el acueducto

 

 

 

Poesía y luz para rescatar el patrimonio

Miguel Mora

Aurelio Martín camina por las calles emboscado de periodista antiguo de entreguerras. Con su aspecto, a medias entre Max Estrella y lord inglés a punto de arruinarse, y con esa barba romana de suicida romántico que aguarda a que caiga la tarde para escalar el Acueducto sin ser visto, acecha en las esquinas y en las cuestas. Pero no tengan miedo. No hay más que echarle un vistazo a sus fotos, a esas imágenes de Segovia por ejemplo, a esos gritos naranjas, añil o azul marino, o plata y oro (Aurelio es un torero de alma y fuego), a esas fotos sin gente pero llenas de amor a la gente, para darse cuenta de que ese que acecha y mira por el agujero, ese que espera la caída lenta de la luz agazapado, no espera para escalar el Acueducto sino para apretar el obturador de su cámara.
Y por eso, sólo por eso, más que un periodista y más que un lord inglés, Aurelio Martín es un poeta cabal.
Igual que sólo basta una mirada un poco más prolongada a esas imágenes que sus viejas Hasselblad le han robado al aire helado para entender que no, que no son postales inofensivas, que no son para llevarse a casa y escribir a los amigos. Más bien al contrario (alma y fuego), esas fotos son un ayudado por bajo, un canto, un verso suspendido, un grito ciudadano: luz, poesía, patrimonio.
Dirán los puristas que poesía, luz y patrimonio son cosas contradictorias, imposibles amigas, que resulta grosero verlas juntas. Y es cierto que parecen formar un trinomio antitético, insultante casi (sobre todo para los poetas pobres, que son todos). Pero hace falta sólo detenerse un momento y quitarles a las palabras sus arrugas para darse cuenta de que, como casi siempre pasa, son los prejuicios los que no nos dejan ver.
Por que, al fin y al cabo, patrimonio es lo mismo que luz, luz es lo mismo que poesía, y poesía es lo mismo que patrimonio.
Por lo menos, o sobre todo, si hablamos de Segovia.
Tal vez el problema, lo que nos impide entender que esas tres cosas son la misma cosa y una sola es que la pobre palabra patrimonio es una de las cientos de palabras pobres que este país extraño y exagerado y pobre (sobre todo de miras) ha tenido siglos secuestradas, metidas en el reaccionario rincón de la barbarie y la sinrazón sorda de la riqueza y la ignorancia. Durante al menos 500 años y un cuarto de hora más, el Patrimonio ha sido, por uno de esos azares que nada tienen que ver con la suerte y que se dan especialmente en los lugares donde más grandes e injustos son los contrastes sociales, políticos y culturales, un término maldito, cuasi feudal, fachoso, despreciado.
Más o menos lo mismo, pero peor, ha sucedido con la pobre palabra poesía, aunque ese es ya otro cantar, universal.
Y en cuanto a la pobre luz, ¿qué sabemos?. Sabemos que somos el país de la luz, que la factura de la luz llega cada dos meses y que ¡adiós la luz!. Y todo ello, gracias a la generosa sabiduría popular (¿dónde se fue el don de lenguas de este pueblo admirable y locuaz?), y al negligente comportamiento de nuestras empresas eléctricas.

De modo que, haciendo resumen, todo se resume en lo mismo: en este país, luz, poesía y patrimonio parecen palabras extranjeras.
Pero, dirán los puristas, e incluso los no puristas que prefieren catálogos más asépticos: ¿qué quiere decir este tipo?. ¿Cuál es la lección que nos enseñan las fotos de éste otro?
Pues ya que se ponen ustedes así, ahí va una parábola. Tenemos primero una ciudad bellísima, poesía pura y cruzada, tallada en una piedras que recuerdan, cantan y recitan los más bellos idiomas y las músicas más tiernas; un cadáver exquisito (véase Bretón), lleno de vida y gente, de arte y de historia, realizado a lo largo de cientos de años por una multitud de tipos de armas tomar, colores diversos y saberes distintos. Un colectivo formado por lo mejor de cada oficio y cada disciplina de las artes, que dejó Roma, judea y el Magreb para venir aquí. Llegaron muchos, y había de todo, claro. Los más sensibles y más sabios gobernantes y alcaldes (y los más torpes); los ingenieros, urbanistas, arquitectos, pintores, dibujantes y comerciantes más artísticos (y otros menos buenos); los albañiles, humanistas, filósofos, poetas, matemáticos y mamposteros más concienzudos y hábiles de Occidente (aunque había otros que no sabían una palabra). Poco a poco, entre todos ellos, los buenos y los malos y los regulares, unos y otros fueron moldeando un sitio para vivir. Habían llegado a un lugar con el tiempo parado, el espacio sereno y una luz distinta a todas las demás luces del mundo. Así que trabajaron duro, sudaron juntos o por separado, hasta que un día se les terminó el espacio. Y cuando se acabó, se fueron yendo y quedando. De los que se iban, buenos y malos, regulares y torpes, ninguno se olvidó de dejarles a sus hijos esta nota manuscrita en una caligrafía clara, muy fácil de entender: "Aquí tenéis vuestra casa, vuestro puente, vuestro arco, vuestra iglesia. Conservadlo bien todo, porque fue vuestro abuelo quien lo hizo y serán vuestros nietos los que lo disfruten".
Y esa es precisamente la gran lección que nos enseñarán estas fotos algún día. Que, seamos buenos o malos, torpes o hábiles, no podemos tocar lo que ellos nos dejaron. Que les debemos todo el respeto a esos antepasados. Al riquísimo patrimonio que construyeron, a la poesía que respiraron y a la luz privilegiada que les inspiró. Y al espíritu abierto, tolerante, pacífico, poético y protector que demostraron casa a casa, arco a arco, generación tras generación, hasta que un día infame la memoria falló y la falta de sensibilidad, de honestidad, de amor, de cariño y de inteligencia empezó a cambiar las cosas.
Y por eso están aquí estas fotos de Aurelio Martín. Y por eso estas fotos son más que simples postales muy bonitas. Porque Aurelio Martín ha salido a la calle y al campo, ha olido las piedras, ha pisado los puentes, ha escuchado cantar a los arcos, se ha subido en un globo para mirar desde donde no llega la mirada del hombre y nos ha contado lo que ha visto y ha oído siendo fiel a si mismo y a los que le cedieron este lugar magnífico para esperar la muerte (con acueducto incluido para escalar, si llega el caso).
Trabajando como ellos trabajaron, sin odio ni prisa ni artificios tecnológicos ni poses, pensando mucho más en sus abuelos y sus nietos que en él mismo, Aurelio Martín nos grita desde sus fotos, nos advierte, nos susurra al oído un relato lleno de simplicidad y pureza, melancolía y optimismo, clásico y moderno, humanista y político, crítico y honesto.
Sin filtros, para respetar la luz que ha habido siempre, esa luz mágica que nadie salvo las térmicas puede tocar y que por eso mismo garantiza el futuro. Esa luz es un grito de colores chillones contra la corrupción y la especulación. Esa luz transparente nos recuerda a los niños.
Sin gente, para que entendamos que cuanto menos tape el hombre la belleza, más humana se vuelve. Para que recordemos que somos poca cosa al lado de las cosas verdaderamente grandes, del alba y de la noche, del tiempo y la memoria, de una acera empedrada o de una torre en la que un pájaro se queda a vivir un par de meses. Para que conozcamos cómo ve ese mismo pájaro que ya se ha ido la perfecta geometría de las calles medievales y la genialidad de una plaza pequeña, envuelta por la luna.
Sin artificios, para que sintamos desnuda la potencia descomunal, la identidad arrogante unas veces y generosa otras de una ciudad que cambia en el crepúsculo y se convierte en pueblo, y que en ese preciso segundo en el que parece que va a dormirse o a morirse, se despierta, primitiva y sobrenatural, para lanzar desde el fondo de la tierra sus aullidos heridos contra los enanos que se atreven a amenazarla.
Y así, con tan poca cosa (unas cámaras antiguas, un poco de luz y una brizna de poesía), ha liberado Aurelio Martín a la pobre palabra patrimonio de sus secuestradores.

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