Volver a los diecisiete
Volver a los 17, después de vivir un siglo
es como descifrar signos sin ser sabio competente.
Volver a ser de repente, tan frágil como un segundo,
volver al sentir profundo como un niño frente a Dios.
Eso es lo que siento yo, en este instante fecundo.
Se va enredando, enredando, como en el muro la hiedra
y va brotando, brotando, como el musgito en la piedra.
Mi paso ha retrocedido cuando el de ustedes avanza.
El arco de las alianzas ha penetrado en mi nido,
con todo su colorido se ha paseado por mis venas
y hasta la dura cadena con que nos ata el destino,
es como un diamante fino que alumbra mi alma serena.
Se va enredando, enredando, como en el muro la hiedra
y va brotando, brotando, como el musgito en la piedra.
Lo que puede el sentimiento no lo ha podido el saber,
ni el más claro proceder, ni el más ancho pensamiento.
Todo lo cambia el momento cual mago condescendiente,
nos aleja dulcemente de rencores y violencias.
Sólo el amor con su ciencia nos vuelve tan inocentes.
El amor es torbellino de pureza original,
hasta el feroz animal susurra su dulce trino.
Detiene a los peregrinos, libera a los prisioneros.
El amor con sus esmeros al viejo lo vuelve niño.
Y al malo sólo el cariño, lo vuelve puro y sincero.
De par en par la ventana, se abrió como por encanto,
entró el amor con su manto como una tibia mañana.
Al son de su bella diana, hizo brotar el jazmín,
volando cual serafín al cielo le puso aretes,
y mis años en 17, los convirtió el querubín.
Se va enredando, enredando, como en el muro la hiedra
y va brotando, brotando, como el musgito en la piedra.
(Sirilla canción) VIOLETA PARRA
MALDIGO DEL ALTO CIELO
Maldigo
del alto cielo, la estrella con su reflejo,
maldigo los azulejos de éste y los del arroyuelo,
maldigo del bajo suelo la piedra con sus contornos
maldigo el fuego del horno porque mi alma está de luto.
Maldigo los estatutos del tiempo, con su bochorno,
¡Cuánto será mi dolor!
Maldigo
la cordillera de los Andes y de la costa,
maldigo toda la angosta y larga faja de tierra,
también la paz y la guerra, lo franco y lo veleidoso
y tambien lo perfumoso por que mi anhelo está muerto.
Maldigo
todo lo falso y lo cierto con lo dudoso,
¡Cuánto será mi dolor!
Maldigo la primavera con sus jardines en flor
y del otoño el color, yo lo maldigo de veras.
Y la nube pasajera, la maldigo tanto y tanto
porque padezco un quebranto, maldigo el invierno entero.
Con el verano sincero maldigo, profano y santo.
¡Grande será mi dolor!
Maldigo
la solitaria figura de la bandera,
maldigo cualquier emblema, la venus y la araucaria.
El trino de la canaria, el cosmos con sus planetas,
la tierra y todas sus grietas porque me aqueja un pesar,
Maldigo del ancho mar sus puertos y sus caletas.
¡Grande será mi dolor!
Maldigo
luna y paisaje, los pueblos y los desiertos,
maldigo muerto por muerto, y el vivo de rey a paje.
Las aves con su plumaje, las maldigo a sangre fría,
las aulas, las sacristías porque me aqueja un dolor.
Maldigo
el vocablo amor con toda su brujería,
¡Cuánto será mi dolor!
Maldigo
por fin lo blanco, lo negro con lo amarillo,
obispos y monaguillos, ministros y predicandos.
Yo los maldigo cantando, lo libre y lo prisionero,
lo dulce y lo pendenciero, yo pongo mi maldición,
en griego y en español por culpa de un traicionero.
¡Cuánto será mi dolor!
Dieciocho años
tenía Violeta Parra cuando recorrió las aldeas polvorientas del Chile profundo a bordo
de un circo trashumante. Ella y su hermano Lalo entretenían al público rasgueando cuecas
en la guitarra. Una noche, en Curacaví, exhausto y mal alimentado, Lalo apenas modula las
palabras. Violeta trata de animarlo con la mirada y, al no conseguirlo, pierde la
paciencia, le da un puntapié y le dice:
-¡Canta fuerte, mierda!
Los campesinos cobrizos y tristes acogen la frase con un aplauso y terminan coreándola
entre risas.
"¡Canta fuerte, mierda!" resultó ser más que una expresión para sacudir a
Lalo. Fue el principio vital que estimuló a Violeta Parra desde que nació, armada ya con
dos significativos dientes, en San Carlos, sur de Chile, el 5 de octubre de 1917.
Los hijos de doña Clarisa -que cosía en una Singer remendada con alambres- y don Nicanor
-un maestro que rara vez hallaba empleo, pero vinacho siempre- fueron muchos y muy pobres.
Rebuscaban monedas robando flores en el cementerio, ayudando en labores domésticas en el
vecindario o vendiendo empanadas. Jugaban en los basurales y eran víctimas propicias de
toda epidemia, como la de viruela que marcó la cara de Violeta. "Fue muy perra la
infancia de nosotros", recuerda Roberto.
Hasta que descubrieron la música, escondida en una vieja guitarra de familia. La música
los sedujo primero, los secuestró después y terminó por redimirlos.
Por ella Violeta y su hermana Hilda viajaron a Santiago en 1933 e iniciaron una vida
modesta de artistas de barriada. Nicanor, hermano mayor, poeta y maestro, les pagaba la
posada. Y como no hay nadie más solidario que un pobre, pronto eran cuatro los hermanos
hacinados en una habitación. Allí casó por primera vez Violeta con un obrero
ferroviario. Allí tuvo a sus hijos Isabel y Ángel, que luego formaron un famoso dúo.
Allí se interesó por la política.
El Frente Popular socialista caminaba con pasos de animal grande y los Parra se sumaron
entusiastas a la campaña. La izquierda cantó fuerte, mierda, y ganó las elecciones en
1945, pero perdió el poder porque Gabriel González Videla, elegido con sus votos, se
entregó a la derecha.
Para entonces Violeta recogía en campos y salitres el folclor chileno, del cual se nutre
buena parte de su obra. Ya era personaje de radio en 1955, cuando recibió una invitación
para acudir al Festival de la Juventud en Polonia.
Así comienza su etapa europea, que incluye un novio español, una temporada artística en
París y el mito del inmigrante suramericano en la Europa acogedora. Se presenta en la
boîte L'Escale y en otros subterráneos parisienses que mezclan a exiliados nostálgicos
y a europeos con alma de poncho. Canta fuerte, y exige silencio al público. Son los
tiempos legendarios de los exiliados españoles; de un Gabriel García Márquez que espera
en su chambre de bonne el giro que nunca llega; un Mario Vargas Llosa reportero de
agencia; un Julio Cortázar que escribe Rayuela en los bistrós de Saint Michel. América
Latina limita al oriente con el Barrio Latino y cocina la revolución en la librería
Maspero.
Pasado año y medio, Violeta vuelve a Santiago acosada por las nostalgias y atiborrada de
proyectos. No más llegar conoce a Gilbert Favré, un suizo 18 años más joven, que vive
con ella entre 1960 y 1965, la rejuvenece (Volver a los diecisiete) y al final se marcha
solo a Bolivia, donde llega a ser quenista del conjunto Los Jairas. El Gringo fue luz de
las más grandes alegrías de Violeta, como la inauguración de una gran carpa artística
popular en el parque La Quintrala en 1965, y fantasma de sus mayores penas, como cuando se
tajó las venas en 1966. Alguien la llevó a tiempo al hospital y ella se levantó y
compuso entre vendajes Gracias a la vida.
La década de los sesenta sacudió la música y la política en América Latina. Surgió
un poderoso movimiento folclórico que ilusamente pretendía ser también anuncio de
tiempos más justos. Florecieron las peñas de aires típicos, los sones a la revolución
cubana, los cantores del pueblo como Víctor Jara, los grupos que interpretaban nuevas
versiones de La tortilla republicana con zampoña y charango.
Los Parra, madre e hijos, agitaron tanta frescura y tanta cueca. "Me gustan los
estudiantes", proclamaba Violeta, "porque son la levadura / del pan que saldrá
del horno con toda su sabrosura". Salvador Allende prometía un socialismo con vino y
empanada. La peñas le hacían eco. Flotaban aires de cambio y renovación.
Violeta se consagró a grabar discos, tejer artesanías, fungir de alfarera. Quería estar
en contacto con el pueblo-pueblo. Denunció a oligarcas que prometían mejores tiempos y a
curas que prometían mejores mundos: "Porque los pobres no tienen adónde volver la
vista, / la vuelven hacia los cielos / con la esperanza infinita".
Ignoraban que el bullicio y la alegría de esos años no eran presagio de una nueva
sociedad, sino de un sórdido terremoto.
La vida de Violeta anticipó, a modo de parábola personal, lo que estaba a punto de
suceder en el continente. El 5 de febrero de 1967, deprimida y sola, se encierra en su
carpa y, al filo de las seis de la tarde, se dispara un tiro en la sien. Tenía 49 años.
Al día siguiente, más de 10.000 chilenos desfilan en su entierro llorando y cantando
fuerte.
La gloria de Violeta ha volado tras de su muerte mucho más de lo que voló en vida su
fama, pero su retrato permanece inconcluso.
¿Quién era, pues, Violeta Parra? Que lo diga el coro.
Un editor argentino que compartió con ella muchas tardes de vino afirma:
"Generosísima. Malgeniada y arbitraria, excepto con los amigos". El chileno
Alfonso Alcalde, antologista de sus canciones: "Era pura dignidad: no dejó que nadie
le pusiera el pie encima". Amigos guasones que conocían su temperamento la apodaban
Violenta Parra. "Era medio ronquita", recuerda don Lautaro, propietario de la
taberna El Popular, donde cantó recién llegada del campo. Un músico valenciano que la
conoció en L'Escale: "Genial, pequeñita, enamoradiza, poco agraciada". Ella
misma tenía pobre concepto de su aspecto físico: "Soy la mujer más fea del
planeta", escribió una vez. Y solitaria: "Toda mi vida fui muy sola; por eso me
he metido en tanto camino oscuro". La define el folclorista Payo Grondona: "Muy
simpática, exigente en su oficio, mandona, matriarcal, empeñosa, tribal,
arriesgada". Y Fernando Sáez, su mejor biógrafo: "Tendencia a deprimirse,
tremenda humildad en la consagración; podía ser maternal, cariñosa y divertida, y de un
momento a otro podía volverse exigente y dominante a grados insoportables".
El escritor peruano José María Arguedas declara que era "lo más chileno de lo
chileno, y lo más universal de Chile". Y Pablo Neruda: "Santa Violeta, tú te
convertiste en guitarra con hojas que relucen al brillo de la luna... en pueblo verdadero,
en paloma del campo, en alcancía". La defiende Nicanor Parra, su hermano, que
escribe poesía con una sonrisa: "Se te acusa de esto y de lo otro. / Yo te conozco y
te digo quién eres, / ¡oh corderillo disfrazado de lobo!".
A Violeta Parra hay que mirarla desde la galería, sentados entre el público, hombro a
hombro con un campesino viejo, un estudiante joven, una baronesa europea, un minero de
pellejo oscuro. Hay que oír el rumor que la juzga y la aplaude, pues su vida transcurrió
a la vista de la gente, con una guitarra en el regazo. Cantó en casas, calles, tabernas,
campos de labranza, teatros, circos, cabarés, clubes sociales (una sola vez, a decir
verdad, y propinó zapatazos al gerente cuando pretendió que almorzara en la cocina),
plazas, barcos, trenes, estudios, aulas, estadios... Cantó desde que era niña; cantó
con nueve de sus 11 hermanos; cantó en una docena de países y un centenar de villas
desterradas; cantó para protestar, para recordar, para enamorar, para olvidar, para
sonreír, para llorar. Cantó para armar el lío y para apaciguarlo; cantó a la vida para
agradecerle, y cantó porque sentía rondar la muerte. Y 36 años después de aquel
disparo sigue cantando en la voz de artistas internacionales: Mercedes Sosa, Joan Báez,
Joan Manuel Serrat...
"¡Canta fuerte, mierda!".