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Tanta belleza,
os lo aseguro, es verdad
Jesús Fonseca Escartín
Aquí está Segovia entera.
Aquí, con toda seguridad, su alma hidalga, brotando, unas
veces en la alegría, otras con sabor de lágrimas.
A través de estas imágenes, Aurelio Martín,
nos acerca a una ciudad amiga, maravillosamente apetecible y
serena. Impresiona la inquietante presencia del tiempo en estas
fotografías suyas; y sorprende la intimidad entre el artista
y el espacio creativo que nos ofrece, a través de las
huellas de la luz -viva y limpia- y las cicatrices que va dejando
la sombra a través de la horas, con trazo decidido.
Pero, tal vez lo más bello sean sus contraluces. Y, entre
todos, los del amanecer; los de la luz del alba, más que
cualquier otro, que es la luz de la vida, amorosamente recogida
por Aurelio Martín desde las torres de San Andrés
y San Esteban; desde la torre de Juan II a la Veracruz. Yo lo
veo allí plantado con su cámara para sorprender
al pie de los carmelitas -de los descalzos carmelitas de Fray
Juan de Santomatía- el crepúsculo irrepetible,
y siento ganas de abrazarlo.
El autor de estas imágenes ha esperado pacientemente,
como los verdaderos artistas, día tras día, la
llegada de las nieves, la aparición de las nubes bajas
del otoño por el Guadarrama, o la hora justa en la que
se esparce la luz por casonas y palacios o sobre el empedrado
de la calle Real; por portalones, pendientes y, escalinatas,
para captar, sin más, ese instante y no otro. Para sorprender
la transparencia del aire, bien entrada la primavera, junto a
la muralla y el Alcázar. En el arte de mostrar la belleza
y el tesoro de la piedra, a través de la luz natural,
Aurelio Martín lo hace mejor que nadie. Y aquí
está la prueba de lo que digo.
A la mañana, a la tarde y por el día. En pleno
invierno; en los amaneceres frescos del otoño, al atardecer
de riguroso invierno, Aurelio Martín se cuela entre los
arcos, entre las piedras de Segovia, porque conoce los más
románticos rincones, los remansos más variados,
para soñar y ser feliz en tardes sesteantes, al amparo
del río o de los muros -tan silenciosos- y las tardes
únicas de esta ciudad necesaria, de la que él está
hondamente enamorado.
Se puede amar a una ciudad como a una mujer. Estoy seguro de
ello. Y Aurelio Martín así lo refleja en esta exposición.
¿Cómo explicar si no la relación tan estrecha
del autor con estas fotografías, en algunos momentos sobre
todo, entre él y las imágenes que capta?.
Esos atrios, tan segovianos, que él rescata desde lo más
hondo del tiempo; esos días de sol, la luz del ocaso que,
como un enamorado, salva del olvido. Aurelio Martín lleva
muchos años rescatando a través de la imagen y
de la palabra lo que hay de verdaderamente vivo en la vida de
su ciudad. De Segovia, su bien amada.
Hasta aquí, estas breves consideraciones sobre la obra
-esta vez en clave fotográfica- de Aurelio Martín.
Pero hay más: refugiado en su intimidad, Aurelio vive
en posesión cautiva con Segovia, a la que desea sobremanera,
tal vez también - insisto- con gemido; como desea el amado
a su amada.
Es este amor-pasión lo que le
ha permitido, sin duda, el milagro de acercarnos al corazón
esquivo de Segovia. Y es una suerte para nosotros que sea una
mirada enamorada la que marque la pauta de estas imágenes.
¡Tanta belleza, os lo aseguro, es verdad!.
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