Políticamente, el padre militaba en el partido conservador
y, con el
tiempo, además de ocupar algunos cargos (alcalde, diputado),
se reconocerá
seguidor de Romero Robledo.
Desde pequeño, Pepe, tal es el hipocorístico con que
se le conoce
familiarmente, da muestras de ser un espíritu independiente
y solitario, al
que le gusta llevar una vida apartada, a menudo en la finca familiar
del
Collado de la Salina, en Almodóvar. Allí se entrega
con pasión al ejercicio
de la lectura, y escribe (1).
ETAPA DE FORMACIÓN Y LUCHA
A los ocho años ingresa como alumno interno en el colegio
que los Padres
Escolapios regentan en Yecla. Permanece allí una larga temporada,
hasta los
dieciséis años, cursando los estudios de enseñanza
secundaria. El escritor
revisará con frecuencia estos años de enclaustramiento,
de los que no
guardará gratos recuerdos.
En 1888 se traslada a Valencia para cursar la carrera de Derecho.
Intenta,
sin demasiada aplicación, obtener la licenciatura; primero
en la
Universidad valenciana, posteriormente realiza exámenes en
otros centros
universitarios, como Granada, Salamanca o Madrid.
En la ciudad del Turia inicia una etapa que va a tener decisiva importancia
en su formación intelectual. Conecta con las últimas
corrientes del
pensamiento y el arte (krausismo, anarquismo, etc.), se entrega
febrilmente
a la lectura de obras literarias y políticas, y realiza sus
primeras
incursiones en el mundo del periodismo. El adolescente Martínez
Ruiz,
asiduo de las tertulias de los cafés, se siente muy interesado
por las
nuevas ideas sociales. Surge en él la actitud rebelde, ácrata,
que
caracterizará sus años de juventud, al tiempo que
se afianza en su espíritu
la voluntad de hacerse escritor. Colabora en distintos periódicos
en los
que utiliza diversos seudónimos: Fray José, en "La
Educación Católica", de
Petrel, Juan de Lis, en "El Defensor de Yecla", etc. Escribe también
en "El
Eco de Monóvar", "El Mercantil Valenciano", e incluso en
"El Pueblo", el
periódico de Vicente Blasco Ibáñez (3). Por
lo general, hace crítica
teatral (elogia las obras de Guimerá y Galdós o el
Juan José, de Joaquín
Dicenta), aunque se decanta ya, de forma especial, por la crítica
político-social.
Importante resulta también en estos años de preparación
su actividad
traductora, con trabajos como el drama La intrusa, de Maeterlink,
la
conferencia del francés A. Hamon, De la patria, o el folleto
Las prisiones,
del príncipe anarquista Pedro Kropotkin.
El 25 de noviembre de 1896 se traslada a Madrid. Llega con una carta
de
recomendación de Luis Bonafoux para el director del periódico
"El País".
Aquel mismo año arribaron también a la capital de España
Ramón del
Valle-Inclán y Manuel Bueno. Baroja estaba ya en la Corte
y Maeztu llegaría
a principios del año siguiente. No tardarán en relacionarse
todos, en
intimar y en acometer juntos algunas empresas.
Azorín publica diariamente trabajos en el nuevo periódico.
Se trata de
artículos vehementes en los que ataca las instituciones,
los valores más
arraigados, la política del Gobierno, la literatura en boga...
Tras un
artículo sobre el matrimonio y la propiedad, se ve obligado
a abandonar la
redacción de "El País". Le reciben en otros periódicos
e inicia la
publicación de algunos folletos en los que da cuenta de sus
vivencias y
sentimientos: Charivari (Crítica discordante), de 1897, entre
otros. El
único respaldo que recibe en su denodada y solitaria batalla
es el de
Leopoldo Alas Clarín, que elogia la labor del joven periodista
en uno de
sus "Paliques". El alicantino considera este comentario como un
espaldarazo. A principios de octubre de 1897 comienza sus colaboraciones
en
"El Progreso", de Alejandro Lerroux. Se define como fervoroso anarquista.
De la Universidad y de su carrera de Leyes se ha olvidado por completo;
busca afanosamente el éxito literario, el reconocimiento,
el triunfo.
En esta etapa de formación y tanteos se prodigan los seudónimos
en los
escritos del joven autor: Cándido (La crítica literaria
en España, 1893,
primer trabajo en forma de pequeño folleto), en memoria del
personaje de
Voltaire y Ahriman, apelativo que le relaciona con el dios del mal
de las
religiones persas son dos de los más conocidos. Pero seguirán
otros:
Charivari, Este..., hasta ocho se recogen en el Diccionario de
Rogers-Lapuente, (4), contando con los ya citados. El seudónimo
los Tres,
utilizado conjuntamente con Maeztu y Pío Baroja, o el definitivo
de Azorín
llegarán un poco más tarde. En cualquier caso, por
estos años, sus
artículos periodísticos los firmaba más frecuentemente
como J. Martínez
Ruiz.
AÑOS DE TRANSICIÓN
Martínez Ruiz logra consolidar su personalidad literaria tras
la
publicación de una trilogía novelística con
matices autobiográficos. La
integran las novelas: La voluntad, Antonio Azorín y Las confesiones
de un
pequeño filósofo. Fruto de este encuentro consigo
mismo es la floración de
ese seudónimo definitivo y revelador, que ya le acompañará
siempre: Azorín.
Lo empleó por vez primera en 1904 en las Impresiones parlamentarias,
serie
de trabajos publicados en el semanario "España", y nace del
nombre del
protagonista de la trilogía citada. En 1905 el nuevo seudónimo
aparece al
frente del título de su libro Los Pueblos (5). Ya no lo abandonará
nunca
Martínez Ruiz.
Son éstos años decisivos en la evolución personal
del escritor. Azorín,
hacia el final de esta etapa abandona la lucha literaria, se muestra
vacilante y comienza a adentrarse en el estudio del pasado histórico
y
cultural de España. Se pierde por archivos y bibliotecas
en una especie de
huida de la realidad cotidiana. Conseguido el triunfo, su pragmatismo
opta
por el apartamiento, por la soledad y el conformismo.
No se conocen suficientemente los motivos de este giro tan sorprendente:
¿Oportunismo? ¿Identificación con los valores
tradicionales? ¿Conveniencia?
¿Traición? ¿Fracaso personal como artista?
ETAPA DE AFIANZAMIENTO
A partir de 1905 el pensamiento y la literatura de Azorín
están ya
claramente instalados en un cómodo conservadurismo de corte
tradicional,
tras un inesperado proceso de transformación. Comienzan a
aparecer sus
artículos en "ABC" y participa activamente en la vida política.
Su carrera
se proyecta de forma ascendente: diputado en cinco ocasiones, subsecretario
de Instrucción Pública en 1917 y 1919... Antonio Maura,
y sobre todo el
ministro La Cierva, se convierten en sus máximos valedores.
Ante los ásperos sucesos del momento, el otrora rebelde Martínez
Ruiz ha
pasado a convertirseen un "pequeño filósofo", un escritor
gubernamental que
vive situado en la comodidad y que elogia la política de
sus protectores.
El escritor ha conseguido evidenciar una nueva dimensión:
la de hombre
cambiante, ambiguo, con una enorme capacidad de adaptación
a la realidad
más ventajosa.En 1924 entra en la Real Academia Española
de la Lengua.
ETAPA DE DECLIVE
La dictadura de Primo de Rivera enfrió la actividad pública
de Azorín, de
modo que renuncia a aceptar cargos políticos. Literariamente
se encuentra
en una fase de no progresión. Su trabajo se reduce a repeticiones
y
modificaciones de su obra anterior. Su interpretación de
la Historia de
España se orienta por las vías del Imperio, la madre
patria y la
mitificación del pasado. Se trata de un enfoque preocupante
en un
intelectual de su condición.
Con el advenimiento de la República intenta la recuperación
de sus teóricos
ideales progresistas, fiel exponente de un personaje con clara
predisposición al arreglo y el acomodo. Pero predomina en
él la confortable
opción del retiro y la soledad, en consonancia con su estatus
de burgués.
El estallido de la guerra civil le sorprende en Madrid, pero consigue
un
pasaporte diplomático que le permite exiliarse a París
junto con su esposa,
Julia Guinda Urzanqui, con la que había contraído
matrimonio en 1908 y con
la que compartirá una vida sin descendencia.
La vuelta de Azorín a Madrid después de los años
de la guerra civil se
produjo en 1939. Renueva sus colaboraciones en ABC y colabora con
el
régimen, aunque su presencia no es bien recibida por todos:
muchos
falangistas lo rechazan, a pesar del denodado afán del escritor
por
conseguir su adhesión. El desdén se produce en parte
por su pasado juvenil,
en parte por su actitud oportunista y acomodaticia. No obstante
se le
tributan oficialmente homenajes y honores -la protección
de Serrano Súñer
resulta decisiva (6)-, por más que el escritor a menudo hace
gala de una
actitud de apartamiento y repudio de la notoriedad. Recibe el Premio
de la
Delegación de Prensa (1943), la Gran Cruz de Isabel la Católica
(1946) y la
Gran Cruz de Alfonso X el Sabio (1956), amén de otros muchos
premios y
gratificaciones.
Murió el 4 de marzo de 1967. Fue el más longevo de
los escritores del 98.
PROYECCIÓN
Azorín, en la actualidad, es un escritor bastante olvidado,
incluso
denostado a veces, salvo en lo referente a los aspectos puramente
estilísticos. Su cambio de actitud a partir de 1904, con
la renuncia a los
postulados anarquistas y socializantes, y el deslizamiento hacia
un
conservadurismo rentable, ha sido estudiado y no explicado
suficientemente.
Algunos analistas coinciden en subrayar la hipótesis de causas
de índole
artística en la raíz de esa trasformación del
luchador de finales del siglo
(7). Azorín se convirtió en un depurador del lenguaje
por su incapacidad
para la "inventio". Le falta imaginación, carece de dotes
creativas, no
domina la connotación ni la metáfora, ni se atreve
con la sorpresa del
adjetivo... Esta certidumbre le llevaría a renunciar a la
creación en aras
de la recreación: recreación de instantes, de tipos,
de situaciones, de
paisajes. Azorín no renueva el lenguaje sino que desempolva
el léxico y lo
pule, ordena la expresión, simplifica la sintaxis. Se convierte
en custodio
inmutable del orden y la moderación, en un bruñidor
de palabras. (8)
No faltan admiradores del estilo preciso de Azorín. Se recuerdan
las
cualidades de una forma de escribir, en la que la precisión
y la economía
se ponen al servicio de la claridad. Una escritura de periodos cortos,
de
sencillez sintáctica y predominio de la frase nominal. Aunque
utiliza
algunos recursos (paralelismos, enumeraciones, repeticiones, incluso
comparaciones), en su prosa no encuentran acomodo figuras que propicien
el
oscurecimiento o la sugerencia atrevida. Es cierto que en sus descripciones
el lector descubre sensaciones nuevas, colorido y adjetivaciones
plenas de
exactitud y corrección; pero todo ello en un marco delimitado
por la
contención antirretórica, el ritmo acompasado, el
atildamiento poético...,
y también la morosidad del detalle minucioso, hasta el punto
de que algunos
críticos hablan de una "estética del reposo".
Como se sabe es autor de varias novelas ( Diario de un enfermo (1901),
La
voluntad (1902), Antonio Azorín (1903), Las confesiones de
un pequeño
filósofo (1904), Don Juan (1922), Doña Inés
(1925), Félix Vargas (1928),
titulada luego El caballero inactual, etc.), novelas con las que
intenta
una particular renovación del género, novelas sin
fábula, sin argumento. Y
escribió también obras teatrales (recuérdese
la trilogía Lo invisible o
alguna de su discutidas y originales piezas: Old Spain, Brandy,
mucho
brandy, Angelita, etc., incluido algún auto sacramental.Pero
publicó, sobre
todo, notables ensayos y libros de paisajes y semblanzas, en realidad
recopilaciones de artículos periodísticos, entre los
que no faltan los
volúmenes que recogen parte de sus artículos literarios:
Los pueblos
(1905), La ruta de don Quijote (1905), Lecturas españolas
(1912); Castilla
(1912); Clásicos y modernos (1913); Al margen de los clásicos
(1915)...).
En los años ya invernales de su dilatada existencia publica
sus memorias
(Memorias inmemoriales), de relativo interés (10).
Por otra parte, también en la línea revisionista de
la Generación del 98, a
Martínez Ruiz le corresponde el mérito de recuperar
a algunos de nuestros
clásicos más notorios y olvidados. Sin embargo, al
hacerlo, el escritor
levantino quizá adopte más claramente la postura del
coleccionista
nostálgico que la del analista riguroso o el impulsor concluyente.
Fue el teorizador de la Generación del 98. A él se
debe la denominación con
la que se conoce a este grupo de intelectuales (aunque el concepto
de
"generación" se atribuye a Gabriel Maura) (12). Él
fue el que estructuró la
realidad literaria de unos escritores comprometidos con su país
y con su
circunstancia. A este respecto resultan muy interesantes sus escritos
de
1913 (Clásicos y modernos, trabajo en el que formula sus
comentarios sobre
la Generación del 98). El Grupo de los Tres (Baroja, Maeztu
y Azorín) tuvo
entidad propia, promovió algunos actos comunes y adoptó
posturas definidas
ante determinados hechos de la actualidad (su momento). Todo lo
demás se
puede discutir, pero no el inicial afán iconoclasta y renovador
de estos
jóvenes escritores.
En nuestros días, la importancia, de la obra de Azorín
de alguna forma
aparece diluida en las páginas marchitas de la historia de
la literatura.
Últimamente algunos escritores, como Vargas Llosa y otros,
han prodigado
efusivos elogios al estilo del alicantino y a su quehacer de miniaturista
virtuoso. Pero nos tememos que, con el tiempo, su forma de escribir
se
convertirá en ese impecable modelo docente, recurso habitual
de profesores
de Academias y autores de manual, y no en solaz de los degustadores
de la
escritura innovadora y de la sorpresa estética. No obstante,
hay que
reconocer que en la prosa de Azorín siempre queda el sabor
de la obra bien
hecha y el poso de la sabiduría del escritor curtido en la
sufrida tarea de
producir textos literarios.
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_________________________
(1) V. GRANGEL, L.S.: Retrato de Azorín, Madrid, 1958.
(2) Cf.: VILANOVA, M.: La conformidad con el destino de Azorín
(Trayectoria
de un escritor español), Barcelona, Ariel, 1971, pp. 19 y
ss.
(3) V. Fox, E.I.: Intr. en MARTÍNEZ RUIZ "AZORÍN",
La voluntad, Madrid,
Castalia, 1973, p. 15
(4) ROGERS, P.P. y F.A. LAPUENTE: Diccionario de seudónimos
literarios
españoles, con algunas iniciales, Madrid, Gredos, 1977.
(5) V.: AZORIN: Los pueblos. La Andalucía trágica
y otros artículos
(1904-1905), (Intr. de José M0 Valverde, Madrid, Castalia,
1974, pp. 18-19.
(6) Sobre estos temas puede verse: RIDRUEJO, D.: Sombras y bultos,
Barcelona, Destino-libro, 1983, 37-51; y también, TRAPIELLO,
A.: Las armas
y las letras. Literatura y guerra civil, 1936-1939, Barcelona, Planeta,
1994, p. 345.
(7) Cf.: UMBRAL, F.: Las palabras de la tribu (De Rubén Darío
a Cela),
Barcelona, Planeta-Bolsillo, 1996, pp. 35-39.
(8) Véanse al respecto las opiniones de A. TRAPIELLO: Los
nietos del Cid.
La nueva Edad de Oro de la literatura española (1898-1914),
Barcelona,
Planeta, 1997, pp. 169 y ss.
(9) Existe edición de las Obras Completas de Azorín,
intr. notas prel.,
bibliografía y ordenación de A. Cruz Rueda, Madrid,
Aguilar, 1947, 3 vols.
(10) AZORIN: Memorias inmemoriales, Madrid, Magisterio Español,
1967
(Novelas y Cuentos, 12).
(11) V.: BLANCO AGUINAGA, C.: Juventud del 98, Madrid, Siglo XXI,
1970.
(12) SALINAS, P.: Literatura española del siglo XX, Madrid,
Alianza, 1979,
30, p. 26.
Tomás Rodríguez Sánchez
Profesor de Lengua castellana y Literatura. I.E.S. "Juan de Mairena",
San Sebastián de los Reyes (Madrid)
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