La ciudad de las hienas
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Harar es un reducto islámico en Etiopía.
Una ciudad lejana y extraña donde vivió el poeta Rimbaud. Rodeada de murallas que aún
se cierran por la noche. Y acechada por manadas de siniestras hienas que parecen haber
firmado un pacto de no agresión con sus habitantes. |
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| Por Javier Reverte |
La visión de una ciudad amurallada,
de color ocre y gris, encerrada entre rudos montañones que parecen rechazar cualquier
aliento de vida, crea a quien se acerca hasta allí, en la cabina de una destartalada
furgoneta atestada de viajeros, una sensación de desamparo. Algunos minaretes puntean al
otro lado de los ancianos muros, y se escuchan los cantos de los muecines de la segunda
oración de la mañana. Es Harar, un reducto islámico en el oriente de la muy cristiana
Etiopía. Ciudad irreductible, encendida en el orgullo de su propia historia, lejana a
todos los caminos, lejana incluso en el tiempo, como si estuviera detenida en una edad
irreal. Es la ciudad del trotamundos Richard Burton y del desventurado Arthur Rimbaud.
Cada noche cuando el cielo le da un imponente chapuzón de estrellas, las hienas bajan
desde las oscuras montañas y rodean la urbe, que ha cerrado sus puertas.
Acercarse a Harar desde Addis Abeba, no es tan sencillo. Por carretera resulta casi
imposible una buena parte del año, simplemente porque en el país apenas hay carreteras y
las pistas, en época de lluvias, se trasforman en ciénagas. El decrépito tren francés
que hace el recorrido entre la capital y Yibuti para en Dire Dawa, a 54 kilómetros de
Harar, pero nunca puede estarse seguro de su hora de partida -a veces se adelanta- ni
tampoco de si va a salir. De modo que nos queda el avión a Dire Dawa, un viejo Focker que
cubre el recorrido en poco más de tres cuartos de hora. Después hay que tomar un
vehículo que viaja repleto de pasajeros, entre campos desolados, tierras rugosas,
sorteando borricos que se cruzan en la sinuosa carretera, esquivando camiones pesados que
embisten furiosos desde el carril contrario, que discurre junto al cauce seco de los ríos
por donde marchan cansinas las caravanas de camellos, y cruzando al lado de poblados de
casas de adobe techadas de latón. Sobre las lirondas serranías que cierran el paisaje
vuelan los milanos y los cuervos.
Y la anciana Harar aparece al fin, bajo la loma donde se levanta la ciudad nueva. Es un
paisaje de otro siglo. En el exterior de los muros, junto a la puerta de Shoa, se
extienden los tenderetes del mercado cristiano, con una apabullante oferta de
verduras, frutas, especias y frutos secos. Vibran bajo la luz los llamativos vestidos de
las mujeres ahmaras, y los peatones se abren paso entre rebaños de cabras, hatos de asnos
y cochecitos taxi tirados por caballos de corta alzada, los populares gharis.
Todavía hay en Harar curiosidad ante el extranjero, y la gente te saluda en italiano o en
inglés, llamándote ineludiblemente farangi, expresión que denomina al europeo
en el argot etíope y que deriva de français, pues fueron ingenieros franceses,
encargados de contruir el ferrocarril, los primeros europeos que asomaron por aquí.
Harar fue fundada, al parecer, en el siglo XII de nuestra era, pero no ganó importancia
hasta el siglo XVI, cuando alcanzó a ser un rico centro comercial, en especial por el
café, excelente en la región, y tráfico de esclavos. Desde esa época se convirtió
también en el principal foco de islamismo en Etiopía, por lo que anduvo siempre alzada
en armas contra los emperadores cristiano coptos del país. En 1528, un caudillo árabe,
Ahmed Ibn Ibrahim, apodado Gragn, (el zurdo), lanzó desde Harar una terrible guerra santa
contra el emperador Lebne Denguel y arrasó todo el norte y oriente etíopes, quemando
iglesias, destruyendo bibliotecas y asesinando a miles de creyentes cristianos. Gragn
sólo pudo ser vencido, en el año 1543, merced a la ayuda militar enviada por Portugal
desde sus posesiones de Goa. Pero Harar continuó siendo un foco de rebeldía, hasta que
en 1887 logró ser reducida definitivamente por Menelik II, tío segundo de Haile
Selassie, el último emperador de Etiopía. De su historia bélica hablan mejor que nada
sus altos muros defensivos, todavía en perfecto estado de conservación. Aún hoy cinco
de sus seis puertas se cierran al anochecer, como en los días en que la visitó Richard
Burton, en 1855. Se llaman Shoa, Sanga, Erer, Buda (Ojo del diablo, en lengua omara) y
Fallana. La más populosa, sin duda, es la de Shoa, por donde entramos ahora para
hundirnos en ese dédalo de estrechos callejones que dan el aspecto a Harar de ser una
única vivienda dividida en centenares de pequeños aposentos unidos por angostos
pasadizos. Treinta y tres mil almas viven hoy en el interior de los muros de esta
población perdida en el tiempo.
"Hay pocos árboles en la ciudad", escribió Burton, "y no tiene ninguno de
esos jardines que dan a las villas orientales esa placentera vista del poblado y el campo
combinados". Y cierto es que los escasos árboles de Harar a duras penas se abren
camino hacia lo alto en los minúsculos patios. Abundan las mezquitas, -para ser exactos
99-, casi todas pequeños edificios de una planta rematados por un delgado minarete. Aún
permanece en pie la medrasa de la ciudad, que fue un reputado centro de
enseñanza coránica antes de la conquista de la urbe por Menelik II. Y desde finales del
pasado siglo hay también un templo ortodoxo para la minoría copta y una modesta iglesia
católica que apenas recibe clientela. En la Harar de hoy, el muecín sigue siendo el amo
de las almas, ya que la población musulmana se cifra en el 75% de sus ciudadanos.
Los pobladores de la villa se sienten
orgullosos de mostrar sus dos principales monumentos. La verdad es que resulta un poco
exagerado considerarlos como tales. El primero es el palacio de los gobernadores, un
destartalado edificio de dos plantas, de estilo arquitectónico indio, hecho construir por
el gobernador Makonnen, primo de Menelik y padre de Haile Selassie, quien pasó aquí su
juventud.
El otro monumento es la casa de Rimbaud, que vivió en la ciudad 10 años. Bueno, en
realidad no es su casa, porque no se sabe bien dónde habitó el poeta, sino una lujosa
mansión que el Ministerio de Cultura francés ha decidido rehabilitar y convertir en
museo en honor de una de sus glorias literarias. Los turistas cultos acuden reverentes a
pisar el suelo de madera de la refinada vivienda, convencidos de que aún resuenan en su
interior los ecos de versos inmortales.
La vida de Rimbaud en Harar no fue feliz. En 1879, cuando tenía 25 años, se dispuso a
abandonar París para siempre. El precoz y deslumbrante autor de Una temporada en el
infierno había decidido dejar de escribir -"ya no pienso nunca en la
literatura", dijo entonces-, y a fe que cumplió su promesa, pues desde su marcha de
Francia no escribió otra cosa que no fueran cartas y alguna crónica de viaje para la
Sociedad Francesa de Geografía. Entró en Harar en 1880 como agente de una compañia gala
dedicada al comercio del café. Esperaba hacerse rico, pero lo suyo no eran los negocios.
Odiaba Harar: "Vivo aquí de la manera más aburrida y sin provecho, el clima es
atroz". Pocos meses después de llegar contrajo la sífilis, la enfermedad que
acabaría por matarle 11 años más tarde. Exploró en busca de nuevas mercancías para su
empresa, territorios de la región de Shoa que ningún europeo había pisado antes, y
sólo la poca importancia que concedió al hecho le impidieron convertirse en un mito de
la exploración. "He viajado por caminos horribles que recordaban el horror que se
presume a los paisajes lunares", escribió a su madre. Desesperado por los escasos
beneficios que le proporcionaba su empleo decidió dedicarse por su cuenta al tráfico de
armas, empresa en la que invirtió todos sus escasos ahorros. Menelik le compro fusiles
por mucho menos dinero del que el poeta esperaba y quedó a la postre arruinado. Intentó
después hacer fortuna con el tráfico de esclavos, pero sus resultados fueron también
desastrosos. El que fuera uno de los más grandes poetas del pasado siglo acabó por ser
uno de los peores comerciantes europeos que han pisado África. Su alma, no obstante, se
hizo nómada para siempre en aquellos años de vagabundeo por los desolados campos
etíopes: "Vivir permanente mente en el mismo sitio" -escribió en otra carta
desde Harar- "es muy triste. Si dispusiera de medios para viajar y no me viera
forzado a instalarme en un lugar para ganarme la vida, no dudaría más de dos meses en el
mismo sitio". Muy enfermo hubo de trasladarse a Francia en la primavera de 1891,
donde le amputaron una pierna. Y en noviembre del mismo año fallecía en Marsella.
Mientras agonizaba pedía a quienes le cuidaban que le dejaran levantarse para volver a
Etiopía. En un verso premonitorio había escrito años antes: "¡Vamos! ¡La marcha,
la carga, el desierto, el hastío y la rabia!".
El Harar de hoy sigue siendo una
ciudad bulliciosa y amiga del comercio. Casi toda ella parece un gran mercado, y los
gremios se agrupas en zonas diferentes, como los herreros, que abren sus talleres en las
callejuelas cercanas a la puerta de Buda, o los cosedores de ropa, que ocupan una calle
cercana al mercado central, calle que los hararis conocen como makina guirguir por
el ruido que producen las viejas máquinas de coser al trabajar. Sobre las terrazas que
dominan los puestos de carnicería en el mercado Madde Dudú, buitres y milanos aguardan
con paciencia a que termine el día para darse un atracón de despojos. Mujeres somalíes,
ahmaras y oromas tienden sus tenderetes en el suelo ofreciendo leña y carbón. Y en el
molino, los clientes hacen cola para que les muelan el trigo al precio de 20 céntimos de dirr
por kilo, el equivalente a cuatro pesetas.
No es difícil, mientras recorres el interior del laberinto de Harar, que la gente te
invite a entrar en su casa a tomar un vaso de té o de café y a fumar una pipa de agua,
que aquí llaman geie. Son bonitos los interiores de las casas oromas, con salas
en donde se tienden alfombras y cojines de colores vivos y con los huecos de las paredes
ocupados por la vajilla y los utensilios de cocina.
La plaza principal es el lugar más vital de Harar. De allí salen las cinco calles más
anchas, que van a parar a cinco de las puertas de la ciudad. Hay contrabandistas que
ofrecen licores occidentales, probablemente falsificados, y tabaco rubio americano,
fabricado en Yibuti, a 100 pesetas el paquete. Se vende también tala, la bebida
alcohólica local, y sobre todo chat, hojas de una planta de propiedades
levemente euforizantes que se cría en las regiones próximas a la ciudad y que es una sus
fuentes principales de riqueza. El chat se mastica a todo lo ancho y largo de
Etiopía y se exporta en cantidades enormes a Yibuti, donde hace furor.
La noche va durmiendo la ciudad tras los últimos rezos de los almuédanos, los vendedores
se retiran de los mercados, buitres y milanos se ocupan de cenarse los desperdicios y
llega la hora de las hienas. Este carroñero es muy abundante en Etiopía, y en los
alrededores de muchas ciudades, incluida la capital, Addis Abeba, se convierten en
una verdadera pesadilla para sus habitantes. Todos los meses aparecen noticias en los
periódicos sobre muertes producidas por las hienas, y sus víctimas principales suelen
ser los niños y los borrachos. En Harar no hay muertes. Y ello se debe a un extraño
acuerdo entre hombres y fieras que dura más de un siglo.
Ya contaba Richard Burton que una de las razones por las que se cerraban las puertas de la
ciudad por las noches, junto con el peligro de ataques de tribus somalíes, era la
abundancia en la región de hienas, leopardos y leones. Hacia finales del siglo pasado
comenzó a convertirse en tradicción, en el día de la fiesta musulmana de agosto, dejar
fuera de las murallas, para alimento de los carnívoros, una parte de la comida
tradicional de esa fecha, el aja, especie de guiso de avena con carne. Más
tarde, hace ahora unos 30 años, en el exterior de cada una de las cinco puertas de la
ciudad se situó a un empleado municipal, encargado de alimentar con despojos de carne a
las hienas, cuando ya los leones habían desaparecido de la región. Y las hienas se
acostumbraron a comer de las manos de los hombres en lugar de comérselos a ellos. A tal
punto se volvieron inofensivas para los humanos que incluso se abrieron poco después
pequeños agujeros en las murallas para permitir durante la noche su entrada en la ciudad
a comerse las basuras, con lo que el servicio de limpieza pública en Harar sale casi
gratuito.
Dicen los somalíes que Harar es un
paraíso habitado por asnos. Pero prefiero quedarme con un viejo refrán que ya recogía
Richard Burton hace más de un siglo: "Duro es el corazón de Harar".
Y dura me parecía la ciudad, fortificada, gris y ocre, punteada de minaretes, la mañana
que trepé la loma hacia la ciudad nueva y Harar quedó atrás rodeada de montañas de
piel leonada e hirviendo todavía en los latidos de su corazón indomeñado.
Camino de Harar
Arthur Rimbaud, con su cabeza de caballo loco
no visita su puesto comercial en las húmedas tardes.
No se le ven las greñas cerca de la mezquita
ni se ha visto su sombra trasnochar en las piedras.
Camino de Harar sólo se ven las cumbres nebulosas
y el frío negro de la tierra, donde no hay ilusiones
ni el fuego de las grandes capitales.
Camino de Harar los niños desolados pastorean la inmensidad
como si no tuvieran otra cosa que hacer.
Arthur Rimbaud habrá visto las cavernas del mundo
en los ojos de un ángel pequeñito.
Pero él no está en Harar, iluminado y loco
para estrechar mi mano cuando paso.
Es otra luz, otros caminos muertos
los que salen a flote después de recorrer los años
de humana incertidumbre que anuncian la prehistoria
por la gran carretera
mientras el almuhecín convoca a los fieles difuntos
y a los fieles devotos de su congregación
elevando las manos hacia el cielo vacío.
¿Qué canta? ¿Qué cantamos los hombres
después que la memoria concurre a estas paredes
donde se multiplican la orfandad y la ruina?
Arthur Rimbaud, con su cabeza de caballo loco
ya no está aquí. Y a veces, en los huertos cercados
contra el viento y las hienas
mil voces rugen como espíritus sueltos de lejanas prisiones
para poblar las noches, camino de Harar.
Antonio Conte. Cuba 1944.
¿Qué hago aquí?
Rimbaud
escribiendo a casa desde Etiopía
Mi salud estaba amenazada. El terror
se apoderó de mí. Durante días y días me que daba dormido y, al despertar, continuaban
los sueños tenebrosos. Estaba maduro para la muerte. Mi debilidad me empujó por una ruta
plagada de peligros, hasta el fin del mundo, hasta Cimeria, el país de la bruma negra y
los tornados. Me vi obligado a viajar para alejar las apariciones acumuladas en mi
cerebro.
Rimbaud.
Una temporada en el infierno.
Era un gran caminador. ¡Oh! Un
caminador asombroso, con la chaqueta abierta, un pequeño fez en la cabeza a pesar del
sol.
Righas,
sobre Rimbaud en Etiopía.
...a lo largo de sendas horribles
como las que se presume que existen en la luna.
Rimbaud
escribiendo a casa.
"L'Homme aux semelles de
vent". El hombre con suelas de viento.
Verlaine
sobre Rimbaud.