EPÍLOGO

 

¿Son las democracias que gobiernan los países más ricos del mundo capaces de aportar soluciones a los problemas que el comunismo no ha sabido resolver? Esa es la pregunta. El comunismo histórico ha fracasado, no voy a negarlo. Pero permanecen los problemas, esos mismos problemas que la utopía comunista señaló, sosteniendo que podrían resolverse, y que siguen existiendo en la actualidad, o existirán en breve plazo, y a escala mundial. Por eso sería absurdo alegrarse de la derrota, y frotarse las manos, diciendo: "¡Siempre lo dijimos!" ¿Piensa de verdad la gente que el fin del comunismo histórico (subrayo el término "histórico') ha puesto fin a la pobreza y a la sed de justicia? En nuestro mundo, los dos tercios de la sociedad gobiernan y prosperan sin tener nada que temer del otro tercio de pobres diablos. Pero convendría tener presente que en el resto del mundo, los dos tercios (o tres cuartos, o el noventa por ciento) de la sociedad se encuentran en el otro lado."

La Utopía Invertida, Norberto Sobbio.

 

S.E. Upgobkin y A. A. Prelapsaríanov están en el Cíelo, un lugar sombrío e inhóspito, como una ciudad tras un terremoto. Visten abrigos y grandes gorros de piel. La nieve cae sobre ellos. Están sentados en cajones de madera, frente a otro cajón que les sirve de mesa. Juegan a las cartas. Encima de otro cajón vemos un samovar caliente.

SERGIO ESMERELDOVICH UPGOBKIN.- He pasado mis muchos años en la tierra proclamando que Dios no existe.

ALEXIS ANTEDILIVIANOVICH PRELAPSARIANOV.- Llevas muerto casi diez años. ¿Qué piensas ahora?

 

SERGIO ESMERELDOVICH UPGOBKIN.- Estoy desconcertado. Esperaba más de la vida tras la muerte, me refiero a pruebas concluyentes, de alguna u otra forma...

 

ALEXIS ANTEDILIVIANOVICH PRELAPSARIANOV.- Pero el Sumo Hacedor continúa evasivo, inefable, tanto en el Cielo como en la tierra.

El cielo, me hicieron creer en mi infancia, no era un lugar tan lúgubre y oscuro, lo que confirma mi sospecha de que mi madre me mentía cada noche, cuando me arrodillaba junto a mi cama para rezar. Es una sospecha que no consigo borrar.

Te toca.

 

SERGIO ESMERELDOVICH UPGOBKIN.- Y yo debo admitir que estoy harto de jugar a las cartas contigo, Alexis Antediluvianovich.

 

ALEXIS ANTEDILUVIANOVICH PRELAPSARIANOV.- Creo que mi juego ha mejorado notablemente, Sergio Esmereldovich.

 

SERGIO ESMERELDOVICH UPGOBKIN.- Después de diez años jugando, Alexis, me resultaría más interesante que no hubiera mejorado.

¿No podríamos pensar en alguna otra cosa que hacer?

 

ALEXIS ANTEDILUVIANOVICH PRELAPSARIANOV.- Podríamos echar un vistazo abajo, a la tierra, para ver cómo van las cosas en Rusia.

 

(Breve pausa)

SERGIO ESMERELDOVICH UPGOBKIN.- Mejor no.

 

ALEXIS ANTEDILUVIANOVICH PRELAPSARIANOV.- Te toca.

 

SERGIO ESMERELDOVICH UPGOBKIN.- ¿Té?

 

(Alexis asiente. Sergio trae el té)

ALEXIS ANTEDILUVIANOVICH PRELAPSARIANOV.- Podemos echar un vistazo a la tierra y ver cómo marchan las cosas en otras partes. Cuba. Ruanda. Bosnia. Pakistán. Zaire. (Un instante) ¿Afganistán?

 

SERGIO ESMERELDOVICH UPGOBKIN.- Dios no lo quiera.

 

ALEXIS ANTEDILUVIANOVICH PRELAPSARIANOV.- Sí, puede que no. Es deprimente.

 

SERGIO ESMERELDOVICH UPGOBKIN.- Muy deprimente.

 

ALEXIS ANTEDILUVIANOVICH PRELAPSARIANOV.- Sí que lo es.

 

SERGIO ESMERELDOVICH UPGOBKIN.- (Cada vez más frustrado) Esperaba ver, si no el rostro de Dios o el Nada Absoluta, al menos el Futuro, aunque sólo fuera el Futuro. Pero ahí delante sólo hay un nubarrón de noche turbulenta, y ni siquiera los muertos pueden ver lo que va a venir.

 

(Entra Vodya Domík)

ALEXIS ANTEDILUVIANOVICH PRELAPSARIANOV.- (Conmovido, triste, intrigado) Mira, Sergio, ha llegado una niña.

 

SERGIO ESMERELDOVICH UPGOBKIN.- Hola niña. VODYA DOMIK.- Hola.

 

ALEXIS ANTEDILUVIANOVICH PRELAPSARIANOV.- Cuán triste ver una   criatura vagando por la ribera plutoniana de la noche.

 

VODYA DOMIK.- ¿Plutoniana? ¿Aquí también hay plutonio?

 

ALEXIS ANTEDILUVIANOVICH PRELAPSARIANOV.- No, no, plu-to-nia-na, de Plutón, no de plu-to-nio. Estaba citando al gran poeta americano Edgar Allan Poe.

 

SERGIO ESMERELDOVICH UPGOBKIN.- Prefiero a Emerson. ¡Es tan dialéctico! Pero también es moral y espiritual, como Dostoiewski. Si Dostoiewski hubiese vivido en América, y hubiese tenido un carácter más alegre, habría podido ser Emerson. Eran contemporáneos. El mundo es fantástico. Cómo lo hecho de menos.

 

ALEXIS ANTEDILIVIANOVICH PRELAPSARIANOV.- (A Vodya) Bienvenida al Nunca Más.

 

SERGIO ESMERELDOVICH UPGOBKIN.- ¿Cómo has muerto, pequeña?

 

VODYA DOMIK.- Cáncer. Una proliferación salvaje de células; oscuras florescencias en mis pulmones, mi cerebro, mi sangre y mis huesos; dientes de león y dondiegos se deslizaron en mi interior invadiéndole todo. La vida se desmandó en mi cuerpo. Y aquí estoy.

 

ALEXIS ANTEDILUVIANOVICH PRELAPSARIANOV.- Yo he muerto por hablar demasiado.

 

SERGIO ESMERELDOVICH UPGOBKIN.- Y yo por saltar.

 

ALEXIS ANTEDILUVIANOVICH PRELAPSARIANOV.- Saltó, murió, y aún no ha visto lo Nuevo.

 

SERGIO ESMERELDOVICH UPGOBKIN.- Es duro.

 

VODYA DOMIK.- El experimento socialista en la Unión Soviética ha fracasado, abuelos.

 

ALEXIS ANTEDILUVIANOVICH PRELAPSARIANOV.- Así es.

 

VODYA DOMIK.- ¿Y qué conclusión debemos sacar del naufragio?

A lo mejor los principios fueron siempre incorrectos. A lo mejor es cierto que la justicia social, la justicia económica, la igualdad, la comunidad, el fin de las relaciones amo-esclavo, la extinción del estado, son cosas deseables, pero imposibles de alcanzar en la tierra. (Breve pausa)

A lo mejor el fracaso del socialismo en el Este sólo indica que todo intento de organizar de manera más equitativa y racional la producción y distribución de la riqueza de las naciones era una inadecuada y absurda locura criminal. Y que el caos, las crisis de mercado, ricos y pobres, colonialismo y guerra serán lo único que veremos siempre. (Breve pausa)

A lo mejor, incluso, el naufragio en que se ha convertido la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas es tan espantoso de ver, que las historias y leyendas de la Revolución de Octubre, y de cientos de años de lucha comunitaria, milenaria y socialista llegarán a parecer un mero preludio a Stalin, a los gulags, a la muerte del pensamiento libre, de la dignidad y la decencia humana; y "socialista" se convertirá en un epíteto obsceno, y no se podrá imaginar ninguna alternativa a los desmanes del capitalismo.

 

ALEXIS ANTEDILIVIANOVICH PRELAPSARIANOV.- Es duro.

 

SERGIO ESMERELDOVICH UPGOBKIN.- Muy duro.

 

VODIA DOMIK.- Me siento tan triste que no puedo expresarlo, abuelos. Contadme una historia.

 

(Breve pausa)

SERGIO ESMERELDOVICH UPGOBKIN.- Conozco una bonita historia rusa...

 

ALEXIS ANTEDILIVIANOVICH PRELAPSARIANOV.- Hagan lo que hagan, en la gloria como en la ignominia, los rusos saben inventar grandes historias.

 

SERGIO ESMERELDOVICH UPGOBKIN.- Conozco una historia, pero sólo puedo contar lo que ocurrió, no lo que significa.

 

(Vodya se sienta en su regazo)

Vladimir Ilich Ulianov estaba muy triste. Tenía diecisiete años, y la policía secreta acababa de ahorcar a su hermano Sacha, por su participación en un complot para asesinar al Zar. Como echaba mucho de menos a su hermano, Vladimir, que luego llegaría a ser el Gran Lenin, decidió leer el libro preferido de Sacha: una novela de Chernyeshesvsky, cuyo título y contenido planteaban la eterna pregunta; la que planteó Lenin, y al hacerlo puso al mundo patas arriba; la pregunta que nos incita a la reflexión, y, si amamos al mundo, también a la acción; la pregunta que implica que algo está completamente equivocado en el mundo, y afirma que los seres humanos pueden cambiarlo; la pregunta que plantean los vivos, y, por lo que parece, también los muertos sin sosiego:

¿Qué hacer?

 

(Breve pausa)

¿Qué hacer?

 

ALEXIS ANTEDILIVIANOVICH PRELAPSARIANOV.- Sí. ¿Qué hacer?

 

               F I N

 

 

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