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REPORTAJE: Expedición Rumanía - Eclipse 99

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Artículo Publicado en el Boletín de la Sociedad Geográfica Española, nº 4
Texto: Lola Escudero / Ernesto García
Vacaciones
Eclipse en Rumanía

La disculpa

La preparación
Un equipaje de palabras
El eclipse
Transilvania
La herencia sajona
Brasov
Los dominios del conde Dracula
Maramures: La región perdida
La capilla sixtina del este de Europa
Moldavia: camino del Delta
Bucarest
Reflexiones

La disculpa

   

El pasado 11 de agosto la luna consiguió eclipsar completamente al sol, un fenómeno prodigioso que se produce muy pocas veces -o ninguna- en la vida de un ser humano. Fue el último eclipse total de sol del siglo XX y dicen que tendrán que pasar otros 200 años para que podamos contemplar otro fenómeno igual en Europa.

El gran eclipse del siglo comenzó en el Atlántico norte a las 11h.30 minutos (según la hora oficial española) y cruzó Europa Central dejando durante unos breves instantes en la oscuridad una banda de unos 112 kms de anchura. La duración máxima la alcanzó en Rumanía donde se pudo observar el eclipse durante 2 minutos y 23 segundos, para luego penetrar en Asia por Turquía y terminar, a las 14 h y 37 minutos, en el Golfo de Bengala, al este de la India.

No es que yo sea particularmente aficionada a la Astronomía, y de hecho, me confieso completamente ignorante de cuanto tenga que ver con planetas, estrellas, constelaciones o satélites, pero el eclipse de este verano me brindaba una excusa magnífica para convencer a un grupo de amigos y visitar Rumanía, un país que llevaba tiempo rondándome, de esos sitios que parecen no estar en el mapa, hasta que un día te fijas en él y a partir de entonces no dejas de encontrar referencias sobre el lugar en todas partes, como si te estuviera haciendo una llamada personal y urgente. Y es que los viajes comienzan mucho antes de que nos pongamos en marcha.

 

La preparación

   

Todo suele arrancar de un artículo, un libro, una imagen, una visión fugaz en un mapa o una descripción emocionada sobre un lugar o un paisaje. Inmediatamente después vienen las casualidades: un reportaje en televisión sobre ese país sobre el que antes nadie hablaba, un libro descubierto por azar en la biblioteca en el que antes jamás te habías fijado, una persona que casualmente te habla soble el lugar.... y tras el cúmulo de casualidades se dispara la curiosidad, comienza la búsqueda activa de información y finalmente, surge el flechazo. Uno se va enamorando de aquel lugar que acaba de irrumpir en tu vida. Se hace imprescindible, urgente, viajar para conocerlo de cerca. Hasta hace dos años Rumanía era para mí un lugar más en el mapa, un país del que apenas tenía otras referencias que el nombre de su capital, Bucarest, el de sus principales montañas, los Cárpatos, el de su antiguo dictador, Ceacescu y el de su personaje más conocido universalmente, el Conde Drácula, que ni siquiera existió en realidad. Tenía también grabadas en la retina las impactantes imágenes de la revolución que acabó con el comunismo rumano, con el juicio y fusilamiento del matrimonio Ceacescu el día de Navidad de 1989 retransmitidos por televisión como el más increíble reality show que se ha grabado hasta la fecha... Y poco más. Ni siquiera podía darle un calificativo a este país de referencias borrosas, de perfiles imprecisos y lejanos. ¿Misterioso? ¿Exótico? ¿Europeo? ¿Emocionante? ¿Bello? Nada. Rumanía sencillamente, no existía.

Hace dos años conocí a Silvia, una mujer excepcional, joven y llena de fuerza, que llegó a España hace unos años en busca de una nueva oportunidad para su vida y se enamoró de nuestro país, de nuestro idioma y de nuestra forma de ser. En justa correspondencia, Silvia despertó en mí la curiosidad por Rumanía, su país, al que ama profundamente a pesar de que su análisis es excéptico y crítico, cargado de esa pasión que sólo se pone en algo cuando se ama de verdad. Mi amiga Silvia me ha hablado apasionadamente durante estos dos años de las bellezas naturales de Rumanía, de sus montañas de Maramures y Bucovina, de las elegantes ciudades de Transilvania, de sus gentes, del carácter de un pueblo que es a la vez eslavo y latino (más latino que eslavo, según Silvia), con el cual los españoles deberíamos sentirnos más identificados aunque sólo sea por la lengua, tan parecida a la nuestra... Me ha hablado también, de la dura transición política y económica tras la "revolución" de 1989 que terminó con los 25 años de férrea dictadura de Nicolau Ceacescu, de sus recuerdos de los tiempos del Comunismo "a la rumana", de los absurdos de un régimen megalómano que llegó a sumir en el hambre y en una oscuridad casi medieval a una tierra de enormes recursos naturales. Pero también me ha dibujado a grandes rasgos el panorama de la desolación actual, del sentimiento de impotencia de los jóvenes, de la nostalgia de generaciones de rumanos que no han conocido otra cosa que la mano protectora del estado y que se sienten ahora desamparados ante la incertidumbre de un capitalismo que no comprenden y que no saben dirigir a su favor. Por Rumanía entra la droga en Europa, el dinero fácil manejado por las mafias que son la nueva nomenclatura.... De Rumanía salen, en oleadas, los jóvenes más preparados, los universitarios y técnicos, que no tienen reparos en emigrar a los países de Centroeuropa y a Francia, e incluso a España, aunque tengan que trabajar como repartidores de butano o como empleadas de hogar. Aun así, su futuro es más esperanzador que si se quedan en Rumanía.

 

Un equipaje de palabras

   

Eché todo esto en mi equipaje, junto con algunas obras de Mircea Eliade, el más ilustre y universal de los escritores rumanos, la inevitable novela fantástica sobre Drácula de Bram Stoker, los capítulos de La primavera del Este que Manu Leguineche dedica a Rumanía y la imprescindible lectura de "Fantasmas Balcánicos", de Robert Kaplan. Junto con unos amigos, igualmente ilusionados por un destino que adivinaban exótico y mucho más ansiosos que yo por vivir el último eclipse del siglo, llegué a Rumanía justo dos días antes del eclipse que los rumanos esperaban con grandes fiestas, incluido el macroconcierto de Pavarotti en Bucarest, con la mastodóntica Casa de la República de Ceaucescu como telón de fondo (para su construcción se desalojaron a cincuenta mil personas del centro de Bucarest). La idea era contemplar el eclipse (que sinceramente, no me despertaba grandes expectativas) y después lanzarnos a recorrer el país, hacer senderismo por sus montañas, visitar sus ciudades, navegar un poco por el Delta del Danubio, adentrarnos por parajes poco conocidos por los turistas y comprender el alma rumana. Casi nada. Silvia nos había ayudado a preparar el recorrido minuciosamente. En principio iba a ser nuestra guía pero las burocracias española y rumana se aliaron para que en el último momento ella no pudiera obtener los permisos necesarios. Eso me hizo meditar sobre algo que ya apenas recordamos: que existen fronteras y que en otros tiempos, no muy lejanos, apenas hace una década, había mucha gente al este del Telón de Acero para la que viajar era un sueño inalcanzable. Aun así, soñaban con paraísos lejanos como París, Viena, Londres, y alguno seguro que también con la exótica España. Sin irnos muy lejos, Rumanía y Albania siguen manteniendo las trabas burocráticas para sus ciudadanos, para los que salir o entrar en el país no resulta sencillo y los visados y trámites burocráticos son campo abonado para las mafias que por dinero solucionan cualquier problema. Echamos muchísimo de menos a Silvia durante el viaje pero sus recomendaciones habían sido excelentes.

Aterrizamos en Budapest pero ya la primera noche salimos hacia el norte, al corazón de Transilvania, la zona más turística del país y una de las más bellas. Dormimos en Sinaia, un lugar de aire balneario, entre montañas, que parece sacado de una película de los años treinta, con hoteles de aire decadente rodeados por altas cumbres cubiertas por una alfombra verde de prados y bosques. Allí están algunas de las mejores pistas de esquí del país y sus remontes nos permitieron subir a lo alto de las montañas (en el telesilla de Predeal) para dar un paseo por lo alto de las montañas. El día era caluroso y en el aire había una atmósfera de fiesta, a la espera del gran día del eclipse. Los rumanos aprovechaban el intenso sol para quitarse la ropa y tostarse un poco tras el largo y duro invierno que debe reinar en todo el país. Apenas vimos otros extranjeros que nosotros mismos excepto en el Castillo de Peles, la principal atracción turística de la zona, donde encontramos grupos de turistas, sobre todo norteamericanos e israelíes (muchos de origen rumano), que aprovechaban el eclipse para visitar el país de sus antepasados. El primer contacto con Rumanía nos sorprendió a todos: los paisajes de Transilvania no podían ser más bellos, la gente era amable y las ciudades por las que pasábamos tenían un elegante aire centroeuropeo, algo venido a menos. Así por ejemplo Sibiu, donde dormimos, una ciudad.

 

El eclipse

   

Para ver el eclipse, habíamos escogido la localidad de Rimnicu Vilcea, por la que pasaba la línea de máxima cobertura de caminos, apenas a dos horas de camino en autobús desde Sibiu. El viaje resultó una persecución del sol, huyendo de las nubes que amenazaban constantemente con ocultarnos el espectáculo para el que habíamos cruzado toda Europa. Todo se complicó aún más con uno de esos imprevistos que te hacen recordar que Rumanía es Europa, pero una Europa muy diferente a la nuestra: un choque de dos camionetas cien metros por delante de nuestro autocar dejó colapsada la carretera durante horas. Nos desesperábamos pensando que no llegaríamos a ver el eclipse, cuando a alguien se le ocurrió que había una estación de tren a menos de un kilómetro. Corriendo, con todos los bártulos, los prismáticos, trípodes y mochilas... llegamos a la estación de Talmaciu donde un tren en dirección a Rimnicu hacía su entrada en esos momentos. Lo cogimos casi al vuelo, como en las películas. Iba atestado de gente y tuvimos que ir de pie prácticamente todo el trayecto, entre gente silenciosa, con cara triste y asientos de "scai" rojo bastante mugrientos. Al pasar por túneles del desfiladero de Olt (bellísimo por otra parte) el tren se sumía en la más completa oscuridad porque no había ningún tipo de luz en el interior de los vagones. Pero no pasaba nada. La gente seguía en silencio, incluso los niños de aire tímido. Cuando de nuevo se hacía la luz seguían con el mismo gesto que antes del túnel, en la misma posición. Sólo hablábamos nosotros y un grupo de mochileros alemanes y ni siquiera así nos preguntaban o nos miraban. Si sentían alguna curiosidad la controlaban, como debían estar ya acostumbrados a hacer durante muchas décadas. Fue toda una lección sobre el pueblo rumano y de cómo soporta estoicamente las dificultades y penurias económicas que lleva años sufriendo.

Al llegar a Rimnicu Vilcea, volvió a sonreirnos la suerte... y el sol. En nuestro lugar de observación, en Ochele Mari, a pocos kilómetros de la ciudad, era día de fiesta. La gente se bañaba en una cercana piscina municipal de color cemento y aguas marrones, y hasta nosotros llegaban los gritos agudos de los niños haciéndose chapuzones. Grupos de personas como nosotros habían tomado posiciones en la ladera de una colina, todos con sus gafas especiales con filtro mylar , algunos con prismáticos, otros sencillamente con cristales de soldador... Todo tenía un aire de gran picnic, de día de romería, y una cierta emoción que me fue contagiando a mi pesar. Lentamente, la sombra de la luna iba tapando al sol hasta dejarlo en una línea curva cada vez más estrecha, pero no había más oscuridad que en un día nublado. Cuando por fin llegó el momento, se hizo la noche. Noche de verdad, como no lo esperaba. El sol lanzó sus últimos destellos. Nos quitamos las gafas con filtro y durante algo más de dos minutos contemplamos las estrellas, la corona solar, las estrellas y a venus y Mercurio, un privilegio que sólo tienen los que llegan a contemplar un eclipse total de sol como éste. Al fin, las llamadas perlas de Baily, formadas por las irregularidades de la superficie lunar, a modo de collar de perlas luminosas, aparecieron por el lado opuesto, anunciando la reaparición del sol. Debo reconocer que el espectáculo superó a todo lo que esperaba y por un instante pensé en lo que debía suponer un eclipse cómo éste en las civilizaciones en las que no se conocía la causa por la que se hacía la noche en medio de un día luminoso. Cuando el sol volvió a salir, los gallos de una granja cercana cantaron, despistados por un nuevo amanecer fuera de hora.

 

Transilvania

   

(...) En Londres, aproveché unas horas que tenía libres para ir al Museo Británico a consultar los libros y mapas de la biblioteca referentes a Transilvania; pensé que sería una ayuda tener de antemano alguna idea del país, antes de entrevistarme con un noble de ese lugar. Averigüé que la región a la que hacía referencia está en el extremo este del territorio, exactamente en los límites de tres estados: Transilvania, Moldavia y Bucovina, en plena cordillera de los Cárpatos, y que es una de las regiones más remotas menos conocidas de Europa. No conseguí descubrir en ningún libro ni mapa el lugar exacto del castillo de Drácula, ya que no existen mapas de este país comparables a nuestros Ordenance Survey maps; pero averigüé que Bistritz, la ciudad donde el conde Drácula decía que debía apearme, era bastante conocida. Consignaré aquí algunas notas que me ayuden a recordar, cuando hable con Mina del viaje. La Población de Transilvania está formada por cuatro nacionalidades distintas: los sajones al sur; y mezclados con ellos, los valacos, que son descendientes de los dacios; los magiares al oeste, y los szekelys al este y al norte. Me encuentro entre estos últimos, que pretenden ser descendientes de Atila y de los hunos. Puede ser, porque cuando los magiares conquistaron el país, en el siglo XI, encontraron a los hunos asentados en él. He leído que en la herradura de los Cárpatos se reúnen todas las supersticiones del mundo, como si fuese el centro de una especie de remolino de la imaginación; si es así, mi estancia me va a resultar interesante (Mem., preguntar al Conde sobre todo esto).

Drácula. Bram Stoker. Párrafo del diario del protagonista, Jonathan Harker

Una vez visto el eclipse y disfrutado el día en el animado ambiente que se había creado en Rimincu Vilcea, comenzó realmente el viaje por Rumanía. Transilvania era la primera etapa, tal vez la única donde encontraríamos turistas. Es la tierra del Conde Drácula y habrá quien la imagine con aire siniestro y castillos de aire amenazante. Nada más lejos de la realidad. Transilvania me sorprendió con uno de los paisajes más bellos que he visto nunca. Armoniosa, verde, alternando tranquilos y bucólicos valles con altivas montañas, palacetes, pueblos y ciudades de aire germano con otros de estructura magiar, Transilvania es una sucesión de escenarios que, de estar en cualquier otro país del mundo, estarían invadidos por el turismo. Todo un paraíso para amantes del campo y la naturaleza en estado casi virginal, con senderos magníficos para disfrutar del simple placer de andar entre prados en los que aún se cosecha a guadaña; con aldeas en las que te ofrecen un pastel, un licor o un vaso de agua, con una hospitalidad ya olvidada en otros puntos del globo. No hay problemas para entrar en las casas, donde eres siempre una agradable novedad. En realidad, Stoker nunca estuvo en Rumanía pero se documentó bien sobre en el Museo Británico sobre esta región montañosa en el centro de la cordillera de los Cárpatos, una de las regiones más salvajes y desconocidas de Europa. Stoker situó el castillo de Drácula justo en donde se unen tres regiones: Bucovina, al norte, Moldavia al noreste y Transilvania. Para el personaje de Drácula no tuvo muchos problemas: se inspiró en un personaje real: Vlad Tepes, el empalador. Que la gente ha sufrido se ve en todo el país, pero tal vez un poco menos en Transilvania, donde todo tiene un aire centroeuropeo y más rico que en otras regiones.

 

La herencia sajona

   

Aquí perdura la herencia de alemanes y húngaros que han conseguido mantener su propia cultura e idioma. Y es que Rumanía ha sufrido una invasión tras otra (bizantinos, visigodos, los hunos, ávaros, gépidos, eslavos, búlgaros, húngaros, tártaros, turcos y muchos otros). Desde Sibiu (Hermannstadt en alemán) a Siguisoara (Schässburg), se encuentra una de las zonas más sorprendentes de Rumanía. Se trata de la Rumanía sajona, en la que aún quedan comunidades que hablan en alemán a pesar del esfuerzo de Ceacescu en los años sesenta por destruir la vida cultural de la minoría sajona. En realidad vendió a los sajones a la Alemania Occidental, en concepto de visados, igual que hizo con los judíos rumanos que vendió a Israel. A finales de los ochenta quedaban sólo unos 200.000 sajones en Transilvania pero tras la revolución la emigración a Alemania fue masiva.

Una de las señas de identidad de la cultura sajona en Rumanía son las iglesias fortificadas sajona, magnífico ejemplo de arquitectura medieval, unas mejor conservadas que otras. Entre las auténticas, y también más abandonadas, paramos primero en Axente Server, una vieja fortificación circular en torno a una iglesia con un alto campanario. Una guardesa que vive todavía en el interior del recinto nos abre la puerta y nos muestra con orgullo lo que queda de esta iglesia que en otro tiempo congregaba a una amplia comunidad germana. En torno a la iglesia, apoyadas en la muralla circular, como un anillo, se abren pequeñas viviendas, hoy abandonadas. Cada una pertenecía a una familia de la comunidad y eran su refugio en tiempos de invasiones, cuando la iglesia servía de cobijo y fortaleza frente a los peligros y asedios. Esta es la estructura de todas estas iglesias sajonas que se conservan mucho mejor en Mosna, donde una mujer de origen alemán nos confirma orgullosa que el príncipe Carlos de Inglaterra estuvo aquí hace unos meses y ha prometido su contribución para la reforma de la iglesia. La restauración ya ha comenzado pero aún se pueden ver sus preciosos palcos de madera pintados (cada uno con un motivo, en la más pura tradición germánica). Otro de los elementos que se encuentran por toda la rumania sajona son las escaleras de madera cubiertas para que las nevadas y lluvias frecuentes no las inutilizaran. La de la fortaleza de Biertan es particularmente bella y bien conservada.

Sighisoara es la gran ciudad monumental de Rumanía, un centro medieval de indudable encanto. Los turistas llegan sobre todo para ver la llamada Casa de Drácula, hoy convertida en restaurante, pero hay mucho más: el casco antiguo se encuentra en lo alto de la ciudad y se asciende por unas callejuelas curvilíneas flaqueadas por elegantes casas que bien podrían; estar en cualquier rincón de centroeuropa. En lo alto, la Torre del Reloj ofrece una panorama magnífica de la población, y es una de las visitas imprescinidbles, igual que la escalera de madera cubierta que conduce hasta la iglesia protestante de lo alto de la colina, en torno a la cual hay un romántico y boscoso cementerio.

 

Brasov

   

Brasov es la capital de Transilvania, la segunda ciudad más importante de Rumanía y un gran centro industrial. Su centro sin embargo es peatonal, elegante y lleno de tiendas de estilo occidental: restaurantes, grandes almacenes, librerías bien surtidas, heladerías, boutiques... y una plaza mayor presidida por el antiguo ayuntamiento y rodeada de terrazas al aire libre que invitan a sentarse y ver pasar a la gente. A un lado de la iglesia, un callejón lleva a la iglesia Negra, que preside la ciudad. Pero Brasov es sobre todo el centro de los deportes de invierno y del turismo que hace la llamada ruta del Conde Drácula. Y es que a no muchos kilómetros se encuentra el llamado Castillo de Drácula, la principal visita turística del país. Más que castillo, se trata de una mansión medieval, rodeada por jardines, muy bien conservada y cuidada para la avalancha de turistas (la única que vi en todo el viaje) que recorre sus estrechos pasillos, escaleras, salones de madera.... Brasov está rodeado por montañas en las cuales se abren las mejores estaciones de esquí de Rumanía. Intentamos llegar a la más famosa, la de Poiana Brasov, pero caía un auténtico diluvio y decidimos volver a brasov y regalarnos una comida en uno de sus mejores restaurantes, el Cevul Carpatin. Allí coincidimos con una pareja de vascos que habían pasado dos semanas recorriendo el Danubio y observando aves en el Delta del Danubio. Ellos igual que nosotros, probamos las especialidades regionales que ya nos resultaban familiares, como la polenta (mamaliga) el queso empanado (cascaval pane), la salada de varsa (ensalada de col).

Y si Brasov tiene un tono germano, Tirgu Mures, la siguiente parada,es claramente magiar y en las calles se habla húngaro además de rumano, a pesar de que Ceacescu prohibió el uso público del húngaro y cambió los nombres húngaros de las ciudades. llego a haber 2,1 millones de húngaros en Rumanía, pero apenas quedan unos miles. Las cafés de Tirgu Mures, sus plazas, sus calles, tenían todo el aire de Europa Central, como el elegante barrio que se extiende en torno a una ciudadela, de aire decadente y residencial, con casas grandes y silenciosas que en otros tiempos debieron ser de auténtico lujo burgués. Bajo la ciudadela, y en torno a la gran plaza central se extiende la ciudad nueva, que ha guardado el elegante aire de principios de siglo. En vista de los precios, casi regalados, decidimos nuevamente elegir el mejor restaurante, el Muresul, todo cubierto de madera, dorados y espejos, con un inconfundible aire de café;e vienes venido a menos. No es costumbre en Rumanía comer en restaurantes, el bolsillo no da para tanto, y por eso casi siempre lo hicimos solos. Los trabajadores se levan la comida de casa, o esperan a terminar la jornada para comer fuerte una vez de retorno al hogar. Nada que ver con nuestros aperitivos, almuerzos de media mañana, comidas de menú del día de tres platos y tentenpiés de media tarde...

 
   
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