción de este artículo. La Marea Roja no ha
producido ni un solo libro comparable a los que acabo de citar y sus sucios
engendros entran ya a raudales en las cloacas de la Historia.
Publicado en el Boletín Trimestral de la Fundación num.94 (abril-mayo-junio 2003)
© FUNDACIÓN NACIONAL FRANCISCO FRANCO 2003