BRUCE     CHATWIN
                                                 * * *
                    Chatwin.gif (78210 bytes)

                      El escritor exquisito y el inquieto viajero.

  En definitiva, que choca que un tipo tan exquisito como Chatwin desbarate las artimañas de otro caballero tan exquisito como Jünger, del mismo modo que sorprende que el aventurero Chatwin desmonte la pasión aventurera del autor de La isla del tesoro.   Que lo haga, además, con la lucidez del que ha recorrido a conciencia las obras de ambos y con la hondura del que ha buceado en las múltiples contradicciones de sus vidas.
  Un instante después de todo esto, se cae en la cuenta que lo que ocurre en realidad, es que Bruce Chatwin fue permanentemente un señor que dejaba pistas falsas.   Cambió de pelaje cada rato, modificó sus estrategias, se reinventó en cada uno de sus libros y borró, así, cualquier prejuicio que sobre sus cosas pudieran hacerse sus próximos y sus más lejanos, sus amigos y sus lectores.
  Anatomía de la inquietud,  constituye un excelente mirador para apreciar cuán escurridizo pudo ser Bruce Chatwin, en sus gustos, en su estilo, en sus reflexiones.  Hay piezas que constituyen todo un alarde de erudición, con minuciosas referencias a lecturas propias de un especialista.  Hay otras, en cambio, donde todo está al servicio de la desnudez y la sobriedad, y donde la escritura busca afanosamente la transparencia para conseguir que, al cabo, sólo brille el efecto deseado.  En algunos de sus artículos, Chatwin parece un entusiasta al que cualquiera podría seducir con un plato de lentejas.  En otros, el que escribe impone con sus conocimientos la distancia.
  Algo tienen en común, sin embargo, unos y otros, ya se trate de sus textos autobiográficos, de sus relatos viajeros, de sus puntillosos comentarios a libros ajenos, de  sus reflexiones sobre arte o sobre nomadismo.  Y ese algo no es otra cosa que la sabia combinación de elementos que proceden del insondable poso de lecturas y conocimientos de un intelectual exquisito y aplicado, y de la pujante vitalidad de un aventurero capaz de poner la casa patas arriba ante el reto de un nuevo viaje./J.A.R.
Babelia 1.03.97.

          UNA TORRE EN LA TOSCANA
                                       
           BRUCE CHATWIN

  Quienes de nosotros presumen de escribir libros caen al parecer en dos categorías: los estables y los itinerantes.  Hay escritores que sólo funcionan a domicilio con la silla adecuada, los estantes de diccionarios u enciclopedias, y ahora tal vez, con el ordenador. Y luego están estos otros, como yo, que quedan paralizados por el domicilio. Para quienes el domicilio es sinónimo del proverbial bloqueo del escritor, u que ingenuamente creen que todo estaría bien con que sólo se hallaran en alguna parte. Incluso entre los muy grandes se encuentra la misma dicotomía: Flaubert y Tolstói, que trabajaban en sus bibliotecas; Zola, con una armadura junto a su escritorio; Poe, en su cabaña; Proust, en la habitación tapizada de corcho. Por otra parte, entre los itinerantes está Melville, a quien afincarse como un caballero en Massachusetts lo echó a perder, o Hemingway, Gogol o Dostoievski cuyas vidas, por elección o por necesidad, fueron un permanente e impetuoso ir de un hotel a otro, de una habitación de alquiler a otra, y el último en una prisión en Siberia.
  Por lo que me atañe (y por lo que me valga), he intentado escribir en lugares tan variados como una choza de barro africana (con una toalla mojada en la cabeza), un monasterio del Monte Athos, una colonia de escritores, una casucha en el páramo y hasta una tienda.  Pero no bien llega la tormenta de arena , o comienza la estación lluviosa o un martillo pilón destruye toda esperanza de concentrarme, me maldigo y pregunto ¿qué estoy haciendo aquí, por qué no estoy en mi torre?.

  ISIDORO MERINO

Un niño, un trozo de piel de brontosaurio, una tierra remota. Con estos elementos se inicia En la Patagonia, el libro con el que Bruce Chatwin debutó a los 37 años y con el que alcanzaría la fama como escritor. Con él, y con los que le siguieron, contribuyó a crear un nuevo estilo en la literatura de viajes, una forma de escribir que sería imitada hasta la saciedad.
Su vida fue intensa y fugaz. Cuando murió en 1989, con apenas 48 años, dejaba tras de sí una estela compuesta de seis libros, un puñado de artículos y una leyenda que él mismo contribuyó a fomentar.
Viajero, fabulador, sibarita, excéntrico, caminante incansable, refinado, desgarbado e histriónico, Chatwin fascinaba tanto por su conversación -que encontraría una prolongación natural en su prosa- como por su aspecto. Poseía una enorme capacidadde seducción que ejercía sin pudor tanto en mujeres como en hombres. El marchante John Kasmin dijo de él que era "hermoso hasta lo imposible". Fue comparado con Lawrence y también con Rimbaud
En 1966, con sólo 25 años, el jovencísimo experto en arte impresionista y antigüedades es uno de los directores estrella de Sotheby's.  Durante esa época, Chatwin se manifiesta como un esteta con un gusto que se inclina tanto por lo austero como por lo suntuoso.  Se siente como pez en el agua en el ambiente de lujo y boato de la jet set británica, pero ama la austeridad y la vida espartana.  Le atrae la belleza sencilla de los objetos utilitarios en las culturas primitivas: un pareo hawaiano que parece un matisse, una bandeja turca utilizada para acarrear pescado, los dibujos en corteza de los aborígenes australianos... Ese gusto por las formas simples se manifiesta en la colección de fotografías publicada después de su muerte, junto con los extractos de sus cuadernos de viaje: las fachadas de chapa ondulada de una tienda en Nouakchott, en Mauritania; las manos blancas impresas en la pared de una cueva prehistórica; la chimenea de una casa que se yergue solitaria en un desolado paraje de la Patagonia.
Posteriores episodios contribuyen a alimentar la leyenda. En su libro Los trazos de la canción cuenta cómo un mañana se despertó casi ciego. "Ha estado mirando cuadros demasiado cerca. ¿Por qué no los cambia por horizontes más amplios?", le dice el especialista que le examina.  Chatwin sigue el consejo al pie de la letra. En la cima de su carrera abandona la galería y se marcha al Sudán. Allí entre víboras y guerreros con escudos de piel de elefante, aprende a leer las huellas de la arena. Se muestra fascinado por los nómadas, "esas vidas invisibles a la pala del arqueólogo, que pasan por la historia sin dejar tras ellas ningún estrato quemado".
Corren los primeros años setenta. Bruce abandona los estudios de arqueología que había comenzado en Edimburgo y empieza a colaborar con el suplemento semanal del Sunday Times. Son los tiempos gloriosos de la revista, cuando David Bailey, que inspiró el protagonista de la película Blow-up, fotografía el glamour de la sociedad londinense mientras su colega Don McCullin cubre Vietnam y la guerra de Biafra. Durante varios años publica, con gran éxito, ensayos, relatos, semblanzas y crónicas de viaje. En sus textos periodísticos (en los que a menudo coquetea con la ficción) traza con gran vivacidad los perfiles de los personajes que entrevista; sus descripciones tienen la frescura y transparencia de una acuarela. En 1974, cuando se encuentra de nuevo en la cúspide, se despide del periódico. Dicen que envió un telegrama al director, Magnus Linklater, con un lacónico: "Me marcho a Patagonia". Así da comienzo su breve y fructífera etapa de novelista. Lo demás ya pertenece a la leyenda.

 

Antonioni y Chatwin

En Más allá de las nubes, la excelente película que Michelangelo Antonioni realizó con ayuda de Wim Wenders, el tema central es el elusivo arte de contar historias. Un director viaja por distintas ciudades en busca de un asunto para su nueva película. Antonioni ofrece los borradores, los intentos fallidos, los restos que normalmente quedan fuera de la versión definitiva y sin embargo conforman su trama esencial. Sin esas historias descartadas, el cine sería imposible. Para muchos, se trata de la más personal cinta del autor de La noche. Sin embargo, en esta bitácora íntima hay una cita proveniente de otro buscador de historias que no está registrado en los créditos. En un café de París, una mujer se acerca a la mesa de un hombre para contarle una historia. Antonioni sitúa la anécdota en un México imposible donde hay pirámides incas. En realidad, la historia proviene de África y fue recogida por el escritor inglés Bruce Chatwin. Ofrecemos el pasaje de Chatwin:  "Un explorador blanco de África, ansioso por abreviar su travesía, pagó a sus porteadores para avanzar a marchas forzadas. Pero ellos, casi a punto de llegar a su destino, descargaron sus bultos y se negaron a moverse. Ninguna cantidad extra de dinero los convencería de hacer otra cosa. Dijeron que debían esperar a que los alcanzaran sus almas."

Más allá de las nubes, también Bruce Chatwin espera que su alma llegue a los créditos de la película.

Marilinga

-¡La Nube! ¡Cómo no, Señor! La Nube de su majestad. ¡La Nube de Anthony ensartado en el Edén! ¡Pobre sir Anthony! ¡Ambicionaba tanto su Nube! Para poder decirle al rusito en Ginebra: "¡Mira viejo, nosotros también tenemos la Nube!". Olvidando, por supuesto, que existen variables climáticas... ¡Incluso en Australia! ¡Olvidando que el viento podría ponerse a soplar en la dirección equivocada! Así que telefonea a Bob Menzies y le dice: "¡Bob quiero mi Nube ahora! ¡Hoy mismo!". "Pero el viento...", responde sir Bob. "¡No me hables del viento! ¡He dicho ahora!", le espeta sir Anthony. De modo que detonan el artefacto... ¡cómo me gusta esta palabra artefacto!... y la Nube, en lugar de internarse en el mar para contaminar los peces, ¿se internó en tierra para contaminarnos a nosotros! ¡Y aquí la perdieron! ¡Perdieron a la hija de puta sobre Queensland! ¡Todo para que sir Anthony pudiera tener una agradable conversación sobre la Nube con el camarada Nikita! "Sí, camarada, es verdad. Nosotros también tenemos la Nube. ¡Claro que esto no significa que mis hombres acantonados allá no la hayan perdido de vista por un tiempo! En el trayecto pulverizó a unos cuantos aborígenes..."
Los trazos de la canción

      Libros editados

· Anatomía de la inquietud
  1997
Anaya & Mario Muchnik

· ¿Qué hago yo aquí?
Muchnik editores. 1993
Recopilación de artículos.

patagonia.jpg (73251 bytes)

. En la Patagonia.
Muchnik editores. 1997.
La obra más famosa de Chatwin se inicia con la persecución de un recuerdo infantil: un trozo de piel de brontosaurio, en realidad de milodón, un mamífero del cuaternario, procedente de Chile. Un libro sobre el exilio estruc- turado de forma que cada personaje conforma una especie de novela corta.

·Retorno a la Patagonia
Anaya & Mario Muchnik
1997

· El virrey de Ouidah
Muchnik editores. 1997

. Cobra verde
Dirigida en 1987 por
Werner Herzog

· Utz
Muchnik editores. 1997

. Utz
Dirigida en 1992 por
George Sluizer
Adaptada por
Hugh Whitemore

· Colina negra
Muchnik editores. 1997

. On the black hill
dirigida en 1987 por
Andrew Grieve

· Los trazos de la canción. Muchnik editores. 1994.

. Los trazos de la canción.
Traducción de Eduardo Goligorsky.
Península, Bardelona, 2000
Los aborígenes australianos nomadean pisando siempre las mismas rutas milenarias, heredadas de sus ancestros míticos. Allí donde van cantan las canciones de sus ante- pasados, que otorgan derechos territoriales. Chatwin se interna en ese mundo como pocos lo han hecho.

· Fotografías y cuadernos de viaje.
Anaya & Mario Muchnik. 1993. Probablemente agotado

Susannah Clapp
· With Chatwin, portrait   of a writer.
· Con Chatwin.
Mario Muchnik editores

Robert Louis Stevenson
· La isla del tesoro

 


 


     ¿otro autor?
  

 


    entrevista

 

     

          

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  libros.gif (9696 bytes)

 

 

    casa2.gif (8469 bytes)

    zapatos.jpg (209077 bytes)
            Estos preciosos dibujos son del cuaderno de viaje de Enrique Flores y esta es su página www.4ojos.com


     LAS FASCINANTES HISTORIAS DE LOS VIAJEROS

      INÉS ELÉXPURU/ISIDRO MERINO.
    La atracción del desierto

CAMELLADAS. Un título nada romántico para un acercamiento muy personal al desierto del Sáhara. Tan prosaico como el autor del libro. Theodore Monod, y como los propios habitantes de una de las zonas más descarnadas y esqueléticas del planeta. Si comienza en tono poético y emocionado, en una especie de horror vacui descriptivo que parece oponerse a la nadedad del desierto, pronto Monod se decanta por un texto preciso, sin concesiones al sentimentalismo y lleno de ironía. El naturalista parisiense, nacido en 1902, ha dejado transcurrir una buena parte de su vida a lomos de un camello y a pie, en caravanas y expediciones científicas, recorriendo miles de kilómetros a lo largo del Hoggar, el Adrar y otras regiones del desierto mauritano, argelino y tunecino. Camelladas, traducción del francés Méharées, se publicó por primera vez en 1937.
A modo de diario, se sitúa entre un relato de viajes y un libro de estudios. Está lleno de pinceladas descriptivas y desordenadas de la geología, la flora y la fauna saharianas, y de anécdotas de su navegación, a través la hammada y el reg. Se prodiga en detalles de orden práctico, de un humor sarcástico que narra los momentos más difíciles de una vida dura en extremo, en la que la supervivencia depende del estado de los pozos, la salud mental y física del expedicionario, y los imponderables. Así, cobra enorme importancia la búsqueda de pastos para el ganado, y todo lo relacionado con la obtención y almacenamiento de agua (que, según Monod, es invariablemente pútrida, salada o picante, y siempre está aderezada de pelos de carnero y cagarrutas). No hay espacio para la indisposición física ni para el desánimo; "...de ésta [naturaleza] somos sólo huéspedes, que no tienen voz alguna, ignorados con serena indiferencia o provisionalmente tolerados", "...una buena ducha para nuestro ingenuo orgullo de Rey de la Creación". Además de sus propias reflexiones, la obra del viajero tangerino del siglo XIII Ben Battuta y el Antiguo Testamento salpican el texto.
Surgen focas monje en las costas mauritanas, antílopes, gacelas y mohores trotando por las hammadas, avutardas y avestruces, pero aparecen pocas referencias a la psicología y el modo de vida de senadjas, zenetas, tuaregs y otros grupos humanos que pululan por estas soledades sin aparentes fronteras (al menos en la época del libro). Tampoco, a sus compañeros de expedición, en un medio que obliga a la sobriedad y al desapego, y curte el sentimiento, tanto como la piel.
Si Monod compara su travesía en el desierto con una navegación por tierra, Ladislaus Almásy, otro gran experto en el Sáhara (oriental, esta vez), parece también soñar con agua en Nadadores en el desierto. El título hace alusión a las bellas pinturas rupestres halladas por el autor en Uadi Sura, el valle de las Imágenes, un remoto rincón del Sáhara. El volumen recoge los capítulos centrales de Az smeretlen Szahara (El Sáhara desconocido), la crónica de sus experiencias publicada por primera vez en 1934 en Budapest.
El aventurero húngaro, que además de escritor fue ingeniero y piloto, nació en 1895 en una familia de la aristocracia rural de Burgenland, territorio que hoy se inscribe en Austria. Almásy forma parte de esa casta de escritores amantes del desierto a la que también pertenecen Saint-Exupéry y T. E. Lawrence. Su romance con las dunas comenzó con el contrato con una marca de automóviles, para realizar pruebas del comportamiento de sus coches en las regiones desérticas. Éste fue el punto de partida de sus numerosas y arriesgadas expediciones -en coche y avioneta- al oeste del Nilo.
Basándose en Herodoto, en cuentos de Las mil y una noches y en manuales para descubridores de tesoros, como el Kitab al Durr al Makmuz, el Libro de las Perlas Enterradas, Almásy se lanzó a la búsqueda del oasis de Zarzura, de la legendaria Ciudad de Bronce y del ejército persa del rey Cambises, englutido por una tormenta de arena cuando intentaba conquistar el oasis egipcio de Siwa. Dominó seis lenguas: húngaro, alemán, inglés, francés, italiano y árabe, pero a diferencia del personaje interpretado por Ralph Fiennes en El paciente inglés -la película basada en su vida y en la que se comporta como un consumado seductor-, a László Almásy sólo se le conocieron tres pasiones: el desierto, los coches y los aviones. Nadadores en el desierto es un libro de aventuras. Sus mejores páginas son las que describen las angustiosas horas que pasó perdido en un lejano uadi sin agua; o cuando cuenta los devastadores efectos del qibli, el ardiente viento del Sur, durante una expedición topográfica al Mar de Arena. En su prosa abundan los detalles técnicos (las maniobras para salvar en coche una duna o los avatares de pilotar un avión sin puntos de referencia). Los textos de Almásy no caen en en el arrebatamiento poético, pero consiguen transmitir la desalmada, desnuda belleza del desierto, un territorio en el que se mueve como pez en el agua y que le valió el nombre que le impusieron sus amigos beduinos: Abu Ramla, padre de la arena. Algo hay que reprocharle: algunos de sus párrafos desprenden un cierto tufillo colonialista. En especial, en el capítulo dedicado a Kufra, donde muestra su admiración por las tropas del duce que ocupaban la zona y manifiesta sin pudor opiniones racistas.
En 1939, después de publicar Az ismeretlen Szahara, Almásy regresó al norte de África como agente del servicio de contraespionaje alemán (era oficial de la reserva del ejército húngaro, aliado de Alemania). El último capitulo está dedicado a la etapa más oscura de sus actividades en el desierto: la operación Salam, cuando entre abril y junio de 1942. aprovechando su conocimiento de la región, infiltró a dos agentes alemanes tras las líneas inglesas.
Viaje a Marruecos, de Pierre Loti, es otro clásico del género de viajes. El escritor y marino francés relata un viaje por el norte de Marruecos, en el que acompañó al ministro de Francia en Tánger en 1889, para presentar sus credenciales al sultán Muley Hassan. Impregnado de romanticismo y poesía, y en un tono colorido y vibrante como un lienzo de Delacroix, Loti recrea una visión algo utópica de un país aún no mancillado por la civilización. "Admiro [al sultán] por su profundo y tranquilo desdén por las contemporáneas convulsiones; yo, como él, creo que la fe de los tiempos remotos, que aún unge mártires y consagra profetas, es digna de conservación".
Pinta un país pasado por aguas primaverales, de anchas campiñas que se dilatan bajo un cielo pesaroso. Con su pluma, transmite notas de dulzainas y chirivías, y describe de forma impresionista una cultura que retumba bajo el galope nervioso de los alazanes y el rugir de las espingardas. Que cruje entre sedas y albornoces blancos, pero también entre multitudes grises arrugadas bajo sus chilabas, y ciudades milenarias que se derrumban bajo el peso de la decadencia y el abandono, y que escasos rayos de sol logran sustraer de la nostalgia.
Alexandra David-Néel, otra viajera compulsiva, nacida en París en el siglo pasado, se dedicó en cambio a explorar los misterios de Asia y a profundizar en su dimensión humana y filosófica. Viaje a Lhasa, de Península, y Diario de Viaje, de Ediciones B, son los títulos más recientes en España.

La aventura humana

Ambientado en un medio físico diametralmente opuesto al sahariano, aparece Un forastero en la selva, de Eric Hansen. En un estilo periodístico fluido, que mantiene con dominio la tensión y el ritmo del relato, Hansen cuenta su particular aventura por la selva de Borneo, que recorrió a pie a lo largo de casi siete meses en 1982. Contrariamente a los relatos de Monod y Almásy, el viajero estadounidense describe con lucidez y humildad las tribulaciones psicológicas más íntimas, a lo largo de un periplo en el que se inició sin apenas información acerca del medio y la cultura que compartiría durante meses en su soledad de trotamundos occidental. La vulnerabilidad, el miedo, pero también la conquistada seguridad en sí mismo y su capacidad para relacionarse con el otro, harán presencia a lo largo de casi todas las páginas. Lleno de reflexiones sobre la ignorancia, el tesón ciego que le lleva a emprender tamaña aventura y los condicionamientos culturales, el forastero describe su proeza como "...el acto de dejar a tus espaldas lo familiar (...), el destino no es más que un producto secundario del viaje".
A pie, acompañado de guías locales con los que trata de establecer una relación amistosa, con una vieja mochila de ratán a sus espaldas, un cuchillo, o parang, y unas remendadas zapatillas de deporte que acabarán destrozadas en las fauces de un perro sarnoso, Hansen logra adaptarse al ritmo sombrío y asfixiante de la pluvisilva. Como un inmenso organismo palpitante (él lo compara con "la flora intestinal de una criatura frondosa"), en el que la visibilidad no supera los quince metros, la jungla le desvelará numerosos secretos, la caza a base de cerbatanas y armas de fuego caseras, la navegación por los rápidos, y el sistema de trueque por el que se rigen los iban, penan, kayahs y otros antiguos cazadores de cabezas. Con sentido del humor describe las prácticas mágicas de un pueblo sometido a la presión de las misiones cristianas (a él lo llegaron a confundir con un espíritu maligno, peligrando así su propia vida), la gastronomía, las prácticas sexuales y las fiestas empapadas en arak o vino de arroz. Junto a tan exótico cuadro, el autor denuncia los peligros que se ciernen sobre uno de los más arcaicos modos de vida del sureste asiático: la sobreexplotación maderera y las grandes obras hidráulicas que amenazan con aniquilar a los últimos salvajes.
Similar hazaña narra Román Morales en Buscando el Sur, de Ediciones La Palma, en su travesía a pie por el subcontinente suramericano, en una vertiginosa aventura que duró tres años y medio.
Sobre el volcán, de Manu Leguineche, es otro libro rebosante de emoción y sensibilidad. Publicado por vez primera en 1985 y editado nuevamente por Ediciones del Bronce es uno de los mejores títulos de narrativa de viajes en España. A pesar de los años, no ha perdido un ápice de inmediatez, de validez como instrumento fundamental a la hora de entender la actual situación centroamericana. Si para los expertos saharianos lo importante era el paisaje y la orografía, y su obsesión por llenar las manchas en blanco de los mapas, el libro de Leguineche rezuma compasión, ternura y solidaridad hacia una humanidad doliente: la de la convulsa Centroamérica de los ochenta. Con un estilo periodístico pródigo en brillantes descripciones de paisajes y atmósferas (en las que casi podemos oler la ceiba y los malacahuites, el sudor y la cadaverina), Leguineche mezcla artículos y testimonios de la prensa local con los chispeantes diálogos que mantiene con personajes llenos de ingenuidad y sabiduría popular, como los guatemaltecos doña Lupe o don Tomás Aragón. Encuentra hueco en sus páginas la denuncia de secuestros, torturas y asesinatos a mano de los escuadrones de la muerte, y la explotación indígena oculta tras las sectas evangelistas norteamericanas (tema que abordaría después el británico Norman Lewis en Misioneros). El viaje es un periplo a ras de tierra, en trenes y autobuses desvencijados, de Guatemala a Panamá, pasando por El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica, donde, parafraseando al Nobel Miguel Ángel Asturias, "los árboles respiran el aliento de las personas que habitan las ciudades enterradas, y por eso, a su sombra los enamorados alivian su pena, se orientan los romeros perdidos y reciben inspiración los poetas".
En una línea de viaje de largo alcance y talante aventurero se inscribe también El gran bazar del ferrocarril, de Paul Theroux. Heredero de la visión pesimista y a la vez cómica del mundo de Vidiadhar Surajprasad Naipaul, y del vigor narrativo de Graham Greene, el novelista y viajero (autor de La costa de los Mosquitos y Saint Jack, entre otras obras) nacido en Medford (Massachusetts, 1941), trabajó como maestro en una escuela rural de Malawi (de donde fue deportado por su supuesta actividad subversiva) y como lector en la Universidad de Makerere (Uganda). Más tarde conseguiría un puesto en el departamento de inglés de la Universidad de Singapur, donde estuvo tres años.
El gran bazar del ferrocarril (1975) es el primer libro de una trilogía que continúa en El viejo Patagonia Express (1979) y En el Gallo de Hierro (1986), que tienen como hilo conductor los viajes en tren. "Desde que era niño, cuando vivía cerca de la vía férrea de la compañía Boston y Maine, rara vez oí el paso de un tren sin sentir deseos de montar en él", escribió. En la mejor tradición del viaje "sin otro propósito que la diversión y la aventura", Theroux decide subirse a todos los trenes que encuentra entre la londinense estación Victoria y Tokio Central. Atravesará Turquía, Irán, Paquistán, India, Birmania, Tailandia, Camboya y Japón. Un periplo en el que los países quedan relegados a un segundo plano, pues el objetivo son los trenes y sus pasajeros. Ferrocarriles con nombres legendarios cuya sola mención evoca el viaje: el Orient Express, el Flecha de Oro malayo, el Estrella del Norte, el Transiberiano... No falta el humor, salpicado de anécdotas. Theroux se manifiesta como un agudísimo observador; como un curioso compulsivo que parece disfrutar husmeando en las vidas ajenas, con la intención de compartir sus experiencias con los lectores.

La travesía literaria

Decía Bruce Chatwin que "viajamos literariamente" y mi buen amigo Manu Leguineche afirma que "todo viaje comienza en una librería". Es verdad. No hay buen viaje sin un libro que nos haya despertado una ensoñación. Y no hay, para algunos, un gran viaje si no tiene por objetivo un libro. ¿Viajamos para escribir? Quién sabe si lo que sucede es que, por el contrario, escribimos para poder viajar. Ir solo y con maleta ligera, ojo avizor, billete de ida y no de vuelta, rumbo no demasiado estricto, oído abierto ante el extraño, nada de compras y hacerle caso al miedo. Son las normas. Es mejor llevarse toda la ropa usada, ir dejándola en las pensiones porque a alguien siempre le puede venir bien, y comprar en mercadillos la que te haga falta, para abandonarla luego. Vale aquello que decía John Huston en sus memorias: "A mi edad no compro nada que no se pueda beber. El único equipaje imprescindible son los cuadernos de notas y los bolígrafos. No saber cuándo regresarás produce una sensación de tiempo detenido, por mucho que andes, y eso encaja con la literatura, que es una manera de retener el tiempo. Está bien ir a las iglesias y a los bares, donde las almas solitarias buscan cobijo y calor humano y las gentes están dispuestas a enrollarse con el primero que encuentran. Sin voces en tus oídos, no hay libro de viajes que merezca la pena. Un cambio de rumbo, en función del capricho o la casualidad, tirando a un lado el plan de ruta que llevabas trazado, puede abrir un mundo delante de tus pies. Y pies en polvorosa en las situaciones no controladas. Hacerse el héroe no lleva a ninguna parte ni produce admiración al prudente lector. El viaje literario es el más rentable porque lo haces tres veces: al planearlo, al pisar el camino y al escribirlo.
Javier Reverte, autor de Vagabundo en África, publicará en septiembre Corazón de Ulises (Aguilar), un viaje por las huellas de Grecia en el Mediterráneo.