Chelsea
girls
Andy Warhol
Blow up

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OMAR KHAN Paul Morrissey es un maldito del cine que siempre usó los
generos para negarlos. Obligado a vivir eternamente a la sombra de Andy Warhol, su mentor
pop desde la factoría, y encerrado en el cajón de la producción underground
pareciera que nunca va a encontrar su lugar. Por eso, la reaparición en vídeo de sus
cinco películas más célebres tiene algo de proeza, otro tanto de justicia y mucho de
riesgo, comercialmente hablando. Por razones aún desconocidas, Manga ha reeditado su
trilogía más famosa conformada por Flesh (1968), Trash (1970), y
Heat (1971). Y ha completado este festín Morrissey con su transgresor díptico de
terror: Carne para Frankenstein y Sangre para Drácula (1973).
En principio causa un poco de sorpresa que un señor como Paul Morrissey, neoyorkino de 61
años, se sume a un movimiento de alocados innovadores como los chicos de Dogma. Pero,
nada más la revisión de su llamada trilogía Flesh ofrece lógicas
explicaciones a su decisión. Aunque ninguna de las tres pueden ser analizadas fuera de su
tiempo, todas ya cumplían con algunas de las exigencias de Dogma. Con su gesto
premeditadamente informal, la trilogía intentaba ser una especie de documento veraz que
desmorntaba la falsedad del cine comercial y se dedicaba a mostrar el lado más cutre del
liberalismo sexual y de pensamiento hippy.
En la trilogía, Morrisey se dedicaba a venerar el cuerpo masculino, invirtiendo muucho
tiempo en hacer barridos con su cámara masturbatoria, fisgona y excesiva por la anatomía
de Joe Dallesandro, su actor-fetiche, un procedimiento chocante en un tiempo en que el
culto al cuerpo femenino dominaba la cultura pop. Mientras el cine pornográfico exaltaba
los pubis, Morrissey corría a ajustar el foco sobre el pene de Dallesandro, que en las
tres encarnó a hombres-objeto. Un hombre-mercancía cuyo cuerpo era el
instrumento que le permitía conseguir lo que deseaba. Todos los personajes de la
trilogía van en pos de lo pecuniario. En Flesh Dallesandro busca dinero para
dárselo a su esposa que a su vez se lo dará a su amante. En Trash, la pareja
quiere concebir un niño, algo descabellado pues ella es un travestido, para obtener el
dinero que otorga la seguridad social por hijos, y en la mejor, Heat, es la
recuperación de la fama perdida lo que mueve al personaje de cama en cama.
El díptico de terror es otra cosa. Quizá se conecte menos con Dogma, pero tiene también
su aire de transgresión. Morrissey une dos mitos de siempre y los convierte en un festín
pornogore. Pero el cuerpo como mercancía de canje, sigue siendo importante. En Carne
para Frankenstein (originalmente rodada para el sistema 3D, lo que explica esos
extraños primeros planos de vísceras y tripas) se establece una suerte de comercio de
órganos para crear a la pareja que ha de engendrar al hombre perfecto (un principio
nazi), pero el experimento falla porque la cabeza del monstruo pertenece a un chico gay.
En Sangre para Drácula, el asunto de interés son los fluidos corporales. Y
la destrucción del vampiro tiene que ver con una ruptura de la tradición. Probablemente
hayan caducado en la forma, pero en el fondo, las cinco películas, que Morrissey
llamaba de "naturalismo exagerado", un término que los chicos de Dogma deben
adorar, tienen tanta vigencia con Celebración, de Vinterberg. A lo mejor le
corresponde ahora a Dogma darle su lugar a Paul Morrissey, un cineasta rechazado por los
excéntricos de la factoría Warhol por ser demasiado comercial e ignorado por un público
que le consideró demasiado vanguardista.
Los más hippys, vanguardistas, puestos al
día, enrollados y modernos nos las recomendaban como las más auténticas películas del
momento y le ponían la objeción de que hacía concesiones a la pornografía gay y al
mercantilismo sexual... A mí me pareció que la trilogía, sólo he visto Flesh
y Heat, ponía a caldo a los hippys, a la vanguardia de moda, a los modernos
a la última y su erotismo castrador, ¿quizá por mi punto de vista de mujer?, era lo
más repugnante que se había filmado hasta el momento. El objetivo de su demoledora
crítica eran los mismos propagadores de su importancia, era la falsedad y el sustrato
mercantil de la cultura pop, de la contracultura y el underground.

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