Gracias a Sábato

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Juan Carlos Botero

El escritor colombiano autor de Las ventanas y las voces, cuenta cómo la lectura de
Sobre héroes y tumbas lo salvó del vacío y lo llevó a la literatura, y desde entonces
cree que los libros deben ser escritos con una mano aferrada a la pluma y la otra
a las entrañas.

Los escritores deberían practicar el idioma de las nubes: guardar un enigmático silencio o, al escribir, tronar. Un ejemplo de esta clase de creador fue Juan Rulfo, quien en dos obras magistrales consideró dicho lo que tenía que decir, y después no hubo tentación capaz de quebrar su silencio hasta la muerte. Otro caso cada vez más valioso, es Ernesto Sábato. Consciente de que escribir es irrumpir en la vida de los demás. (……..)

En La orgía perpetua, en su penetrante estudio de Madame Bovary, Mario Vargas Llosa confiesa que fue la relectura del suicidio de la heroína lo único que tuvo la fuerza para apartarlo de una temible renuncia vital. "Es impagable la ayuda que me prestó, en ese periodo difícil, la historia de Emma, o mejor dicho, la muerte de Emma", anota. "Recuerdo haber leído en esos días, con angustiosa avidez, el episodio de su suicidio, haber acudido a esa lectura como otros, en circunstancias parecidas, recurren al cura, la borrachera o la morfina, y haber extraído de esas páginas desgarradoras, consuelo y equilibrio, repugnancia del caos, gusto por la vida".

Entiendo (¡y de qué manera!) a Vargas Llosa, pues mi caso fue parecido. Durante un invierno desolador, en una ciudad extraña, una de esas bofetadas del destino que deshacen de un soplo el castillo de naipes de nuestra estabilidad, me hizo perder la brújula de mi existencia. Duré días cayendo en un pozo sin saber que estaba a punto de tocar fondo. Pero una noche, mientras nevaba en las calles desiertas, de pronto el deseo de abrir los ojos a la mañana siguiente empezó a resbalar de entre mis dedos hasta que sólo quedó el vacío, y el anhelo de terminarlo todo de un tajo. Perdí el sentido de la vida. Aún no me explico por qué, pero quizá instintivamente, de la misma manera que los animales buscan una hierba específica para aliviar el dolor, tomé a tientas la novela de Sábato y, a la luz de una lámpara, pasé las páginas hasta llegar al pasaje donde Martín, el adolescente que ha sufrido más allá de lo soportable, decide suicidarse. Releí, con desesperada fascinación (como si intuyera que allí, en esos párrafos, estaba cifrada una salida a mi tormento), aquel episodio memorable donde el muchacho recorre como un sonámbulo las calles de Buenos Aires, abrumado por la muerte de Alejandra (la mujer que amó con locura y quien asesinó a su padre para luego quemarse viva), y recuerda el verso de un poeta callejero: "¿Dónde estaba Dios cuando te fuiste?". Entonces ingresa en los cafetines que recorrió con su amada, y se emborracha hasta perder el conocimiento para despertar, horas más tarde, en la humilde pieza de una mujer que, en un gesto que prueba que la vida no es sólo mezquindad y violencia, lo ha recogido y cuidado, vigilando sus sueños plagados de monstruos. En ese instante, consolado por esa pobre mujer, Martín parece salir, braceando trabajosamente, de la pesadilla que ha sido su existencia. El sufrimiento ficticio neutralizaba el que yo vivía, y al ver a Martín alejarse de las fauces del suicidio, yo también me pude retirar, con cautela, del negro precipicio.

Ahora veo las cosas bajo otra luz. Hoy no vacilo en apostar a favor de la vida, pero, en ese entonces, en medio de la oscuridad que me rodeaba, aquel pasaje de Sobre héroes y tumbas se presentó como la polvorienta aspa de un faro que aparece en la bruma nocturna, indicando los arrecifes para corregir el rumbo y así evitar el naufragio.

Sin duda, creo en el poder de la palabra. Eso no significa que la literatura deshace nuestras más hondas tristezas. Su milagro es otro: proporciona un alimento tan valioso para la vida como el alimento físico que consumimos cada día. La gran literatura transforma y no sólo porque puede alejarnos del escepticismo, sino porque logra mantener vivos los principios. Entonces sobresalen los personajes cuya perseverancia, valentía o simple aprecio por la vida, estimulan a continuar, aún cuando la senda parece desprovista de sentido e ilusiones. Así, no sólo jóvenes como Martín. También viejos pero con su dignidad intacta como Santiago el pescador de Hemingway en El viejo y el mar, o el anciano de García Márquez en El coronel no tiene quien le escriba, hombres que ante pruebas como la miseria y el dolor, luchan modesta pero conmovedoramente en defensa de cosas sencillas pero básicas y por eso mismo trascendentales. Esa actitud es heroica, y constituye un ejemplo que enriquece la vida diaria. Es el mismo ejemplo de Sábato, y por ello su obra representa un norte en mi camino.

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