En vísperas de las elecciones legislativas
del 3 de marzo de 1996, el problema cardinal del movimiento político
verde en España sigue siendo su incapacidad para organizarse
y cohesionarse dando forma a una opción independiente
que cuente con suficiente capacidad para seducir, ilusionar y
ensamblarse con un segmento importante de la población.
La disyuntiva entre dejarse atrapar por la órbita gravitatoria
de la vieja izquierda o intentar relanzar la opción verde,
superando las rémoras del pasado, capitalizará
sin duda el debate interno en los próximos años.
Hoy, muchos de los que confiaron en la posibilidad de iniciar,
con los mimbres de Izquierda Unida un proceso de refundación
de la izquierda, regresan a la convicción de que, como
dijera Petra Kelly para justificar el nacimiento de los verdes,
"no podemos seguir confiando en los partidos tradicionales".
El camino no puede ser el de anclarse en la marginalidad con
espíritu de grupúsculo. Tampoco se deben reducir
las aspiraciones de los verdes a ser meros comparsas de tercera
o cuarta fila de una formación como la de Anguita que
vive en permanente crisis de identidad y que trata de comprar
voluntades para maquillar su imagen política (2). Esto
es lo que equivocadamente se nos propone desde la escuálida
corriente ecosocialista de IU, que ahora se hace llamar"Los
Verdes, Partido de la Ecología Política" ,
denominación que registraron en diciembre del 95 para
negociar la inclusión de Ladislao Martínez en la
candidatura de IU para las generales, a cambio de las siglas
de Los Verdes. La negociación se saldó con un rotundo
fracaso. Ellos, junto a Los Verdes de Andalucía, han firmado
un documento cediendo generosamente sus siglas, pero Izquierda
Unida no les ha compensado con puestos de salida en sus candidaturas.
Ladislao ha quedado relegado al puesto 19 de la lista en Madrid
y los andaluces ni tan siquiera han sido incluidos en las candidaturas
para las generales.
Izquierda Unida no debería apropiarse de lo que no le
corresponde si no está legitimada para ello; no debería
secuestrar las siglas y símbolos de los verdes, como hicieron
sus homólogos del Partido Comunista Portugués,
buscando una rentabilidad a cualquier precio. Sería poco
elegante y podría tener un efecto boomerang. Lo cual no
significa que no pueda y deba mantener una relación estrecha
y cordial con el movimiento verde, coincidir con él en
el trabajo diario, e incluso servirse de él como cantera
ideológica, asumiendo su filosofía.
En Andalucía, algunos líderes verdes se apartaron
tempranamente de la organización en desacuerdo con los
pactos con IU. Hoy, otros dirigentes también están
abandonando, decepcionados, Izquierda Unida.
Otro tanto de lo mismo ocurre por todas partes. Algunos de los
firmantes del manifiesto "una propuesta política
para madurar los verdes" (Luis Hidalgo, Jose Antonio Errejón,
etc.), que ingresaron hace un par de años en IU, la han
abandonado recientemente con sonoro portazo de desaprobación
por lo desacertado de la evolución actual de esta formación
y de su actuación institucional, que con sospechosa frecuencia
coincide con la del Partido Popular.
En Euskadi, Berdeak se planteó la ruptura con IU (si no
se ha materializado todavía es porque el aparato del PCE
ha quedado en minoría en el nuevo Consejo Político
elegido en diciembre del 95, algo excepcional respecto al resto
de comunidades autónomas). La Asamblea de Tolosa se ha
desgajado en desacuerdo con los pactos, que tampoco cuentan con
la aprobación de Euskal Herriko Berdeak.
En Cataluña, la facción oficial de Els Verds-CEC
mantendrá los acuerdos a cambio de un testimonial quinto
puesto por Barcelona en las elecciones generales del 3 de marzo.
Pero gran parte de las bases y del elenco histórico de
los verdes no ven con buenos ojos los pactos con Iniciativa per
Catalunya.
En el País Valenciano y en Murcia, Los Verdes no han renovado
su coalición con IU. En Madrid y el resto de las comunidades
autónomas, los grupos verdes descartan cualquier acuerdo
con IU y preparan sus propias candidaturas.
Pero, ¿qué nos depararán las próximas
elecciones generales?. Quienes han intentado hacerse hueco en
IU y en sus listas, se han encontrado con la puerta en las narices.
Incluso corren el riesgo de perder lo poco que tenían.
Lejos de afianzarse, su identidad verde se ha ido difuminando
con el tiempo. Por otro lado, es evidente que la extrema debilidad
organizativa impedirá a las candidaturas verdes independientes
que se presenten, hacer un papel digno y conseguir traspasar
la frontera del extraparlamentarismo.
Todo parece indicar que los verdes tendrán que esperar
replegados, encuentren o no acomodo junto a Izquierda Unida,
y hacer acopio de imaginación y de voluntad para diseñar
un plan a medio plazo que les permita recuperar el consenso y
la vocación de incidir realmente en la sociedad. Algunos
ya hablan de preparar la II edición de los Estados Generales
de la Ecología Política.
Tal vez los grupos verdes, si logran superar la crisis, podrán
inaugurar un nuevo espacio político en España muy
pronto, incluso antes de lo que cabría esperar, (en cuanto
comiencen a apreciarse los desma-nes y atropellos ecológicos
y sociales que previsiblemente cometerá la derecha desde
el gobierno), pero sólo si antes se han ocupado de poner
los sólidos cimientos sobre los que habrá de edificarse
su oferta política y su proyecto en el umbral del próximo
milenio.
La nueva casa común de los verdes (la que nació
hace más de una década en Tenerife ha quedado reducida
a escombros), deberá además dar cabida a toda una
nueva generación de actores que representan sen-sibilidades
y fuerzas emergentes, cuya irrupción comienza apenas a
percibirse y vendrá sin duda acompañada de un tierno
aroma de reno-vado entusiasmo.
Si son capaces de conjuntarse preservando su identidad, los desperdigados
grupos verdes podrían llegar a consolidarse y representar
una auténtica posibilidad de renovación de la vida
política en las próximas elecciones locales.