Debemos retroceder hasta 1972 para encontrarnos
con los primeros rastros genéticos de lo que denominamos
movimiento político verde. Es el año en que el Club
de Roma publica su espeluznate informe sobre"los límites
del crecimiento" (1), en el que se cuestionaba la viabilidad
del modelo de desarrollo depredador y se apelaba a la racionalidad
en el uso de los recursos naturales del planeta. Paralelamente
se celebra en Estocolmo la Conferencia Mundial sobre el Entorno
Humano, organizada por las Naciones Unidas para debatir sobre
"el futuro de nuestra especie y el hábitat en que
vive". Poco antes, un grupo de científicos de distintos
países, alarmados por la gravedad de la crisis ecológica,
había hecho público su "manifiesto por la supervivencia"
(2), la primera llamada de atención seria sobre el deterioro
ecológico que se avecinaba como consecuencia de un uso
irracional de las nuevas tecnologías.
Estos acontecimientos, coincidentes en el tiempo, estaban destinados
a poner los pelos de punta a la humanidad entera, ante la estremecedora
imagen de un futuro incierto, estrangulado por el crecimiento
exponencial de la población, amenazado de hecatombe nuclear
e hipotecado por la aceleración de la historia y el impacto
ambiental de un modelo de desarrollo basado en un consumismo exacerbado
y despilfarrador.
Ese mismo año, los ecologistas de la pequeña isla
de Tasmania (en el Pacífico, junto a Australia) presentan
candidatos al Ayuntamiento para protestar por la contaminación
de las aguas y tratar de impedir la cons-trucción de una
gran presa sobre el río Franklin. Lograron representación
pero también continuaron llevando a cabo movilizaciones
en la calle que fueron reprimidas por la policía, lo que
les llevó a desarrollar imaginativos sistemas de resistencia
no violenta (3).
Aquella fue la primera vez que los ecologistas decidían
intervenir políticamente, confeccionando listas electorales
propias para, desde las instituciones democráticas, intentar
corregir los desequilibrios ecológicos y los déficits
sociales. Como movimiento reivindicativo, los ecologistas, o parte
de ellos, habían dado paso al nacimiento de los verdes
como movimiento político, aún cuando para aquellos
primeros verdes la participación política no era
en realidad más que otra forma de hacer ruido y oponerse
a las agresiones medioambientales en ciernes, pero sin plantearse
en ningún momento la asunción de responsabilidades
de gobierno.
El primer partido ecologista en constituirse legalmente fue el
Values Party de Nueva Zelanda, que lo hizo en 1972, un año
antes de que se registrara en Gran Bretaña el Green Party.
En Alemania, las candidaturas de los antinucleares, ecologistas
y pacifistas consiguen su primera representación en 1976,
en los Ayuntamientos de Hildesheim y de Hameln.
Un año más tarde, en marzo de 1977, los ecologistas
franceses logran un excelente resultado en los municipios donde
presentaron can-didaturas, un promedio del 9% de los votos. Aquello
acentuó las expec-tativas de los partidarios de la ecología
política.
La llegada, por primera vez, de los verdes a un Parlamento nacional
se consiguió en Suiza, con el escaño otorgado en
1979 a Daniel Brélaz, del denominado Grupo para la Protección
del Medio Ambiente. En 1981, los ecologistas belgas lograrían
4 escaños, estrenándose como partido parlamentario.
Pero fue en marzo de 1983 cuando quedó definitivamente
consagrado, para la historia, el movimiento de los verdes. Mientras
en Francia el Partido Verde conquistaba en las municipales 757
concejalías, en la todavía República Federal
Alemana, los verdes (Die Grünen), favorecidos por la gran
campaña de sensibilización social desplegada por
el entonces poderoso movimiento pacifista contra la instalación
de misiles de alcance medio junto a su frontera, logran superar
el listón electoral del 5% imprescindible para conseguir
representación e irrumpen en el Bundestag con 27 diputados
(4).
Se produce así un cambio cualitativo en la actividad del
movimiento político verde. Ya no se trata de la mera utilización
de las instituciones locales como caja de resonancia para la consecución
de determinados objetivos reivindicativos, sino de llevar a cabo
una actividad parlamentaria que necesariamente debe dar respuesta
a problemas no solo ecológicos sino de toda índole.
Esto obliga a los verdes a posicionarse sobre cuestiones sociales
que jamás antes se habían planteado.
Entretanto, en España el movimiento ecologista había
logrado perfilar su estrategia mediante el famoso Manifiesto de
Daimiel (julio de 1978), pero su notable enraizamiento con las
tradiciones libertarias resultaba ser un gran impedimento para
tomar seriamente en consideración la posibilidad de abrir
un nuevo frente de lucha en las instituciones, mediante su participación
en los procesos politico-electorales (5). Sin embargo, se sigue
con gran interés y simpatía la innovadora experiencia
de Die Grünen, que ya ha dado lugar a la aparición
de partidos verdes por toda Europa.
En mayo de 1983, el debate sobre la participación política
del movimiento ecologista y pacifista quedó formalmente
inaugurado: dieciséis ecologistas de distintos lugares
de España firman un manifiesto junto a Petra Kelly comprometiéndose
a impulsar la creación de una organización política
verde.