| Cronopios y famas | |||
| Conservación de los recuerdos Los famas para conservar sus recuerdos proceden a embalsamarlos en la siguiente forma: luego de fijado el recuerdo con pelos y señales, lo envuelven de pies a cabeza en una sábana negra y lo colocan parado contra la pared de la sala, con un cartelito que dice: "Excursión a Quilmes", o: "Frank Sinatra". Los cronopios, en cambio, esos seres desordenados y tibios, dejan los recuerdos sueltos por la casa, entre alegres gritos, y ellos andan por el medio y cuando pasa corriendo uno, lo acarician con suavidad y le dicen: "No vayas a lastimarte", y también: "Cuidado con los escalones". Es por eso que las casas de los famas son ordenadas y silenciosas, mientras que en las de los cronopios hay gran bulla y puertas que golpean. Los vecinos se quejan siempres de los cronopios, y los famas mueven la cabeza comprensivamente y van a ver si las etiquetas están todas en su sitio. ¿Cómo conservan ustedes sus recuerdos? Yo solía ser un poco como los famas. Guardaba mis recuerdos físicos y mentales con pelos y señales, los envolvía en plásticos, los ordenaba en cajas, los clasificaba según su tipo. Después vino aquella hoguera de autosanación, de borrón y cuenta nueva que arrasó con todo. Ahora mis recuerdos se limitan a miles de bytes almacenados en una computadora y en un sólo CD. Aún no dejo, debo confesar, que corran desnudos por la casa, gritando y haciendo alaraca.... ya demasiado ruido hay en este barrio repleto de cronopios. BJP. Relojes Un fama tenía un reloj de pared y todas las semanas le daba cuerda CON GRAN CUIDADO. Pasó un cronopio y al verlo se echó a reír, fue a su casa e inventó el reloj-alcachofa o alcaucil, que de una y otra manera puede y debe decirse. El reloj alcaucil de este cronopio es un alcaucil de la gran especie, sujeto por el tallo a un agujero de la pared. Las innumerables hojas del alcaucil marcan la hora presente y además todas las horas, de modo que el cronopio no hace más que sacarle una hoja y ya sabe la hora. Como las va sacando de izquierda a derecha, siempre da la hora justa, y cada día el cronopio empieza a sacar una nueva vuelta de hojas. Al llegar al corazón el tiempo no puede ya medirse, y en la infinita rosa violeta del centro el cronopio encuentra un gran contento, entonces se la come con vinagre y sal, y pone otro reloj en el agujero. Comercio Los famas habían puesto una fábrica de mangueras, y emplearon a numerosos cronopios para el enrollado y depósito. Apenas los cronopios estuvieron en el lugar del hecho, una grandísima alegría. Había mangueras rojas, verdes, azules, amarillas y violetas. Eran transparentes y al ensayarlas se veía correr el agua con todas sus burbujas y a veces un sorprendido insecto. Los cronopios empezaron a lanzar grandes gritos, y querían bailar tregua y bailar catala en vez de trabajar. Los famas se enfurecieron y aplicaron en seguida los artículos 21, 22 y 23 del reglamento interno. A fin de evitar la repetición de tales hechos. Como los famas son muy descuidados, los cronopios esperaron circunstancias favorables y cargaron muchísimas mangueras en un camión. Cuando encontraban una niña, cortaban un pedazo de manguera y se la obsequiaban para que pudiera saltar a la manguera. Así, en todas las esquinas se vieron nacer bellísimas burbujas azules transparentes, con una niña adentro que parecía una ardilla en su jaula. Los padres de la niña aspiraban a quitarle la manguera para regar el jardín, pero se supo que los astutos cronopios las habían pinchado de modo que el agua se hacía pedazos en ellas y no servía para nada. Al final los padres se cansaban y la niña iba a la esquina y saltaba y saltaba. Con las mangueras amarillas los cronopios adornaron diversos monumentos, y con las mangueras verdes tendieron trampas al modo africano en pleno rosedal, para ver cómo las esperanzas caían una a una. Alrededor de las esperanzas caídas los cronopios bailaban tregua y bailaban catala, y las esperanzas les reprochaban su acción diciendo así: -Crueles cronopios cruentos. ¡Crueles! Los cronopios, que no deseaban ningún mal a las esperanzas, las ayudaban a levantarse y les regalaban pedazos de manguera roja. Así las esperanzas pudieron ir a sus casas y cumplir el más intenso de sus anhelos: regar los jardines verdes con mangueras rojas. Los famas cerraron la fábrica y dieron un banquete lleno de discursos fúnebres y camareros que servían el pescado en medio de grandes suspiros. Y no invitaron a ningún cronopio, y solamente a las esperanzas que no habían caído en las trampas del rosedal, porque las otras se habían quedado con pedazos de manguera y los famas estaban enojados con esas esperanzas. Tortugas y cronopiosAhora pasa que las tortugas son grandes admiradoras de la velocidad, como es natural. Las esperanzas lo saben, y no se preocupan. Los famas lo saben, y se burlan. Los cronopios lo saben, y cada vez que encuentran una tortuga, sacan la caja de tizas de colores y sobre la redonda pizarra de la tortuga dibujan una golondrina.
|
hay que leer como hay que pelear
|
Banfield
Yo
no utilizaría otra cosa que no fuese el tren para ir a Argentina. Desde Bilbao, claro.
Porque desde Algorta, desde la estación que está al lado de mi casa, por ejemplo, se
empeñan en no salir trenes para Buenos Aires o para Lima.
Aunque un poco más largo que en avión, ir en tren es menos engorroso, porque se puede
leer, de 15 a 19 libros, o se puede jugar al yoyó sin que nadie te llame la atención,
porque todo el mundo entiende que aquel que va en tren a Argentina tampoco va a ser un ser
cotidiano.
Y así es como he llegado a este tren construido, hace más de mucho tiempo, por
ingenieros ingleses. Y fue uno de esos ingenieros ingleses (esto lo digo sin ninguna
confirmación documental, cosa que poco importa) el que dio nombre a la localidad donde
voy a bajarme del tren: Banfield. El pueblo donde vivió Julio Cortázar toda su vida.
Por mucho que se diga que Cortázar nació en Bélgica, que pasó, de muy pequeño, algún
año en Barcelona, jugando en el parque Güell, bañándose en el Mediterráneo, que luego
estuvo en Banfield algunos años, algún otro año en alguna provincia argentina, dando
clases en una escuela o instituto o, incluso, en una universidad joven, que también
vivió en Buenos Aires, claro, y que acabó en París y viajando por todo el mundo, no es
verdad; Julio Cortázar vivió toda su vida en Banfield. Porque lo que está claro es que
si Cortázar no hubiera pasado toda la vida en Banfield, no habría escrito lo que
escribió; se podría demostrar fácilmente esto.
Y es por eso por lo que decidí visitar a Julio Cortázar en su casa de Banfield. Y es por
eso por lo que cogí un tren que me llevase directamente a, por lo menos, Buenos Aires,
aunque para mi sorpresa llegó hasta el mismo Banfield, hasta una estación color armario.
Y encontré rápidamente la casa de Julio Cortázar, porque todo el mundo conocía en
Banfield la casa de Julio Cortázar. Es el hombre más alto de Banfield, me dijeron. Como
para no conocer al hombre más alto de Banfield.
Tenía un jardín la casa de Cortázar, y un árbol o dos, y una cabina de ascensor, sin
cables por arriba ni por abajo. Un hombre con bigote pequeño me dijo que no encontraría
a Julio en casa, que había salido y que no estaría muy lejos porque Julio nunca iba muy
lejos. También me dijo que era la persona más alta del pueblo.
Era verdad: encontré a Cortázar no muy lejos de allí. Estaba en cuclillas, mirando a
una especie de rampa de cemento escandalosamente pequeña. Miraba muy fijamente a la
rampa. Como no se suele mirar a las rampas.
-Hola, soy -dije.
-¿Tú piensas tu vida? -me contestó.
Claro, no dijo "tú" ni dijo "piensas". Dijo "vos pensás".
Pero todo esto pasó hace cuatro meses y, por lo menos, tres horas, y es imposible que yo
recuerde todo lo que me dijo Cortázar aquella tarde y, mucho menos, la manera en que me
lo dijo.
-¿Tú piensas tu vida?
-Sí. Creo.
Yo sabía bien de lo que estaba hablando. Cortázar no hacía caso a nadie. Quiero decir
que pensaba todo lo que hacía, que no lo hacía así porque todo el mundo lo hiciese así
(como no escribía así porque todo el mundo escribiese así).
Cortázar pensaba en las zapatillas de estar en casa, por ejemplo. Lo normal es que todo
el mundo se ponga las zapatillas cuando llega a casa. Porque siempre todo el mundo se ha
puesto las zapatillas al llegar a casa, cómo no. Pero Cortázar pensaba: a) parte
positiva de ponerse zapatillas: 1, con los zapatos, si estuvieran sucios, podría llegar a
manchar la casa (así, "podría"); b) parte negativa de ponerse las zapatillas:
1, estaba a gusto con los zapatos (si no, no se los habría comprado, como parece que es
lo normal); 2, los zapatos mantienen el calor del paseo (al ponerse las zapatillas siempre
se pierde calor, y los pies acaban fríos, en agosto, en Argentina). Y decidía no ponerse
las zapatillas. Porque tenía dos razones en contra y una a favor. Eso es pensar la vida.
Creo.
-¿Tú piensas tu vida?
-Sí. Creo.
-Y ¿con qué estilo piensas?, dijo. -¿Te pones corbata para pensar?
-No. Creo.
Menos mal que volvía a saber de lo que estaba hablando. Y es que Cortázar hablaba de
esta manera de ciertos escritores: "¿Por qué diablos hay entre nuestra vida y
nuestra literatura una especie de muro de la vergüenza?". En el momento de ponerse a
trabajar en un cuento o en una novela el escritor típico se calza el cuello duro y se
sube a lo más alto del ropero. A cuántos conocí que, si hubieran escrito como pensaban,
inventaban o hablaban en las mesas de café o en las charlas después de un concierto o un
match de box, habrían conseguido esa admiración cuya ausencia siguen atribuyendo a las
razones deploradas con lágrimas y folletos por las sociedades de escritores: esnobismo
del público que prefiere a los extranjeros sin mirar lo que tiene en casa, alevosa
perversidad de los editores y no sigamos, que va a llorar hasta el nene".
Fuimos entonces a su casa. Era una casa amable, y cada habitación era un sitio. Quiero
decir que una habitación era París, otra habitación era Buenos Aires y otra habitación
era El resto del mundo. En el pasillo había carteles: París 4 m, Buenos Aires 7,3 m...
La cocina era territorio desmilitarizado.
Entramos primero en París. Estaba lleno de planos del metro. Me dijo que todo metro y,
sobre todo, todo plano de metro se diseñó para que las personas jueguen. El metro no se
hizo para llevar a la gente y para traer a la gente; el metro se diseñó para que las
personas jugasen con los planos del metro, todas esas rayitas azules y verdes y rojas. Yo
escribí varios cuentos jugando con el metro de París, me dijo. Luego me dijo que lo
mismo pasaba con la literatura, que la literatura está diseñada para jugar. Por mucho
que las editoriales se empeñen en creer que son empresas o, incluso, multinacionales; por
mucho que los escritores se empeñen en creer que son ingenieros, la literatura se
diseñó para jugar. Y no es otra cosa. O sí. Eso dijo.
Después entramos en Buenos Aires, cómo no. Había un sillón roto allí. Me hizo
sentarme en aquel sillón y entonces me acordé de la pregunta. Cómo estando con Julio
Cortázar no preguntarle por la salud de los cronopios. ¿Tú estás bien?, me dijo. Sí.
Más o menos, dije. Pues eso. Yo también. Así habló.
Después me leyó un texto para que yo explicase lo que es un cronopio al que no sabe lo
que es un cronopio. Y lo leyó con sus erres enrevesadas:
"Un cronopio que anda por el desierto se encuentra con un león, y tiene lugar el
diálogo siguiente:
León: -Te como.
Cronopio (afligidísimo pero con dignidad): -Y bueno.
León: -Ah, eso no. Nada de mártires conmigo. Échate a llorar, o lucha, una de dos. Así
no te puedo comer. Vamos, estoy esperando. ¿No dices nada?
El cronopio no dice nada, y el león está perplejo, hasta que le viene una idea.
León: -Menos mal que tengo una espina en la mano izquierda que me fastidia mucho.
Sácamela y te perdonaré.
El cronopio le saca la espina y el león se va, gruñendo de mala gana.
-Gracias, Androcles".
Después fuimos a la habitación El resto del mundo. No había allí ninguna señal:
quiero decir que no había banderas, por ejemplo, o símbolos folclóricos, por ejemplo.
Era una habitación neutra. Me dijo entonces que hay gente que cree que para entender el
mundo tiene que ver todo el mundo. Luego dijo ni mucho menos, o algo así. Abrió un
cajón y sacó un pelo pequeño; podía ser una pestaña o un pelo de ceja. Es la pestaña
de un hindú, me dijo. Suficiente. Y era verdad, porque la pestaña era muy oscura y muy
natural, y se veían en ella muchas cosas, de la India y de los ríos de la India. Y yo
sabía que me estaba volviendo a hablar de literatura y de las elipsis y de la
estilización y del estilo.
Me convenció de que donde mejor se estaba, por mucho que nos gustara la literatura, era
en la mesa del jardín. Y estuvimos en la mesa del jardín, hasta la noche, hasta el
fresco. Y me atreví a preguntarle lo que me rondaba por la cabeza desde que le había
visto en cuclillas delante de la rampa de cemento:
-¿Qué estabas mirando en la rampa?
-Solíamos bajar esa rampa con nueve años. Resbalando. Juan y yo. Horas pasábamos
bajando la rampa. Juan y yo. Con nueve años. Rompí tres pantalones en esa rampa: dos
azules y unos verdes. Muy muy feos, los verdes.
El País 28 agosto de 2003
Unai Elorriaga