A 14 kilómetros de la Puerta del Sol de Madrid en dirección
a Valencia, Rivas Vaciamadrid es un municipio de grandes contrastes
e insólitas peculiaridades. Es en realidad un suburbio
de la Capital; de hecho parte del casco urbano pertenece a la
administración madrileña. Pero es también
un paraje de inestimable valor ecológico; tres cuartas
partes del término municipal forman parte del Parque Natural
del Jarama. Allí confluyen, entre cantiles yesíferos
de inusitada belleza, los ríos Jarama y Manzanares. Junto
a sus contaminados cauces se han ido formando, como consecuencia
de una prolongada actividad de extracción de áridos,
numerosas lagunas donde anidan incontables especies de anátidas
que conviven con una colonia de doscientas cigüeñas
y con los halcones y milanos de los riscos.
Pero Rivas es también el sumidero y estercolero de Madrid.
A pocos metros de sus urbanizaciones, el Ayuntamiento de Madrid
vierte e inicinera todos sus residuos, 3.600 toneladas diarias
de basuras domésticas y un volumen de escombros difícil
de determinar que dan lugar al nacimiento de auténticas
cordilleras de residuos. La pestilencia del compost y los humos
de las tres incineradoras de Valdemingómez (una gigante
de basuras, otra de residuos clínicos y otra de animales
muertos), impregnan el aire de sus calles.
Rivas es también insólito desde el punto de vista
sociológico. Su población ha crecido vertiginosamente
desde los escasos 500 vecinos de 1980 a los actuales 30.000 (que
se duplicarán en breve según las previsiones),
dando lugar a un asentamiento de aluvión que es considerado
como el de mayor expansión demográfica de Europa.
Las principales barriadas (Cobivar y Pablo Iglesias fundamentalmente)
fueron construidas por cooperativas vinculadas a los sindicatos
Comisiones Obreras y UGT, que siguen ampliando sus promociones
urbanísticas a pesar del estrepitoso fracaso del proyecto
de la PSV que incluía la construcción de 9.500
viviendas en el municipio y la ampliación de sus polígonos
industriales.
Rivas es un municipio singular, muy sensible
a los problemas ecológicos derivados de la expansión
urbanística, la generación de residuos, la contaminación
industrial y el deterioro del medio natural, en el que conviven
numerosos cuadros medios y simpatizantes de los sindicatos y
partidos de izquierda con representantes de las clases medias
que colman las arracimadas urbanizaciones de chalets adosados.
No es de extrañar así que sea el municipio con
mayor porcentaje de voto verde de la región y el único
donde los verdes han logrado representación . Cuando en
mayo de 1991 fuí elegido Concejal, sabía que mi
actuación iba a estar en el punto de mira de mucha gente,
por lo que tendría de novedad y de experiencia paradigmática.
Sinceramente, albergaba bastantes dudas sobre la posibilidad
de conseguir resultados tangibles desde la administración
municipal, pero con el tiempo se fueron disipando al comprobar
que, si sabe aprovecharse, una modesta concejalía puede
dar mucho juego a quién la ostenta.
La misma noche de los resultados, recibí una oferta de
Izquierda Unida, que se había alzado con el triunfo pero
carecía de mayoría absoluta, para integrarme en
el equipo de gobierno. El Grupo Verde local y yo condicionamos
mi ingreso a la aceptación por parte de IU de una serie
de propuestas entre las que destacaba la modificación
del inaprobado aún Plan General de Ordenación Urbana
(diseñado a la medida de los intereses urbanísticos
de la PSV, cooperativa vinculada a UGT), un Plan de negativo
impacto ambiental y dudosa rentabilidad social. Nuestra política,
radicalmente contraria a la expansión desmesurada que
afectaría seriamente a zonas ecológicamente sensibles,
no fue asumida por el equipo de gobierno, por lo que declinamos
consecuentemente su ofrecimiento. Sin embargo, muchas de nuestras
alegaciones serían, con el tiempo, incluidas en el PGOU.
Lo primero que percibí como concejal es que mis propuestas
eran al menos tenidas en cuenta por la Administración
y encontraban mayor eco en los medios de comunicación
y en la sociedad, cosa que no ocurría con anterioridad
a mi condición de cargo público. Por ejemplo, al
mes siguiente de tomar posesión dirigí una carta
al Alcalde de Madrid denunciando el lamentable estado en el que
se encontraban las instalaciones del vertedero de Valdemingómez,
cuyo kilométrico vallado metálico se había
desplomado en su mayor parte, por lo que el viento arrastraba
al exterior cientos de miles de bolsas de plástico y otros
residuos, diseminándolos por las inmediaciones. Le insté
a que tomara con la mayor urgencia las medidas oportunas y finalmente
conseguí que se restauraran las áreas dañadas.
A pesar de estar voluntariamente en la oposición, sentía
que mi actividad no se desarrollaba en balde, y eso me permitía
mantener la ilusión.
La denuncia del fraude social y el peligro ambiental que encarnaba
el macroproyecto urbanístico de la PSV concentró
mis esfuerzos en los primeros meses. Al día siguiente
de mi toma de posesión, El Mundo publicaba un extenso
reportaje titulado "El concejal de Los Verdes, contra la
creación de una ciudad dormitorio", en el que podía
leerse: "El edil verde criticó la actitud hipócrita
del PSOE, que apoya teóricamente el Libro Verde de la
Comunidad Europea con respecto a la planificación urbana
y en la práctica continúa con la política
de especulación salvaje y degradación medioambiental
de la época del franquismo".
No se trataba, ni mucho menos, de un asunto baladí. El
proyecto "Rivas 92" era una operación de más
de 50.000 millones que contaba con la bendición unánime
del PSOE y de Izquierda Unida, así que me sentí
inevitablemente como David frente al gigante Goliat. Luego sería
acosado y amenazado, pero como no tenía nada que perder
(salvo mi integridad física si acaso), no me amilané.
Fuí el primero en denunciar públicamente al gerente
de la PSV Carlos Sotos, que más tarde ingresaría
en prisión por sus fechorías. La foto de Carlos
Sotos apareció en El Independiente (28-10-91) junto a
declaraciones mías en las que predecía el fracaso
de la promoción del PSV, a las que el susodicho respondía:
"parece mentira que un concejal ecologista se alinee ahora
con intereses contrarios a los que deberían ser suyos".
La historia reciente ha demostrado sobradamente cuál de
los dos defendía de verdad los intereses de los trabajadores
y del medio ambiente.
El siguiente "Miura" con el que me tocó lidiar
fue la Incineradora de Valdemingómez, otro macroproyecto
que se disputaban como tiburones las principales constructoras,
cuya obra se evaluó en 15.000 millones de pesetas.
Desgraciadamente, tampoco aquí iba a coincidir con la
izquierda (PSOE e IU) y mucho menos con la derecha. Todos ellos
habían aprobado el proyecto y se disponían a ejecutarlo
sin el más mínimo rubor cuando presenté
ante el Pleno Municipal mi primera iniciativa anti-Incineradora.
Tuve el horror de escuchar, por boca del concejal de IU responsable
de Medio Ambiente, que el equipo de gobierno no se iba a oponer
al proyecto.
Corría el mes de octubre y en Vallecas se celebró
el IV Ecuentro de Pueblos y Zonas Amenazadas, con asistencia
de un centenar de alcaldes, concejales y representantes de colectivos
ecologístas de toda España que nos brindaron una
excepcional acogida. El comunicado final señalaba: "la
Coordinadora se felicita por la incorporación a este Encuentro
de los representantes de Rivas Vaciamadrid y se solidariza con
su lucha contra el Proyecto Urbanístico Rivas 92 y contra
la construcción de una Incineradora en el Vertedero de
Valdemingómez y a favor de la preservación del
futuro Parque Regional del Jarama y Bajo Manzanares".
Un mes más tarde, en noviembre de 1991, participé
en la primera acción ecologista de protesta contra Valdemingómez
frente a las puertas del Ayuntamiento de Madrid. Poco más
tarde, en diciembre, el PSOE e Izquierda Unida rectificaron y
todos juntos aprobamos una moción conjunta en el Ayuntamiento
de Rivas a la que en seguida se sumarían numerosos municipios
del contorno.
Pero fue en febrero de 1992 cuando nuestra campaña anti-Incineradora
dió sus mejores frutos. Sin demasiado optimismo, mandé
imprimir unos carteles convocando una marcha hasta Valdemingómez,
a la que no logré que se adhirieran ni el equipo de gobierno
de IU ni el PSOE local, pero si Aedenat y varias asociaciones
de mujeres, de vecinos y de consumidores de la localidad.
Aquel domingo, a la hora convenida apenas éramos tres
o cuatro docenas de personas las que iniciamos la marcha. Pero,
ante mi asombro e incredulidad, se fue perfilando una columna
que en un momento dado desapareció en el horizonte. Al
día siguiente, todos los diarios coincidian en cuantificar
entre 5.000 ó 6.000 los asistentes a la manifestación.
Yo había recuperado mi fe en los milagros.
En abril, la segunda marcha reunió otras 5.000 personas
convocadas por 40 asociaciones de Rivas y de Madrid, entre las
que por primera vez, ante la evidencia de los hechos, figuraban
el PSOE e IU. En la cabecera de la manifestación me acompañaron
los eurodiputados verdes Otto Wolf de Alemania y Carlos Antunes
de Portugal.
En junio, la Comunidad Europea admitió a trámite
una denuncia de Aedenat contra la Planta Incineradora, y a partir
de entonces las movilizaciones, encierros, recogidas de firmas,
cortes de carretera y otros actos de protesta no cesaron ni un
solo minuto. Logramos durante todo ese tiempo paralizar el proyecto
hasta que, recientemente, al pasar el gobierno regional a manos
del PP, la municipalidad madrileña se ha atrevido por
fin a encender, en período de pruebas, el horno de incineración.
Pero la batalla no está ni mucho menos perdida y mientras
escribo estas páginas la prensa anuncia que el fiscal,
a instancias de Greenpeace, ha encontrado indicios de criminalidad
en la actuación de los responsables administrativos y
ha solicitado la paralización de los trabajos de incineración.
No voy a exponer aquí, por falta de espacio, los motivos
harto conocidos por los que los verdes nos oponemos a la incineración
como sistema de eliminación de los desechos, pero sí
cabe mencionar que el Instituto de Estudios Ambientales ha confirmado
que 600.000 vecinos de Madrid, Rivas y otros municipios estarán
seriamente expuestos a pacecer enfermedades cancerígenas
a consecuencia de la inhalación de dioxinas y furanos
de la Incineradora.
Otras iniciativas y mociones que presenté en el Ayuntamiento
tuvieron también su recompensa. Recuerdo con especial
agrado la que presenté en el 92 contra Industrias Químicas
Satecma, que sirvió para que esta empresa abandonara su
producción de CFCs. La moción aludía a "los
elevados índices de contaminación por monóxido
de cloro en la estratosfera a partir de los 50 grados de latitud,
que están formando un nuevo agujero en la capa de ozono
sobre Europa, lo que hace previsible un acelerado crecimiento
de las enfermedades oculares y los cáncer de piel en las
personas y en los animales".
Otra moción mía solicitando la expropiación
de las viejas lagunas de El Porcal para evitar su deterioro irreversible
fue rechazada por el Pleno, ante lo cual me entrevisté
con el director de la Agencia de Medio Ambiente Luis Maestre
para reiterarle mi solicitud. Algunos meses después la
A.M.A. inició el expediente de expropiación. También
se expropió la laguna de Las Juntas, donde los vigilantes
ambientales de Rivas detectaron en octubre del 92 el vertido
ilegal sobre las láminas de agua. Cuando fuí a
comprobarlo, no daba crédito a mis ojos. Una carabana
de cientos de camiones se dirigía a la laguna sobre la
que flotaban ya millones de neumáticos y desperdicios
de toda índole. Atravesé con mi vehículo
la puerta de acceso y a punto estaba de ser linchado por los
impacientados transportistas cuando llegó la policía
municipal con una orden de cierre del Alcalde. Los responsables
fueron sancionados con 10.000.000 de sanción por delito
ecológico.
En febrero del 93 presenté ante el Pleno un paquete de
40 preguntas y 10 mociones entre las que se encontraba una destinada
a parar los humos a la Guardia Civil, cuyo comportamiento represivo
en el municipio dejaba mucho que desear: "no podemos dejar
de reconocer que todas estas actuaciones despiertan el temor
y la inquietud entre los vecinos". Como cabía esperar,
no fue aprobada, pero dió lugar a una Junta Local de Seguridad
en la que me enfrenté al delegado del gobierno y ante
el Capitán del puesto presenté un escrito de denuncia
avalado por los representantes de todo el movimiento asociativo
del municipio. El asunto no se resolvió hasta que algo
más tarde varios chavales y sus familias presentaron una
denuncia por malos tratos contra la Guardia Civil y cerca de
mil personas se solidarizaron con ellos en una manifestación
de protesta que recorrió las calles del municipio. A partir
de entonces, la cosa se suavizó.
Otro recuerdo grato fue la aprobación,
en diciembre del 93, de una moción mía a favor
de destinar el 0´7% del presupuesto municipal a crear un
Fondo Municipal de Solidaridad con el Tercer Mundo. Resultó
aprobada por unanimidad (más tarde, mociones similares
se presentarían por todos los municipios de la región),
e incluso conseguí que el nuevo Alcalde Antonio Serrano
fuera el primero de España en expresar su apoyo a quiénes
en ese momento iniciaban la primera huelga de hambre por el 0´7%.
Pero, como ocurre con demasiada frecuencia, el gobierno municipal
se olvidó rápidamente de su compromiso. Sin embargo,
cuando llegó el día de aprobar los presupuestos
municipales y se dieron cuenta que necesitaban mi voto, me reuní
antes del Pleno con el Concejal de Hacienda y el Alcalde y les
obligué a incluir en los mismos una modificación
que permitiría más tarde subvencionar cuatro proyectos
de otras tantas ONGs en países del Tercer Mundo.
Durante el primer año de legislatura los verdes logramos
arrancar al Alcalde de IU algunas medidas urgentes, como la ampliación
de la plantilla de agentes ambientales, pero su gestión
fue nefasta y el 12 de marzo de 1992 acabé presentando
una moción acusándole de tener paralizado el Ayuntamiento
y solicitando su dimisión. El 28 de abril dimitió,
tras haber sido expulsado de Izquierda Unida y ante el acoso
al que le tuvimos sometido los grupos de la oposición.
Tras la elección de una efímera alcaldesa que duró
apenas cuatro semanas, tanto IU como el PSOE local mantuvieron
encuentros con el Grupo Verde para gobernar el municipio. IU
suscribió un documento, luego incumplido, en el que, además
de ofrecer la Primera Tenencia de Alcaldía para el Grupo
Verde, asumía el compromiso de guiarse por criterios ecológicos
y sociales en su gestión. Con el PSOE la negociación
se interrumpió al no asumir nuestras propuestas. El nuevo
Alcalde de IU, tras gobernar en minoría durante algunos
meses, terminó incorporando al equipo de gobierno a los
concejales del PSOE primero y a mí después, asignándome
el área de Participación Ciudadana.
Durante mi pertenencia al equipo de gobierno, la Asamblea de
Madrid aprobó la declaración del Parque Regional
del Sureste. En Rivas, la gestión mejoró sensiblemente.