Anne Sexton Massachussetts   1928-1974

¿Querrá decir algo más allá de la pura evidencia autodestructiva que cuatro importantes escritoras del siglo XX se suicidaran siendo la mayoría todavía jóvenes?  Virginia Woolf, Marina Tsvietáieva, Sylvia Plath, Anne Sexton lo hicieron y no sé si ese hecho sugiere dificultades especiales de las mujeres que rompen moldes y de aventuran por caminos de expresión y autoafirmación.   En todo caso, Sexton buscó la muerte casi desde sus primeros libros, con declarativa transparencia o con más alusiva carga simbólica, (la sangre femenina en sus poemas es también la de las heridas mortales).  Leemos en el poema Deseando morir:
Es la muerte un hueso triste, lleno de golpes, se diría que año tras año me espera, sin embargo, para curar delicadamente una vieja herida, para liberar mi aliento de su pérfida prisión. Busco en este tiempo, la muerte, la noche hacia la que me inclino, la noche que deseo.
En su poesía se oye una voz frágil y atrevida a un tiempo, delicada y áspera a la vez, una voz empeñada en conquistar un territorio vedado a las mujeres, el de la expresión descarnada de la intimidad no sólo sentimental sino también corporal, como si el cuerpo femenino necesitara y lograra por  fin, hablar de sí mismo, con su propio lenguaje, desde su propia perplejidad y autodescubrimiento. Desde esa perspectiva, nada banal, el cuerpo femenino es un universo lleno de secretos que se nombran con crudeza y delicadeza, con un respeto   que no es incompatible con cierta agresiva denostación de los mayores tópicos masculinos,   propietarios impostores de la feminidad extranjera que no comprenden.
Por ese lado, su poesía, que anuncia la autodes- trucción, es también una conmovedora biografía de quien parece esperarlo todo de la vida y recibe en sus búsquedas símbolos   ensangrentados de muerte más que respuestas generosas o esperanzadoras. 
¿Por qué esto? ¿Por qué, en la misma vitalidad gozosa, entre explícita y mística, tal como leemos en algunos poemas se incuba este instinto de muerte?

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¿Marca alguien con ese hierro a las mujeres que dejan los caminos trillados? ¿O es un simple azar humano ese escabroso destino? En todo caso, la aspereza descarnada de la poesía de Sexton se conjuga con una especie de enrevesada y penetrante dulzura, que interpreto como una solicitud o súplica en un mundo incapaz de atender a esas razones.  Y ante ese silencio, o ese desdén, vivido como un fracaso, tal vez entendamos mejor ese gesto último suyo cuando no había dicho todavía su última palabra.
Angel Rupérez

Se puede leer a Anne Sexton en la antología
El asesino y otros poemas, traducción de Jonio González y Jorge Ritter.   Icaria. Barcelona, 1996

           

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