El sermón de Montesinos

REYES MATE
EL PAÍS - Opinión - 04-09-2006

En los pliegues del V Centenario de la muerte de Colón (Valladolid, 1506) se ocultan dos nombres casi desconocidos que representan la idea civilizada de la presencia de España en América. La idea que pudo ser pero que fue vencida. Se llamaban Pedro de Córdoba y Antón Montesinos, dos frailes dominicos que llegaron a La Española desde el monasterio de Santo Tomás de Ávila, ciudad que ahora les recuerda con un congreso y una exposición.

Les bastó poco tiempo para darse cuenta de la "triste vida y aspérrimo cautiverio que la gente natural de esta isla padecía" en los años de dominación española. Ni cortos ni perezosos, encargaron a su mejor predicador, Antón Montesinos, que sacudiera la conciencia de los encomenderos y de los notables de la isla que aquel domingo de Adviento acudieron a la misa, con el almirante Diego Colón a la cabeza: "¿Con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin darles de comer ni curarles de sus enfermedades? ¿Éstos no son hombres?... Tened por cierto que en el estado que estáis no podéis salvaros más que los moros o turcos". Para Montesinos, la conquista tenía el nombre bíblico de invasión, el cuarto jinete del Apocalipsis que cabalga junto a la peste, la guerra y el hambre.

Los notables no podían dar crédito a tanta osadía. Exigieron del prior, Pedro de Córdoba, rectificación pública el domingo siguiente. Volvió al púlpito el mismo predicador, pero esta vez con un texto suscrito por toda la comunidad en el que se ratificaba todo lo dicho anteriormente. Sabemos de esta historia por un testigo que andaba cerca. Era a la sazón encomendero, se llamaba Bartolomé de las Casas, acabó convirtiéndose y encarnando como nadie el espíritu del sermón de Montesinos.

De las críticas de Las Casas a la conquista de América estamos bien informados. En su escrito tardío, Confesionario, las resume sin paliativos. Todo lo que se ha hecho en las Indias, dice, "ha sido contra todo derecho natural y derecho de gentes, y contra todo derecho divino... y, por consiguiente, nulo, inválido y sin ningún valor y momento de Derecho".

La contundencia de sus críticas ha alimentado en el pasado, según sus detractores, la leyenda negra, pero en estos momentos de cultura de la memoria, el espíritu del sermón de Montesinos adquiere una significación especial porque aclara el alcance espacial y temporal de la conquista. Sabido es que Las Casas juzga la presencia de los españoles colocándose en el punto de vista del indio. Y, sin embargo, no pierde de vista a la Península.

Lo que busca, dice, es "el bien y la utilidad de España"; intenta librar "a mi nación española" del error que está cometiendo. No son frases. Es perfectamente consciente de que lo que se está jugando en las Indias no es sólo la buena o mala aplicación de unos valores, sino su misma naturaleza. Si España legitima su presencia en nombre de una superioridad moral y técnica que llevará a esas tierras bienestar material y salvación espiritual, y lo que acaba teniendo lugar es una república cavadora -"porque allí todo se resuelve en el más bajo y el más civil oficio de la república que es cavar"-, entonces no es que se apliquen mal los valores, es que esa civilización ni es superior ni es universal. Las Indias son el espejo que devuelve a Europa su verdadera imagen.

Las Casas conjuga esta idea en todos los tiempos, sobre todo en uno al que debían ser muy sensibles los notables de su tiempo: si se priva al indio de sus bienes y de su libertad, que los obispos, políticos de la Corte y hasta el mismo Rey den por difunta su salvación eterna. No hay dos verdades o dos teologías según en qué lado del charco se encuentre uno. En el atropello del indígena se pone a prueba la bondad del valor que se envía y que se dice defender.

Esta descalificación de la universalidad y de la superioridad occidental tiene su miga si la comparamos con el empecinamiento de los pensadores occidentales en defender su superioridad hasta hoy. Cuando genios como Hegel -que decía que el "espíritu universal es europeo"- van de ida, el espíritu de Montesinos está de vuelta.

Pero hay más. La denuncia de Montesinos afecta no sólo al robo de sus bienes, sino también al desprestigio de su buen nombre. Por eso Las Casas, cuando hable de las responsabilidades de los conquistadores, dirá: "No sólo conviene que se arrepientan del pecado de hurto y de robo, sino también del de injuria", una lacra que alcanzará a sus descendientes y que conseguirá "se pierda su memoria". Una presentación del indio como bárbaro, cruel o incapaz acabará asentando en el inconsciente colectivo de generaciones futuras la imagen de que no se merecían otra cosa. Y sigue: "Por lo cual también están obligados darles satisfacción". El crimen político es muerte física y también metafísica o hermenéutica. La satisfacción supone reparación material y correcta comprensión del otro.

Que desde la muerte de Colón se levantara acta de las facturas pendientes de España para con los indios explica que hoy haya quien, como García Márquez, enlace con ese pasado al exigir su ejecución: "Somos hijos, o si no hijos, al menos nietos o biznietos de España. Y cuando no nos une un nexo de sangre, nos une una deuda de servicio: somos los hijos o los nietos de los esclavos y los siervos injustamente sometidos por España". La factura sigue pendiente.

El sermón de Montesinos reconcilia al hombre con lo que dicen que debería ser la especie humana. Pero entre ese sermón y nuestra realidad hay un abismo. Nosotros no somos herederos de ese espíritu, sino del de los encomenderos, como no somos hijos de la España de las Tres Culturas, sino de la negación de la tolerancia. Una identificación con ese pasado que pudo ser exige confrontación con lo que hemos llegado a ser, so pena de que ante nuevos indios, nuevos negros o nuevos moros reaccionemos igual que nuestros antepasados.

Reyes Mate es profesor en el Instituto de Filosofía del CSIC