El catedrático de economía
Ramón Tamames, no había conseguido satisfacer su
aspiración de suceder a Santiago Carrillo al frente de
la Secretaría General del Partido Comunista de España,
pero eso ya poco importaba porque el PCE se había quedado
prácticamente reducido a escombros después de la
crisis interna que se desató tras su fracaso electoral
en las legislativas del 82 y que provocó el abandono de
Carrillo. Por otro lado, el prestigio de Tamames estaba tan bien
afianzado que algunos sondeos de opinión le otorgaban
valores similares a los del ex-presidente Adolfo Suarez y los
del presidente Felipe Gonzalez en el ranking de aceptación
popular, a considerable distancia del resto de los líderes
políticos
Ideológicamente, Tamames era entonces un marxista heterodoxo
de la nueva izquierda, que había evolucionado hacia posiciones
perfectamente encuadrables en el ámbito de la ecologia
política.
Lo cierto es que se había labrado una magnífica
imagen de intelectual de izquierdas, independiente, ecologista
y moderno que lo convertía en un valor en alza. Y que
en su triple condición de diputado constituyente, de Primer
Teniente de Alcalde del Ayuntamiento de Madrid, junto a Tierno
Galván, y de Presidente de la Mesa Pro-Referéndum
sobre la OTAN, había demostrado su brillantez política
y su enorme capacidad de trabajo. Algunos veían en él
incluso a un probable futuro Presidente del Gobierno, pero, enfrentado
al PCE, al PSOE y a la derecha, Tamames lo tenía muy difícil
para proyectarse políticamente.
Finalmente se decidió a crear un partido, junto a sus
colegas de la Universidad Autónoma de Madrid, los profesores
Santos Ruesga y David Rivas (2) y con el padrinazgo financiero
del empresario Jacinto Rúa, un partido que consecuentemente
habría de ser ecologista, federalista y de izquierdas:
la Federación Progresista.
Mientras el deterioro organizativo de Los Verdes se hacía
cada vez más patente, la Federación Progresista
experimentaba un crecimiento espectacular. En diciembre del 84
se registró como partido y en febrero del 85 publicó
su primer manifiesto programático que comenzaba con estas
palabras: "La Federación Progresista convoca a toda
la ciudadanía a una alternativa roja, verde y blanca.
Roja como nueva izquierda, innovadora y progresista; verde, para
trabajar por una sociedad y una política más ecológica;
blanca en pro de la más decidida y solidaria acción
en favor de la paz, el desarme y la neutralidad" (3). En
julio de aquel mismo año, la Federación Progresista
celebró su Congreso Constituyente, contando ya con una
relativa implantación en todo el Estado.
El momento crucial llegó en la primavera de 1986 con la
celebración del referéndum sobre la permanencia
de España en la OTAN. El PSOE se lo jugaba todo a una
carta. Los sondeos aseguraban el triunfo del no propugnado por
la izquierda, aglutinada en torno a la Plataforma Cívica
para la salida de España de la OTAN (4). Todo dependía
del resultado, y al final el sí triunfó por un
escaso margen, el 53% de los votos. Felipe Gonzalez y el PSOE
salvaron su pellejo y convocaron elecciones anticipadas para
el 22 de junio.
Los Verdes, anclados en la visceralidad, desgastados por sus
trifulcas intestinas y relegados a un segundo plano durante toda
la campaña, fueron incapaces de hacer cristalizar en un
proyecto político todo ese torrente de energía
social trasformadora que se liberó durante las movilizaciones
Anti-OTAN. Habían dejado de representar la posibilidad
de renovación de la cultura política, desaprovechado
una oportunidad histórica irrepetible para su consolidación.
Pero la intensa campaña anti-OTAN y los siete millones
de noes configuró un nuevo espacio político que
el PCE de Gerardo Iglesias (enfren-tado a la MUC de Carrillo
y al PCPE de Gallego) no era capaz de abarcar.
El PCE, consciente de lo limitada que se encuentra su capacidad
de persuasión y de la necesidad de maquillar sus siglas
(la hoz y el martillo ya no vende), diseña una nueva estrategia
política para intentar "gestionar" esos siete
millones de noes y, resucitando el espíritu de la Junta
Democrática de los primeros días de la transición,
propone la unidad de todas las fuerzas que habían trabajado
juntas por el no en el referéndum para concurrir a las
elecciones generales en el marco de una gran coalición
electoral. Así nació la idea de fundar Izquierda
Unida.
Desde el primer momento, Los Verdes declinaron la invitación,
descartando su Mesa Confederal reunida en León tres días
después del referéndum, cualquier tipo de alianza
electoral con los comunistas.
La Federación Progresista (FP) se vió súbitamente
abocada a optar entre presentarse a las elecciones junto a Los
Verdes, con los que habían iniciado una estrecha relación,
o participar junto al PCE, independientes como Cristina Almeida,
socialistas del socialismo histórico, republicanos, comunistas
ortodoxos, carlistas y humanistas en ese experimento que se había
dado en llamar Izquierda Unida.
La decisión no fue nada fácil. Se reunió
al completo la Comisión Federal, 43 personas llegadas
de toda España (5). El Coordinador General de la FP Santos
Ruesga, defendió abiertamente la unificación con
Los Verdes. Tamames argumentó que, dada la insignificancia
organizativa y de protagonismo político de Los Verdes,
aliarse con ellos era como resignarse a la marginalidad: "sin
capacidad de tener representación popular, un partido
se convierte en un grupúsculo, en un club; en una situación
de esquizofrenia, de dar vueltas alrededor de nada". Apelando
al pragmatismo, al realismo político y al sentido común,
abogó por fundar IU con los comunistas. Por un estrechísimo
margen de votos, Santos Ruesga quedó en minoría
y, en un gesto que le honra, presentó su dimisión,
siendo sustituido por el sindicalista Pablo Martín Urbano.
Ciertamente, el proyecto de la FP quedó un tanto desdibujado
tras su incorporación a Izquierda Unida.
Con Gerardo Iglesias, Ramon Tamames y Cristina Almeida como cabezas
de cartel, IU afrontó la convocatoria electoral intentando
rentabilizar la campaña anti-OTAN (6) y obtuvo un resultado
modesto: un millón de votos y siete diputados. Los Verdes,
Alternativa Verde y el V.E.R.D.E., con un resultado insignificante,
pasaron a formar parte de la pléyade de grupúsculos
extraparlamentarios.
Durante un año y pico más, la Federación
Progresista se mantuvo en la coalición de IU, e incluso
logró colocar a algunos de sus dirigen-tes en los Parlamentos
Regionales; en Andalucía a Juan Ramón Medi-na (hoy
Rector de la Universidad de Sevilla), en Madrid a Miguel Angel
Olmos (aquél que denunció al empresario Miguel
Durán por ofrecerle 150 millones si votaba a favor de
una moción de censura contra el Presidente Leguina). Sin
renunciar a su escaño en el Congreso, Tamames encabezó
la candidatura de IU a la Alcaldía de Madrid.
Sin embargo, las esperanzadoras expectativas que se originaron
durante el rapidísimo proceso de fundación de IU
fueron paulatinamente diluyendose, dando paso a una sensación
generalizada de frustración por la excesiva hegemonía
del PCE en la coalición. A finales de 1987, Izquierda
Unida se había convertido, no poíia ser de otra
manera, en la suma del PCE y sus leales aliados. Ya no era, en
la práctica, aquella coalición abierta de sus orígenes,
sino un partido rancio, endogámico y terriblemente aburrido.
En diciembre de aquel año, el III Congreso de la Federación
Progresista decidió abandonar la coalición de IU
y emprender un nuevo camino en solitario (7). Tamames fue seriamente
cuestionado por gran parte de la organización y pocos
meses más tarde la abandonó para ingresar en solitario
y de forma testimonial en el CDS de Adolfo Suárez. Sin
Tamames y sin IU, la Federación Progresista terminó
por disolverse en 1988. Algunos de sus integrantes se pasaron
a IU y otros se colocaron en la órbita de Los Verdes.