Andy Warhol

 

Morrisey
Blow up

A factory
Provocador, frívolo, mordaz, brillante, a veces irritante y siempre audaz e inteligente, Warhol fue el auténtico gurú del Pop, el Papa -como el mismo ironizaba- de una corriente que explotó hasta sus últimas consecuencias y de la que funcionó como símbolo y mascarón de proa, abarcando todas sus posibilidades expresivas y utilizando todos los medios y técnicas a su alcance. De sus factorías, como llamaba sin pudor a sus talleres, subrayando explícitamente la génesis industrial y el fin comercial de sus obras, salieron durante más de treinta años las imágenes y los objetos más conocidos del pop art : sus botes de sopas Campbell, sus iconos de Marylin, sus cocacolas, sus revólveres, sus Maos, etc.  Cultivó su propia imagen con la misma mercadotécnica publicitaria que su obra. Fue a su modo un dadá, salvo que sin el espíritu crítico y subversivo de éste, disfrutaba provocando con actos y declaraciones que demuestran su secreta admiración por el último Dalí. Comprar -dijo una vez- es mucho más americano que pensar, y yo soy el colmo de lo americano.   Lo más hermoso de Florencia -dijo en otra ocasión- es el restaurante McDonald's.  En su visita a Madrid en 1983 recorrió el museo del Prado en diez minutos, sin mirar un solo cuadro, y sólo se interesó por la obra de un copista. Su filosofía explícita era que el arte comercial es mucho mejor que el arte por el arte.  Warhol se esforzó siempre por hacer realidad el principio de que el arte no es más que lo que los espectadores consumen.  Imágenes de consumo en serie en las que la firma del autor es ya una marca registrada.  Aunque no se puede considerar que Warhol innovara nada del arte y la estética en sentido estricto, su obra no ha dejado de tener repercusiones e importancia en le arte del fin del siglo XX.

Pop Art 

Imágenes del capitalismo triunfante

Juanjo Albacete.
Fue a mediados de los años cincuenta cuando dos críticos británicos de arte propusieron el término popular art para referirse, no a una tendencia artística ya en boga, sino a un conjunto creciente de imágenes y representaciones, surgidas en los nuevos ámbitos de la publicidad, la televisión, el cine, los cómics y en general en los nuevos medios de comunicación, y que adquirían un papel cada vez más relevante en la cultura urbana de masas de la época. Popular no era, pues, ningún concepto que indicara un origen desde abajo, ligado a la expresión y defensa crítica de los intereses de las clases populares, ni tampoco nos remitía al concepto romántico de pueblo, como conjunto homogéneo que comparte una lengua, una historia y una cultura propias, que le confieren su singular identidad y sus preferencias estéticas. El concepto de lo popular a que nos remitían aquellos críticos estaba despojado de todo halo revolucionario o simplemente romántico, para enlazar directamente con la cultura de masas de la nueva sociedad industrial, que vencida la crisis de los años treinta y aplicando a conciencia las recetas keynesianas, estaba obteniendo unos resultados espectaculares.
La nueva cultura de masas que emerge en esa sociedad industrial urbana absorbe y refleja con un mimetismo elocuente las nuevas formas adoptadas por el modo de producción que no sólo produce masivamente objetos, para el consumo, sino que produce a su vez a las masas mismas, como consumidoras, generando así una dialéctica interna que pone en una relación estrecha y casi lineal la creación de los objetos, que las masas producen para consumir, y a las masas, que consumen para que se pueda seguir produciendo.
Esta inédita interrelación da lugar al nacimiento de la nueva cultura de masas, fenómeno histórico concreto de nuestra época, que se asienta directa y unívocamente sobre la masiva capacidad de producción alcanzada por las sociedades industrializadas y la gigantesca masa de público consumidores que crea.
El pop art no es sino una estetización de esas imágenes populares. Construye un lenguaje artístico nuevo, cimentado en técnicas muy ligadas a las de la misma producción industrial, para elevar esas imágenes a la categoría de arte. Pero sin ellas, y sin la sociedad de consumo que las inspira, es incomprensible. Con razón, pues, algunos críticos han considerado al pop art, que no por casualidad alcanzó, primero en Inglaterra, pero sobre todo en Estados Unidos, su auténtico cénit, como la super estructura artística que corresponde a las sociedades más desarrolladas del capitalismo tardío. Este sello peculiar del pop art se manifiesta implícitamente tanto en la temática más general y obvia de su repertorio de imágenes, como en los elementos más característicos de su lenguaje, de sus técnicas o de su actitud misma ante la sociedad que representa.
La temática del arte pop es básicamente objetual e icónica. La vasta mirada que el mundo del arte había desplegado hacia la naturaleza, la sociedad, el hombre, la mitología, la religión o el mundo de los sueños y las fantasías, es arrinconado aquí ostensiblemente para dar paso a una glorificación estética de los nuevos objetos producidos por la industria, latas de sopa, coca-colas, tazas, vasos, pistolas, máquinas ..., extraídos del panorama de objetos de uso cotidiano que nos envuelven, e iconos coloreados o dibujos al estilo cómic de imágenes populares de consumo masivo.  El pop recupera así la tradición del arte figurativo, que había sido arrinconada por el triunfo de la abstracción pero su pretensión de enlazar con algunos aspectos del surrealismo, sus famosos objetos inútiles, o los ready-made de Marcel Duchamp, por ejemplo, substraen un hecho esencial: la voluntad y el carácter crítico y subversivo de los surrealistas que es sustituido ahora por una actitud neutral, objetiva, cuando no directamente apologética.
En cuanto a su lenguaje específico el pop art se caracteriza por la apropiación sin rubor de las técnicas expresivas orientadas a la divulgación y el consumo, ya validadas por los mass media y otros vehículos de comunicación de masas. Ello tiene consecuencias importantes en la construcción tanto de imágenes como de objetos. La utilización de colores planos e intensos contribuyee a la simplificación y fácil identificación del objeto, propio de la comunicación visual de la publicidad. Lo mismo puede decirse del estilo claro y preciso del dibujo como configurador de la forma. Las enormes dimensiones que alcanzan a veces los cuadros y esculturas reproducen la búsqueda de un efecto espectacular. Las series, tan frecuentes en los artistas pop, no son sino un reflejo de la producción masiva capitalista.
El artista pop no duda en explotar todos los mecanismos de producción de imágenes populares, ya sea la fotografía, la publicidad, el cine, el cartel, las revistas ilustradas, el cómic, etc. En las obras mixtas estas fuentes se combinan y complementan. Esta peculiar singularidad linguística del pop tiende a eliminar al máximo la expresividad subjetiva del autor y a fomentar una especie de objetividad intrínseca y despersonalización de la obra. La intensa expresividad y el apasionamiento que dominan el arte desde las pinturas negras de Goya a las vanguardias artísticas, es sustituida aquí por una neutralidad que la aproxima al la de la pura mercancía.  Por otro lado, este distanciamiento objetivista del pop va parejo a su aparente neutralidad respecto a la sociedad.  Para Roy Lichtenstein el pop art mira al mundo, parece que acepta su medio ambiente, que no es bueno ni malo, sino diferente. Aceptar este mundo parece, en efecto, el estado de ánimo general del pop art frente a la realidad.   "Mi obra -dice Rauschenberg, quien más y mejor utilizó el collage como expresión de la nueva visión fragmentada de la realidad- nunca fue una protesta contra lo que estaba sucediendo".
El arte pop muestra la realidad existente -el capitalismo triunfante- sin un especial talante crítico, a veces con entusiasmo y a veces con ironía o escepticismo, a veces en serio y a veces en broma, pero nunca -como lo hizo el surrealismo en los años treinta- tratando de ponerse al servicio de una transformación de la vida y el mundo.

I

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