En el centro de una doble escalinata, un enorme lagarto o dragón da la bienvenida a los visitantes. Se puede observar que la decoración de toda esta zona está realizada con el revestimiento que tantas veces utilizó en sus obras. Baldosas rotas de forma irregular, que se acomodaban perfectamente a las superficies curvas que creaba el genial arquitecto.

   

 


 

 

 

  Gaudí se negó rotundamente a allanar el monte para trazar los caminos. Por el contrario, aprovechando las irregularidades del terreno, creó senderos que cubrió con soportales sostenidos por columnas inclinadas. A pesar de la aparente delgadez de estas, que recuerdan troncos de palmeras, han resultado de una extraordinaria resistencia a las agresiones meteorológicas. Al emplear las propias piedras del lugar, consiguió, más aún, que la arquitectura fuera parte integrante del paisaje natural.

 

La UNESCO nombró al Parque Güell, en 1984, monumento artístico de protección internacional.

 

Eusebi Güell, empresario, político y miembro de una prestigiosa familia de la alta burguesía catalana, fue para Gaudí un verdadero mecenas. Gracias a él pudo realizar varias obras, entre ellas el Parque Güell, donde su creatividad pudo ser desarrollada con absoluta libertad.

El proyecto inicial consistía en construir una modélica urbanización de lujo en las afueras de Barcelona. Esta fastuosa ciudad-jardín estaba prevista para 60 viviendas unifamiliares. Aunque Gaudí volcó en esta obra, una vez más, su prodigiosa fantasía, el proyecto resultó un estrepitoso fracaso comercial. Sólo se vendieron dos parcelas. Gracias a esta falta de aceptación, años después, esta zona se convirtió en un parque público de Barcelona.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tras subir esta escalera, se accede a un gran espacio cubierto, sostenido por 86 columnas dóricas, que estaba previsto para dedicarlo a los puestos de mercado donde podrían proveerse los habitantes de la futura ciudad-jardín. Los bellísimos rosetones del techo están realizados con trozos multicolores de baldosas y de cristales.

 

 

En la gran plaza llamada del teatro griego, sustentada por las citadas columnas con capiteles dóricos, un largo y serpenteante banco decorado a la manera gaudiniana, cierra los límites de su superficie. Para la construcción de este banco, así como para otros elementos decorativos de su obra, contó Gaudí con la destacadísima colaboración de Josep M. Jujol, también arquitecto.


 

Crear una urbanización residencial en una zona casi libre de vegetación -por ese motivo se llamada Montaña Pelada- con grandes desniveles, suelo pedregoso y carente de fuentes naturales, parecía una obra imposible en aquella época. Gaudí resolvió, uno a uno, todos los problemas que se le presentaron, desde la recogida de aguas pluviales al aprovechamiento de las pendientes para construir serpenteantes caminos.

 

 

Este pabellón situado a la entrada del parque, y destinado a portería, está construido con piedras del mismo lugar, revestidas en su parte superior por mosaicos. El colorido de esta cubierta fue elegido teniendo en cuenta el cromatismo del entorno. Las formas irregulares del techo parecen recordar las escamas y rugosidades de un extraño monstruo. Este pequeño edificio parece sacado de un cuento de hadas.