|
|
| Texto:
Lola Escudero
/ Ernesto
García |
Vacaciones
|
|
|
|
|
|
|
|
El
pasado 11 de agosto la luna consiguió eclipsar completamente al
sol, un fenómeno prodigioso que se produce muy pocas veces -o
ninguna- en la vida de un ser humano. Fue el último eclipse total
de sol del siglo XX y dicen que tendrán que pasar otros 200 años
para que podamos contemplar otro fenómeno igual en Europa.
El
gran eclipse del siglo comenzó en el Atlántico norte a las 11h.30
minutos (según la hora oficial española) y cruzó Europa Central
dejando durante unos breves instantes en la oscuridad una banda
de unos 112 kms de anchura. La duración máxima la alcanzó en Rumanía
donde se pudo observar el eclipse durante 2 minutos y 23 segundos,
para luego penetrar en Asia por Turquía y terminar, a las 14 h
y 37 minutos, en el Golfo de Bengala, al este de la India.
No
es que yo sea particularmente aficionada a la Astronomía, y de
hecho, me confieso completamente ignorante de cuanto tenga que
ver con planetas, estrellas, constelaciones o satélites, pero
el eclipse de este verano me brindaba una excusa magnífica para
convencer a un grupo de amigos y visitar Rumanía, un país que
llevaba tiempo rondándome, de esos sitios que parecen no estar
en el mapa, hasta que un día te fijas en él y a partir de entonces
no dejas de encontrar referencias sobre el lugar en todas partes,
como si te estuviera haciendo una llamada personal y urgente.
Y es que los viajes comienzan mucho antes de que nos pongamos
en marcha.
|
| |
|
|
 |
|
|
|
Todo suele
arrancar de un artículo, un libro, una imagen, una visión fugaz
en un mapa o una descripción emocionada sobre un lugar o un paisaje.
Inmediatamente después vienen las casualidades: un reportaje en
televisión sobre ese país sobre el que antes nadie hablaba, un
libro descubierto por azar en la biblioteca en el que antes jamás
te habías fijado, una persona que casualmente te habla soble el
lugar.... y tras el cúmulo de casualidades se dispara la curiosidad,
comienza la búsqueda activa de información y finalmente, surge
el flechazo. Uno se va enamorando de aquel lugar que acaba de
irrumpir en tu vida. Se hace imprescindible, urgente, viajar para
conocerlo de cerca. Hasta hace dos años Rumanía era para mí un
lugar más en el mapa, un país del que apenas tenía otras referencias
que el nombre de su capital, Bucarest, el de sus principales montañas,
los Cárpatos, el de su antiguo dictador, Ceacescu y el de su personaje
más conocido universalmente, el Conde Drácula, que ni siquiera
existió en realidad. Tenía también grabadas en la retina las impactantes
imágenes de la revolución que acabó con el comunismo rumano, con
el juicio y fusilamiento del matrimonio Ceacescu el día de Navidad
de 1989 retransmitidos por televisión como el más increíble reality
show que se ha grabado hasta la fecha... Y poco más. Ni siquiera
podía darle un calificativo a este país de referencias borrosas,
de perfiles imprecisos y lejanos. ¿Misterioso? ¿Exótico? ¿Europeo?
¿Emocionante? ¿Bello? Nada. Rumanía sencillamente, no existía.
Hace dos años
conocí a Silvia, una mujer excepcional, joven y llena de fuerza,
que llegó a España hace unos años en busca de una nueva oportunidad
para su vida y se enamoró de nuestro país, de nuestro idioma y
de nuestra forma de ser. En justa correspondencia, Silvia despertó
en mí la curiosidad por Rumanía, su país, al que ama profundamente
a pesar de que su análisis es excéptico y crítico, cargado de
esa pasión que sólo se pone en algo cuando se ama de verdad. Mi
amiga Silvia me ha hablado apasionadamente durante estos dos años
de las bellezas naturales de Rumanía, de sus montañas de Maramures
y Bucovina, de las elegantes ciudades de Transilvania, de sus
gentes, del carácter de un pueblo que es a la vez eslavo y latino
(más latino que eslavo, según Silvia), con el cual los españoles
deberíamos sentirnos más identificados aunque sólo sea por la
lengua, tan parecida a la nuestra... Me ha hablado también, de
la dura transición política y económica tras la "revolución" de
1989 que terminó con los 25 años de férrea dictadura de Nicolau
Ceacescu, de sus recuerdos de los tiempos del Comunismo "a la
rumana", de los absurdos de un régimen megalómano que llegó a
sumir en el hambre y en una oscuridad casi medieval a una tierra
de enormes recursos naturales. Pero también me ha dibujado a grandes
rasgos el panorama de la desolación actual, del sentimiento de
impotencia de los jóvenes, de la nostalgia de generaciones de
rumanos que no han conocido otra cosa que la mano protectora del
estado y que se sienten ahora desamparados ante la incertidumbre
de un capitalismo que no comprenden y que no saben dirigir a su
favor. Por Rumanía entra la droga en Europa, el dinero fácil manejado
por las mafias que son la nueva nomenclatura.... De Rumanía salen,
en oleadas, los jóvenes más preparados, los universitarios y técnicos,
que no tienen reparos en emigrar a los países de Centroeuropa
y a Francia, e incluso a España, aunque tengan que trabajar como
repartidores de butano o como empleadas de hogar. Aun así, su
futuro es más esperanzador que si se quedan en Rumanía.
|
| |
|
|
 |
|
|
|
Eché todo
esto en mi equipaje, junto con algunas obras de Mircea Eliade,
el más ilustre y universal de los escritores rumanos, la inevitable
novela fantástica sobre Drácula de Bram Stoker, los capítulos
de La primavera del Este que Manu Leguineche dedica a Rumanía
y la imprescindible lectura de "Fantasmas Balcánicos", de Robert
Kaplan. Junto con unos amigos, igualmente ilusionados por un destino
que adivinaban exótico y mucho más ansiosos que yo por vivir el
último eclipse del siglo, llegué a Rumanía justo dos días antes
del eclipse que los rumanos esperaban con grandes fiestas, incluido
el macroconcierto de Pavarotti en Bucarest, con la mastodóntica
Casa de la República de Ceaucescu como telón de fondo (para su
construcción se desalojaron a cincuenta mil personas del centro
de Bucarest). La idea era contemplar el eclipse (que sinceramente,
no me despertaba grandes expectativas) y después lanzarnos a recorrer
el país, hacer senderismo por sus montañas, visitar sus ciudades,
navegar un poco por el Delta del Danubio, adentrarnos por parajes
poco conocidos por los turistas y comprender el alma rumana. Casi
nada. Silvia nos había ayudado a preparar el recorrido minuciosamente.
En principio iba a ser nuestra guía pero las burocracias española
y rumana se aliaron para que en el último momento ella no pudiera
obtener los permisos necesarios. Eso me hizo meditar sobre algo
que ya apenas recordamos: que existen fronteras y que en otros
tiempos, no muy lejanos, apenas hace una década, había mucha gente
al este del Telón de Acero para la que viajar era un sueño inalcanzable.
Aun así, soñaban con paraísos lejanos como París, Viena, Londres,
y alguno seguro que también con la exótica España. Sin irnos muy
lejos, Rumanía y Albania siguen manteniendo las trabas burocráticas
para sus ciudadanos, para los que salir o entrar en el país no
resulta sencillo y los visados y trámites burocráticos son campo
abonado para las mafias que por dinero solucionan cualquier problema.
Echamos muchísimo de menos a Silvia durante el viaje pero sus
recomendaciones habían sido excelentes.
Aterrizamos
en Budapest pero ya la primera noche salimos hacia el norte, al
corazón de Transilvania, la zona más turística del país y una
de las más bellas. Dormimos en Sinaia, un lugar de aire balneario,
entre montañas, que parece sacado de una película de los años
treinta, con hoteles de aire decadente rodeados por altas cumbres
cubiertas por una alfombra verde de prados y bosques. Allí están
algunas de las mejores pistas de esquí del país y sus remontes
nos permitieron subir a lo alto de las montañas (en el telesilla
de Predeal) para dar un paseo por lo alto de las montañas. El
día era caluroso y en el aire había una atmósfera de fiesta, a
la espera del gran día del eclipse. Los rumanos aprovechaban el
intenso sol para quitarse la ropa y tostarse un poco tras el largo
y duro invierno que debe reinar en todo el país. Apenas vimos
otros extranjeros que nosotros mismos excepto en el Castillo de
Peles, la principal atracción turística de la zona, donde encontramos
grupos de turistas, sobre todo norteamericanos e israelíes (muchos
de origen rumano), que aprovechaban el eclipse para visitar el
país de sus antepasados. El primer contacto con Rumanía nos sorprendió
a todos: los paisajes de Transilvania no podían ser más bellos,
la gente era amable y las ciudades por las que pasábamos tenían
un elegante aire centroeuropeo, algo venido a menos. Así por ejemplo
Sibiu, donde dormimos, una ciudad.
|
| |
|
|
 |
|
|
|
Para
ver el eclipse, habíamos escogido la localidad de Rimnicu Vilcea,
por la que pasaba la línea de máxima cobertura de caminos, apenas
a dos horas de camino en autobús desde Sibiu. El viaje resultó
una persecución del sol, huyendo de las nubes que amenazaban constantemente
con ocultarnos el espectáculo para el que habíamos cruzado toda
Europa. Todo se complicó aún más con uno de esos imprevistos que
te hacen recordar que Rumanía es Europa, pero una Europa muy diferente
a la nuestra: un choque de dos camionetas cien metros por delante
de nuestro autocar dejó colapsada la carretera durante horas.
Nos desesperábamos pensando que no llegaríamos a ver el eclipse,
cuando a alguien se le ocurrió que había una estación de tren
a menos de un kilómetro. Corriendo, con todos los bártulos, los
prismáticos, trípodes y mochilas... llegamos a la estación de
Talmaciu donde un tren en dirección a Rimnicu hacía su entrada
en esos momentos. Lo cogimos casi al vuelo, como en las películas.
Iba atestado de gente y tuvimos que ir de pie prácticamente todo
el trayecto, entre gente silenciosa, con cara triste y asientos
de "scai" rojo bastante mugrientos. Al pasar por túneles del desfiladero
de Olt (bellísimo por otra parte) el tren se sumía en la más completa
oscuridad porque no había ningún tipo de luz en el interior de
los vagones. Pero no pasaba nada. La gente seguía en silencio,
incluso los niños de aire tímido. Cuando de nuevo se hacía la
luz seguían con el mismo gesto que antes del túnel, en la misma
posición. Sólo hablábamos nosotros y un grupo de mochileros alemanes
y ni siquiera así nos preguntaban o nos miraban. Si sentían alguna
curiosidad la controlaban, como debían estar ya acostumbrados
a hacer durante muchas décadas. Fue toda una lección sobre el
pueblo rumano y de cómo soporta estoicamente las dificultades
y penurias económicas que lleva años sufriendo.
Al
llegar a Rimnicu Vilcea, volvió a sonreirnos la suerte... y el
sol. En nuestro lugar de observación, en Ochele Mari, a pocos
kilómetros de la ciudad, era día de fiesta. La gente se bañaba
en una cercana piscina municipal de color cemento y aguas marrones,
y hasta nosotros llegaban los gritos agudos de los niños haciéndose
chapuzones. Grupos de personas como nosotros habían tomado posiciones
en la ladera de una colina, todos con sus gafas especiales con
filtro mylar , algunos con prismáticos, otros sencillamente con
cristales de soldador... Todo tenía un aire de gran picnic, de
día de romería, y una cierta emoción que me fue contagiando a
mi pesar. Lentamente, la sombra de la luna iba tapando al sol
hasta dejarlo en una línea curva cada vez más estrecha, pero no
había más oscuridad que en un día nublado. Cuando por fin llegó
el momento, se hizo la noche. Noche de verdad, como no lo esperaba.
El sol lanzó sus últimos destellos. Nos quitamos las gafas con
filtro y durante algo más de dos minutos contemplamos las estrellas,
la corona solar, las estrellas y a venus y Mercurio, un privilegio
que sólo tienen los que llegan a contemplar un eclipse total de
sol como éste. Al fin, las llamadas perlas de Baily, formadas
por las irregularidades de la superficie lunar, a modo de collar
de perlas luminosas, aparecieron por el lado opuesto, anunciando
la reaparición del sol. Debo reconocer que el espectáculo superó
a todo lo que esperaba y por un instante pensé en lo que debía
suponer un eclipse cómo éste en las civilizaciones en las que
no se conocía la causa por la que se hacía la noche en medio de
un día luminoso. Cuando el sol volvió a salir, los gallos de una
granja cercana cantaron, despistados por un nuevo amanecer fuera
de hora.
|
| |
|
|
 |
|
|
|
(...)
En Londres, aproveché unas horas que tenía libres para ir al Museo
Británico a consultar los libros y mapas de la biblioteca referentes
a Transilvania; pensé que sería una ayuda tener de antemano alguna
idea del país, antes de entrevistarme con un noble de ese lugar.
Averigüé que la región a la que hacía referencia está en el extremo
este del territorio, exactamente en los límites de tres estados:
Transilvania, Moldavia y Bucovina, en plena cordillera de los
Cárpatos, y que es una de las regiones más remotas menos conocidas
de Europa. No conseguí descubrir en ningún libro ni mapa el lugar
exacto del castillo de Drácula, ya que no existen mapas de este
país comparables a nuestros Ordenance Survey maps; pero averigüé
que Bistritz, la ciudad donde el conde Drácula decía que debía
apearme, era bastante conocida. Consignaré aquí algunas notas
que me ayuden a recordar, cuando hable con Mina del viaje. La
Población de Transilvania está formada por cuatro nacionalidades
distintas: los sajones al sur; y mezclados con ellos, los valacos,
que son descendientes de los dacios; los magiares al oeste, y
los szekelys al este y al norte. Me encuentro entre estos últimos,
que pretenden ser descendientes de Atila y de los hunos. Puede
ser, porque cuando los magiares conquistaron el país, en el siglo
XI, encontraron a los hunos asentados en él. He leído que en la
herradura de los Cárpatos se reúnen todas las supersticiones del
mundo, como si fuese el centro de una especie de remolino de la
imaginación; si es así, mi estancia me va a resultar interesante
(Mem., preguntar al Conde sobre todo esto).
Drácula.
Bram Stoker. Párrafo del diario del protagonista, Jonathan
Harker
Una
vez visto el eclipse y disfrutado el día en el animado ambiente
que se había creado en Rimincu Vilcea, comenzó realmente el viaje
por Rumanía. Transilvania era la primera etapa, tal vez la única
donde encontraríamos turistas. Es la tierra del Conde Drácula
y habrá quien la imagine con aire siniestro y castillos de aire
amenazante. Nada más lejos de la realidad. Transilvania me sorprendió
con uno de los paisajes más bellos que he visto nunca. Armoniosa,
verde, alternando tranquilos y bucólicos valles con altivas montañas,
palacetes, pueblos y ciudades de aire germano con otros de estructura
magiar, Transilvania es una sucesión de escenarios que, de estar
en cualquier otro país del mundo, estarían invadidos por el turismo.
Todo un paraíso para amantes del campo y la naturaleza en estado
casi virginal, con senderos magníficos para disfrutar del simple
placer de andar entre prados en los que aún se cosecha a guadaña;
con aldeas en las que te ofrecen un pastel, un licor o un vaso
de agua, con una hospitalidad ya olvidada en otros puntos del
globo. No hay problemas para entrar en las casas, donde eres siempre
una agradable novedad. En realidad, Stoker nunca estuvo en Rumanía
pero se documentó bien sobre en el Museo Británico sobre esta
región montañosa en el centro de la cordillera de los Cárpatos,
una de las regiones más salvajes y desconocidas de Europa. Stoker
situó el castillo de Drácula justo en donde se unen tres regiones:
Bucovina, al norte, Moldavia al noreste y Transilvania. Para el
personaje de Drácula no tuvo muchos problemas: se inspiró en un
personaje real: Vlad Tepes, el empalador. Que la gente ha sufrido
se ve en todo el país, pero tal vez un poco menos en Transilvania,
donde todo tiene un aire centroeuropeo y más rico que en otras
regiones.
|
| |
|
|
 |
|
|
|
Aquí perdura
la herencia de alemanes y húngaros que han conseguido mantener
su propia cultura e idioma. Y es que Rumanía ha sufrido una invasión
tras otra (bizantinos, visigodos, los hunos, ávaros, gépidos,
eslavos, búlgaros, húngaros, tártaros, turcos y muchos otros).
Desde Sibiu (Hermannstadt en alemán) a Siguisoara (Schässburg),
se encuentra una de las zonas más sorprendentes de Rumanía. Se
trata de la Rumanía sajona, en la que aún quedan comunidades que
hablan en alemán a pesar del esfuerzo de Ceacescu en los años
sesenta por destruir la vida cultural de la minoría sajona. En
realidad vendió a los sajones a la Alemania Occidental, en concepto
de visados, igual que hizo con los judíos rumanos que vendió a
Israel. A finales de los ochenta quedaban sólo unos 200.000 sajones
en Transilvania pero tras la revolución la emigración a Alemania
fue masiva.
Una de las
señas de identidad de la cultura sajona en Rumanía son las iglesias
fortificadas sajona, magnífico ejemplo de arquitectura medieval,
unas mejor conservadas que otras. Entre las auténticas, y también
más abandonadas, paramos primero en Axente Server, una vieja fortificación
circular en torno a una iglesia con un alto campanario. Una guardesa
que vive todavía en el interior del recinto nos abre la puerta
y nos muestra con orgullo lo que queda de esta iglesia que en
otro tiempo congregaba a una amplia comunidad germana. En torno
a la iglesia, apoyadas en la muralla circular, como un anillo,
se abren pequeñas viviendas, hoy abandonadas. Cada una pertenecía
a una familia de la comunidad y eran su refugio en tiempos de
invasiones, cuando la iglesia servía de cobijo y fortaleza frente
a los peligros y asedios. Esta es la estructura de todas estas
iglesias sajonas que se conservan mucho mejor en Mosna, donde
una mujer de origen alemán nos confirma orgullosa que el príncipe
Carlos de Inglaterra estuvo aquí hace unos meses y ha prometido
su contribución para la reforma de la iglesia. La restauración
ya ha comenzado pero aún se pueden ver sus preciosos palcos de
madera pintados (cada uno con un motivo, en la más pura tradición
germánica). Otro de los elementos que se encuentran por toda la
rumania sajona son las escaleras de madera cubiertas para que
las nevadas y lluvias frecuentes no las inutilizaran. La de la
fortaleza de Biertan es particularmente bella y bien conservada.
Sighisoara
es la gran ciudad monumental de Rumanía, un centro medieval de
indudable encanto. Los turistas llegan sobre todo para ver la
llamada Casa de Drácula, hoy convertida en restaurante, pero hay
mucho más: el casco antiguo se encuentra en lo alto de la ciudad
y se asciende por unas callejuelas curvilíneas flaqueadas por
elegantes casas que bien podrían; estar en cualquier rincón de
centroeuropa. En lo alto, la Torre del Reloj ofrece una panorama
magnífica de la población, y es una de las visitas imprescinidbles,
igual que la escalera de madera cubierta que conduce hasta la
iglesia protestante de lo alto de la colina, en torno a la cual
hay un romántico y boscoso cementerio.
|
| |
|
|
 |
|
|
|
Brasov es
la capital de Transilvania, la segunda ciudad más importante de
Rumanía y un gran centro industrial. Su centro sin embargo es
peatonal, elegante y lleno de tiendas de estilo occidental: restaurantes,
grandes almacenes, librerías bien surtidas, heladerías, boutiques...
y una plaza mayor presidida por el antiguo ayuntamiento y rodeada
de terrazas al aire libre que invitan a sentarse y ver pasar a
la gente. A un lado de la iglesia, un callejón lleva a la iglesia
Negra, que preside la ciudad. Pero Brasov es sobre todo el centro
de los deportes de invierno y del turismo que hace la llamada
ruta del Conde Drácula. Y es que a no muchos kilómetros se encuentra
el llamado Castillo de Drácula, la principal visita turística
del país. Más que castillo, se trata de una mansión medieval,
rodeada por jardines, muy bien conservada y cuidada para la avalancha
de turistas (la única que vi en todo el viaje) que recorre sus
estrechos pasillos, escaleras, salones de madera.... Brasov está
rodeado por montañas en las cuales se abren las mejores estaciones
de esquí de Rumanía. Intentamos llegar a la más famosa, la de
Poiana Brasov, pero caía un auténtico diluvio y decidimos volver
a brasov y regalarnos una comida en uno de sus mejores restaurantes,
el Cevul Carpatin. Allí coincidimos con una pareja de vascos que
habían pasado dos semanas recorriendo el Danubio y observando
aves en el Delta del Danubio. Ellos igual que nosotros, probamos
las especialidades regionales que ya nos resultaban familiares,
como la polenta (mamaliga) el queso empanado (cascaval pane),
la salada de varsa (ensalada de col).
Y si Brasov
tiene un tono germano, Tirgu Mures, la siguiente parada,es claramente
magiar y en las calles se habla húngaro además de rumano, a pesar
de que Ceacescu prohibió el uso público del húngaro y cambió los
nombres húngaros de las ciudades. llego a haber 2,1 millones de
húngaros en Rumanía, pero apenas quedan unos miles. Las cafés
de Tirgu Mures, sus plazas, sus calles, tenían todo el aire de
Europa Central, como el elegante barrio que se extiende en torno
a una ciudadela, de aire decadente y residencial, con casas grandes
y silenciosas que en otros tiempos debieron ser de auténtico lujo
burgués. Bajo la ciudadela, y en torno a la gran plaza central
se extiende la ciudad nueva, que ha guardado el elegante aire
de principios de siglo. En vista de los precios, casi regalados,
decidimos nuevamente elegir el mejor restaurante, el Muresul,
todo cubierto de madera, dorados y espejos, con un inconfundible
aire de café;e vienes venido a menos. No es costumbre en Rumanía
comer en restaurantes, el bolsillo no da para tanto, y por eso
casi siempre lo hicimos solos. Los trabajadores se levan la comida
de casa, o esperan a terminar la jornada para comer fuerte una
vez de retorno al hogar. Nada que ver con nuestros aperitivos,
almuerzos de media mañana, comidas de menú del día de tres platos
y tentenpiés de media tarde...
|
|
|
| |
| |
|
Otros
Reportajes (en preparación)
|
|
|
| |
|
|
|
|
|
Los
Cárpatos
|
|
L'Aveyron
|
|
El
Río del Olvido
|
|