XXI: LA EXPERIENCIA DE RIVAS VACIAMADRID


Mi experiencia me demuestra que en política
también pueden existir el altruismo y la solidaridad.
Petra Kelly (Resultado de mis ocho años en el Bundestag)

A 14 kilómetros de la Puerta del Sol de Madrid en dirección a Valencia, Rivas Vaciamadrid es un municipio de grandes contrastes e insólitas peculiaridades. Es en realidad un suburbio de la Capital; de hecho parte del casco urbano pertenece a la administración madrileña. Pero es también un paraje de inestimable valor ecológico; tres cuartas partes del término municipal forman parte del Parque Natural del Jarama. Allí confluyen, entre cantiles yesíferos de inusitada belleza, los ríos Jarama y Manzanares. Junto a sus contaminados cauces se han ido formando, como consecuencia de una prolongada actividad de extracción de áridos, numerosas lagunas donde anidan incontables especies de anátidas que conviven con una colonia de doscientas cigüeñas y con los halcones y milanos de los riscos.
Pero Rivas es también el sumidero y estercolero de Madrid. A pocos metros de sus urbanizaciones, el Ayuntamiento de Madrid vierte e inicinera todos sus residuos, 3.600 toneladas diarias de basuras domésticas y un volumen de escombros difícil de determinar que dan lugar al nacimiento de auténticas cordilleras de residuos. La pestilencia del compost y los humos de las tres incineradoras de Valdemingómez (una gigante de basuras, otra de residuos clínicos y otra de animales muertos), impregnan el aire de sus calles.
Rivas es también insólito desde el punto de vista sociológico. Su población ha crecido vertiginosamente desde los escasos 500 vecinos de 1980 a los actuales 30.000 (que se duplicarán en breve según las previsiones), dando lugar a un asentamiento de aluvión que es considerado como el de mayor expansión demográfica de Europa. Las principales barriadas (Cobivar y Pablo Iglesias fundamentalmente) fueron construidas por cooperativas vinculadas a los sindicatos Comisiones Obreras y UGT, que siguen ampliando sus promociones urbanísticas a pesar del estrepitoso fracaso del proyecto de la PSV que incluía la construcción de 9.500 viviendas en el municipio y la ampliación de sus polígonos industriales.
Rivas es un municipio singular, muy sensible a los problemas ecológicos derivados de la expansión urbanística, la generación de residuos, la contaminación industrial y el deterioro del medio natural, en el que conviven numerosos cuadros medios y simpatizantes de los sindicatos y partidos de izquierda con representantes de las clases medias que colman las arracimadas urbanizaciones de chalets adosados.
No es de extrañar así que sea el municipio con mayor porcentaje de voto verde de la región y el único donde los verdes han logrado representación . Cuando en mayo de 1991 fuí elegido Concejal, sabía que mi actuación iba a estar en el punto de mira de mucha gente, por lo que tendría de novedad y de experiencia paradigmática. Sinceramente, albergaba bastantes dudas sobre la posibilidad de conseguir resultados tangibles desde la administración municipal, pero con el tiempo se fueron disipando al comprobar que, si sabe aprovecharse, una modesta concejalía puede dar mucho juego a quién la ostenta.
La misma noche de los resultados, recibí una oferta de Izquierda Unida, que se había alzado con el triunfo pero carecía de mayoría absoluta, para integrarme en el equipo de gobierno. El Grupo Verde local y yo condicionamos mi ingreso a la aceptación por parte de IU de una serie de propuestas entre las que destacaba la modificación del inaprobado aún Plan General de Ordenación Urbana (diseñado a la medida de los intereses urbanísticos de la PSV, cooperativa vinculada a UGT), un Plan de negativo impacto ambiental y dudosa rentabilidad social. Nuestra política, radicalmente contraria a la expansión desmesurada que afectaría seriamente a zonas ecológicamente sensibles, no fue asumida por el equipo de gobierno, por lo que declinamos consecuentemente su ofrecimiento. Sin embargo, muchas de nuestras alegaciones serían, con el tiempo, incluidas en el PGOU.
Lo primero que percibí como concejal es que mis propuestas eran al menos tenidas en cuenta por la Administración y encontraban mayor eco en los medios de comunicación y en la sociedad, cosa que no ocurría con anterioridad a mi condición de cargo público. Por ejemplo, al mes siguiente de tomar posesión dirigí una carta al Alcalde de Madrid denunciando el lamentable estado en el que se encontraban las instalaciones del vertedero de Valdemingómez, cuyo kilométrico vallado metálico se había desplomado en su mayor parte, por lo que el viento arrastraba al exterior cientos de miles de bolsas de plástico y otros residuos, diseminándolos por las inmediaciones. Le insté a que tomara con la mayor urgencia las medidas oportunas y finalmente conseguí que se restauraran las áreas dañadas. A pesar de estar voluntariamente en la oposición, sentía que mi actividad no se desarrollaba en balde, y eso me permitía mantener la ilusión.
La denuncia del fraude social y el peligro ambiental que encarnaba el macroproyecto urbanístico de la PSV concentró mis esfuerzos en los primeros meses. Al día siguiente de mi toma de posesión, El Mundo publicaba un extenso reportaje titulado "El concejal de Los Verdes, contra la creación de una ciudad dormitorio", en el que podía leerse: "El edil verde criticó la actitud hipócrita del PSOE, que apoya teóricamente el Libro Verde de la Comunidad Europea con respecto a la planificación urbana y en la práctica continúa con la política de especulación salvaje y degradación medioambiental de la época del franquismo".
No se trataba, ni mucho menos, de un asunto baladí. El proyecto "Rivas 92" era una operación de más de 50.000 millones que contaba con la bendición unánime del PSOE y de Izquierda Unida, así que me sentí inevitablemente como David frente al gigante Goliat. Luego sería acosado y amenazado, pero como no tenía nada que perder (salvo mi integridad física si acaso), no me amilané.
Fuí el primero en denunciar públicamente al gerente de la PSV Carlos Sotos, que más tarde ingresaría en prisión por sus fechorías. La foto de Carlos Sotos apareció en El Independiente (28-10-91) junto a declaraciones mías en las que predecía el fracaso de la promoción del PSV, a las que el susodicho respondía: "parece mentira que un concejal ecologista se alinee ahora con intereses contrarios a los que deberían ser suyos". La historia reciente ha demostrado sobradamente cuál de los dos defendía de verdad los intereses de los trabajadores y del medio ambiente.
El siguiente "Miura" con el que me tocó lidiar fue la Incineradora de Valdemingómez, otro macroproyecto que se disputaban como tiburones las principales constructoras, cuya obra se evaluó en 15.000 millones de pesetas.
Desgraciadamente, tampoco aquí iba a coincidir con la izquierda (PSOE e IU) y mucho menos con la derecha. Todos ellos habían aprobado el proyecto y se disponían a ejecutarlo sin el más mínimo rubor cuando presenté ante el Pleno Municipal mi primera iniciativa anti-Incineradora. Tuve el horror de escuchar, por boca del concejal de IU responsable de Medio Ambiente, que el equipo de gobierno no se iba a oponer al proyecto.
Corría el mes de octubre y en Vallecas se celebró el IV Ecuentro de Pueblos y Zonas Amenazadas, con asistencia de un centenar de alcaldes, concejales y representantes de colectivos ecologístas de toda España que nos brindaron una excepcional acogida. El comunicado final señalaba: "la Coordinadora se felicita por la incorporación a este Encuentro de los representantes de Rivas Vaciamadrid y se solidariza con su lucha contra el Proyecto Urbanístico Rivas 92 y contra la construcción de una Incineradora en el Vertedero de Valdemingómez y a favor de la preservación del futuro Parque Regional del Jarama y Bajo Manzanares".
Un mes más tarde, en noviembre de 1991, participé en la primera acción ecologista de protesta contra Valdemingómez frente a las puertas del Ayuntamiento de Madrid. Poco más tarde, en diciembre, el PSOE e Izquierda Unida rectificaron y todos juntos aprobamos una moción conjunta en el Ayuntamiento de Rivas a la que en seguida se sumarían numerosos municipios del contorno.
Pero fue en febrero de 1992 cuando nuestra campaña anti-Incineradora dió sus mejores frutos. Sin demasiado optimismo, mandé imprimir unos carteles convocando una marcha hasta Valdemingómez, a la que no logré que se adhirieran ni el equipo de gobierno de IU ni el PSOE local, pero si Aedenat y varias asociaciones de mujeres, de vecinos y de consumidores de la localidad.
Aquel domingo, a la hora convenida apenas éramos tres o cuatro docenas de personas las que iniciamos la marcha. Pero, ante mi asombro e incredulidad, se fue perfilando una columna que en un momento dado desapareció en el horizonte. Al día siguiente, todos los diarios coincidian en cuantificar entre 5.000 ó 6.000 los asistentes a la manifestación. Yo había recuperado mi fe en los milagros.
En abril, la segunda marcha reunió otras 5.000 personas convocadas por 40 asociaciones de Rivas y de Madrid, entre las que por primera vez, ante la evidencia de los hechos, figuraban el PSOE e IU. En la cabecera de la manifestación me acompañaron los eurodiputados verdes Otto Wolf de Alemania y Carlos Antunes de Portugal.
En junio, la Comunidad Europea admitió a trámite una denuncia de Aedenat contra la Planta Incineradora, y a partir de entonces las movilizaciones, encierros, recogidas de firmas, cortes de carretera y otros actos de protesta no cesaron ni un solo minuto. Logramos durante todo ese tiempo paralizar el proyecto hasta que, recientemente, al pasar el gobierno regional a manos del PP, la municipalidad madrileña se ha atrevido por fin a encender, en período de pruebas, el horno de incineración. Pero la batalla no está ni mucho menos perdida y mientras escribo estas páginas la prensa anuncia que el fiscal, a instancias de Greenpeace, ha encontrado indicios de criminalidad en la actuación de los responsables administrativos y ha solicitado la paralización de los trabajos de incineración.
No voy a exponer aquí, por falta de espacio, los motivos harto conocidos por los que los verdes nos oponemos a la incineración como sistema de eliminación de los desechos, pero sí cabe mencionar que el Instituto de Estudios Ambientales ha confirmado que 600.000 vecinos de Madrid, Rivas y otros municipios estarán seriamente expuestos a pacecer enfermedades cancerígenas a consecuencia de la inhalación de dioxinas y furanos de la Incineradora.
Otras iniciativas y mociones que presenté en el Ayuntamiento tuvieron también su recompensa. Recuerdo con especial agrado la que presenté en el 92 contra Industrias Químicas Satecma, que sirvió para que esta empresa abandonara su producción de CFCs. La moción aludía a "los elevados índices de contaminación por monóxido de cloro en la estratosfera a partir de los 50 grados de latitud, que están formando un nuevo agujero en la capa de ozono sobre Europa, lo que hace previsible un acelerado crecimiento de las enfermedades oculares y los cáncer de piel en las personas y en los animales".
Otra moción mía solicitando la expropiación de las viejas lagunas de El Porcal para evitar su deterioro irreversible fue rechazada por el Pleno, ante lo cual me entrevisté con el director de la Agencia de Medio Ambiente Luis Maestre para reiterarle mi solicitud. Algunos meses después la A.M.A. inició el expediente de expropiación. También se expropió la laguna de Las Juntas, donde los vigilantes ambientales de Rivas detectaron en octubre del 92 el vertido ilegal sobre las láminas de agua. Cuando fuí a comprobarlo, no daba crédito a mis ojos. Una carabana de cientos de camiones se dirigía a la laguna sobre la que flotaban ya millones de neumáticos y desperdicios de toda índole. Atravesé con mi vehículo la puerta de acceso y a punto estaba de ser linchado por los impacientados transportistas cuando llegó la policía municipal con una orden de cierre del Alcalde. Los responsables fueron sancionados con 10.000.000 de sanción por delito ecológico.
En febrero del 93 presenté ante el Pleno un paquete de 40 preguntas y 10 mociones entre las que se encontraba una destinada a parar los humos a la Guardia Civil, cuyo comportamiento represivo en el municipio dejaba mucho que desear: "no podemos dejar de reconocer que todas estas actuaciones despiertan el temor y la inquietud entre los vecinos". Como cabía esperar, no fue aprobada, pero dió lugar a una Junta Local de Seguridad en la que me enfrenté al delegado del gobierno y ante el Capitán del puesto presenté un escrito de denuncia avalado por los representantes de todo el movimiento asociativo del municipio. El asunto no se resolvió hasta que algo más tarde varios chavales y sus familias presentaron una denuncia por malos tratos contra la Guardia Civil y cerca de mil personas se solidarizaron con ellos en una manifestación de protesta que recorrió las calles del municipio. A partir de entonces, la cosa se suavizó.
Otro recuerdo grato fue la aprobación, en diciembre del 93, de una moción mía a favor de destinar el 0´7% del presupuesto municipal a crear un Fondo Municipal de Solidaridad con el Tercer Mundo. Resultó aprobada por unanimidad (más tarde, mociones similares se presentarían por todos los municipios de la región), e incluso conseguí que el nuevo Alcalde Antonio Serrano fuera el primero de España en expresar su apoyo a quiénes en ese momento iniciaban la primera huelga de hambre por el 0´7%. Pero, como ocurre con demasiada frecuencia, el gobierno municipal se olvidó rápidamente de su compromiso. Sin embargo, cuando llegó el día de aprobar los presupuestos municipales y se dieron cuenta que necesitaban mi voto, me reuní antes del Pleno con el Concejal de Hacienda y el Alcalde y les obligué a incluir en los mismos una modificación que permitiría más tarde subvencionar cuatro proyectos de otras tantas ONGs en países del Tercer Mundo.
Durante el primer año de legislatura los verdes logramos arrancar al Alcalde de IU algunas medidas urgentes, como la ampliación de la plantilla de agentes ambientales, pero su gestión fue nefasta y el 12 de marzo de 1992 acabé presentando una moción acusándole de tener paralizado el Ayuntamiento y solicitando su dimisión. El 28 de abril dimitió, tras haber sido expulsado de Izquierda Unida y ante el acoso al que le tuvimos sometido los grupos de la oposición. Tras la elección de una efímera alcaldesa que duró apenas cuatro semanas, tanto IU como el PSOE local mantuvieron encuentros con el Grupo Verde para gobernar el municipio. IU suscribió un documento, luego incumplido, en el que, además de ofrecer la Primera Tenencia de Alcaldía para el Grupo Verde, asumía el compromiso de guiarse por criterios ecológicos y sociales en su gestión. Con el PSOE la negociación se interrumpió al no asumir nuestras propuestas. El nuevo Alcalde de IU, tras gobernar en minoría durante algunos meses, terminó incorporando al equipo de gobierno a los concejales del PSOE primero y a mí después, asignándome el área de Participación Ciudadana.
Durante mi pertenencia al equipo de gobierno, la Asamblea de Madrid aprobó la declaración del Parque Regional del Sureste. En Rivas, la gestión mejoró sensiblemente.

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