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| Basilio Losada........................................................ | ............................................................................... | |
Creo que soy el
lector más fiel de Saramago. He leído toda su obra, desde Poemas possiveis (1966)
a su última novela. Y la he leído minuciosamente, cubriendo los márgenes de anotaciones
para elucidar el halo semántico de un adjetivo que podría quedar moribundo o desvanecido
en una lectura apresurada. He aprisionado en un círculo rojo la preposición que marcaba
el régimen de un verbo y sin la que todo un párrafo, o una página, perderían su
sentido. Penetré, como los seringueiros de la Amazonía, en la maraña
aparentemente complicada de la sintaxis de Saramago. Hasta que me di cuenta de que la voz
clarificaba cualquier aparente dificultad. Entendí que una página de Saramago hay que
leerla en voz alta. El secreto está en la oralidad. Parece que fue san Ambrosio el primer
lector mental. Lo cuenta san Agustín: entró en la cámara de su maestro y lo sorprendió
leyendo en silencio. San Ambrosio inventó, pues, la lectura mental, y creo que fue un
error que, desde mi punto de vista, podría hacer discutible su santidad. Confieso mi
afición a leer en voz alta, incluso en el metro. Hace años que he abandonado la lectura
silenciosa, y leo cada vez menos, pero cada vez mejor. |
Pessoa y Saramago son el exterior de la literatura portuguesa. Una imagen reduccionista
sin duda. Cuando me proponen un curso sobre poesía portuguesa, presento siempre la
posibilidad de hablar de Cesário Verde, poeta mío muy amado, o de uno de los líricos
mayores del XIX: Antero de Quental. Es inútil, siempre acaban diciéndome que hable de
Pessoa. ¿Por qué sólo Pessoa en una literatura que no es hoy inferior a ninguna otra?
Posiblemente porque sobre Pessoa se puede decir cualquier cosa, y todo lo que se diga
resulta plausible y válido por contradictorio que parezca. Creador magmático,
destructor de los supuestos básicos de la cultura occidental: la razón, la verdad, el
yo, quizá sólo puede abordarse desde una postura de ensayista, sin pretender llegar a
ninguna solución esencial y, muy al contrario, aceptando complacido toda contradicción.
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Con la concesión del Premio Nobel de Literatura 1998 a José Saramago la Academia sueca ha reparado (con el oportunismo que le caracteriza: Portugal «suena» mucho este año a causa de su Expo) una doble injusticia histórica: haber ignorado durante cien años una de las tradiciones literarias más importantes del mundo la de lengua portuguesa, con casi 200 millones de hablantes hoy, y tener a sus espaldas el yerro imperdonable de haber «olvidado» a una de las figuras más relevantes de la literatura de siglo XX: Fernando Pessoa. Pero hay que decir, en su haber, que por segundo año consecutivo, la Academia ha tenido el atrevimiento y la osadía de apostar por un heterodoxo: si en 1997 otorgó sus laureles al polémico dramaturgo anarquista italiano Darío Fo, ahora ha optado por el (en palabras del Vaticano) «comunista recalcitrante» Saramago. |
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Las fábulas de un hereje
Si hay una palabra que define sin ambages a José Saramago es la de hereje. Su herejía es profunda y tan antigua como él mismo. Una cicatriz que recorre su vida y su obra, su actitud y su pensamiento, su perfil humano y político, y que sin embargo no ha dejado en su rostro tan portugués más señal que la que revelan las arrugas de su dignidad siempre erguida.
En apariencia no nació para santo, pero tampoco para literato. Hijo de unos pastores pobres y analfabetos del Portugal profundo, jamás pisó la Universidad ni los cenáculos literarios donde el adolescente convocado por las Musas hace sus pinitos. Hasta los 19 años no se compró su primer libro, a los 25 intentó escribir algo pero lo dejó «porque no tenía nada que decir», y sólo a los 40 años se atrevió a pasar la prueba de la imprenta. Los títulos de la fama no llegarían hasta la década de los 80, cuando el escritor, ya casi sexagenario, debía en buena lógica «retirarse» a escribir sus memorias. Y en cierta forma así es, pues sus novelas no son otra cosa que fábulas de la memoria, porque como no se cansa de repetir, «nosotros sólo queremos decir lo que somos». Eso sí, las memorias del hereje que es, y que no quiere renunciar a ser.
Saramago encarna esa figura, tan extraña, tan escasa hoy, de quien no renuncia a sentir y a ver con sus propios ojos, que se acerca a las cosas sin el perjuicio y el esquema dado, con tranquila insumisión. Sin necesidad de traicionarse a sí mismo para satisfacer necesidades espúreas de mercado o de imagen. Sin miedo a romper la más familiar de las evidencias, asentada, para él, en el mayor y más injusto de los yerros.
Sus héroes antihéroes sufren, sin ocultarlo, el peso de la historia que los desgarra y desfigura, pero él, autor soberano, se rebela contra el destino. La aflicción histórica sólo puede vencerse haciendo que la fábula rescate la posibilidad de otros destinos, tan posibles como el ya sido. Y así es como Saramago vence, sin nostalgia, el pesimismo: contando no la historia que nos contaron, y que no cesan de contarnos cada día, sino la historia que soñamos. La que no está dispuesta a dejar de soñar, ni dejar de hacernos soñar.
Cuando ya no queda en Europa ni un solo escritor, intelectual o aún político que no coloque delante de su pasado comprometido la partícula «ex», Saramago se obstina en autodefinirse como «comunista», sin vergüenza, arrepentimiento ni miedo. Y de eso que él define como «un estado del espíritu» irrenunciable, extrae la energía secreta que mueve su pasión literaria, llena de lucidez e ironía.
Cuando en toda la península reinaba un estado de euforia europeísta sin réplica (y con mofa despiadada incluso contra cualquier replicante), Saramago imaginó para nosotros, un inmenso terremoto pirenaico que desgajaba la península de Europa, y una balsa de piedra ibérica que navegaba por el Atlántico rumbo a su destino, ante la incomprensión y la hostilidad europea y el inevitable acercamiento de los pueblos ibéricos. Iberista profundo, Saramago sacudía a un tiempo a los papanatas europeístas y a quienes, sobre todo en Portugal, consideran una ofensa a su identidad y una amenaza a su existencia dejar de dar la espalda a España. Terrible sacudida que le valió muchos lectores y unos cuantos enemigos para los que se convirtió en deporte hacerle la vida imposible.
Cuando el Occidente laico baja definitivamente la guardia ante el cristianismo, propugnando una cura de silencio y olvido, Saramago remueve sus orígenes con una fábula en la que rescata interrogantes esenciales, en apariencia pueriles, pero que reabren heridas sangrantes nunca curadas: «¿Por qué no le advirtió el carpintero José a todas las madres de Israel lo que sabía: que Herodes va a asesinar a todos los recién nacidos del reino? ¿Por qué? ¿Para salvar a Jesús, para que Jesús cumpla su destino, que será, también, la muerte? ... ¿Y los demás, y todos, los otros niños, qué? ¿Puede levantarse la gloria de Dios, o la de un gobierno, sobre la miseria de un niño muerto?». Terrible herejía la de esta obra de Saramago (El Evangelio según Jesucristo), que le valió la censura del gobierno derechista portugués, presionado por la muy influyente Iglesia Católica, y que llevó al escritor a «exiliarse» en Fuerteventura, donde vive desde 1992, y desde donde no deja de tejer, con su inmensa humanidad, los delicados lazos del iberismo en los que cree.
El Nobel a Saramago ha sonado en España como «algo propio». Y no sólo por razones «de residencia». Es, con todo, tal vez la primera vez que ocurre algo así: ver colectivamente un éxito de Portugal como algo propio. La asignatura pendiente del iberismo aún tiene mucho camino por hacer. También en Portugal se levantó una ola de recelo estúpida contra la supuesta «apropiación española» del premio de Saramago. Saramago respondió a esta inquisición con unas palabras que merecen reproducirse y recordarse: «Los españoles no quieren apropiarse de mí porque eso nadie lo puedo hacer. Yo soy de donde soy. Soy de donde nací, soy de la tierra que me crió, soy de la lengua que hablo, soy de la historia que mi país tiene, con las cualidades, y los defectos que tenemos, soy de los sueños y las ilusiones que son nuestros, lo fueron y lo van a ser. Lo que ha tenido conmigo España es una gran generosidad. Me recibieron como si fuera uno de ellos, y me gustaría que algo similar le ocurriera a su escritor español en Portugal. que se sintiese en Portugal como yo me siento en España, Tengo la suerte de tener un país mío, aumentado. Que se ha prolongado hasta la isla de Lanzarote».
Una obra accesible
Por suerte, lo fundamental de la obra de Saramago está traducido y accesible en castellano. En la década de los 80, Seix Barral publicó sus tres primeras grandes novelas: «Memorial del convento» (1982), donde proyecta su crítica social y política hacia el delirio oscurantista del barroco portugués, «El año de la muerte de Ricardo Reis» (1984), homenaje póstumo a Pessoa y crónica de la Lisboa salazarista en pleno albor de la catástrofe española y europea, y «La balsa de piedra», parábola iberista contra el destino europeísta impuesto a la península.
También están traducidas sus tres obras decisivas de los 90: «El evangelio según Jesucristo» (1991) que le valió la censura y provocó su salida de Portugal; «Ensayo sobre la ceguera», fábula sobre la peste la peste de la aberración y el individualismo en el mundo contemporáneo; y por fin «Todos los nombres» (1997), obra de madurez espléndida que le ha merecido el elogio unánime de la critica.
EL NOBEL DE SARAMAGO
Juanjo Albacete
Desde que en 1950 William Faulkner utilizara la ceremonia de entrega de los premios
Nobel de literatura, no como un acto protocolario para rendir agradecimiento o
vasallaje, sino como una tribuna para elevar la conciencia de todos sobre el destino del
mundo, del hombre y de la literatura, han sido muchos los laureados que han aspirado,
asimismo, a utilizar ese altavoz mundialmente escuchado para decir alguna de esas verdades
de perogrullo que ya nadie parece querer oír.
1998 nos deparó la grata sorpresa de que el Nobel -tradicionalmente olvidadizo y
oportunista- recayera en un escritor polémico, modesto pero rico en talento, que
conserva el orgullo de llamarse y ser comunista en un mundo donde eso ya no
es ni siquiera delito, sino prehistoria.
El autor de novelas que nos son tan próximas como La muerte de Ricardo Reiss,
Balsa de piedra, -su gran metáfora iberista- o Todos los nombres, dejó
también su sello propio en su gran fiesta como literato universal: no sólo recordó en
su discurso que el mundo de hoy es un lugar injusto e inhóspito para más de 3000
millones de personas, sino que nos dejó un sabia verdad olvidada. El hombre
más sabio que he conocido -dijo Saramago- fue mi abuelo, que no sabía leer ni
escribir.
En un mundo dominado por la técnica y donde es gran máquina de acumular
información que es internet se nos presenta como el nuevo paradigma universal del saber,
Saramago recordó que la verdadera sabiduría es la del pueblo, que son las masas
populares -y no las máquinas, ni las multinacionales- las que hacen y son el soporte
básico de toda cultura humana. Que el saber debe estar al servicio de la vida y del
pueblo, y no del dominio sobre los hombres.
¡Bravo por Saramago!
La explanada del absurdo
Otro hombre levantó la mano, otra pregunta se presentaba, El
Señor habló a Moisés y le dijo, El extranjero que reside con vosotros será tratado
como uno de vuestros compatriotas y lo amarás como a ti mismo, porque también vosotros
fuisteis extranjeros en tierras de Egipto, eso dijo el Señor a Moisés. No acabó, porque
el escriba, animado por su primera victoria, lo interrumpió con ironía, Supongo que no
es tu idea preguntarme por qué no tratamos nosotros a los romanos como compatriotas, dado
que son extranjeros, Te lo preguntaría si los romanos nos tratasen a nosotros como
compatriotas suyos, sin preocuparnos, ni nosotros ni ellos, de otras leyes y otros dioses,
También tú vienes aquí a provocar la ira del Señor con interpretaciones diabólicas de
su palabra, interrumpió el escriba, No, sólo quiero que me digas si de verdad piensas
que cumplimos la palabra santa cuando los extranjeros lo sean, no con relación a la
tierra donde vivimos, sino a la religión que profesamos, A quién te refieres en
particular. A algunos hoy, a muchos en el pasado, quizá a muchos más mañana. Sé
claro, por favor, que no puedo perder el tiempo con enigmas ni parábolas, Cuando vinimos
de Egipto, vivían en la tierra que llamamos Israel otras naciones a las que tuvimos que
combatir. En aquellos días los extranjeros éramos nosotros, y el Señor nos dio orden de
que matásemos y aniquilásemos a quienes se oponían a su voluntad, La tierra nos fue
prometida, pero tenía que ser conquistada, no la compramos, ni nos fue ofrecida, Y hoy
está bajo un dominio extranjero que estamos soportando, la tierra que habíamos hecho
nuestra dejó de serlo, La idea de Israel mora eternamente en el espíritu del Señor, por
eso dondequiera que esté su pueblo, reunido o disperso, ahí estará la Israel terrenal, De
ahí se deduce, supongo, que en todas partes donde estemos nosotros, los judíos, siempre
los otros hombres serán extranjeros, A los ojos del Señor, sin duda, Pero el
extranjero que viva con nosotros será, según la palabra del Señor, nuestro compatriota
y debemos amarlo como a nosotros mismos porque fuimos extranjeros en Egipto, El Señor lo
dijo, Concluyo, entonces, que el extranjero a quien debemos amar es aquel que, viviendo
entre nosotros, no sea tan poderoso que nos oprima, como ocurre, en los tiempos de hoy,
con los romanos, Concluyes bien, Pues ahora vas a decirme, según lo que tus luces te
aconsejen, si llegáramos un día nosotros a ser poderosos, permitirá el Señor que
oprimamos a los extranjeros a quienes el mismo Señor mandó amar, Israel no podrá
querer sino lo que el Señor quiere, y el Señor, por el hecho de haber elegido a este
pueblo, querrá todo cuanto sea bueno para Israel, Aunque sea no amar a quien se debería
amar, Sí, si esa fuera finalmente su voluntad, De Israel o del Señor, De ambos, porque
son uno, No violarás el derecho del extranjero, palabra del Señor, Cuando el
extranjero lo tenga y se lo reconozcamos, dijo el escriba.
Exigen las convenciones que rigen la falsa modestia literaria
que el escritor realice un acto de contrición y se disculpe ante el lector cada vez que,
bien para apoyar su argumentación o por reconocerse incapaz de enunciar con mayor
precisión algo que ya expresó con anterioridad, decide caer en la tentación de citarse
a sí mismo. Igualmente, ha de pedir disculpa si dicha cita fuese demasiado larga, aunque,
en tal caso, resulte indiferente que el pasaje transcrito sea de su propia autoría o
provenga de la pluma de un colega. Por tanto, en acatamiento a tales convenciones empiezo
por pedir doblemente perdón al lector: primero, por haberme copiado y, en segundo lugar,
por hacerlo extensamente. La larga introducción anteriormente incluida (y que excede de
una página...) forma parte de un capítulo de mi novela El Evangelio según
Jesucristo, obra que pretendía describir, como su título prometía, otra 'vida' de
Jesús, de las más de 600 que en los últimos 200 años fueron publicadas... ¿Qué se
narra en ese capítulo? Que tras descubrir que había sido el único en escapar a la
matanza de los niños de Belén, el primogénito de José y María, a la edad de 13 años,
abandona la casa paterna y se dirige al Templo con el objetivo de preguntar a los ancianos
sobre el sentido de la responsabilidad y el alcance de la culpa, en particular si es
inevitable que el hijo esté condenado a heredar por siempre jamás la culpa de los
padres, culpa que, en el caso que nos interesa, consistía en un delito de omisión
cometido por José, por cuanto que, pese a haber sido advertido a tiempo por el ángel de
que los soldados irían a Belén para matar, no le pasó por la cabeza avisar a los
vecinos del peligro que amenazaba a sus hijos, toda vez que el malvado Herodes, al no
poder, obviamente, identificar al niño que, según los Reyes Magos, estaba destinado a
ser el rey de Israel, forzosamente ordenaría que eliminasen a todos los niños, único
modo de asegurarse de que en el futuro nadie le disputaría el trono. (A propósito,
obsérvese, si profundizamos un poco en tal delicado asunto, que a la luz del mero sentido
común, era totalmente imposible que Jesús pudiese ser asesinado en Belén. Un minuto de
reflexión hubiese bastado para comprender que Dios nunca enviaría a su único hijo a
salvar a la impenitente humanidad para verlo morir asesinado a los pocos días o semanas
en una oscura aldea palestina, cuando el niño aún no había podido articular la primera
sílaba de su mensaje redentor...). Después de que el hombre que había realizado la
pregunta, vencido aunque no convencido, se hubiera retirado del debate, Jesús terminó
por interrogar al escriba pero, dado que la respuesta que le fue dada no es indispensable
para la materia ni para las intenciones de esta reflexión, prefiero dejarla en suspenso,
si bien precisamente las culpas y responsabilidades que se derivan de nuestra existencia,
tanto las directas como las indirectas, tanto las asumidas como las ocultas, son, como
sabemos, una presencia constante en todos nuestros actos y palabras.
Hablemos de imágenes inolvidables. Guardo en la memoria, por
ejemplo, el primer sapo que vi, el pelaje suave del ala de un murciélago, una cobra que
muda su piel, las ramas de una haya movidas por el viento a la luz de la luna, un valle
verde cerca de Vinhais, en el norte de mi país, el rostro de una gitana, una puesta de
sol en Lanzarote, la puerta que Miguel Ángel realizó para la Biblioteca de Lorenzo de
Médicis, un Descenso de la Cruz de Antonio de Crestalcone, el tímpano de Moissac,
un retrato de Rembrandt, la nieve en la cordillera andina, las montañas de Machu
Picchu... Como cualquier otra persona, guardo en la memoria otras muchas imágenes bellas
o conmovedoras, pero también algunas horribles, algunas repugnantes, algunas
insoportables. Tomo aquí dos de ellas y dejo al criterio del lector decidir en cuál de
esos grupos, o si en todos ellos, las quiere incluir. La primera imagen muestra a un
soldado martilleando la mano derecha de un hombre que otros dos soldados inmovilizan. El
soldado es israelí, el hombre a quien le está partiendo los huesos es un palestino que
había sido descubierto lanzando piedras. La segunda imagen muestra una cabe za vista
desde detrás y dos manos que empuñan y alzan en el aire, una de ellas el Corán y la
otra un fusil automático. Estas manos y esta cabeza son de un palestino. No tengo ninguna
imagen de manos hebreas levantando un rollo de la Torá, pero los fusiles lo remplazan, ya
que las armas del ejército israelí son disparadas en nombre de la Torá, como también
en su nombre se aplastaron huesos de palestinos durante la primera Intifada. Y huelga
decir que el fusil palestino disparó, dispara y disparará en nombre del Corán.
No importa que el Señor recomendara a Moisés: 'El extranjero
que reside con vosotros será tratado como uno de vuestros compatriotas y lo amarás como
a ti mismo, porque también vosotros fuisteis extranjeros en tierras de Egipto'; no
importa que el hombre preguntase: 'Sólo quiero que me digas si de verdad piensas que
cumplimos la palabra santa cuando los extranjeros lo sean, no con relación a la tierra
donde vivimos, sino a la religión que profesamos'; no importa que él le recordara la
palabra imperativa de su Señor: 'No violarás el derecho del extranjero', siempre hubo y
habrá un político, un militar o un escriba dispuesto a darle la implacable respuesta:
'Cuando el extranjero lo tenga y se lo reconozcamos'. Para los sucesivos gobiernos de
Israel, para la mayoría de la población israelí, probablemente para la mayor parte de
los judíos del mundo y también para los muchos países de la comunidad internacional
que, en la práctica, por razones evidentes u oscuras, están comprometidos con la
política xenófoba de Israel, todo ocurre como si los palestinos no tuvieran ni el simple
derecho a existir personal o colectivamente. La condición extrema de extranjero en su
propia tierra a la que desde hace muchos años se encuentra reducido el pueblo palestino
no bastó para que le fuera reconocido ese derecho que Jehová especificó expresamente a
Moisés: 'Lo amarás como a ti mismo'. El hombre tenía alguna razón cuando dijo:
'Concluyo, entonces, que el extranjero a quien debemos amar es aquel que, viviendo entre
nosotros, no sea tan poderoso que nos oprima'. Creo que es de esto de lo que se trata
realmente. Palestinos e israelíes han nacido, vivido y perecido sobre un pedazo de tierra
que es, para todos ellos, no sólo la realidad de un presente y la posibilidad de un
futuro, sino también algo que denominaré el espacio inalienable de un pasado: la
metralla con la que se están exterminando levanta del mismo suelo el polvo que pisaron
los antepasados de los unos y de los otros (incluyendo a aquellos que desde Abraham
tuvieron en común...), pero eso, hasta la fecha, no liberó a ninguno de ellos de la
voluntad irreprimible de oprimir y del terror igualmente irreprimible a ser oprimido. Los
lazos que históricamente los mantenían y mantienen atados al prejuicio, a la venganza y
al odio, fueron y siguen siendo mortalmente moldeados y templados por las respectivas
religiones en su más fanática expresión. La intransigencia religiosa no es seguramente
la menor de las causas del interminable conflicto que opone, generación tras generación,
a israelíes y palestinos. Ciudad a la que, desde hace miles de años, se le da el
apelativo de Santa o Sagrada y que un día, inevitablemente, cuando del paso del hombre
por el planeta sólo queden escombros y desolación, será equiparada al más anónimo de
los muros derrumbados, Jerusalén nunca fue, paradójicamente, un lugar de paz. O, a fin
de cuentas, tal vez no sea tan paradójico. Ha llegado la hora de reconocer que las
religiones, todas y cada una de ellas, jamás servirán para reconciliar a los mismos
seres humanos que las inventaron, sino que, por el contrario, fueron y continúan siendo
fuente de intolerancia, raíces de coacción, máquinas de sufrimiento y tortura, motores
permanentemente engrasados de genocidios. Fue Tertuliano quien dijo: 'Creo porque es
absurdo'. En vista de los actuales acontecimientos en Palestina y de otros a este tenor en
el resto del mundo, no pienso que sea abusar del sentido de la particularísima relación
entre causa y efecto establecida por aquella afirmación dejar a la consideración del
lector la idea de que en materia de creencia en el absurdo todavía no hemos salido del
tercer siglo de la era cristiana...
La explanada que el adolescente Jesús atravesó para acceder
a las escaleras del Templo no es la mencionada en el título de este artículo. La
explanada del absurdo (ese absurdo que parece ser, según Tertuliano, condición de la
creencia) es la Explanada de las Mezquitas, uno de los lugares santos del islam en
Jerusalén, en la cual se encuentran también los restos del antiguo templo de David,
sobre el cual los sectores ortodoxos hebreos pretenden construir un nuevo santuario y
establecer un Estado teocrático judío. La deliberada provocación de Ariel Sharon al
visitar la Explanada de las Mezquitas, con el propósito de reivindicar el lugar en nombre
del judaísmo, acrecentó en la obstinada lucha del pueblo palestino por su independencia
un elemento de exacerbación religiosa que más tarde se convirtió en insurrección
generalizada. Es la nueva Intifada, más de 2.000 muertos y un número incalculable de
heridos hasta ahora. Unas paredes levantadas a las que dieron el nombre de mezquita de
Omar, unas piedras viejas a las que llamaron templo de David, es todo lo que bastó para
que en nombre de Dios (pero, ¿qué Dios? ¿Habrá un Dios para los judíos y otro Dios
para los palestinos? Dios, de existir, ¿no será forzosamente único? ¿Continuará Dios
siendo Dios si se extingue la especie humana? Y si continúa, ¿para qué continúa?
¿Para quién?), repito, ¿bastarán esas paredes y esas piedras, surgidas, como todo, del
principio del mundo, para que a ojos de Dios todos los crímenes se vuelvan legítimos, y
no sólo legítimos sino justos, y no sólo justos sino imperativos? Si la razón y la fe
sirven para esto, ¿no sería mejor que todos enloqueciéramos?
Digan lo que digan los teólogos, matar en nombre de Dios
siempre será hacer de Dios un asesino. Digan lo que digan los teólogos, ningún Dios que
se respetase consentiría que un ser humano perdiese la vida por él. Digan lo que digan
los políticos, los militares, los doctores de los templos. Y los escribas.