MIGUEL LABORDETA



Miguel  Labordeta (1921-1969), nació y murió en Zaragoza, ciudad a la que estuvo vinculada su vida y su obra poética. Su obra constituye, según algunos críticos, “uno de los logros más singulares, una de las aventuras líricas más hermosas de nuestra literatura de posguerra”, pero es poco conocida porque él siempre quiso mantenerse al margen de mundo comercial literario. Poeta de cierto tono e influencia surrealista, domina, sin embargo, en su “voz lírica” el soliloquio, la vivencia personal de la temporalidad y la reflexión sobre el ser mismo del hombre. Son sus libros: Sumido 25 (1948), Violento idílico (1949), Transeúnte central (1950), Memorándum (1959), Epilírica (1961), Punto y aparte (1967, antología), Los Soliloquios (1969). En 1972 fueron publicadas  Autopía y sus Obras Completas. Publicó también la tragicomedia Oficina de Horizonte (1960).

 
 
 
 


            RETROSPECTIVO EXISTENTE

Me registro los bolsillos desiertos
para saber dónde fueron aquellos sueños.
Invado las estancias vacías
para recoger mis palabras tan lejanamente idas.
Saqueo aparadores antiguos,
viejos zapatos, amarillentas fotografías tiernas,
estilográficas desusadas y textos desgajados del Bachillerato,
pero nadie me dice quién fui yo.

Aquellas canciones que tanto amaba
no me explican dónde fueron mis minutos,
y aunque torturo los espejos
con peinados de quince años,
con miradas podridas de cinco años
o quizá de muerto,
nadie,
nadie me dice dónde estuvo mi voz
ni de qué sirvió mi fuerte sombra mía
esculpida en presurosos desayunos,
en jolgorios de aulas y pelotas de trapo,
mientras los otoños sedimentaban
de pálidas sangres
las bodegas del Ebro.

¿En qué escondidos armarios
guardan los subterráneos ángeles
nuestros restos de nieve nocturna atormentada?
¿Por qué vertientes terribles se despeñan
los corazones de los viejos relojes parados?
¿Dónde encontraremos todo aquello
que éramos en las tardes de los sábados,
cuando el violento secreto de la Vida
era tan sólo
una dulce campana enamorada?
Pues yo registro los bolsillos desiertos
y no encuentro ni un solo minuto mío,
ni una sola mirada en los espejos
que me diga quién fui yo.


 
 
 

LECTURA
 
 
¿Quién no se ha preguntado, al contemplar alguna foto antigua, qué queda en nosotros  de aquel niño que éramos, que fuimos? Suele surgirnos de inmediato una reflexión, que ya plantearon los antiguos, o quizá el hombre de todos los tiempos, sobre la transformación que en nosotros ha ejercido, y ejerce, el paso del tiempo. A veces nos produce un poco de tristeza y añoranza; y hasta puede ocurrir que, desde nuestro tiempo presente, no nos reconozcamos y sintamos como extraño nuestro aspecto antiguo, nuestras antiguas ambiciones, pensamientos o sueños.
 En este poema, Miguel Labordeta expresa sentimientos y pensamientos  de este tipo. El título parece proponernos una mirada sobre la propia existencia, sobre el tiempo ya vivido. Todo el poema mantiene un tono de búsqueda y pregunta, desde ese no reconocerse a sí mismo (autoextrañamiento lo llaman los críticos), sobre la identidad personal.
 “¿Qué es el hombre? ¿quién soy yo?”, se preguntaban los filósofos antiguos. Y todos alguna vez. Miguel Labordeta, como quien piensa que esas preguntas no van a encontrar una respuesta de verdad, se pregunta a sí mismo, y mirando al tiempo personal vivido –niñez, adolescencia-, quién he sido, “quién fui yo”. Entendiendo el pasado, tal vez podrá responderse a la pregunta sobre la identidad presente; reconociéndonos en nuestra historia, en nuestro existir, tal vez pueda reverlársenos, si somos algo más, nuestra esencia, nuestro ser: “¿qué es el hombre? ¿qué soy yo?”
 No es la de Labordeta una reflexión con especial tristeza sobre el tiempo y las vivencias del pasado. Vuelve a ellos, retorna al niño y adolescente que fue, para tratar de descubrir un sentido a su existencia, el conocimiento de sí mismo.
 Pero, por más que rebusca en sus bolsillos, casa, muebles, objetos personales y vivencias (palabras, canciones, propio aspecto, estudios, diversiones, pensamientos, sentimientos), la pregunta existencial (dónde fueron aquellos sueños, palabras, minutos, voz, sombra, todo lo que éramos...) no parece encontrar respuesta, como vemos en la correlación entre los versos que marcan, en estructura encuadrada, la apertura,

   Me registro los bolsillos desiertos
   para saber dónde fueron...(...),
   pero nadie me dice quién fui yo.

y la conclusión, un poco desolada, y desoladora, del poema: la vida nos va dejando nada en los bolsillos y sin que sepamos comprendernos:

   Pues yo registro los bolsillos desiertos
   y no encuentro ni un solo minuto mío,
   ni una sola mirada en los espejos
   que me diga quién fui yo.

 A estos pensamientos vuelve con frecuencia el autor en otros poemas:

   Y al partir preguntar por nosotros,
   indagar por nosotros,
   auscultar por nosotros,
   por nosotros mismos recordar
   si tal vez se existió
   y que una dulce soledad
   nos responda en grave despedida.

 Y en otra ocasión insiste:  Sí. Decidme: ¿para qué nacimos?
 Por eso, otro poeta, Gabriel Celaya, le dice a nuestro autor en un poema que le dedica:
   Mas me asustan un poco tus tremendas preguntas
   “¿De dónde diablos vengo” y “¿Qué hago aquí pensando?”
   Comprende. Éstas son cosas que no deben decirse.
   Tus cuestiones, por simples, resultan excesivas.

 Esta voz poética de Miguel Labordeta se convierte así en voz de cada uno, en voz de todo hombre que se pregunta por sí mismo.


 

LECTOR
 
 
Heliodoro Fuente Moral, licenciado en Filosofía y Letras, Filología Hispánica, es profesor en el I.E.S. Severo Ochoa de Alcobendas. Es autor de algunos poemas publicados en antologías como Poetas para la nueva Castilla, Palabras al pueblo castellano, y las revistas Solemne y Andares.