Santa María del Naranco     San Miguel de Lillo     La Foncalada     San Julián de los Prados    
Santa María de Bendones     San Esteban de Sograndio     San Juan de Priorio     San Pedro de Nora    
Santa Cristina de Lena     Santo Adriano de Tuñón     Santianes de Pravia    
San Salvador de Valdediós     San Salvador de Priesca     Santiago de Gobiendes    

      Según la Crónica de Albelda, hacia el 881 se registra una intensa actividad del monarca Alfonso III en tierras de Asturias: «... este príncipe está restaurando todos los templos del Señor, ciudad y palacio reales que se elevan en Oviedo».


      Pero las principales manifestaciones monumentales del período se encuentran alejadas de la capital del reino. El último complejo palatino de la monarquía asturiana se erigió en Valdediós, situado al fondo del valle de Boiges. Paisaje privilegiado de bosques y praderías, arropado bajo los accidentes de la sierra costera que facilitan, no obstante, una rápida salida al mar a través de la navegable ría de Villaviciosa. El idílico enclave ya había atraído la presencia romana.

      Proclive a la contemplación, este marco de finas tonalidades vio surgir en las postrimerías del siglo ix una morada regia que cobijó el obligado retiro del Rey Magno cuando ya anciano, león en invierno, fue depuesto por sus hijos.

      Único testimonio del conjunto, la basílica de San Salvador, gran referencia del estilo, proporciona un modelo consecuente de iglesia áulica, acorde con los nuevos estímulos artísticos, con los designios estéticos de un monarca ilustrado cuya voluntad se vislumbra decisiva en el último viraje que experimenta el arte de la monarquía.

      El templo, consagrado en 893 por siete obispos, representa un auténtico compendio de bases consolidadas y registros recién adquiridos. En estructura y proporciones su plan recurre a la afianzada reserva del arte asturiano: desde la precisa geometría de los volúmenes de una fábrica de simetría bilateral, deudora del código ramirense, el abovedamiento total y la ornamentación pictórica de las cubiertas, las proporciones alargadas y el destacado crecimiento en altura, la tribuna de fábrica situada a los pies, la cabecera tripartida con la cámara supraabsidial sobre el santuario, el empleo de contrafuertes concatenados, representan citas históricas de un código principesco tan genuino como afianzado. A este espíritu recopilador se suman los primores de un exorno novedoso: la irrupción de un nuevo orientalismo de cuño andalusí.


      Al exterior, la iglesia muestra un desarrollo escalonado y regular, cuya sedimentación se percibe con claridad al contemplar la fábrica desde el mediodía. Este costado despliega el singular volumen de un alargado pórtico, excepcional en la arquitectura asturiana, que anticipa soluciones mozárabes y románicas.

      Acorde con el principio de jerarquización espacial que rige todo edificio sacro, el escalonado ordenamiento de volúmenes traduce al exterior tanto el diferenciado papel que desempeñan los distintos organismos en la celebración litúrgico, como la racional distribución de cargas del sistema de bóvedas. La articulación del edificio coincide, a veces de un modo imperfecto, con el ordenamiento arquitectónico del vano, elemento subrayador del contraste entre vacíos y estructuras.

      Llama la atención cómo el afán de dotar al edificio de un esquema compositivo sencillo y racional aflora al exterior disciplinando envolturas pétreas y vanos del pórtico, nave mayor, cabecera y cámaras salientes, dentro del dominante rectángulo. Un sistema organizativo profundamente romano que inspiró también las más bellas soluciones del contemporáneo arte cordobés.

      La cuidada composición de la fachada occidental logra una esbeltez y una gracilidad que pone de manifiesto la sabia interpretación de San Miguel de Lillo. La tripartición pronuncia su cuerpo central, enmarcado por los acentos verticales de los estribos, y adelanta la disposición interna. En el eje central, el acceso en arco de insinuada herradura, va sobremontado por una ventana bífora, de arcos ultrasemicirculares sobre columnillas, bajo alflz ornado con roleos. El espléndido hueco crea un deslumbrante efecto de contraluz, proyectando sus haces luminosos hacia el ámbito palatino de la tribuna. La cruz apocalíptica con el alfa y la omega, emblema del Rey Magno, preside el imafronte y mantiene un tolerante diálogo con el remate en merlón dentado, de resonancias cordobesas. Evidenciando su carácter subsidiario, los ejes laterales donde predomina el muro liso, se rasgan en exigua saetera (lejos de las elaboradas transparencias de Lillo), relacionada con las antecámaras de la tribuna.


      El ordenamiento triple establecido a los pies del templo encuentra acertada respuesta en la configuración de la cabecera. De testero recto, el cuerpo central en discreto saliente, presenta un cuidado aparejo de sillares que revive la técnica romana. El hueco inferior, fuente de luz del santuario, recorta la pantalla de tres arquillos sobrepasados enmarcada por alfiz. La misteriosa cámara elevada, discutida interrogante del arte prerrománico asturiano, revelada por una ventana de dos ojos, equilibra la composición del muro en feliz concordancia. Los colaterales del santuario, ámbitos donde se elevan altares dedicados a San Juan Bautista y a Santiago, según registran las inscripciones desplegadas al interior, sobre sus muros, muestran envolturas continuas, de sillarejo -el buen sillar se reserva para los esquinales-, interrumpidas sólo por un vano semicircular en ladrillo sobre jambas lisas. De este modo, se oculta la existencia de cámaras sobre las capillas que, probablemente, explican razones de contrarresto de alturas con el núcleo central de la cabecera y el cuerpo de naves.

      Dos recintos auxiliares, habituales en la arquitectura asturiana, destacan su cuadrado volumen del perímetro mural. Se orientan transversales al eje longitud¡nal, a la altura del tramo más oriental de las naves. Se conserva intacto sólo el anexo meridional; el opuesto es el resultado de labores de reconstrucción.

      Traspuesto el ingreso occidental, la sobria traza del abovedado pórtico acoge al visitante en un recinto de igual anchura que la nave mayor. En los costados, surgen dos salas, de escasa altura, y tránsito en rebajado arco de ladrillo. Al palco de Valdediós se accede también desde el interior del templo en cuyo colateral sur se emplaza una escalera de fábrica. .

      Sobre el preámbulo del nártex, se eleva la tribuna. En disposición simétrica a la cabecera, realzada por la altura y la iluminación, preside el confín de occidente a modo de anteiglesia. Las distintas alturas del pórtico permiten una organización escalonada del estrado regio y las habitaciones subsidiarias que crecen en sus flancos; un interesante juego de desniveles que subraya la preeminencia simbólica y litúrgico del palco en clara sintonía con el santuario. Sugiere un culto específico donde la participación del monarca debió ser primordial. La misma decoración pictórica con las cruces del Gólgota sobre el tímpano del vano que ilumina la estancia regia, plasmadas también sobre el santuario en poderosa correlación, parece indicar una liturgia pascual, triunfal y conmemorativa, erigida en rito áulico.


      Las proporciones del cuerpo de naves donde tras la experiencia de Liño reaparecen los tradicionales pilares cuadrados, resultan más alargadas que en tiempos del Rey Casto. La verticalidad y el equilibrio de los espacios abovedados prolongan la armonía numérica que rigió la etapa ramirense cuya memoria, como tesoro dinástico, no podía por menos de evocarse en el templo de un rey compendiador.

      Ciertamente, se emplea un léxico menos atrevido que en el Naranco, pero quizás más fácil de normalizar. Abandonadas ciertas audacias tecnológicas del inmediato pasado, San Salvador de Valdediós despliega axialmente un cuerpo central, espacio de laicos, surcado por dos hileras de arcadas sobre rotundos pilares, que lo subdividen en tres estancias, de cuatro tramos. Anticipando soluciones de largo alcance, las esbeltas naves se cubren a gran altura con bóvedas de cañón seguido, de piedra toba. Camino diáfano, la nave mayor descuella por su impresionante altura, en buena medida determinada por la presencia a los pies de la tribuna. Para garantizar la necesaria estabilidad del edificio se adoptan medidas que ayudan a distribuir racionalmente los esfuerzos del abovedamiento, como el retorno al pilar monolítico (coronado por sencillo capitelimposta), la reducción del diámetro v el vuelo de las arcadas, lo que consolida un seguro anclaje a las amplias superficies murales donde descansan las bóvedas, mientras que los colaterales, angostos y cegados, se alzan a considerable altura reafirmando una función de contrarresto de la nave central. Al exterior, concatenadamente con el sistema de apoyos internos se sucede la teoría de contrafuertes ciñendo el perímetro mural.

      Hacia oriente, como culminación del eje longitudinal, irrumpe el organismo de cabecera. Fiel al clásico esquema compositivo asturiano: rectangular, tripartito, de ámbitos contiguos y alineados, abovedados en cañón, la cabecera repite las proporciones y silueta de las naves. Encima de las tres capillas se hallan otras tantas estancias completamente abovedadas, pero sólo la central se abre al exterior en una ventana geminada.

     
I
luminados por las parcelas de luz del muro testero, santuario principal y absidiolos, ligeramente realzados, se abren hacia las naves mediante arcos sustentados en columnas rematadas por espléndidos capiteles. En el testero de la capilla mayor, una arcada apoyada en columnas entregadas realzada sobre un zócalo pone de relieve el tramo central, inspirado encuadre de la entrada de luz y del sencillo edículo.

      Los soportes ejecutados en piedra marmórea, entonada en gris azulado y ocre, remiten al prestigioso re pertorio clásico, evocan los preciosos materiales gemados que revestían la Ciudad Revelada, y obedecen, en parte, al extendido fenómeno de la reutilización de materiales (capiteles de ingreso a los colaterales). Sugieren una suerte de tesaurización pétrea, que hace inteligible su concentración en la cabecera, imagen majestuosa y celeste valorada por el esplendor del exorno que en origen se ampliaba con la brillantez de sus frescos.

      Quedan huellas en la piedra de elementos demarcadores, hoy desaparecidos. Entre el último tramo de naves y la triple embocadura de la cabecera se situaban varios juegos de canceles. Pero sólo el cuadrado comprendido por losl apoyos de la nave mayor y el santuario estaba doblemente limitado. En sintonía con la enraizada liturgia hispana, los diafragmas intensificaban la requerida acotación, el aislamiento, de los ámbitos sacros que deben ser entendidos como cofre salvaguarda de la expresión transcendente. Los espacios ganados al cuerpo de naves se integran con la cabecera desde el punto de vista del ritual. Aunque entraña ciertas dificultades justificar la acotación entre las naves laterales y sus correspondientes absidiolos, es posible que sus funciones no excedieran de las meramente auxiliares. Las pantallas de acotación no impiden la contemplación del mirífico espacio, ni suponen una interrupción infranqueable en la continuidad del itinerario longitudinal hacia el santuario, pero señalan la meta del camino a los laicos al tiempo que, con su interna estratificación, subrayan la división de funciones del ordo clericorum.

      Las parcelas luminosas, que conforman el elevado claristorio, proyectan sobre la nave una luz nítida que destaca su primacía litúrgico frente a las angostas y sombrias naves laterales. Eje vertebrador, enlaza los ámbitos concertados de tribuna y ábside central, condensación del orden bipartido en que se cimenta una sociedad de milites y prelados. Cada tramo de la nave mayor se corresponde con un vano geminado de arquillos ultrapasados (enmarcados por alflz, al exterior), dispuesto a eje con la clave de las arcadas inferiores.

      Las ventanas que interrumpen la monótona sucesión de los paramentos exaltaban antaño con sus cesuras luminosas la policroma capa que recubría muros y bóvedas de los espacios de mayor relevancia litúrgico.

      Uno de los rasgos más sobresalientes e innovadores de este templo palatino lo constituye el llamado pórtico real, anexo al costado meridional del edificio. De planta rectangular, la estrecha nave se aboveda en cañón fajado por cinco arcos peraltados que descansan en capiteles empotrados en el paramento meridional del porche y sobre columnas entregas a los estribos del templo. Estos apoyos se enlazan por una arquería ciega de cuño áulico e imperial que tiene en los edificios ramirenses el antecedente más directo.

      El pórtico meridional, de perfecto aparejo en sillar, combina los soristicados equilibrios ramirenses y la nueva ornamentación, centrada en capiteles y ménsulas, pero espacialmente en las celosías de elaborados atauriques y lacerías cordobesas. La decoración principesca asume un nuevo repertorio, preciosista y abstracto, que obedece a otra categoría de modelos y halla su inspiración en el esplendor y la fastuosidad del arte califal.


      Otros núcleos rurales dispersos por la geografía asturiana conservan monumentos pertenecientes a la etapa. En ellos, la arquitectura recurre a soluciones más sencillas aferradas a la tradición de Alfonso II que no buscan la originalidad de ciertas prácticas experimentales.

      Existe constancia de que, bajo el gobierno de Alfonso III, la nobleza y los obispos también participan en la reactivación constructiva, bien como delegados del príncipe o financiando privadamente, a imagen de sus soberanos, la elevación de templos y cenobios propios en entornos campesinos. Desde la creación de una capital estable auspiciada por el Rey Casto, la política de mecenazgo áulico en el medio rural responde a una dinámica territorial muy distinta de la que rigió la heroica etapa de los orígenes del reino. En consonancia con la nueva dignidad de una monarquía que se proclama heredera del ordo gotorum, los reyes asturianos siguiendo una inveterada tradición actúan como fundadores tanto en la ciudad como en el campo. Sin menoscabo de los valores contemplativos que suscitan estos emplazamientos, procuran facilitar el proceso de población en torno al núcleo erigido. Representan atalayas civilizadoras y signos de autoridad en el territorio rústico, a menudo aferrado a creencias precristianas.