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El poeta es un fingidor que finge constantemente,
que hasta finge que es dolor, el dolor que en verdad siente.
Y, en el dolor que han leído, a leer sus lectores vienen,
no los dos que él ha tenido, sino sólo el que no tiene.
Y así en la vida se mete, distrayendo a la razón,
y gira, el tren de juguete que se llama el corazón.

                                      

Llueve en silencio, que esta lluvia es muda
y no hace ruido sino con sosiego.
El cielo duerme. Cuando el alma es viuda
de algo que ignora, el sentimiento es ciego.
Llueve. De mí (de este que soy) reniego...

Tan dulce es esta lluvia de escuchar
(no parece de nubes) que parece
que no es lluvia, mas sólo un susurrar
que a sí mismo se olvida cuando crece.
Llueve. Nada apetece...

No pasa el viento, cielo no hay que sienta.
Llueve lejana e indistintamente,
como una cosa cierta que nos mienta,
como un deseo grande que nos miente.
Llueve. Nada en mí siente...

58  El poeta es un fingidor

                   ***
                     
Es suave el día, suave el viento.
Es suave el sol y suave el cielo.
¡Que fuera así mi pensamiento!
¡Ser yo tan suave es lo que anhelo!

Pero entre mí y las suaves glorias
del cielo y del aire sin mí
hay muchos sueños y memorias...
¡Lo que yo quiero es ser así!

Ah, el mundo es lo que a él traemos,
todo existió porque existí,
hay porque vemos.
¡Y hay mundo porque yo lo vi!

En AIRE de Luis Eduardo Aute

                    ***

 

...gustaba el poeta de rodearse de personajes ficticios de su invención, origen remoto de sus heterónimos, a los que creó para poder expresarse en registros poéticos diversos dentro de lo que el autor llamó 'poder de despersonalización dramática', Alberto Caeiro, 'disciplina mental', Ricardo Reis, y 'toda la emoción que no debo ni a mí ni a mi vida', Álvaro de Campos.

En el año 1917, como Álvaro de Campos, publicó, como número único de Portugal Futurista, su célebre Ultimatum, un escrito nervioso, iconoclasta, irreverente, lleno de diatribas contra los principales escritores europeos del momento. Anatole France: Epicuro de farmacopea homeopática. Maurice Barrès: Feminista de la acción.  Kipling: imperialista de las chatarras.   Bernard Shaw: tumor frío del ibsenismo. Chesterton: cristianismo para uso de prestidigitadores de barril de cerveza al pie del altar. Yeats: saco de podredumbre.  Maeterlink: fogón del Misterio apagado.  ¡Fuera, fuera con todos ellos!  El Ultimatum niega en redondo la literatura de que Europa se enorgullece. ¿Se trata de una actitud de vanguardia, semejante a la de tantos jóvenes poetas de aquel principio de siglo ensangrentado por la Gran Guerra?...

Pessoa sostuvo siempre que sus heterónimos debían ser leídos como poetas independientes de él, si bien íntimamente relacionados entre sí, puesto que tanto Reis como Campos ¡y el mismo Pessoa! eran discípulos de Alberto Caeiro.   Entendámonos: nuestro poeta no podía pretender que creyésemos en la realidad biológica, sino en la poética de sus heterónimos, lo que, en cierto modo, equivalía a afirmar que él, en cuanto autor, en cuanto demiurgo, o en cuanto médium, era el equivalente de, por lo menos, cuatro poetas diferentes, tan autónomos y dueños de sus recursos que eran capaces de influirse entre sí, polemizar en ocasiones y de evolucionar de manera perfectamente coherente.  La lectura de la obra de los heterónimos mostrará al lector que cada uno de ellos tiene, en efecto, un estilo, un arte poética, una escritura característica y original.

 

 

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Mi libro escribo al pie de la congoja.
Mi corazón no tiene qué tener.
Mis ojos llanto ardiente moja.
Señora, tú sola me haces ser.

Sólo sentirte, en ti pensar,
mis días vacuos llena y dora.
¿Mas cuándo querrás regresar?
¿Cuándo es el día? ¿Cuándo es la hora?  

 

 

Los heterónimos de Pessoa, su más celebrada invención literaria, la que, con su intrincada estatura y complejidad, le sitúa en una posición de privilegio en el panorama de la poesía europea de este siglo, son también la consecuencia de una psicología atormentada, no únicamente –y tal vez nunca eso- el resultado de una determinación literaria o un premeditado cálculo estético, como puedan serlo entre nosotros los heterónimos machadianos (Juan de Mairena o Abel Martin). En el lenguaje psiquiátrico que aprendió para auto diagnosticarse, relacionaba esos desdoblamientos con la histeria y la neurastenia –"soy un histeroneurasténico"-, aunque también aprendió a mantenerlos en el más absoluto secreto de su absoluta intimidad ("y así todo se queda en silencio y poesía"). Esa perturbadora personalidad de Pessoa, siempre abismal en todo, está en la base –no se olvide- de sus cimas literarias. Una vez más, no hay forma de escurrir el bulto del hombre que vive en relación con el hombre que escribe.

Pessoa sólo publicó en vida un libro, Mensaje (1934), que presentó sin suerte a un concurso pomposo, de resonancias imperiales (quedó segundo). Es un libro en clave de un cierto hipernacionalismo portugués que interesaría poco a un lector ajeno a esas melopeas de andar por casa si no fuera porque Pessoa deja en su excursión histórica entre hermética y nostálgica el sello más visible de su singularidad inconfundible, con momentos de fulgurante intensidad y hondura que prefiguran con claridad algunas de las claves del universo pessoano, especialmente ese recurrente motivo suyo del deseo de una huida o fuga hacia territorios de inimaginables posesiones en las que, presumiblemente, la vida dejaría de doler. Mensaje, es un libro de mucho interés siempre y cuando lo leamos como un relato histórico que sólo nos incumbe por su fabulación misteriosa y por sus deslumbrantes incursiones en la geografía aventurera de lo Lejano, la Nada y la infinita Nostalgia de no sabemos qué exactamente. ¿De la Nostalgia misma como enfermedad del alma?...

Pero más interesante es la obra de los dos heterónimos que conviven ahora en nuestras librerías, el modesto, rural y retirado Alberto Caeiro y su discípulo y más urbano Álvaro de Campos, los dos nacidos como consecuencia de un impulso creativo el 8 de marzo de 1914, según relata el mismo Pessoa: "Escribí treinta y tantos poemas de un tirón, en una especie de éxtasis cuya naturaleza no conseguía definir. Fue el día triunfal de mi vida y nunca podré tener otro así. Descubrí un título, El guardador de rebaños. Y lo que siguió fue la aparición de alguien en mí a quien di en ese mismo instante el nombre de Alberto Caeiro… Y, de repente, sin interrupción ni enmienda, surgió la Oda triunfal de Álvaro de Campos". Estas dos criaturas con autonomía y personalidad propias nacieron el mismo día y se estableció entre ellos un vínculo duradero, el de maestro –Caeiro- y discípulo –Álvaro de Campos- . Sus estilos son distintos, y sus perspectivas vitales también, pero algo les une de una manera profunda. Los dos quieren guiar su vida por el mandamiento del sentir antes que por cualquier otro. Sentir, no pensar, dejar que la vida sea una totalidad que se afirme desde su inmediatez sensitiva sin ninguna clase de intermediarios, y, sobre todo, sin el propio yo que como conciencia reflexiva e inquisitiva se inmiscuye distorsionadoramente entre las cosas del mundo y los sentidos que las perciben. Pero una diferencia les separa radicalmente: Caeiro –que teme al pensamiento como a una enfermedad- dedica todo su empeño a demostrar que la naturaleza que nos rodea es en sí misma suficiente porque se limita a ser sin más, y se desconoce a sí misma, y en ese desconocimiento está toda su fuerza a la que el propio Caeiro pretende incorporarse convirtiéndose en una cosa más entre las cosas. Esa existencia no reflexiva, que ignora la conciencia y las preguntas inútiles, es una forma de felicidad a la que aspira el sencillo y complejo Caeiro y que logra expresar más de una vez. Es decir, Caeiro no conoce los tormentos de los desdoblamientos, goza de un yo estable y aspira a ser como la luz del sol que "no sabe lo que hace / y por eso no se equivoca y es común y es buena".

Pero Álvaro de Campos es un atormentado constantemente enfermo de la enfermedad inquietante de no ser un yo constantemente desintegrado e infeliz. No hay lugar que apacigüe las ansias constantes de Álvaro de Campos y su infelicidad es no poder estar donde quisiera estar, aunque tampoco sabría él mismo definir muy bien en qué sitio quisiera estar, quizá únicamente en un lugar de legendaria infancia, tal vez alguna vez feliz. Todo es destierro y ansia de partir, sea como sea, para emprender un viaje a ninguna parte, a una lejanía que se hace abstracta inconcreción, lugar o destino inapresable, la lejanía de las lejanías. Todo es deseo de no existir, de un cansancio o tedio infinito –Baudelaire se queda corto a su lado- y todo es enfermedad: la enfermedad del mismo Pessoa, la incapacidad de sentir la realidad sin interponer obligadamente el pensamiento mediador que con sus distorsiones enloquece la vida. "Grandes son los desiertos, y todo es desierto", dice Álvaro de Campos, y hubiera dicho Pessoa, o dijo Pessoa, a través de uno de sus portavoces, el más cualificadamente representante suyo, tal vez su cara más predilecta. Álvaro de Campos es un puro y grande trastorno, una infinita inquietud y los pliegues y estratos de los sentimientos y estados de alma que logra expresar desbordan cualquier tranquilidad lectora, o cualquier simple sintonía estética. Es esa profundidad inquietante, inabarcable, demoledora en sus aristas, la que nos pone a sus pies, rendidos como él por sus fatigas y ansias, como transportados a un universo ya no literario, o más que literario de intenso e inagotable que es. Dispone el lector ahora de una ocasión de oro para poderlo comprobar en ediciones ejemplares, cada uno en su estilo, y con traductores competentes en todos los casos.

Otro heterónimo de Pessoa

La educación del estoico, firmada por el barón de Teive, se edita en Portugal.

La editorial portuguesa Assírio & Alvím publicará en breve un libro inédito de Fernando Pessoa, o mejor dicho, de su heterónimo Barão de Teive, A educação do estóico. Este heterónimo o, a la manera de Bernardo Soares, semi heterónimo, era uno de los personajes más desconocidos de la fauna pessoana, aunque ya María Aliete Galhoz, en Obra poética (1960), y Teresa Rita Lopes, en Pessoa por conhecer (1990), hacían referencia a él.

Pero, ¿quién es el tal barón de Teive? Álvaro Coelho de Athayde, barón de Teive, pertenecía a la nobleza portuguesa. Hijo único, tuvo una infancia solitaria, fue buen estudiante y estuvo profundamente ligado a su madre, que falleció cuando el barón ya era un hombre. Teive lleva una vida sin complicaciones, pero tiene duficultades para relacionarse con los demás, y esa timidez le provoca igualmente contratiempos con las mujeres. El barón, como todos los heterónimos de Pessoa, es célibe. Pero para Teive, a diferencia del resto, este asunto es un problema que lo amarga: "Las muchachas que no seduje, lo han sido por otros". Teive abdica del amor como de un problema insoluble. Antinostálgico, sin la ironía de Soares, agnóstico, al barón de Teive le amputarán su pierna izquierda poco antes de suicidarse el 11 de junio de 1920. Muere a causa de la lucidez que el orgullo le provoca, cuando encuentra "la claridad del alma en el sentimiento, y la del entendimiento en el comprender qué me da la fuerza de la palabra". Esta mutilación de la carne, realizada sin anestesia general, era todo un símbolo de su padecer interior.

Teive llenaba las aspiraciones aristocráticas de su creador. Sus simpatías monárquicas y el elitismo de su espíritu son bien conocidos. Teive es noble, estoico, racional sin freno, domina sus emociones, pero no sus sentimientos. Soporta el dolor sin buscar ninguna compensación, desprecia el sufrimiento, lo da todo por perdido ante la convicción de la derrota. Llega a una conclusión terrible; que la conducta racional de la vida es imposible y el suicidio es la salida, es la claridad del vacío absoluto. Teive fracasa en todo y también en la imposibilidad de producir una obra literaria superior. Prefiere sufrir en privado, "sin metafísica ni sociología". No se lamentará por esto, él no admite la imperfección, ni se recreará como Soares en la auto ironía.

Pessoa se encuentra todas estas confesiones manuscritas en el cajón de la habitación del un hotel. Son apuntes, aforismos, pequeños ensayos, esbozos confesionales pendientes de un desarrollo posterior. El autor afirma que estas páginas no son su confesión sino su definición. Son los restos de un naufragio humano e intelectual, "la náusea física de la vida". Fueron escritos alrededor de los últimos años veinte. Teive tenía todas las condiciones para ser feliz, "salvo la felicidad". No quería dar ejemplo de nada, ni ser maestro, pues todavía le quedaba todo por aprender; él se identificaba con los grandes místicos y los grandes ascetas que reconocen en el alma la futilidad de la vida. Teive muere en el convencimiento de que la dignidad de la inteligencia estaba en "reconocer que es limitada y que el universo está fuera de ella".
EL PAÍS CÉSAR ANTONIO MOLINA.

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"...fue un hombre sin vida, una suerte de filósofo acostado que mientras pensaba, mientras soñaba existir se contemplaba pensando, soñando el sueño de sí mismo, dejando un único rastro de vida en la escritura de una poesía sabia y exaltada, clásica y moderna, pagana y religiosa según sus distintas hipóstasis, y una prosa inigualable en este siglo cuando expresa, como una resonancia del amplio coro de la humanidad, el disgusto por la volátil densidad del existir. La vida es pobre, el pensamiento es rico.

El autor, al cual le falta materia para el relato, así lo impone: la necesidad de Pessoa de crearse otras identidades literarias, que hacen de él un caso único en la historia de la poesía, su afán de emborronar las fronteras entre la realidad y el sueño, que le llevan a regatear la línea que separa la literatura de la vida, es consecuencia de la insignificancia de esa existencia suya. ¿Tal vez porque la realidad y la vida le condenaban a un fracaso del que sólo la literatura y la poesía le salvaban?  Para quien el fracaso del poeta es proporcional a su genio, se enroca en un enfoque que persigue subrayar el carácter maldito de Pessoa, de lo cual obtiene una plantilla insólita para el análisis de su poesía y su prosa.  Ahora bien, ¿cómo un hombre sin vida pudo tener la especial lucidez de Pessoa, la conciencia insomne que parece privativa de los hombres experimentados, pero también de los modernos poetas fáusticos que comienzan a poner en tela de juicio el sentido de la existencia?¿va asociada la acción a la atención?...

Todos estos individuos, que, a veces con biografías casi tan escuetas como la suya, se mueven por el escenario de la mayor poesía escrita en este siglo, un escenario desplegado por el propio Pessoa para que interpreten un guión también escrito por él, parecen haber convertido a su creador en un hombre sin cualidades ni rasgos, exangüe en su único cuerpo verdadero. En el Libro de desasosiego (1931) aparece: "Soy el arrabal de una ciudad que no existe, el comentario prolijo de un libro que nadie ha escrito" "Cuando creemos que vivimos, estamos muertos; vamos a vivir cuando estamos moribundos". Semejante sentimiento de irrealidad, un volteo de categorías como ése, rayano en la locura, disparó su sensibilidad. A menor cantidad de ser, mayor intensidad de sentir. En cada detalle del mundo. Pessoa encontraba un aleph al mismo tiempo vaporoso y macizo, según lo mitrara el espiritista o el hombre cerebral, el iniciado o el irónico. El creador de voces que fue, gran ventrílocuo del alma, escenógrafo de su propio drama en el diálogo que escribía para sus heterónimos con la tinta escurrida de su vida ausente, llevó el coraje de pensar a la poesía y ejemplificó de diversas maneras cómo poner fin a toda retórica exhausta, sentimental o convertida en un álgebra. La presión del pensamiento sobre la poesía -él dijo ser un poeta estimulado por la filosofía- nos traslada literalmente el efecto de que en cada una de estas palabras suyas se ventilan las últimas consecuencias de todo.
Carlos Ortega sobre una nueva biografía de Brechon para El País.

 

                                                                        34     À la manière de Alberto Caeiro

La mano invisible del viento roza por encima de las hierbas.

Cuando se suelta, saltan en los intervalos del verde,

amapolas encarnadas, amarillas margaritas juntas

y otras pequeñas flores azules que no se ven enseguida.

No tengo a quien ame o vida que quiera o muerte que robe.

Por mí, como por las hierbas un viento que sólo las dobla

para dejarlas volver a aquello que fueron, pasa.

También por mí un deseo inútilmente sopla

los tallos de las intenciones, las flores de lo que imagino

y todo vuelve a lo que era sin nada que acontezca.

Odas de Ricardo Reis

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JOAN GARÍ EL PAÍS

La noticia -la buena noticia- es que se publica finalmente la versión más completa del Libro del desasosiego de Fernando Pessoa. Para cualquiera que haya leído este gran clásico contemporáneo supone un festín poder volver a bucear en él y encontrarse, como en un viejo sueño interpretativo, con más libro por delante, con nuevos fragmentos de una escritura sin cierre que responde muy bien a lo que debió ser la intención de Pessoa al imaginarlo.
Como con otros pocos títulos, tengo con éste una deuda en forma de historia. La vieja traducción de Ángel Crespo en Seix Barral me fue facilitada por un amigo poeta. Algunos de los árboles de ese bosque tenían los troncos pintados, como creo que suele hacer el artista vasco Agustín Ibarrola: mi amigo había subrayado los pasajes que le llamaron la atención. Yo, por mi parte, hice lo mismo, no sin recabar antes su permiso. Como no hay dos lectores iguales -como nadie se baña nunca en el mismo libro-, las líneas con que cada uno de nosotros destacamos las frases nos iban retratando como si nos encaráramos a un espejo. Cruzamos, así, una esgrima de citas con la que, sin pretenderlo, trazamos también nuestra propia biografía -una forma leve y lacónica de autobiografía-.

En las primeras treinta páginas, por ejemplo, no coincidíamos ni una sola vez. Donde mi amigo había destacado "Si escribo lo que siento es porque así disminuyo la fiebre de sentir", a mi vez me reclamaba "ese sufrimiento que nace de la indiferencia de haber sufrido mucho"; si para él era memorable "Ser pesimista es tomar algo como trágico, y esa actitud es una exageración y una incomodidad", yo prefería "Sin sintaxis no hay emoción duradera. La inmortalidad es una función de los gramáticos"; y así sucesivamente.

Después terminé la lectura de este extraordinario conjunto de fragmentos y me sentí como la primera vez que leí Anna Karenina, o la Recherche de Proust. Aquello no era sólo literatura: también era verdad. Ese hombre con su "privilegio de penumbra" tenía el orgullo atenuado de reclamarse incomprendido
  "He rechazado siempre que me comprendiesen. Ser comprendido es prostituirse. Prefiero ser tomado en serio como el que no soy, ignorado humanamente, con decencia y naturalidad", y sin embargo qué difícil es no leer esas confesiones atribuidas, en su juego inacabable de espejos, a Bernardo Soares y no sentirse ipso facto solidario con él y con su verdad. El hombre que no tiene mejor consejo literario y vital que dar que el de
"Enciérrate, pero sin dar un portazo, en tu torre de marfil", se aparece con su figura difuminada -Woody Allen en Desmontando a Harry, la hubiera imaginado desenfocada-, con sombrero y pajarita, gafas redondas y el pitillo suspendido sobre el labio inferior, como una emanación vegetal de la comisura, un hombrecillo tal como el de la portada de la edición de Quaderns Crema, que siente la necesidad en su interior de declararse no "pesimista", sino simplemente "triste". Imposible verbalizar, a quien nunca se ha enfrentado al Libro del desasosiego, un porqué para hacerlo. Para empezar, supongo que deberíamos tener todos el coraje de la lectura en portugués (suyo es el reino de "mi patria es la lengua portuguesa"). Luego hay que decir, en seguida, que se trata de uno de esos títulos, como por ejemplo el Oficio de vivir de Cesare Pavese "Vivir es como hacer una suma larga: es suficiente con haberse equivocado en el total de los dos primeros sumandos para ya no encontrar nunca la solución" a los que uno ha de llegar a partir de su propio desasosiego. Al final, me gustaría desprenderme de la sensación de haber cometido, a propósito de Pessoa, el mayor crimen posible: convertir su libro en un breviario de citas. Los libros de citas son como las casas de citas: todo el mundo entra y sale pero a nadie se le ocurre considerarlas su hogar. El Libro del desasosiego es un hogar y una patria y, como todos los lares de buena cantera, estamos en ellos a la vez solos y perfectamente acompañados.

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