Presentar el texto y su lectura, podría verse como un ejercicio dirigista, como un intento por romper la libre relación entre el lector y su texto. Nada más alejado de esta propuesta en la que subyace ante todo la idea del texto como lugar de encuentro, como espacio de intercambio, de diálogo, como propuesta inexistente hasta que encentra un lector.
Por ello, la voz de la lectura ofrecida, si de algo se aleja, es de dirigismos; si algo no quiere ni pretende, es interrumpir la relación entre el lector y el texto poético. Sabemos que el verdadero placer reside en el descubrimiento personal del texto en soledad, en esa resurrección del misterio escondido detrás de las palabras y las formas. Nadie, ni el mejor de los críticos, puede evitar que cuando un poema llega a las manos de un nuevo receptor éste lo haga suyo a través de ese encuentro íntimo, insustituible en el que texto y lector se encuentran y en el que como por arte de magia el texto cobra de nuevo vida, una vida única.
Por ello, no hay dirigismo sino ofrecimiento en cada una de la lecturas que acompañan los distintos poemas. No hay manipulación sino compañía, en todo caso ayuda en el camino. Cada lectura quiere ser como una celestina que presenta el texto y que una vez allanado el camino se escabulle en silencio, desparece de puntillas, propiciando su olvido. Cada lectura, así, no quiere interrumpir sino provocar, intensificar matices, subrayar temas, quizá evitarnos esfuerzos.
Tú,
lector, proyectarás tu lectura sobre el texto y quizá la
contrastes con la lectura ofrecida. Que ese juego creador te sea gozoso.