Efectos psicosociales del divorcio en los hijos
Conferencia dictada en la Facultad de Psicología, U.D.A., Mendoza, 17 de abril de 1.998.

Lic. Carolina Gianella

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Introducción

El divorcio de los padres transforma completamente la vida de sus hijos, y esta transformación se produce con un gran dolor: pierden la intimidad cotidiana con uno de sus padres, se altera su orden familiar y se sienten básicamente abandonados.

Los impactos pueden ser muy diferentes, según el sexo y la edad de los hijos en que se produce la separación, pero también existen elementos en común en la experiencia de todos los hijos que han atravesado esta crisis.

La información que se refiere en el presente trabajo surge en su mayoría de la investigación más extensa que se ha realizado sobre divorcio.  A lo largo de quince años se chequearon sesenta familias divorciadas, que tenían hijos de dos a dieciocho años al momento de la separación, que pertenecían a una franja poblacional considerada psicológicamente normal, y que no sufrían ningún modo de marginación social. Para los niños que participaron del estudio, la separación de sus padres constituía la crisis más importante de sus vidas.

Efectos generales

Todos los hijos que participaron de este estudio establecieron a lo largo de los años alguna vinculación entre la experiencia de crecer en el seno de una familia divorciada y sus experiencias actuales.

La experiencia del divorcio agrega elementos a la identidad, modificándola. Los hijos de familias divorciadas comparten actitudes, sentimientos e ilusiones, y se consideran miembros de un grupo humano especial. El hecho de ser hijos de padres divorciados les otorga una identidad fija, que los define y que afecta profundamente sus relaciones presentes y futuras.

Sienten que el proceso de crecimiento es más difícil, y necesariamente lo es, porque el divorcio agrega tareas.

En ellos persisten, a lo largo de los años, sentimientos de pérdida, tristeza y ansiedad. Se sienten menos protegidos, menos cuidados y consolados.

Comparten valores más conservadores que los de sus propios padres respecto al matrimonio: desean un matrimonio estable, comprometido, un amor romántico, duradero y leal, pero con la sensación de que hay pocas probabilidades. Creen que es necesario evitar los matrimonios impulsivos, y que la convivencia previa es buena. Ansían establecer relaciones perdurables, y les preocupa no poder hacerlo.

Los efectos a largo plazo se originan por los cambios producidos en sus actitudes y en su autoimagen. La crisis del divorcio determina la cosmovisión de los hijos que crecen en ella, respecto a sus relaciones y expectativas. Aunque más difíciles de percibir que los cambio de conducta, estos cambios de actitud son a largo plazo más importantes para el individuo y la sociedad.

La posibilidad de un divorcio sano

Si bien el sufrimiento que el divorcio genera en los hijos es inevitable, y deja secuelas que se han observado en todos los casos, muchos hijos de padres divorciados se siguen desarrollando normalmente. Atravesar la transición del divorcio sin consecuencias psicosociales graves ha sido posible para un tercio de los niños y adolescentes involucrados. La evolución depende del tipo de arreglos interpersonales que se hayan desarrollado dentro del sistema familiar y con el contexto social.

En un período inmediatamente posterior a la separación, la evolución de los miembros, y especialmente de los hijos, depende de la cohesión y la flexibilidad del sistema. Es decir, la familia debe mantenerse lo suficientemente ligada como para que los hijos no pierdan el sentimiento de pertenencia, y a la vez, ser lo suficientemente flexible como para acomodarse a los cambios. También es fundamental que las fronteras del subsistema parental se conserven y que los padres sostengan su jerarquía para poder continuar cumpliendo funciones nutricias y normativas.

La causa central de trastornos en los niños es el estancamiento en alguna etapa del proceso de divorcio, que no permite construir y afianzar una nueva organización familiar viable. La ausencia de una estructura viable y estable post-divorcio hace a todos los miembros más vulnerables al estrés y al estancamiento en sus vidas individuales.

En un estudio comparativo entre hijos de familias divorciadas y familias intactas disfuncionales, se observó que estos últimos sentían el mismo miedo a ser abandonados que los primeros, pero culpaban más a los padres por la ambigüedad que los angustiaba. En general, se sentían más desdichados que el grupo de hijos de familias divorciadas. Las dificultades de estos estaban relacionadas con la culpa, la esperanza de la re-unión familiar, la tristeza, la percepción de haber tomado mayores responsabilidades al asumir roles del padre ausente, y el sentimiento de ser diferentes ante otros chicos. A la vez, refirieron el alivio por no presenciar más peleas, por contar - en algunos casos - con mayor atención de ambos padres y poder disfrutar una relación más estrecha que antes con el padre no conviviente.

La resolución de la crisis del divorcio en relación a los hijos, está estrechamente ligada a la capacidad de los padres para generar acuerdos. Al respecto, se ha observado que:

Los alimentos representan para los niños el apoyo y el interés del padre no conviviente por su bienestar y su crecimiento. La cuota que se fije debe ser replanteada a lo largo del tiempo. Los adolescentes generan más gastos y es muy común que la cuota se mantenga en el tiempo, o aún que se disminuya y/o se abandone cuando los chicos crecen.

El sesenta por ciento de los hijos que participaron del estudio mencionado, tuvieron una educación inferior a la de sus padres y el cuarenta y ocho por ciento a la de sus madres. Cuando dejan de recibir apoyo económico al cumplir la mayoría de edad, sienten que dejan de recibir el apoyo emocional y psicológico de sus padres, sintiéndose indefensos y no merecedores de su apoyo.

El divorcio es una experiencia muy diferente para los padres y para los hijos. Muchas veces lo que es bueno para los padres no lo es también para los hijos. No hay fundamentos para sostener que la mayor felicidad del adulto lo volverá necesariamente más sensible o preocupado por sus hijos. Muchas veces, las circunstancias que enriquecen la vida de un adulto pueden determinar que se encuentre menos disponible para sus hijos.

El divorcio constituye una segunda oportunidad para los padres, que pueden vivirlo como la posibilidad de reconstruir sus vidas, volver a enamorarse, aprender de errores pasados, crecer psicológicamente y ser mejores padres. Para los hijos constituye la pérdida de su estructura familiar, fundamental para su desarrollo, y deben acomodarse a nuevos modos de organización familiar.

Reacciones esperables

La primer reacción de los hijos frente al divorcio es el temor, una profunda sensación de pérdida y tristeza, y pueden llorar tanto por un padre afectivo como por un padre indiferente.

También se preocupan por el bienestar de sus padres, extrañan al padre que se ha ido y temen no volver a verlo.

A cualquier edad se sienten rechazados. Cuando un padre abandona al otro, los niños lo interpretan como si los abandonaran a ellos.

Sienten que su opinión no cuenta y sienten impotencia frente a su incapacidad para influir en un acontecimiento tan importante en sus vidas.

Se sienten profundamente solos. Parecen desaparecer todos los apoyos. Menos del diez por ciento de los niños que participaron del estudio referido, tuvieron a su lado a un adulto que les hablara comprensivamente mientras se producía el divorcio. Los padres están muy preocupados por sí mismos, deprimidos y desorientados, y es poca la disposición que en los primeros momentos tienen para sus hijos.

El apoyo de la red familiar y social es de suma importancia en estos momentos. Esta red de apoyo es eficaz cuando acepta la separación, no toma partido, brinda ayuda
emocional y financiera, sostiene al padre custodio en sus funciones parentales y se
preocupa sobre todo por los niños. El papel de los abuelos puede ser fundamental, no sólo en los primeros momentos, sino a lo largo de todo el proceso. También las relaciones fraternas pueden ser muy importantes. Los hermanos se procuran contención y apoyo mutuamente.

Cuando los chicos sienten que no son una prioridad en la vida de sus padres, necesitan adultos que estimulen su autoestima y apoyen sus aptitudes.

Otra experiencia habitual de los hijos, son los conflictos de lealtades. El divorcio es vivido como una riña entre dos bandos y ellos sienten que deben tomar partido. Es un dilema sin solución, porque si no toman partido se sienten aislados y desleales, y si lo toman sienten que están traicionando a uno de sus padres.

Estas primeras reacciones no determinan necesariamente la evolución posterior. No pueden preverse los efectos del divorcio basándose en estas primeras reacciones. Los acontecimientos pueden tomar diversos caminos a lo largo de los años, y el apoyo y la atención de ambos padres son necesarios durante todo el proceso de crecimiento.

Otro aspecto común a todos los hijos de familias divorciadas es la sensación persistente, a lo largo de los años en algunos casos, de que la pérdida de la familia no es definitiva. El carácter irrevocable del divorcio no es tan obvio como el de la muerte, y los niños suponen que puede ser remediable. Mantienen o pueden mantener contacto con el padre no conviviente y esto ayuda a sostener la expectativa de la re-unión. Las vacaciones, los cumpleaños y otras festividades familiares vuelven a despertar fantasías de re-unión, y hasta un simple saludo puede ser interpretado como un signo de acercamiento entre sus padres.

Otro efecto observado es que los hijos de familias divorciadas sienten más temor que los hijos de familias intactas al fracaso matrimonial. Su búsqueda de amor e intimidad está rodeada de fantasmas. Su transición a la adultez es muy difícil. En esta época se renuevan los sentimientos y recuerdos vinculados al divorcio.

Todos comparten el temor al rechazo, a la traición y la vulnerabilidad frente a la sensación de pérdida, que puede prolongarse durante toda la vida.

Como se mencionó previamente, uno de los sentimientos que acompaña la separación es la impotencia que los hijos sienten ante una crisis tan importante e influyente en sus vidas. Los sentimientos de culpa frente al divorcio pueden constituir una defensa frente a la impotencia. Es preferible sentirse culpable –lo que implica alguna posibilidad de control sobre la situación-, que impotente –lo que genera sensaciones de total desamparo y resulta más perturbador.

Algunas diferencias de género

Se han observado algunas diferencias entre géneros. Los varones parecen tener mayores dificultades para atravesar la crisis, tanto en intensidad de sentimientos como en su duración. Es más frecuente que presenten más problemas escolares que las niñas, y mayor irritabilidad. No obstante, es muy probable que las niñas se sientan igualmente perturbadas, pero demuestran sus sentimientos con menos violencia, retrayéndose, volviéndose más ansiosas o comportándose excesivamente bien.

En el estudio citado se observó un fenómeno que denominaron “el efecto aletargado”. Las niñas mostraron una mejor adaptación en la etapa inmediatamente posterior al divorcio. Lograron un mejor desenvolvimiento social, escolar y emocional, pero cuando entraron en la etapa adulta y establecieron sus primeras relaciones de pareja, se enfrentaron con un efecto retardado del divorcio de sus padres. Sufrieron serias dificultades relacionales, y se sentían obsesivamente preocupadas por sus relaciones personales. Sentían mucho temor a la traición, mostrando una intensidad mayor en relación a los varones del estudio. Se planteaban cómo sería posible asumir un compromiso en la pareja, si cualquiera puede cambiar de idea en cualquier momento.
 

Cuando uno de los padres forma una nueva familia

Esta nueva situación les genera a los hijos sentimientos de doble pertenencia. Un hijo de un primer matrimonio no se siente un miembro pleno de una nueva familia, sino más bien una visita frecuente. Suelen sentirse inseguros en cuanto a si realmente tienen un lugar que les pertenezca. Carecen de un papel definido en la nueva familia, pueden haber diferencias con la nueva pareja o dificultades para adaptarse a las costumbres de la nueva familia. También sienten una pérdida de intimidad con el padre que se ha vuelto a casar. Todo esto les genera confusión, celos y nuevas angustias, que pueden traducirse en conductas conflictivas, agresivas o de retraimiento.

Las diferencias evolutivas

La edad de los hijos al momento de la separación marca importantes diferencias en relación al impacto que produce en ellos. Pueden distinguirse tres categorías siguiendo un criterio evolutivo: pre-escolares, escolares y adolescentes.

Pre-escolares

Escolares

Los niños de 6 a 8 años tienen grandes dificultades para adaptarse a los cambios que implica el divorcio:

Los niños de 9 a 12 años dependen de los padres para su estabilidad. Ellos sostienen  el escenario en el que transcurren sus vidas, donde juegan, aprenden y adquieren capacidades sociales. Les importa mucho la imagen social de su familia y de sus padres.

Temen que este escenario se derrumbe y se destruyan sus planes presentes y futuros, y esta ansiedad se refleja en su comportamiento:

Adolescencia

La particularidad de la experiencia adolescente del divorcio está dada por la tarea evolutiva que los hijos deben cumplir en esta etapa, que es el proceso de separación de los padres.

Es frecuente que los adultos esperen de los adolescentes una adaptación sin problemas al divorcio, porque son más grandes y pueden comprender. Sin embargo, la disolución del hogar es especialmente perturbadora para ellos, porque necesitan que su estructura familiar los ayude a contener sus propios impulsos agresivos y sexuales.

Se sienten muy ansiosos frente a la vulnerabilidad de sus padres y les preocupa su futuro. Les perturba ver que sus padres son personas con impulsos y problemas sexuales, cuando ellos están tratando de enfrentarse con su propia sexualidad.

Tienen la sensación de que la brecha generacional se ha violado, se enojan con sus padres y se sienten abandonados.

El proceso de separación puede verse obstaculizado por un bloqueo del desarrollo de la autonomía, quedándose en el hogar, ocupando el lugar de enfermos, de niños o de compañeros del padre conviviente.

Otra posibilidad son las partidas precipitadas, que generalmente se producen cuando son adolescentes que viven sin control parental. Los padres están demasiado preocupados y deprimidos, y disminuyen la parentalidad o ejercen una seudoparentalidad.

Es frecuente que en la adolescencia, los hijos varones quieran vivir con el padre. Para los varones, durante la adolescencia, la relación con el padre es de suma importancia para lograr la separación.

Existen dos factores identificados, que pueden proteger el desarrollo de los adolescentes:

Algunas conductas recomendables para padres divorciados

Todos estos aspectos descriptos pueden facilitarse si los padres adoptan la actitud
adecuada, en el momento de la crisis y después de ella. Las siguientes constituyen
algunas pautas a seguir:

Para terminar, podemos pensar que son dos las tareas que los adultos deben afrontar tras un divorcio. La primera es la reconstrucción de sus vidas adultas. La segunda es ayudar a los hijos a superar el fracaso del matrimonio y los años posteriores al divorcio.

También los hijos deben realizar dos tareas. En primer lugar, deben reconocer la realidad de la separación y aceptarla, para poder continuar creciendo familiar e individualmente. En segundo lugar, apostar al amor, aferrarse a la idea positiva de que pueden amar y ser amados. Esta es la esencia de las segundas oportunidades para los hijos de familias divorciadas.

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