|
BRUCE
CHATWIN * * * |
|||
![]() El escritor exquisito y el inquieto viajero. En definitiva, que choca que un tipo
tan exquisito como Chatwin desbarate las artimañas de otro caballero tan exquisito como
Jünger, del mismo modo que sorprende que el aventurero Chatwin desmonte la pasión
aventurera del autor de La isla del tesoro. Que lo haga, además, con la
lucidez del que ha recorrido a conciencia las obras de ambos y con la hondura del que ha
buceado en las múltiples contradicciones de sus vidas. UNA
TORRE EN LA TOSCANA Quienes de nosotros presumen de
escribir libros caen al parecer en dos categorías: los estables y los itinerantes.
Hay escritores que sólo funcionan a domicilio con la silla adecuada,
los estantes de diccionarios u enciclopedias, y ahora tal vez, con el ordenador. Y luego
están estos otros, como yo, que quedan paralizados por el domicilio. Para
quienes el domicilio es sinónimo del proverbial bloqueo del escritor, u que ingenuamente
creen que todo estaría bien con que sólo se hallaran en alguna parte. Incluso entre los
muy grandes se encuentra la misma dicotomía: Flaubert y Tolstói, que trabajaban en sus
bibliotecas; Zola, con una armadura junto a su escritorio; Poe, en su cabaña; Proust, en la habitación tapizada de corcho. Por otra parte, entre
los itinerantes está Melville, a quien afincarse como un caballero en Massachusetts lo
echó a perder, o Hemingway, Gogol o Dostoievski cuyas vidas, por elección
o por necesidad, fueron un permanente e impetuoso ir de un hotel a otro, de una
habitación de alquiler a otra, y el último en una prisión en Siberia. ISIDORO MERINO Un niño,
un trozo de piel de brontosaurio, una tierra remota. Con estos elementos se inicia En
la Patagonia, el libro con el que Bruce Chatwin debutó a los 37 años y con el que
alcanzaría la fama como escritor. Con él, y con los que le siguieron, contribuyó a
crear un nuevo estilo en la literatura de viajes, una forma de escribir que sería imitada
hasta la saciedad.
Antonioni y Chatwin En Más allá de las nubes, la excelente película que Michelangelo Antonioni realizó con ayuda de Wim Wenders, el tema central es el elusivo arte de contar historias. Un director viaja por distintas ciudades en busca de un asunto para su nueva película. Antonioni ofrece los borradores, los intentos fallidos, los restos que normalmente quedan fuera de la versión definitiva y sin embargo conforman su trama esencial. Sin esas historias descartadas, el cine sería imposible. Para muchos, se trata de la más personal cinta del autor de La noche. Sin embargo, en esta bitácora íntima hay una cita proveniente de otro buscador de historias que no está registrado en los créditos. En un café de París, una mujer se acerca a la mesa de un hombre para contarle una historia. Antonioni sitúa la anécdota en un México imposible donde hay pirámides incas. En realidad, la historia proviene de África y fue recogida por el escritor inglés Bruce Chatwin. Ofrecemos el pasaje de Chatwin: "Un explorador blanco de África, ansioso por abreviar su travesía, pagó a sus porteadores para avanzar a marchas forzadas. Pero ellos, casi a punto de llegar a su destino, descargaron sus bultos y se negaron a moverse. Ninguna cantidad extra de dinero los convencería de hacer otra cosa. Dijeron que debían esperar a que los alcanzaran sus almas." Más allá de las nubes, también Bruce Chatwin espera que su alma llegue a los créditos de la película. Marilinga -¡La Nube! ¡Cómo no, Señor! La Nube de
su majestad. ¡La Nube de Anthony ensartado en el Edén! ¡Pobre sir Anthony!
¡Ambicionaba tanto su Nube! Para poder decirle al rusito en Ginebra: "¡Mira viejo,
nosotros también tenemos la Nube!". Olvidando, por supuesto, que existen variables
climáticas... ¡Incluso en Australia! ¡Olvidando que el viento podría ponerse a soplar
en la dirección equivocada! Así que telefonea a Bob Menzies y le dice: "¡Bob
quiero mi Nube ahora! ¡Hoy mismo!". "Pero el viento...", responde sir Bob.
"¡No me hables del viento! ¡He dicho ahora!", le espeta sir Anthony. De modo
que detonan el artefacto... ¡cómo me gusta esta palabra artefacto!... y la Nube, en
lugar de internarse en el mar para contaminar los peces, ¿se internó en tierra para
contaminarnos a nosotros! ¡Y aquí la perdieron! ¡Perdieron a la hija de puta sobre
Queensland! ¡Todo para que sir Anthony pudiera tener una agradable conversación sobre la
Nube con el camarada Nikita! "Sí, camarada, es verdad. Nosotros también tenemos la
Nube. ¡Claro que esto no significa que mis hombres acantonados allá no la hayan perdido
de vista por un tiempo! En el trayecto pulverizó a unos cuantos aborígenes..." |
Libros editados · Anatomía de la inquietud 1997 Anaya & Mario Muchnik · ¿Qué hago yo
aquí?
. En la Patagonia. ·Retorno a la Patagonia · El virrey de Ouidah . Cobra verde · Utz . Utz · Colina negra . On the black hill · Los trazos de la canción. Muchnik editores. 1994. . Los trazos de la canción. · Fotografías y cuadernos de viaje. Susannah Clapp Robert Louis Stevenson
|

LAS FASCINANTES HISTORIAS DE LOS VIAJEROS
INÉS ELÉXPURU/ISIDRO MERINO.
La atracción del desierto
CAMELLADAS. Un
título nada romántico para un acercamiento muy personal al desierto del Sáhara. Tan
prosaico como el autor del libro. Theodore Monod, y como los propios habitantes de una de
las zonas más descarnadas y esqueléticas del planeta. Si comienza en tono poético y
emocionado, en una especie de horror vacui descriptivo que parece oponerse a la nadedad
del desierto, pronto Monod se decanta por un texto preciso, sin concesiones al
sentimentalismo y lleno de ironía. El naturalista parisiense, nacido en 1902, ha dejado
transcurrir una buena parte de su vida a lomos de un camello y a pie, en caravanas y
expediciones científicas, recorriendo miles de kilómetros a lo largo del Hoggar, el
Adrar y otras regiones del desierto mauritano, argelino y tunecino. Camelladas,
traducción del francés Méharées, se publicó por primera vez en 1937.
A modo de diario, se sitúa entre un relato de viajes y un libro de estudios. Está lleno
de pinceladas descriptivas y desordenadas de la geología, la flora y la fauna saharianas,
y de anécdotas de su navegación, a través la hammada y el reg. Se prodiga en detalles
de orden práctico, de un humor sarcástico que narra los momentos más difíciles de una
vida dura en extremo, en la que la supervivencia depende del estado de los pozos, la salud
mental y física del expedicionario, y los imponderables. Así, cobra enorme importancia
la búsqueda de pastos para el ganado, y todo lo relacionado con la obtención y
almacenamiento de agua (que, según Monod, es invariablemente pútrida, salada o picante,
y siempre está aderezada de pelos de carnero y cagarrutas). No hay espacio para la
indisposición física ni para el desánimo; "...de ésta [naturaleza] somos sólo
huéspedes, que no tienen voz alguna, ignorados con serena indiferencia o provisionalmente
tolerados", "...una buena ducha para nuestro ingenuo orgullo de Rey de la
Creación". Además de sus propias reflexiones, la obra del viajero tangerino del
siglo XIII Ben Battuta y el Antiguo Testamento salpican el texto.
Surgen focas monje en las costas mauritanas, antílopes, gacelas y mohores trotando por
las hammadas, avutardas y avestruces, pero aparecen pocas referencias a la psicología y
el modo de vida de senadjas, zenetas, tuaregs y otros grupos humanos que pululan por estas
soledades sin aparentes fronteras (al menos en la época del libro). Tampoco, a sus
compañeros de expedición, en un medio que obliga a la sobriedad y al desapego, y curte
el sentimiento, tanto como la piel.
Si Monod compara su travesía en el desierto con una navegación por tierra, Ladislaus
Almásy, otro gran experto en el Sáhara (oriental, esta vez), parece también soñar con
agua en Nadadores en el desierto. El título hace alusión a las bellas pinturas rupestres
halladas por el autor en Uadi Sura, el valle de las Imágenes, un remoto rincón del
Sáhara. El volumen recoge los capítulos centrales de Az smeretlen Szahara (El
Sáhara desconocido), la crónica de sus experiencias publicada por primera vez en 1934 en
Budapest.
El aventurero húngaro, que además de escritor fue ingeniero y piloto, nació en 1895 en
una familia de la aristocracia rural de Burgenland, territorio que hoy se inscribe en
Austria. Almásy forma parte de esa casta de escritores amantes del desierto a la que
también pertenecen Saint-Exupéry y T. E. Lawrence. Su romance con las dunas comenzó con
el contrato con una marca de automóviles, para realizar pruebas del comportamiento de sus
coches en las regiones desérticas. Éste fue el punto de partida de sus numerosas y
arriesgadas expediciones -en coche y avioneta- al oeste del Nilo.
Basándose en Herodoto, en cuentos de Las mil y una noches y en manuales para
descubridores de tesoros, como el Kitab al Durr al Makmuz, el Libro de las Perlas
Enterradas, Almásy se lanzó a la búsqueda del oasis de Zarzura, de la legendaria Ciudad
de Bronce y del ejército persa del rey Cambises, englutido por una tormenta de arena
cuando intentaba conquistar el oasis egipcio de Siwa. Dominó seis lenguas: húngaro,
alemán, inglés, francés, italiano y árabe, pero a diferencia del personaje
interpretado por Ralph Fiennes en El paciente inglés -la película basada en su vida y en
la que se comporta como un consumado seductor-, a László Almásy sólo se le conocieron
tres pasiones: el desierto, los coches y los aviones. Nadadores en el desierto es un libro
de aventuras. Sus mejores páginas son las que describen las angustiosas horas que pasó
perdido en un lejano uadi sin agua; o cuando cuenta los devastadores efectos del qibli, el
ardiente viento del Sur, durante una expedición topográfica al Mar de Arena. En su prosa
abundan los detalles técnicos (las maniobras para salvar en coche una duna o los avatares
de pilotar un avión sin puntos de referencia). Los textos de Almásy no caen en en el
arrebatamiento poético, pero consiguen transmitir la desalmada, desnuda belleza del
desierto, un territorio en el que se mueve como pez en el agua y que le valió el nombre
que le impusieron sus amigos beduinos: Abu Ramla, padre de la arena. Algo hay que
reprocharle: algunos de sus párrafos desprenden un cierto tufillo colonialista. En
especial, en el capítulo dedicado a Kufra, donde muestra su admiración por las tropas
del duce que ocupaban la zona y manifiesta sin pudor opiniones racistas.
En 1939, después de publicar Az ismeretlen Szahara, Almásy regresó al norte de África
como agente del servicio de contraespionaje alemán (era oficial de la reserva del
ejército húngaro, aliado de Alemania). El último capitulo está dedicado a la etapa
más oscura de sus actividades en el desierto: la operación Salam, cuando entre abril y
junio de 1942. aprovechando su conocimiento de la región, infiltró a dos agentes
alemanes tras las líneas inglesas.
Viaje a Marruecos, de Pierre Loti, es otro clásico del género de viajes. El
escritor y marino francés relata un viaje por el norte de Marruecos, en el que acompañó
al ministro de Francia en Tánger en 1889, para presentar sus credenciales al sultán
Muley Hassan. Impregnado de romanticismo y poesía, y en un tono colorido y vibrante como
un lienzo de Delacroix, Loti recrea una visión algo utópica de un país aún no
mancillado por la civilización. "Admiro [al sultán] por su profundo y tranquilo
desdén por las contemporáneas convulsiones; yo, como él, creo que la fe de los tiempos
remotos, que aún unge mártires y consagra profetas, es digna de conservación".
Pinta un país pasado por aguas primaverales, de anchas campiñas que se dilatan bajo un
cielo pesaroso. Con su pluma, transmite notas de dulzainas y chirivías, y describe de
forma impresionista una cultura que retumba bajo el galope nervioso de los alazanes y el
rugir de las espingardas. Que cruje entre sedas y albornoces blancos, pero también entre
multitudes grises arrugadas bajo sus chilabas, y ciudades milenarias que se derrumban bajo
el peso de la decadencia y el abandono, y que escasos rayos de sol logran sustraer de la
nostalgia.
Alexandra David-Néel, otra viajera compulsiva, nacida en París en el siglo pasado, se
dedicó en cambio a explorar los misterios de Asia y a profundizar en su dimensión humana
y filosófica. Viaje a Lhasa, de Península, y Diario de Viaje, de
Ediciones B, son los títulos más recientes en España.
La aventura humana
Ambientado en un
medio físico diametralmente opuesto al sahariano, aparece Un forastero en la selva,
de Eric Hansen. En un estilo periodístico fluido, que mantiene con dominio la tensión y
el ritmo del relato, Hansen cuenta su particular aventura por la selva de Borneo, que
recorrió a pie a lo largo de casi siete meses en 1982. Contrariamente a los relatos de
Monod y Almásy, el viajero estadounidense describe con lucidez y humildad las
tribulaciones psicológicas más íntimas, a lo largo de un periplo en el que se inició
sin apenas información acerca del medio y la cultura que compartiría durante meses en su
soledad de trotamundos occidental. La vulnerabilidad, el miedo, pero también la
conquistada seguridad en sí mismo y su capacidad para relacionarse con el otro, harán
presencia a lo largo de casi todas las páginas. Lleno de reflexiones sobre la ignorancia,
el tesón ciego que le lleva a emprender tamaña aventura y los condicionamientos
culturales, el forastero describe su proeza como "...el acto de dejar a tus espaldas
lo familiar (...), el destino no es más que un producto secundario del viaje".
A pie, acompañado de guías locales con los que trata de establecer una relación
amistosa, con una vieja mochila de ratán a sus espaldas, un cuchillo, o parang, y unas
remendadas zapatillas de deporte que acabarán destrozadas en las fauces de un perro
sarnoso, Hansen logra adaptarse al ritmo sombrío y asfixiante de la pluvisilva. Como un
inmenso organismo palpitante (él lo compara con "la flora intestinal de una criatura
frondosa"), en el que la visibilidad no supera los quince metros, la jungla le
desvelará numerosos secretos, la caza a base de cerbatanas y armas de fuego caseras, la
navegación por los rápidos, y el sistema de trueque por el que se rigen los iban, penan,
kayahs y otros antiguos cazadores de cabezas. Con sentido del humor describe las
prácticas mágicas de un pueblo sometido a la presión de las misiones cristianas (a él
lo llegaron a confundir con un espíritu maligno, peligrando así su propia vida), la
gastronomía, las prácticas sexuales y las fiestas empapadas en arak o vino de arroz.
Junto a tan exótico cuadro, el autor denuncia los peligros que se ciernen sobre uno de
los más arcaicos modos de vida del sureste asiático: la sobreexplotación maderera y las
grandes obras hidráulicas que amenazan con aniquilar a los últimos salvajes.
Similar hazaña narra Román Morales en Buscando el Sur, de Ediciones La Palma, en su
travesía a pie por el subcontinente suramericano, en una vertiginosa aventura que duró
tres años y medio.
Sobre el volcán, de Manu Leguineche, es otro libro rebosante de emoción y sensibilidad.
Publicado por vez primera en 1985 y editado nuevamente por Ediciones del Bronce es uno de
los mejores títulos de narrativa de viajes en España. A pesar de los años, no ha
perdido un ápice de inmediatez, de validez como instrumento fundamental a la hora de
entender la actual situación centroamericana. Si para los expertos saharianos lo
importante era el paisaje y la orografía, y su obsesión por llenar las manchas en blanco
de los mapas, el libro de Leguineche rezuma compasión, ternura y solidaridad hacia una
humanidad doliente: la de la convulsa Centroamérica de los ochenta. Con un estilo
periodístico pródigo en brillantes descripciones de paisajes y atmósferas (en las que
casi podemos oler la ceiba y los malacahuites, el sudor y la cadaverina), Leguineche
mezcla artículos y testimonios de la prensa local con los chispeantes diálogos que
mantiene con personajes llenos de ingenuidad y sabiduría popular, como los guatemaltecos
doña Lupe o don Tomás Aragón. Encuentra hueco en sus páginas la denuncia de
secuestros, torturas y asesinatos a mano de los escuadrones de la muerte, y la
explotación indígena oculta tras las sectas evangelistas norteamericanas (tema que
abordaría después el británico Norman Lewis en Misioneros). El viaje es un
periplo a ras de tierra, en trenes y autobuses desvencijados, de Guatemala a Panamá,
pasando por El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica, donde, parafraseando al Nobel
Miguel Ángel Asturias, "los árboles respiran el aliento de las personas que habitan
las ciudades enterradas, y por eso, a su sombra los enamorados alivian su pena, se
orientan los romeros perdidos y reciben inspiración los poetas".
En una línea de viaje de largo alcance y talante aventurero se inscribe también El
gran bazar del ferrocarril, de Paul Theroux. Heredero de la visión pesimista y a la
vez cómica del mundo de Vidiadhar Surajprasad Naipaul, y del vigor narrativo de Graham
Greene, el novelista y viajero (autor de La costa de los Mosquitos y Saint
Jack, entre otras obras) nacido en Medford (Massachusetts, 1941), trabajó como
maestro en una escuela rural de Malawi (de donde fue deportado por su supuesta actividad
subversiva) y como lector en la Universidad de Makerere (Uganda). Más tarde conseguiría
un puesto en el departamento de inglés de la Universidad de Singapur, donde estuvo tres
años.
El gran bazar del ferrocarril (1975) es el primer libro de una trilogía que
continúa en El viejo Patagonia Express (1979) y En el Gallo de Hierro
(1986), que tienen como hilo conductor los viajes en tren. "Desde que era niño,
cuando vivía cerca de la vía férrea de la compañía Boston y Maine, rara vez oí el
paso de un tren sin sentir deseos de montar en él", escribió. En la mejor
tradición del viaje "sin otro propósito que la diversión y la aventura",
Theroux decide subirse a todos los trenes que encuentra entre la londinense estación
Victoria y Tokio Central. Atravesará Turquía, Irán, Paquistán, India, Birmania,
Tailandia, Camboya y Japón. Un periplo en el que los países quedan relegados a un
segundo plano, pues el objetivo son los trenes y sus pasajeros. Ferrocarriles con nombres
legendarios cuya sola mención evoca el viaje: el Orient Express, el Flecha de Oro malayo,
el Estrella del Norte, el Transiberiano... No falta el humor, salpicado de anécdotas.
Theroux se manifiesta como un agudísimo observador; como un curioso compulsivo que parece
disfrutar husmeando en las vidas ajenas, con la intención de compartir sus experiencias
con los lectores.
La travesía literaria
Decía
Bruce Chatwin que "viajamos literariamente" y mi buen amigo Manu Leguineche
afirma que "todo viaje comienza en una librería". Es verdad. No hay buen viaje
sin un libro que nos haya despertado una ensoñación. Y no hay, para algunos, un gran
viaje si no tiene por objetivo un libro. ¿Viajamos para escribir? Quién sabe si lo que
sucede es que, por el contrario, escribimos para poder viajar. Ir solo y con maleta
ligera, ojo avizor, billete de ida y no de vuelta, rumbo no demasiado estricto, oído
abierto ante el extraño, nada de compras y hacerle caso al miedo. Son las normas. Es
mejor llevarse toda la ropa usada, ir dejándola en las pensiones porque a alguien siempre
le puede venir bien, y comprar en mercadillos la que te haga falta, para abandonarla
luego. Vale aquello que decía John Huston en sus memorias: "A mi edad no compro nada
que no se pueda beber. El único equipaje imprescindible son los cuadernos de notas y los
bolígrafos. No saber cuándo regresarás produce una sensación de tiempo detenido, por
mucho que andes, y eso encaja con la literatura, que es una manera de retener el tiempo.
Está bien ir a las iglesias y a los bares, donde las almas solitarias buscan cobijo y
calor humano y las gentes están dispuestas a enrollarse con el primero que encuentran.
Sin voces en tus oídos, no hay libro de viajes que merezca la pena. Un cambio de rumbo,
en función del capricho o la casualidad, tirando a un lado el plan de ruta que llevabas
trazado, puede abrir un mundo delante de tus pies. Y pies en polvorosa en las situaciones
no controladas. Hacerse el héroe no lleva a ninguna parte ni produce admiración al
prudente lector. El viaje literario es el más rentable porque lo haces tres veces: al
planearlo, al pisar el camino y al escribirlo.
Javier Reverte, autor de Vagabundo en África, publicará
en septiembre Corazón de Ulises (Aguilar), un viaje por las huellas de Grecia en
el Mediterráneo.